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“Hay una droga en tu bebida”, susurró la mesera. Después el Multimillonario expuso a su prometida

 Su expresión serena le daban un aire distinto al resto del personal. ¿Qué dijo?, preguntó él con voz tranquila, casi indiferente. Dije que no lo beba”, repitió ella sin levantar mucho la voz. “No es un jugo normal.” Martín la observó sin responder. Ella siguió limpiando la mesa de al lado como si nada.

 Su instinto le decía que debía escucharla. No era la primera vez que alguien intentaba traicionarlo. Con un leve gesto, llamó a su asistente, Julián Torres. Llévate este vaso y mándalo a analizar”, ordenó sin explicar más. Julián asintió, retiró el vaso y se marchó discretamente. Horas después, cuando el evento había terminado, Martín estaba en una oficina privada dentro del hotel.

Sobre el escritorio, un informe de laboratorio confirmaba sus sospechas. El jugo contenía una sustancia llamada escopolamina, capaz de alterar la memoria y la conducta. Martín apretó los puños. No era la primera vez que alguien intentaba eliminarlo de forma encubierta, pero sí la primera vez que alguien le advertía sin pedir nada a cambio.

 Pidió hablar con el personal de servicio. La encargada del área de limpieza, una mujer de mediana edad, le mostró una lista. Esta mañana había tres meseras asignadas al salón, dijo. Dos llevan años con nosotros y una acaba de entrar hace una semana. Se llama Ana Beltrán. Quiero verla, ordenó Martín. Se fue temprano, respondió la encargada.

Dijo que tenía un asunto urgente, pero dejó su número interno. Martín anotó el número, lo marcó varias veces, pero nadie contestó. Intrigado, decidió recorrer los pasillos del área de servicio. Allí, en un pasillo lateral, escuchó el sonido de un trapeador sobre el piso. Era ella.

 Ana limpiaba una mancha con calma, sin inmutarse por su presencia. ¿Por qué lo hiciste?, preguntó Martín acercándose. Ana levantó la mirada apenas un segundo, porque sería una tontería que alguien como usted muriera por un vaso de jugo. Las muertes absurdas me molestan. ¿Quién eres? Solo una mesera respondió sin inmutarse. Pero también alguien que perdió a alguien por culpa de un jugo envenenado.

Hoy fue la segunda vez que vi algo así. Martín la observó con cautela. No sabía si debía agradecer o sospechar. No confío en las personas que hacen cosas buenas sin esperar nada a cambio. Ana sonrió con un gesto leve. Entonces piense que estoy loca, pero al menos sigue vivo. Esa noche desde su residencia, Martín no pudo dormir.

 Llamó a Julián. Investiga todo sobre Ana Beltrán. Quiero saber quién es y de dónde viene. Horas después, Julián volvió con los resultados. No encontramos registros oficiales, dijo sorprendido. No hay identificación, licencia ni historial escolar. No existen los archivos. Martín se quedó en silencio. ¿Y quién la contrató? Una empresa de limpieza externa servicios alpinos SA.

El contrato fue firmado hace unos meses. Se está escondiendo, murmuró Martín. Nadie desaparece así sin motivo. Julián cruzó los brazos. Tal vez no se esconde. Tal vez la persiguen. Martín no respondió, solo se quedó mirando por la ventana mientras las luces de la ciudad se reflejaban en el vidrio. Algo en su interior le decía que esa mujer no había aparecido por casualidad.

A la mañana siguiente regresó al hotel, recorrió los pasillos hasta llegar al área de servicio. La encontró allí de nuevo recogiendo utensilios. ¿Sigue vivo?, preguntó ella sin mirarlo. Por ahora, respondió él acercándose. Ana dejó los platos sobre la mesa. Debería estar en su oficina, no aquí. Tal vez, pero vine a verte para darme las gracias o para interrogarme.

Martín sonrió apenas. Un poco de ambas. Ella lo miró de frente con serenidad. Ya le dije todo lo que necesitaba saber. Si volvió es porque quiere algo más. Quiero saber quién eres realmente. Ana guardó silencio un instante, luego respondió, “Fui alguien más. tenía nombre, documentos y una vida, pero la verdad tiene precio.

 A mí me borraron por decirla. Martín frunció el seño. Hablas como alguien que sabe demasiado. Solo hablo como alguien que ya no tiene nada que perder. El silencio se extendió entre ambos. Por primera vez, Martín vio en sus ojos algo que no era miedo, sino fuerza, y entendió que su historia apenas comenzaba. Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo la lluvia, Martín revisaba en su oficina los reportes de seguridad.

No podía quitarse de la mente el rostro de aquella mesera. Había algo en ella que no encajaba con una simple empleada de hotel. Encendió su computadora y accedió a los registros de acceso al edificio. Revisó cámaras, horarios, listas de personal, pero no encontró nada irregular. Solo el nombre de Ana Beltrán aparecía en la nómina de servicios Alpinos SA, sin dirección, sin foto, sin antecedentes.

Al día siguiente decidió volver al hotel Alpino Real. Cuando bajó al área de servicio, vio la puerta de la sala de limpieza entreabierta. Dentro, bajo una lámpara parpade, Ana se amarraba las agujetas de sus zapatos. ¿Sigue vivo?, preguntó ella sin levantar la vista. Más curioso que antes, respondió Martín entrando con calma.

 Ana se incorporó limpiándose las manos en el delantal. ¿Qué hace aquí? Este no es su lugar. Ya lo sé, dijo él. Pero necesito respuestas. No tengo muchas contestó ella sin rodeos. Solo sé reconocer el peligro cuando lo veo. Martín la observó fijamente. Hablaste como alguien que ya estado en una situación así.

 Ana respiró hondo, sin mirarlo. Porque ya la viví. Hace 3 años alguien cercano a mí murió envenenado y nadie hizo nada. Martín se cruzó de brazos. Y ahora decides advertirme a mí. No me gusta ver repetir las mismas historias. dijo ella con tono seco. Si hubiera guardado silencio, ahora estaría asistiendo a su funeral.

 Martín sonrió de forma apenas perceptible. No estoy acostumbrado a que me salven. Yo tampoco a salvar millonarios respondió con ironía. Por primera vez, Martín soltó una pequeña risa. Aquella mujer tenía algo que desarmaba su rigidez. ¿Sabes que podrías meterte en problemas por advertirme? dijo él. “Ya viví peores problemas”, contestó ella. “Uno más no me asusta.

” Martín guardó silencio. Había algo en su forma de hablar, en la serenidad con la que enfrentaba todo, que lo desconcertaba. Días después, en su residencia revisaba documentos cuando Julián Torres entró con rostro preocupado. “Encontré algo”, dijo dejando una carpeta sobre el escritorio. “Esta mujer, Ana Beltrán, no tiene registros oficiales, pero su nombre apareció en un archivo viejo del Departamento de Asuntos Internos.

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