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La condesa Iba a casarse por deuda… hasta que un jornalero cambió su destino

 Era Raimundo Paredes, encargado de los almacenes. Al escuchar la conversación, se acercó con paso lento, como quien disfruta juzgar antes de conocer. Así que vienes sin carta, sin patrón y con la lengua demasiado suelta”, dijo Raimundo. “Santa Elvira no es refugio para insolentes.” Adrián giró apenas la cabeza.

 “No busco refugio, busco trabajo.” Raimundo soltó una risa baja. “Los hombres como tú siempre dicen eso. Después quieren pan, techo, confianza y perdón.” Antes de que Adrián pudiera responder, una voz femenina cortó el aire. Jaimundu, basta. La mujer que apareció desde el corredor lateral llevaba un vestido oscuro, llaves en la cintura y el cabello recogido sin adorno.

 Matilde Orellana caminaba con la seguridad de alguien que había mandado en aquella casa más años de los que muchos llevaban vivos. Sus ojos pequeños se clavaron en Adrián. Nob. Adrián salvatierra. Edad 32. Oficio. Caballos. Reparación de correas. Establos, herramientas. También sé leer y llevar cuentas sencillas. Raimundo levantó las cejas con burla. Qué conveniente.

 Un jornalero que sabe leer. Matilde no sonró. Los caballos necesitan manos, no historias. ¿Has trabajado con animales nerviosos? Sí. Bebés. No. Cuando trabajo. Peleas. Solo cuando no queda otra forma de evitar una injusticia. Entonces, ¿has peleado. Sí. Matilde lo observó un instante más. Luego miró hacia el balcón superior de la casa principal. Adrián siguió su mirada.

Allí, sobre la fachada blanca de la mansión, una mujer joven lo miraba desde la altura. Vestía de negro sobrio, sin exceso de joyas. No necesitaba levantar la voz para imponer distancia. Su quietud bastaba. Era Inés de Valcárcel, dueña de Santa Elvira, condesa antes de haber podido ser simplemente una mujer.

Adrián no supo por qué, pero sintió que ella no lo miraba como Raimundo ni como el guardia. No lo despreciaba de forma abierta, lo medía y eso era más peligroso. ¿Qué trae en esa bolsa?, preguntó Matilde. Adrián abrió la tela. Había una camisa doblada, una navaja de trabajo, un pedazo de pan duro, una cuerda fina, el cuaderno y una pequeña pieza de plata envuelta en paño.

 Matilde señaló el paño. Eso Adrián dudó apenas, luego lo abrió. Era medio medallón de plata gastado en los bordes con una marca incompleta que parecía parte de un escudo antiguo. ¿De dónde lo sacaste? Lo tuve desde niño. ¿Quién te lo dio? Mi padre. Tu padre. Adrián cerró el paño con cuidado. El hombre que me crió. Matilde notó la diferencia, pero no insistió.

 Desde el balcón, Inés seguía mirando. En ese momento, la campana de la pequeña capilla de Santa Elvira comenzó a sonar. Un golpe, luego otro, luego otro más profundo, antiguo, extendiéndose sobre el patio, los establos, los viñedos y la piedra caliente. Adrián se quedó inmóvil. No fue miedo, fue algo peor. Reconocimiento.

 La mano con la que sostenía la bolsa se tensó. Durante un segundo vio una imagen que no entendió. Luz blanca sobre un muro, olor a azar, una voz de mujer cantando muy bajo, ruedas de carruaje sobre tierra mojada. Después nada, solo la campana. Matilde notó el cambio. ¿Te ocurre algo? Adrián parpadeó y volvió al presente. No, señora, parecía que conocías ese sonido.

Él levantó la vista hacia la capilla, confundido consigo mismo. Tal vez lo soñé alguna vez. Raimundo resopló. Ahora también viene con sueños. Matilde no respondió. Miró otra vez hacia el balcón. Inés desde arriba, hizo un gesto mínimo con la mano. Una orden sin palabras. Matilde entendió. Te quedarás siete días en los establos.

 Si sirves, tendrás jornal. Si causas problemas, saldrás por el mismo portón por el que entraste. Adrián inclinó la cabeza. Me basta. Que no te baste demasiado, dijo Matilde. En Santa Elvira nadie entra sin ser observado. Adrián tomó su bolsa. Antes de cruzar el portón, volvió a tocar el paño donde guardaba el medallón.

 La última frase de su padre adoptivo le regresó con la fuerza de una herida vieja. Si alguna vez quieres saber de dónde vienes, busca a Santa Elvira. Y ahora Santa Elvira estaba frente a él, blanca, fría, viva. Desde el balcón, Inés de Valcárcel, lo vio entrar sin inclinarse más de lo necesario. Aquello fue lo primero que le llamó la atención.

 No era soberbia, no era insolencia, era otra cosa. Un hombre pobre que no se arrastraba. Y eso en una casa llena de deudas, secretos y hombres que fingían servir mientras esperaban verla caer, podía ser peligroso. Los establos de Santa Elvira olían a paja limpia, cuero viejo y sudor de caballo. Para Adrián, aquel olor era más familiar que cualquier comedor elegante.

 Dejó su bolsa en un rincón del cuarto de los mozos y se puso a trabajar antes de que alguien se lo ordenara por segunda vez. Matilde le mostró las reglas al amanecer siguiente. No pisarás la casa principal si no eres llamado. No hablarás con la señorita Lucía si ella baja sin permiso. No te acercarás a los libros del almacén.

 No harás preguntas sobre la familia. No responderás a provocaciones. Y sobre todo, no olvides que estás aquí a prueba. Adrián escuchó cada palabra con atención. Lo entiendo. Eso dicen todos. Entonces tendré que demostrarlo de otra manera. Matilde lo miró con severidad. Las respuestas correctas no siempre impresionan, a veces cansan. Adrián bajó un poco la cabeza.

 Entonces hablaré menos. Por primera vez, Matilde pareció casi satisfecha. Casi. Los demás trabajadores no lo recibieron con entusiasmo. En una hacienda grande, un hombre nuevo era una amenaza pequeña, pero incómoda. Podía quitar un puesto, descubrir un vicio o recordarles a otros que la disciplina todavía existía.

 El primer día le escondieron el cepillo de Cren. Adrián usó un trapo limpio y tardó el doble, pero dejó al caballo mejor presentado que los demás. El segundo día le dieron una silla con una correa a punto de romperse, esperando que lo acusaran de descuido. Adrián la reparó antes de colocarla.

 El tercero, un mozo, tiró paja sucia sobre el rincón que él acababa de limpiar. Adrián no gritó, recogió la paja, la llevó al patio y dijo en voz baja, “Si quieres que vuelva a hacerlo, hazlo delante de Matilde.” El mozo se quedó quieto. No hubo pelea y eso molestó más que un golpe. Desde la distancia, Raimundo observaba con disgusto.

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