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José José RETÓ a Nino Bravo a cantar Balada Romántica en Vivo|lo que Sucedió Hizo que J José se…

 Hay que entender el mundo en que ocurrió esta historia para entender por qué importa tanto. Corría el año 1971 y el mundo de la canción romántica en español  vivía uno de sus momentos más extraordinarios. No había streaming, no había algoritmos, no había manera de escuchar una canción cuando quisieras y donde quisieras.

 La música llegaba a través de la radio, de los tocadiscos y sobre todo de los escenarios en vivo. Y los escenarios en vivo eran templos. Ciudad de México era la capital de ese mundo, la ciudad donde una carrera se confirmaba o se hundía para siempre. Si llenabas los teatros de México, eras alguien. Si el público mexicano te daba la espalda, no importaba cuántos discos hubieras vendido en otro sitio.

 México era el veredicto final y en ese mundo había un rey indiscutible. José José tenía 22 años y ya era una leyenda y no es una exageración, sino la realidad más simple y más difícil de comprender al mismo tiempo. Con apenas dos décadas de vida, José José Romero Sosa había hecho algo que muy pocos artistas logran en toda una carrera.

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 había encontrado la forma de convertir el dolor humano en música de una manera que nadie antes que él había conseguido en el mundo hispanohablante. Su voz no era simplemente hermosa, era perturbadora, era el tipo de voz que te obligaba a dejar de hacer lo que estabas haciendo y quedarte quieto porque sentías que si te movías ibas a perder algo que no podías recuperar.

 Ese año, José José acababa de participar en el festival OTI de la canción con un tema que se llamaba El triste y quedó en tercer lugar. Pero algo ocurrió esa noche en el festival Oti que ningún jurado pudo medir ni ningún marcador pudo reflejar porque cuando José José terminó de cantar, el público se puso en pie, no de forma ordenada, no de forma paulatina, sino de golpe, como si algo les hubiera sacudido por dentro al mismo tiempo.

 Ese aplauso duró 18 minutos. 18 minutos de pie llorando gritando su nombre en un teatro que había visto a los mejores artistas del mundo hispanohablante pasar por su escenario. Nadie había visto nada igual y José José lo sabía. A miles de kilómetros de Ciudad de México, en Valencia, España, un hombre llamado Luis Manuel Ferrillopis llevaba apenas 3 años usando el nombre artístico de Nino Bravo y en ese tiempo había hecho algo que parecía imposible, incluso para quienes lo estaban viviendo desde dentro.

 Sus canciones no simplemente se escuchaban, se sentían en el pecho como si fueran propias. Te mando ángeles, un beso y una flor. Noelia. Cada tema era una historia completa, una vida entera comprimida en 3 minutos de música que te dejaban con la sensación extraña de que alguien te había leído el alma sin pedirte permiso.

Pero Nino Bravo era español y eso en el mundo del espectáculo latinoamericano de los años 70  significaba algo muy concreto. significaba que eras bienvenido, que te aplaudían, que te respetaban, pero que siempre había una distancia invisible entre tú y el público. Una distancia que no tenía que ver con el talento, ni con la voz ni con las canciones, sino con algo mucho más difícil de definir y mucho más difícil de cruzar.

 Tenía que ver con la pertenencia. El público latinoamericano sentía que José José era suyo de una manera en que Nino Bravo no podía serlo del todo, porque José José hablaba desde dentro de su misma herida, mientras que Nino Bravo hablaba desde un lugar hermoso, pero lejano, o eso era lo que creían. Cuando Nino Bravo llegó a México, llegó a un territorio donde las reglas las ponía otro y ese otro ya sabía que venía.

 Lo que todavía no sabía era lo que iba a hacer con eso. Cuando Nino Bravo llegó a México en aquella gira de 1971, llegó con todo lo que tenía, su voz, su humildad y una forma de estar en el escenario que no necesitaba de grandes gestos ni de grandes palabras, porque la música hacía todo el trabajo sola. Pero también llegó a un territorio donde las reglas las ponía otro, donde el público ya tenía su príncipe, donde cualquier artista que quisiera ganarse ese corazón colectivo tenía que ganárselo de una manera que ningún contrato discográfico

ni ninguna gira podía garantizar. tenía que ganárselo en el único lugar donde esas cosas se deciden de verdad, en el escenario. Y esa noche alguien iba asegurarse de que ese momento llegara antes de lo previsto. Alguien que llevaba una sonrisa en la cara y una pregunta en la punta de la lengua que iba a cambiar el curso de esa noche para siempre.

 Pero para entender por qué José José hizo lo que hizo esa noche, primero necesitas saber algo que muy poca gente conoce sobre la relación entre estos dos hombres antes de que las cámaras se encendieran. Algo que ocurrió entre bastidores, lejos del público, lejos de los aplausos y que explica por qué ese reto no fue casual.

 Los camerinos de los grandes teatros mexicanos de los años 70 eran lugares extraños. Eran el único sitio donde los artistas eran exactamente lo que eran. Sin el escudo de los focos ni la distancia que pone un escenario entre in persona y el mundo. Allí no había actuación posible. Allí solo había nervios, silencio y la espera.

 Esa noche, Nino Bravo y José José compartieron ese espacio. No fue un encuentro planeado, fue uno de esos momentos que ocurren porque los pasillos son estrechos y los tiempos no siempre cuadran. Y José José salía de su camerino cuando Nino Bravo entraba al suyo. Y los dos hombres se encontraron cara a cara en un corredor que apenas tenía espacio para los dos.

 Los que estaban allí esa noche recuerdan que Nino Bravo fue el primero en sonreír. Y era así porque no había en él ningún rastro de la distancia que suelen poner los artistas grandes cuando se encuentran con otros artistas grandes. Ningún cálculo, ninguna evaluación silenciosa de quién tenía más derecho a ocupar más espacio en ese pasillo.

 Solo una sonrisa franca. la de un hombre de Burjasot que todavía no había aprendido a comportarse como una estrella porque nunca había sentido la necesidad de hacerlo. José José correspondió la sonrisa, pero hubo algo en sus ojos en ese momento que los músicos que estaban presentes recordarían tiempo después y no era hostilidad ni desprecio, sino algo más sutil y más complejo que cualquiera de esas dos cosas.

 era la mirada de alguien que está midiendo. Hay una cosa que hay que entender sobre José José antes de juzgar lo que hizo esa noche. No era arrogancia, era devoción. Pero esa noche esa devoción iba a tomar una forma que nadie en ese teatro esperaba. El concierto llevaba algo más de una hora cuando ocurrió y José José estaba en el escenario con el público entregado como siempre, con ese calor especial que solo se genera  cuando miles de personas respiran al mismo ritmo, cuando la música deja de ser algo que se escucha y se convierte

en algo que se vive colectivamente.  Y entonces José José se alejó del micrófono un momento, miró hacia los bastidores y dijo su nombre. El público tardó un segundo en reaccionar y luego estalló. Porque el nombre que José José había pronunciado era Nino Bravo y lo había pronunciado de una manera muy concreta, no como una presentación, no como un saludo entre colegas, sino como una invitación, como un desafío envuelto en cortesía, que es la forma más elegante y más difícil de rechazar que existe. Lo que José José dijo con esa

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