Posted in

JOSE JOSE Cantó Para 200 Millonarios — Uno se Levantó y Dijo “No Pago” — Su Venganza Fue Fría

 Yo contraté al príncipe de la canción, no a un hombre rogando cariño. El silencio cayó alrededor como una cortina pesada. El representante de José dio un paso al frente. Semior Santa María, tenemos un contrato firmado. Aurelio soltó una carcajada seca. Los contratos sirven cuando los firma gente con poder. Y aquí el poder lo tengo yo. José no se movió, no levantó la voz, no respondió con insultos, solo miró a ese hombre que, rodeado de mármol, champaña y aduladores, creía que podía comprarlo todo, incluso la dignidad ajena.

 Usted disfrutó el concierto”, dijo José. Aurelia acercó su rostro. “Mis invitados disfrutaron el espectáculo. Yo no.” Y con eso basta. Luego se inclinó apenas, como si le concediera una última limosna. Hay un coche esperándolo afuera. Lo llevará al hotel. Mañana puede regresar a su vida de canciones tristes.

 José José, el hombre que había hecho llorar a todo un continente con una sola interpretación, se quedó ahí humillado delante de empresarios, políticos, actrices, periodistas y oportunistas. Nadie defendió al cantante, nadie enfrentó al millonario, porque todos sabían quién era Aurelio Santa María. Para entender lo que ocurrió aquella noche, primero hay que entender quién era ese hombre.

 Aurelio Santa María no había nacido rico, pero hablaba como si el mundo le debiera obediencia desde la cuna. Había empezado vendiendo terrenos en playas que todavía no tenían carreteras. Después compró hoteles quebrados, sobornó funcionarios, expulsó familias enteras de zonas costeras y levantó complejos turísticos donde antes había pueblos de pescadores.

En menos de 15 años se convirtió en uno de los hombres más poderosos de México. Tenía hoteles en Acapulco, Cancún, Puerto Vallarta, Los Cabos y Miami. Tenía aviones privados, autos europeos, una colección de relojes que valía más que varias colonias juntas y una forma cruel de divertirse, hacer sentir pequeños a los demás.

 Aurelio no disfrutaba la música. Disfrutaba contratar músicos para verlos esperando su aprobación. No admiraba a los artistas, los coleccionaba. Para su cumpleaños número 55, decidió que no quería un cantante cualquiera. Quería al más grande. Quería a José José. Tráiganme al príncipe de la canción”, ordenó. Quiero que cantes solo para mí.

El equipo de José recibió la propuesta semanas antes. Era una suma enorme por una presentación privada. El contrato estaba claro. Concierto de 2 horas, pago al finalizar, hospedaje, transporte y seguridad incluidos. José aceptó, no porque necesitara probar nada. A esas alturas ya había conquistado escenarios imposibles.

 Había cantado en festivales, teatros, palenques, programas de televisión y auditorios donde el público se quedaba sin aliento. Pero José siempre había entendido algo que otros artistas olvidan. Cantar también era cumplir. Si alguien lo contrataba, él entregaba el alma. Cuando llegó a la mansión de Santa María en una zona exclusiva de la capital, supo que no estaba entrando una casa, sino un monumento alego, columnas blancas, fuentes iluminadas, jardines cuidados por hombres invisibles, cuados carísimos colgados como trofeos y sirvientes

caminando con la mirada baja. Aurelio lo recibió en el vestíbulo. No le ofreció la mano, no le ofreció una bienvenida, solo lo observó de arriba a abajo. Dicen que usted hace llorar a la gente. Dijo José sonríó con cortesía. A veces las canciones encuentran heridas que uno no sabía que estaban abiertas.

 Aurelio no se conmovió. Aquí no vine a ver heridas. Vine a ver si la leyenda es cierta. Empieza a las 10. No hagas esperar a mis invitados. Y se fue. El representante de José, Ramiro, se acercó inquieto. No me gusta ese hombre. José tomó aire. No venimos por él. Venimos a cantar. A las 10 de la noche, José José subió al escenario montado en el jardín principal.

 La orquesta finó bajo un cielo oscuro entre lámparas doradas y mesas cubiertas con manteles blancos. Había empresarios, celebridades, políticos, banqueros, modelos, periodistas y personas que sonreían demasiado cerca del dinero. Aurelio estaba al centro, en una mesa elevada como un juez. José cerró los ojos y empezó.

 No necesitó gritar, no necesitó moverse demasiado. Le bastó abrir la boca para que la fiesta cambiara de temperatura. Cantó lo pasado, pasado con una elegancia que hizo bailar a los matrimonios más fríos. Cantó Gabilano Paloma como si estuviera confesando un pecado antiguo. Cantó Almohada y varias mujeres dejaron de fingir que no estaban llorando.

 Cantó el amar y el querer con esa verdad que solo tienen los hombres que han perdido algo. Y cuando llegó el triste, la mansión entera quedó suspendida. José José no cantó esa canción, la vivió. Cada nota salió de un lugar profundo, de una memoria, de una derrota, de una esperanza que se resistía a morir. Hasta los meseros dejaron de caminar.

 Hasta los invitados que habían ido solo a presumir se quedaron inmóviles. Al terminar, el aplauso fue largo, desesperado, casi agradecido. 5 minutos de ovación. José inclinó la cabeza, miró a Aurelio. El empresario no aplaudía. tenía la copa intacta, la boca rígida y los ojos llenos de una rabia que no era contra la música, era contra el hecho de que por dos horas el hombre más importante de su propia fiesta no había sido él, había sido José.

 Cuando el concierto terminó, Ramiro abrazó a José. Maestro, fue una locura. Los mataste. Hasta los de seguridad estaban llorando. José sonrió apenas. Estaba agotado, pero en paz. Vamos a saludar al Señor, Santa María. Lo encontraron junto a la fuente principal fumando un puro. Aurelio no esperó a que José hablara. No me gustó. Ramiro se tensó. José mantuvo la calma.

Lamento que lo sienta así. No lo sienta, dijo Aurelio. Solo acepte que esta noche no valió lo que pedía. No era una petición, respondió Ramiro. Era un contrato. Aurelio giró lentamente hacia él. Usted no me levante la voz en mi casa. Después miró a José. No voy a pagar. José sostuvo su mirada. Mis músicos trabajaron, mi equipo trabajó, yo trabajé y yo no quedé satisfecho.

 Sus invitados sí. Mis invitados aplauden lo que yo les pongo enfrente. Si mañana contrato a un mimo, también lloran. José sintió la humillación subirle por el pecho, pero no la dejó salir en forma de rabia. Aurelio se acercó más. Usted canta sobre dignidad, sobre amor, sobre pérdidas. Muy bonito. Pero aquí se aprende algo más útil.

 El mundo no lo mueven las canciones, lo mueve el dinero. Y el dinero es mío. Luego bajó la voz. ¿Qué va a hacer, José? Demandarme, cantarme otra canción. Aurelio sonrió. Váyase antes de que sus aplausos se conviertan en lástima. Esa noche José regresó al hotel sin decir una palabra. En la camioneta, Ramiro no podía contenerse.

Read More