La vida es así.” Cuántas veces se lo dijo a sí misma frente al espejo cuando se peinaba para ir a misa. Cuántas veces rezó por él. en lugar de reclamarle, ¿cuántas veces le perdonó antes de que él pidiera perdón? ¿Cuántas, Diosito? ¿Cuántas? Pero para entender lo que viene, primero hay que entender quién era Andrés Mendoza y por qué esa llamada que no contestó cambió todo lo que vino después.
Andrés era hijo único. Había nacido en un pueblo del vajío que no aparece en los mapas grandes. De esos pueblos donde todos se conocen por el apodo y por el apellido de la abuela. Era hijo de doña refugio, una mujer de manos pequeñas y duras que lavaba ropa ajena para mantenerlo, y de un padre que se fue antes de que el niño supiera decir papá y que nunca volvió ni para preguntar si estaba vivo.
Refugio nunca habló mal de ese hombre. Cuando el niño preguntaba, ella decía, “Tu papá tenía sus razones.” Y cambiaba el tema. Esa fue la primera lección que Andrés recibió de su madre, aunque tardó 30 años en entenderla, que hay silencios que protegen más que las palabras. Crecieron los dos solos en una casa de tres cuartos con piso de cemento pulido y un patio chico, donde refugio tenía sus macetas con hierbena y epazote.

La cocina olía siempre a frijoles de la olla, a tortilla recién hecha, a café de olla con canela. Por las mañanas, antes del amanecer, Andrés se despertaba con el sonido del molcajete y con la voz baja de su madre cantando canciones viejas, de esas que ya nadie canta. Se levantaba descalso, iba a la cocina y ella le servía a tolle en un jarro de barro y le decía, “Cómete todo, mi muchacho, que el día está largo.
” Esa frase se la repitió todas las mañanas de su infancia. Cómete todo. El día está largo. Como si supiera que la vida iba a pedirle más de lo que parecía. Refugio trabajaba lavando y planchando ropa para tres familias del pueblo. Salía con su canasta a las 7 de la mañana y volvía a las 6 de la tarde con la espalda doblada y las manos rojas del jabón.
Pero nunca llegó sin algo para él. un dulce envuelto en papel celofán, una mandarina, una libreta nueva cuando empezaba el ciclo escolar, un par de zapatos que había pagado en abonos durante 6 meses. Andrés recibía todo sin saber lo que costaba. Los niños no saben. Los niños creen que las cosas llegan porque sí, porque las madres son magas que sacan lo necesario de no sé dónde.
Solo de adulto entendería que cada cuaderno, cada lápiz, cada uniforme planchado eran horas de espalda doblada sobre el lavadero. La escuela se le dio bien. Era inteligente. Eso lo notaron los maestros desde primero de primaria. refugio guardaba sus boletas en una caja de zapatos debajo de su cama, junto con la fotografía del día que él se graduó de la secundaria y con el rosario que había sido de su propia madre.
Mi hijo va a estudiar”, le decía a quien quisiera escuchar. Mi hijo no se va a quedar aquí lavando ropa como yo. Y trabajó más, lavó más, planchó más, comió menos para que el muchacho terminara la prepa. Y cuando llegó la oportunidad de la beca para estudiar en la capital, refugio vendió el único terrenito que le había dejado su madre, un pedacito de monte que no servía para sembrar, pero que era todo lo que tenía.
Y le entregó el dinero envuelto en un pañuelo. Llévate esto, hijo. Es para los gastos. Allá las cosas son caras. Andrés tenía 18 años. recibió el pañuelo sin saber que ahí estaba la herencia entera de su madre, sin preguntar de dónde había salido, sin imaginar que refugio se quedaba sin nada para que él tuviera algo. Se fue a la capital en un autobús nocturno.
Refugio lo despidió en la terminal con los ojos secos porque había aprendido a no llorar delante de él. le acomodó el cuello de la camisa, le pasó la mano por el pelo, le dijo, “Pórtate bien, llámame cuando llegues. No te olvides de comer.” Andrés asintió, le dio un abrazo corto, subió al autobús y se sentó junto a la ventana.
Ella se quedó parada en el andén hasta que el autobús arrancó y luego un rato más mirando el lugar vacío donde había estado, como si todavía pudiera verlo. Esa noche, Refugio lloró sola en la cocina con el pañuelo sobre la cara para que nadie la oyera, aunque no había nadie a quien fuera a oír. Andrés llamó al llegar. Llamó la primera semana.
llamó cada domingo durante los primeros tres meses. Le contaba de la universidad, de los compañeros, de la ciudad enorme con sus camiones y sus luces. Refugio escuchaba de pie junto al teléfono de la sala con una sonrisa que no se le borraba aunque el muchacho no la viera, asintiendo a cada cosa, diciendo, “Qué bueno, mi hijo, qué bueno.
” Cuando colgaba, repetía las historias a doña Tere por la tarde, cuando se sentaban en la banqueta a tomar el fresco. “Mi muchacho está estudiando administración. Mi muchacho ya sabe usar la computadora. Mi muchacho dice que en su salón hay gente de todo el país, pero las llamadas se fueron espaciando. Primero fue cada 15 días, luego una vez al mes, luego solo en los cumpleaños y en Navidad.
Andrés terminó la carrera, consiguió trabajo en una empresa grande, le ofrecieron un puesto mejor en otra ciudad y se mudó sin avisar a tiempo. Refugio se enteró por una llamada de 3 minutos. Mamá, me cambié de trabajo. Estoy bien, te marco luego que estoy ocupado. Y colgó. Refugio se quedó con el teléfono en la mano, mirándolo como si fuera a sonar otra vez. No sonó.
Andrés conoció a una muchacha de la capital, hija de gente con dinero. Una muchacha de apellidos largos y manos suaves que nunca habían lavado nada. Se llamaba Valeria. Se casaron en una hacienda con 200 invitados. refugio recibió la invitación por mensajero. Era una tarjeta gruesa, color crema con letras doradas.
La leyó tres veces sentada en la mesa de la cocina. Luego la guardó en la caja de zapatos junto con las boletas. No fue. Andrés no le mandó dinero para el viaje. No le mandó a nadie para que la recogiera. No la llamó para preguntarle si tenía cóo llegar. Solo mandó la invitación. Refugio entendió. Las madres siempre entienden, incluso lo que no quieren entender.
Entendió que su hijo no quería que sus suegros vieran a la mujer del pueblo con vestido viejo y zapatos remendados. Entendió que la había invitado para no sentirse mal consigo mismo, no porque quisiera que estuviera, entendió y se quedó en casa. Esa noche le pidió a doña Tere que la acompañara. prendieron una vela frente a la imagen de la Virgen y rezaron juntas por la felicidad del muchacho.
Refugio no lloró. Ya no lloraba por esas cosas. Había aprendido que las lágrimas no cambian a los hijos. Pasaron los años. Andrés tuvo dos hijos propios, una niña y un niño, a los que Refugio solo conoció por fotos que le llegaban en Navidad junto con una tarjeta impresa que decía, “Felices fiestas, familia Mendoza Robledo.