Posted in

En una reunión de artistas, Dolores del Río humilló a María Félix — Su respuesta silenció a todos

200 invitados, directores, productores, actores, guionistas, compositores. Lo más selecto de la industria. El patio de la casa azul estaba iluminado con faroles de papel importados de Oaxaca. Música de trío en una esquina, tres hombres con guitarras y voces que hacían llorar a las piedras. Mesas con manteles blancos, tequila añejo de Jalisco, mezcalo aqueño, vino francés importado especialmente para la ocasión por orden de Diego, que insistía en que el arte mexicano merecía brindarse con lo mejor del mundo.

El olor a Gardenia se mezclaba con el humo de los puros sabanos que fumaban los productores en sus corrillos de poder, esos grupos de hombres en trajes caros que decidían con un movimiento de cabeza qué películas se filmaban y cuáles morían antes de nacer. Era la noche perfecta para la guerra, aunque nadie lo sabía todavía.

 Dolores del Río tenía 46 años y acababa de regresar a México después de dos décadas en Hollywood. Había sido la primera latina en conquistar el cine estadounidense. Había filmado con los más grandes directores de la época. Había cenado en la Casa Blanca con Roosevelt. Había sido amante de Orsen Wous cuando Orsen Wous era dios en la tierra, cuando su nombre era sinónimo de genio y su cama era el lugar más codiciado del mundo artístico.

Había caminado por alfombras rojas que ninguna mexicana había pisado antes. Había visto su nombre en marquesinas de Broadway, de Los Ángeles de Nueva York. Tarro Hollywood la había desechado cuando dejó de ser joven, cuando las arrugas empezaron a asomarse bajo las luces implacables de los estudios, cuando los ejecutivos encontraron caras más frescas, más baratas, más dóciles.

Dolores regresó a México herida, aunque jamás lo admitiría. Regresó con la frente en alto y la mandíbula apretada, como quien vuelve de una guerra que perdió, pero se niega a reconocer la derrota. Su espalda siempre recta, su sonrisa siempre perfecta, su dolor siempre invisible y lo que encontró al regresar la enfureció.

Encontró que México ya no era suyo. Encontró que una mujer más joven, más salvaje, más incontrolable había tomado su trono sin pedir permiso. María Félix, la doña, la mujer que no había necesitado Hollywall para convertirse en la actriz más famosa de habla hispana. La mujer que rechazaba contratos de estudios americanos como quien rechaza una invitación a comer.

La mujer que decía que no necesitaba a los gringos porque los gringos la necesitaban a ella. La mujer que cenaba con presidentes y los trataba como meseros, que coleccionaba joyas de emperatrices y hombres de cualquier continente, que entraba a los sets de filmación como una tormenta y salía dejando a todos destruidos de admiración o de miedo, a veces ambos al mismo tiempo.

 Dolores odiaba eso. Lo odiaba con cada fibra de su elegancia perfectamente entrenada en los salones de Powery Hills. No odiaba a María como persona. No exactamente. odiaba lo que María representaba, la prueba viviente de que todo lo que Dolores había sacrificado en Hollywood, toda la dignidad que había tragado, todas las veces que había sonreído cuando querían que fuera la India exótica para fantasías de hombres blancos, todo eso no había sido necesario.

María lo había logrado sin arrodillarse ante nadie y eso era imperdonable. María Félix tenía 36 años esa noche de noviembre. Estaba en la cima absoluta de su carrera. Acababa de filmar Doña Diabla y la corona negra. Los productores europeos la cortejaban con cartas perfumadas y contratos millonarios. Los directores franceses le mandaban guiones con dedicatorias personales.

Las revistas la llamaban la mujer más bella del mundo, no de México, del mundo. Jan Copteo había dicho que María era tan hermosa que hacía daño. Diego Rivera la había definido como un ser monstruosamente perfecto. Octavio Paz escribiría que nació como un relámpago que rasga las sombras. Llegó a la reunión a las 9 de la noche, una hora tarde, porque María Félix siempre llegaba tarde, no por descortesía, por estrategia.

Sabía que una hora de espera convertía su entrada en un evento. Vestido rojo de Valenciaga que parecía hecho no con tela, sino con fuego líquido, escote que desafiaba la gravedad y las buenas costumbres de la sociedad mexicana de los años 50. Collar de esmeraldas colombianas que le había regalado Jorge Pasquel después de una pelea que casi destruye media suite de un hotel en Acapulco.

 Y esos ojos, esos ojos oscuros que podían ser la cosa más hermosa o la más peligrosa que hubieras visto en tu vida, dependiendo de si estabas de su lado o en su contra. Cuando María entró al patio de la casa azul, la conversación se detuvo por 3 segundos. No mucho, lo suficiente. Todos la miraron. Algunos con admiración, algunos con envidia, algunos con deseo mal disimulado, todos con algo que no podían controlar.

El magnetismo de María Félix era una fuerza física, algo que se sentía en el pecho, en el estómago, en las rodillas. No era solo belleza, era presencia. Era el peso de una mujer que sabía exactamente quién era y no se disculpaba por ello. Diego Rivera fue el primero en recibirla. María, diosa mía, gritó desde el otro lado del patio, su enorme cuerpo moviéndose con una agilidad sorprendente para un hombre de su tamaño.

 Su voz retumbaba como siempre, enorme, como todo en él, como sus murales, como sus amores, como sus mentiras. Cada vez que te veo entiendo menos como la naturaleza pudo crear algo así. María sonrió. Diego, cada vez que te veo entiendo menos como Frida te aguanta. Carcajadas. El hielo se rompió. La fiesta cobró vida de nuevo.

 María saludó a Emilio el indio Fernández, que la devoró con la mirada como siempre hacía, sin disimulo, sin vergüenza, porque el indio no conocía la vergüenza. saludó a Pedro Armendaris, que le besó la mano con respeto genuino, con esa galantería de hombre viejo que María apreciaba más que cualquier piropo vulgar.

Saludó a Gabriel Figueroa, el mejor fotógrafo de cine de México, que le hizo una reverencia teatral y le dijo que la luz de esa noche parecía diseñada para su rostro. Todos la adoraban. Todos querían estar cerca de ella. Era como una hoguera en una noche fría, peligrosa, si te acercabas demasiado, pero irresistible.

y entonces vio a Dolores. Estaba al fondo del patio, rodeada de un grupo de personas mayores, gente de la vieja guardia, directores que habían filmado en los años 20 y 30, productores retirados que vivían de recuerdos y pensiones, actores que ya nadie recordaba, pero que Dolores mantenía cerca porque la hacían sentir relevante, porque la miraban con los ojos del pasado cuando ella era la única reina.

Llevaba un vestido negro, elegante, sobrio, perfecto de Christian Deor. Perlas en el cuello, cada una escogida personalmente en una joyería de París. El cabello oscuro peinado con una precisión arquitectónica que solo 20 años de peluqueros de Hollywood podían lograr. Parecía una escultura clásica, hermosa pero fría, intocable, pero distante, como una obra de arte en un museo que puedes admirar pero no tocar.

Read More