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Frank Sinatra Dijo que la Música de Camilo era Simple — Lo que Pasó Después lo Dejó Sin Palabras

Nadie lo había presentado a Sinatra, nadie había pensado que hiciera falta. Ese era el tipo de evento donde las jerarquías estaban claras, sin necesidad de que nadie las explicara. Sinatra era la razón de que todo el mundo estuviera ahí. El resto eran el contexto. A las 10 de la noche, Sinatra habló sobre música española.

 Era una conversación general, el tipo de observación que hace alguien que ha viajado mucho y tiene opiniones, sobre todo. Dijo que la música española tenía melodía, que tenía carácter, pero que era, en su opinión música de sentimiento simple, buena para el corazón, no necesariamente para el arte más exigente. Lo dijo sin malicia. Era simplemente lo que pensaba un hombre de Nueva Jersey, que había crecido con Sinatra y con el jazz.

 y con la tradición del Gran American Songbook y que miraba la música popular española desde esa distancia específica. Tenía razones históricas para pensarlo. En el mundo de la música americana de su generación, la jerarquía era clara. La ópera italiana arriba, el jazz americano a su lado y la música popular de otros países en algún lugar más abajo, en la categoría vaga de lo regional, lo sentimental, lo que llega al corazón, pero no necesariamente al arte.

 Era un prejuicio honesto, si es que eso existe. Y en 70 años nadie le había dado razones suficientes para revisarlo. El salón asintió con la deferencia habitual hacia alguien de ese nivel. Entonces alguien nunca quedó claro exactamente quién, señaló hacia la mesa del fondo y dijo en voz baja al oído de James Holis, el organizador europeo de la gira de Sinatra.

 Ese hombre es Camilo VI. Holis lo supo inmediatamente. Llevaba semanas en Madrid y conocía perfectamente quién era Camilo. Se inclinó hacia Sinatra y le pasó la información. Sinatra miró hacia la mesa del fondo. Camilo lo miraba de vuelta con calma. con esa sonrisa específica de alguien que ha escuchado algo con lo que no está de acuerdo, pero que no tiene prisa para responder.

 Lo que pasó en los siguientes 20 minutos no estaba en el programa de ninguna gala. Si Camilo fue parte de tu vida, suscríbete. Aquí contamos lo que nunca se contó de él. Para entender lo que ocurrió esa noche, hay que entender primero a los dos hombres que se miraban desde lados opuestos de ese salón del Hotel Palace. Frank Sinatra había llegado a España con la carga específica de una historia complicada.

 La primera vez que pisó suelo español fue en 1950, persiguiendo a Aba Garner, que rodaba en la costa brava. Aquel viaje fue un desastre sentimental. España se convirtió para Sinatra en el escenario de los celos, de la humillación, de la sensación de no poder competir con un país que Aba había adoptado como suyo con una facilidad que él nunca entendió del todo.

 Volvió varias veces, cada visita traía su propio tipo de conflicto. En 1964, un incidente en un hotel de Torremolinos terminó con él pagando una multa y siendo acompañado hasta el aeropuerto por la policía militar, dijo que nunca volvería a ese maldito país. Y luego volvió, porque así era Sinatra. Sus convicciones tenían la duración de su estado de ánimo.

 El Bernabéu de 1986 era su intento de resolver algo, de dejar algo bien terminado antes de que terminara del todo. No era nostalgia. Era más parecido a la necesidad específica de los hombres, que han vivido mucho de cerrar círculos, de volver a los sitios donde algo quedó pendiente y ver si el tiempo había cambiado algo, de demostrar, aunque sea solo a sí mismos, que pueden hacerlo mejor que la última vez.

 España le debía una o él le debía algo a España. Nunca quedó claro en qué dirección iba esa deuda. Camilo VI había llegado a ese salón sin ninguna carga especial. 40 años y una carrera construida desde la nada, desde los garajes de Alco y las pensiones de Madrid hasta los escenarios más grandes del mundo hispanohablante. Había aprendido que el éxito tiene un peso específico que no se parece a nada de lo que uno imagina antes de tenerlo.

Que llenar un estadio te da algo y te quita algo al mismo tiempo. Que la fama es un territorio extraño donde la gente te conoce sin conocerte. Pero esa noche era simplemente una cena. Y Sinatra era alguien a quien admiraba desde que tenía 15 años y escuchaba discos en la cocina de su madre en Alcoy.

 Venía de años en los que su carrera había alcanzado dimensiones que él mismo encontraba difíciles de procesar del todo. Los estadios llenos, los discos que se vendían en cifras que parecían inventadas, el reconocimiento de músicos que él había admirado desde joven. Pero esa noche en el palace era simplemente una gala a la que lo habían invitado y a la que había ido porque consideraba que Sinatra era uno de los grandes y porque había cosas que uno hace por respeto a la historia, aunque no necesite estar ahí. Sinatra no sabía quién era Camilo,

y Camilo no sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Jolly se acercó a Sinatra y le dijo el nombre. le dijo que era el cantante más importante de España en ese momento, que vendía más discos que nadie en el mundo de habla hispana, que sus conciertos se agotaban en horas. Sinatra escuchó, luego miró de nuevo hacia la mesa del fondo. Camilo seguía allí.

 Con esa sonrisa, Sinatra le hizo un gesto. Camilo se levantó y caminó hacia la mesa principal. Las presentaciones fueron breves. Holis tradujo. Sinatra preguntó qué tipo de música hacía. Baladas, dijo Camilo. Ópera, no música popular. Sinatra asintió con la expresión de alguien a quien esa respuesta confirma algo que ya pensaba.

 Y entonces Camilo sonrió de nuevo. Sinatra lo notó. Era una sonrisa extraña para alguien en esa posición. No era la sonrisa nerviosa del que intenta caer bien a alguien importante, era otra cosa, más tranquila, más segura. ¿Por qué sonríes? Preguntó Sinatra. Olis tradujo. Camilo respondió despacio eligiendo las palabras.

 Llevaba 20 años haciendo exactamente ese tipo de música. Había escuchado durante 20 años a productores y a críticos y a personas bien intencionadas decirle que lo que hacía era hermoso, pero que no era arte en el sentido más elevado, que la emoción directa era algo inferior a la emoción mediada por la técnica y la complejidad. Y había aprendido a responder a eso sin irritación, con la paciencia de quien sabe algo que el otro todavía no sabe y que entiende que la mejor manera de decirlo no siempre son las palabras.

Porque la música simple es la más difícil de cantar. Sinatra parpadeó. Luego soltó una carcajada breve, no de burla, más de sorpresa. “Enséñame algo,” dijo. El salón del hotel Palas quedó en silencio absoluto. 70 personas conteniendo la respiración. Nadie había esperado eso. Ni Jolis, que conocía bien a Sinatra y sabía que podía ser imprevisible, ni los otros invitados que habían venido a una cena de gala y de repente estaban en algo diferente.

Camilo no respondió de inmediato. El salón esperaba 50 personas que habían venido a una cena de gala y que de repente estaban en algo completamente diferente. Nadie se movió, nadie cuchicheó. Era el tipo de silencio que se produce cuando todos entienden que están en un momento que no se puede interrumpir sin arruinarlo.

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