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JOSE JOSE Llegó a un Hotel Elegante — El Recepcionista Dijo: “Este Lugar No es para Cantantes de Can

 Una canción difícil, una canción inmensa, una canción que muchos le habían dicho que era demasiado grande para él. El triste. Esa tarde, después de un ensayo para el festival de la canción latina, un representante le había conseguido una habitación por una noche en un hotel elegante de paseo de la Reforma. No era el más lujoso de México, pero para José parecía un palacio.

 Alfombras rojas, lámparas de cristal, meseros con guantes blancos, hombres de traje oscuro hablando de negocios, mujeres perfumadas que parecían flotar por el lobby. José se detuvo en entrada un segundo, miró su reflejo en el vidrio. El saco le quedaba un poco grande. La corbata estaba mal anudada. Sus zapatos, aunque voleados, tenían señales de vida dura.

 La maleta era pequeña, de esas que parecen guardar más preocupaciones que ropa. Respiró hondo y entró. El portero lo observó con desconfianza desde el primer paso. José caminó hasta la recepción. Detrás del mostrador estaba un hombre de unos 50 años, bigote perfectamente recortado, cabello engomado, traje impecable y una sonrisa que no parecía sonrisa, sino una puerta cerrada.

 En la placa dorada sobre su pecho decía Arturo Velasco, jefe de recepción. José dejó la maleta junto a sus pies. Buenas tardes. Tengo una habitación reservada a nombre de José Sosa. Arturo levantó la vista lentamente. No contestó de inmediato. Primero lo miró. Los zapatos, el pantalón, el saco prestado, la maleta, la cara cansada.

 Luego tomó un registro y fingió revisarlo. José Sosa. Sí, señor. ¿Viene con alguna compañía? No vengo por trabajo. Arturo alzó una ceja. Trabajo. José asintió. Soy cantante. El hombre cerró el registro con suavidad. Ya veo. Fue una frase corta, pero en su boca sonó como una condena. José sintió ese golpe conocido.

 No era la primera vez. Desde niño había aprendido que hay gente que te escucha antes de oírte, que te juzga antes de conocerte, que decide cuánto vales por la tela de tu saco, por el barrio del que vienes o por la forma en que bajas la mirada. Tengo entendido que alguien hizo la reservación por mí, dijo José con calma.

 Es solo por una noche. Arturo sonríó. Mire, joven, este hotel tiene ciertas normas. No busco problemas, solo necesito descansar. No estoy diciendo que busque problemas, pero tenemos un tipo de clientela, ejecutivos, artistas internacionales, empresarios, familias distinguidas y últimamente hemos tenido inconvenientes con músicos que llegan tarde, hacen ruido, beben en los pasillos, traen amigos. José apretó la mandíbula.

 Yo no bebo en los pasillos, señor, solo canto. Arturo dejó escapar una risa pequeña. Eso dicen todos. José tragó saliva. La garganta le ardía. No de cantar, de aguantar. Puede revisar la reservación. Ya la revisé y está. Arturo hizo una pausa. No aparece. José miró el libro. No podía verlo completo desde donde estaba, pero alcanzó a distinguir varias líneas escritas con tinta azul, nombres, habitaciones, firmas.

 Quizá está a nombre de la compañía del festival. No aparece, repitió Arturo, esta vez más frío. José bajó la mirada hacia su maleta. Había viajado muchas veces en camiones. Había cantado en serenatas, en cafés pequeños, en lugares donde el humo era más fuerte que los aplausos. Había visto de cerca la humillación, la falta de dinero, la incertidumbre.

 Pero esa tarde dolió de una manera distinta, porque estaba tan cerca de algo grande que casi podía tocarlo. Y aún así, para ese hombre detrás del mostrador, José no era una promesa, era una molestia. “¿Puedo pagar la habitación?”, dijo José. Arturo lo miró como si la frase le diera ternura.

 No se trata únicamente de pagar. Entonces, ¿de qué se trata? El jefe de recepción inclinó un poco la cabeza de ambiente, de imagen, de mantener el nivel del hotel. Usted seguramente entiende. José sí entendía. Entendía demasiado. Entendía que no le estaban diciendo que no había cuarto. Le estaban diciendo que no había lugar para alguien como él.

 Hay hoteles más apropiados cerca de la estación”, continuó Arturo. Más sencillos, más económicos, más flexibles con artistas jóvenes. “Cantes de cantina”, dijo José en voz baja. Arturo no respondió, pero su silencio fue suficiente. José tomó la maleta. Por un momento pensó en irse. Eso habría sido lo más fácil, salir, caminar unas cuadras, buscar una pensión barata, dormir poco, levantarse al día siguiente con la misma camisa arrugada y cantar como si nada hubiera pasado.

 Pero algo dentro de él se quedó quieto. No era orgullo vacío, era cansancio. Cansancio de pedir permiso para existir. Cansancio de sonreír cuando lo pisaban. Cansancio de que la gente confundiera humildad con falta de dignidad. ¿Tiene un teléfono que pueda usar?”, preguntó Arturo. Suspiró como si incluso eso fuera demasiado. “¡Ay! Al fondo.

 José caminó hacia un teléfono negro colocado sobre una mesita lateral, sacó de su bolsillo una libreta pequeña, buscó un número y marcó con dedos temblorosos. La llamada tardó en entrar. Bueno, don Armando, soy José.” Al otro lado de la línea, Armando Manzanero reconoció de inmediato la voz.

 José, ¿qué pasó? ¿Ya estás en el hotel? José miró hacia la recepción. Arturo hablaba con otro empleado y de vez en cuando lo observaba con gesto impaciente. Eso intento. ¿Cómo que eso intentas? Dicen que no hay reservación y que este lugar no es para cantantes como yo. Hubo un silencio. No fue un silencio vacío.

 Fue uno de esos silencios en los que alguien respira hondo para no decir una barbaridad. Pásame al jefe de recepción”, dijo Armando. José sostuvo el auricular un segundo. No quiero causar problemas. José, pásamelo. José caminó de regreso al mostrador. “Disculpe, ¿quieren hablar con usted?” Arturo tomó el teléfono con fastidio. Recepción: Arturo Velasco.

 Su rostro cambió en menos de 10 segundos. Primero fue la molestia, luego la sorpresa, luego la rigidez, después algo parecido al miedo. Sí. Señor Manzanero. Sí, claro. No, señor, no sabía. No, señor, entiendo. Sí, está aquí. Por supuesto. De inmediato. Colgó lentamente. Miró a José. Ya no lo miraba igual.

 La misma ropa, la misma maleta, los mismos zapatos, pero ahora había un hombre importante detrás. Y para Arturo Velasco eso lo cambiaba todo. “Señor Sosa”, dijo con una voz repentinamente suave. Parece que hubo un malentendido. José no se movió. Hace un minuto no había reservación. Apareció una confusión en el registro. Hace un minuto este lugar no era apropiado para cantantes como yo. Arturo tragó saliva.

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