“Señor Armand”, balbuceó tratando de mantener la compostura pese al nerviosismo. No sabía que usted conocía a mi primo. Él sonrió y ese gesto transformó por completo su rostro serio y reservado. Diego, por favor, no estamos en la oficina. Hizo un leve gesto hacia la pista de baile. El novio, Andrés fue mi compañero de universidad.
No sabía que era su prima. Valeria sintió cómo se le calentaban las mejillas. Andrés siempre había pertenecido a un mundo más exclusivo, lleno de contactos y oportunidades. Que su jefe, el CEO más joven del sector editorial suizo, fuera parte de ese mismo círculo, no debía sorprenderla, pero igual la descolocó.
¿Puedo sentarme?, preguntó él señalando la silla vacía a su lado. Claro respondió ella, algo tensa. Era extraño tenerlo tan cerca. En tr años apenas habían intercambiado palabras más allá de correos formales o reuniones generales. Diego se sentó con elegancia natural, su smoking impecable contrastando con el ambiente relajado de la fiesta.

“Tú eres Valeria Campos, ¿verdad?”, dijo él con una media sonrisa. Departamento de Adquisiciones y Desarrollo. Así es. Sé quién eres. Su tono era tranquilo, casi confidencial. Fuiste la responsable de la saga Cielos del Jura. No está vendiendo un 30% más de lo proyectado. Valeria parpadeó sorprendida. Ella había luchado meses para que esa historia saliera publicada y hasta entonces pensó que nadie en la dirección había notado su esfuerzo.
Sí, sí, yo la propuse. Tomó un sorbo de champaña para disimular su nerviosismo. No pensé que usted lo supiera. Intento conocer los nombres detrás de los buenos resultados, dijo Diego con esa voz grave y pausada que parecía tener todo bajo control. Hiciste un gran trabajo. Valeria sonrió un poco incrédula. Gracias.
Pero eso no explica por qué un CEO está sentado en la mesa más olvidada del salón. Tal vez me cansé de hablar con gente que solo ve al empresario y no a la persona”, respondió él con un dejo de sinceridad que la desconcertó. Antes de que pudiera decir algo más, un ruido la hizo girar. Sofía estaba parada al borde de la pista con el vestido manchado de vino tinto y los ojos llenos de lágrimas, mientras un camarero se disculpaba una y otra vez.
“Disculpe, debo ir con ella”, dijo Valeria levantándose apresurada. Pero Diego la detuvo suavemente por el brazo. “Déjame ayudarte”, propuso sacando un pañuelo del bolsillo interior de su saco. “Tengo sobrinos. Soy experto en rescates. Sin darle tiempo a negarse, cruzó el salón y se agachó junto a la niña. Valeria observó sorprendida como el hombre más intimidante de la empresa sacaba una moneda de detrás de la oreja de Sofía, haciendo que ella soltara una risita entre soyosos.
Luego le limpió el vestido con delicadeza, fingiendo que el pañuelo tenía poderes mágicos para volver invisibles las manchas. En pocos minutos, Sofía ya estaba riendo otra vez. ¿Ves? Ahora es tinta mágica dijo Diego con complicidad. Sofía lo miró fascinada. ¿Puedo volver con mis amigas? Por supuesto, cielo.
Pero cuidado con el vino respondió Valeria sonriendo. La niña salió corriendo hacia la pista. “Gracias”, dijo ella cuando Diego volvió a sentarse. No sabía que fuera tan bueno con los niños. “Mi hermana tiene gemelos”, respondió él con una sonrisa cansada. “Me entrenaron bien. Sofía es todo para mí”, admitió Valeria bajando la mirada.
Su padre no está en nuestras vidas. Diego asintió sin insistir. Entiendo. El silencio se instaló entre ellos por unos segundos. Luego él se volvió hacia la pista donde las parejas comenzaban a bailar. ¿Te gustaría bailar? Preguntó tendiéndole la mano. Valeria iba a responder, pero su prima Laura, la novia, apareció de pronto radiante en su vestido blanco. Valeria.
exclamó mirando curiosa a Diego. No sabía que se conocían. Trabajamos juntos, aclaró Valeria, un poco incómoda. Valeria es una de nuestras mejores editoras, añadió Diego con una cortesía natural que desarmó a Laura. Tiene un talento especial para descubrir historias que conectan. La novia arqueó una ceja sorprendida.
Bueno, eso hay que celebrarlo, pero tú, Diego, tienes que prepararte. En 15 minutos te toca brindar. Andrés te anda buscando por todo el salón. Lo sabía murmuró él suspirando. Debería haberme escondido mejor. Laura se alejó riendo. Diego miró a Valeria y antes de irse le dijo en voz baja, “Guárdame un baile.
” Ella no alcanzó a responder cuando su teléfono vibró sobre la mesa. Al leer el mensaje, su rostro se tensó. “¿Todo bien?”, preguntó Diego notando su expresión. La niñera tuvo una emergencia y no podrá quedarse esta noche. Tendré que irme antes de que termine la boda. ¿Vives lejos? A una hora de aquí. Y Sofía lo está pasando también, suspiró.
No quiero arruinarle la noche. Diego pensó un momento y luego dijo con calma, “Tengo una suite reservada aquí en el hotel. Pueden quedarse esta noche si quieres. Valeria lo miró con sorpresa. No, no podría aceptar eso. No quiero que piense que estoy aprovechándome. No estaré aquí. Voy a quedarme en la casa de Andrés con algunos amigos, explicó con serenidad.
El cuarto quedaría vacío. Ella dudó tratando de descifrar su verdadera intención, pero en su rostro solo vio amabilidad. En ese instante, un fotógrafo se acercó y dijo con voz alegre, “Una foto de los recién casados.” Claramente los había confundido con otra pareja. Antes de que Valeria pudiera corregirlo, sintió la mano de Diego tomar la suya con naturalidad.
Él se inclinó un poco y susurró cerca de su oído. Finge que soy tu esposo esta noche, solo por esta boda. Es más fácil que explicar todo. Y créeme, he visto cómo te miran algunos aquí. Valeria se quedó helada con el corazón acelerado. Parte de ella sabía que era una locura. Su jefe, el hombre más importante de la editorial, le estaba pidiendo fingir ser su pareja frente a todos.
Pero otra parte, la que llevaba años sintiéndose sola y juzgada, le decía que tal vez por una vez no estaría mal dejarse llevar. “Está bien”, dijo al fin, apenas en un susurro. “Solo por esta noche.” Diego sonrió levemente y la atrajó suavemente hacia él para la foto. “¡Confía en mí”, murmuró. “Después de hoy, nadie volverá a mirar a Valeria Campos con lástima.
” Lo que ninguno de los dos sabía era que esa pequeña mentira cambiaría sus vidas para siempre. La noche avanzó más rápido de lo que Valeria hubiera imaginado. Desde el momento en que aceptó fingir ser la esposa de Diego, todo pareció volverse irreal. En cuestión de minutos se vio tomada del brazo del hombre más admirado y temido de la empresa, cruzando el salón entre risas y copas de vino, mientras todos los observaban con curiosidad.
El pretexto había comenzado como un simple gesto para evitar comentarios incómodos, pero pronto se convirtió en un juego peligroso. Diego sabía interpretar su papel a la perfección. Sonreía en los momentos justos, la miraba como si la conociera desde siempre y cuando alguien se acercaba, no dudaba en decir con naturalidad, “Mi esposa tiene un ojo único para las historias.
” Sin ella, Montreux Publishing no sería lo mismo. Cada palabra, cada gesto suyo parecía perfectamente calculado, pero también tenía un toque de sinceridad que confundía a Valeria. Actuaba o hablaba en serio. Ella no podía saberlo. Eres sorprendentemente bueno en esto, le dijo entre risas mientras bailaban un bals lento en el centro del salón.
¿En qué exactamente? Preguntó él con una media sonrisa. En fingir. Diego giró con suavidad, acercándola un poco más. Y si no estuviera fingiendo la pregunta la desarmó. El corazón de Valeria se aceleró, pero antes de responder cambió de tema. Tu discurso fue muy bueno comentó refiriéndose al brindis que él había dado hacía poco.
No sabía que tú y Andrés fueran tan cercanos. El brillo en los ojos de Diego se apagó un poco. Antes lo éramos. La vida, el trabajo, esas cosas cambian las relaciones. ¿Y eso te molesta? Me recuerda que el éxito tiene un precio”, respondió sin mirarla directamente. Luego volvió a sonreír. “Pero esta noche prefiero no pensar en eso.
” La música bajo y Valeria se dio cuenta de que Sofía estaba bostezando junto a la mesa de postres. “Debería acostarla”, dijo. Diego asintió y sacó una tarjeta de su bolsillo. Suite 1509. Pueden subir cuando quieran. Ella tomó aún dudosa. “Gracias por todo. No me lo agradezcas todavía”, respondió con tono misterioso. Aún no acaba la noche.
Media hora después, Valeria entraba en la suite del Grand Luzona Hotel con Sofía dormida en brazos. El lugar era enorme, con ventanales que daban al lago y un salón más grande que su propio apartamento. Mientras acomodaba a su hija en la habitación contigua, pensó que aquella situación era absurda. ¿Qué hacía ella, una editora común durmiendo en una suite de lujo que pertenecía a su jefe? Cuando volvió a la sala principal, se quitó los tacones y se dejó caer en el sofá.
Apenas alcanzó a respirar cuando alguien tocó la puerta. ¿Quién es? Preguntó temiendo despertar a Sofía. Diego, olvidé mi maletín, respondió la voz desde el pasillo. Valeria abrió intentando parecer tranquila. Él estaba sin corbata, con el cuello de la camisa abierto y un aire más relajado que en toda la noche.
No quise interrumpir, dijo entrando. Solo vine por esto. Está bien, señaló el mueble donde había dejado una elegante bolsa de cuero. Sofía ya está dormida. Le gustó la fiesta más de lo que imaginaba. ¿Cree que este hotel es un castillo? Sonrió Valeria. No me sorprende. Tiene la imaginación de su madre. Ella lo miró sin saber si agradecer o cambiar de tema.
Diego dejó el maletín sobre el sillón, pero no se fue de inmediato. ¿Puedo preguntarte algo? Dijo apoyándose en el respaldo del sofá. Depende. ¿Por qué nunca aceptaste los ascensos que te ofrecimos en estos años? Valeria frunció el seño. Ascensos, ¿de qué estás hablando? He autorizado tres promociones para ti, explicó él observándola con atención.
Todas fueron rechazadas desde recursos humanos, según ellos, por preferencia personal. Ella se incorporó. Eso es imposible. Yo jamás rechacé nada. El silencio se hizo espeso entre los dos hasta que ambos llegaron a la misma conclusión. Mauricio Duret dijeron casi al mismo tiempo. Diego asintió serio. Era tu superior inmediato, ¿verdad? Sí.
Y siempre dejó claro que no soportaba que yo tuviera mejores resultados que algunos de sus favoritos, pero no imaginé que llegara a ese nivel. Parece que lo hizo. La voz de Diego sonó fría. Revisaré todo el lunes. No puedo permitir que alguien manipule así la estructura de la empresa. Valeria se sentó de nuevo, abrumada.
Eso explica muchas cosas. A veces sentía que mis esfuerzos desaparecían como si nadie los viera. Y aún así seguiste. Diego se acercó sin perder la calma. Eso dice mucho de ti. Ella suspiró. No lo hice por reconocimiento. Solo quería demostrar que podía sostenerme sola por Sofía. Lo hiciste. Su tono fue firme, casi protector.
Y te aseguro que Duret no volverá a frenar tu crecimiento. Valeria lo miró sorprendida por su seguridad. No pensé que te involucraras tanto. Cuando veo injusticia me cuesta quedarme quieto. Durante un momento, el silencio volvió. Él estaba de pie frente a la ventana, mirando el reflejo de las luces del lago.
Ella lo observó de reojo y notó que parecía más humano que nunca, lejos de la imagen impenetrable que tenía en la oficina. Diego empezó con cautela. ¿Por qué haces todo esto? Él giró hacia ella. ¿A qué te refieres? A lo de esta noche, la habitación, el trato, las palabras. No tienes que ser amable conmigo. Su mirada se volvió más intensa.
Y si no se trata de amabilidad. Valeria contuvo el aire. Eres mi jefe, dijo al fin. Esto es complicado. ¿Complicado por el cargo o por lo que sientes? Preguntó él sin moverse. Ella no respondió. Se levantó lentamente intentando mantener la distancia. Creo que deberías irte. Es tarde. Tienes razón. Tomó el maletín, pero antes de marchar se añadió, “Solo una cosa.
No dejes que el miedo decida por ti, Valeria.” Cuando la puerta se cerró, ella se quedó mirando la manija en silencio con el corazón acelerado. Sentía que una línea invisible acababa de cruzarse, aunque ninguno lo hubiera admitido. Valeria se recostó en el sofá y cerró los ojos tratando de ordenar sus pensamientos. No debía permitir que su jefe la confundiera, por más encantador o sincero que pareciera, pero era inútil negarlo. Algo había cambiado.
Horas después, un sonido suave la despertó. Sofía estaba en el marco de la puerta con su pequeño peluche en brazos y los ojos llenos de sueño. Mamá, tuve una pesadilla. Ven aquí, cariño. La levantó y la abrazó. No pasa nada, fue solo un sueño. Había un dragón, susurró la niña, y quería comerse mi pastel.
Valeria rió suavemente. Ningún dragón se atrevería contigo. Y el señor Diego, preguntó Sofía. ¿Se fue a dormir al castillo también? Sí, mi amor. Le acarició el cabello, pero mañana seguro lo vemos. Mientras su hija se quedaba dormida sobre su pecho, Valeria comprendió que aquella noche, por absurda que fuera, se había abierto una puerta que tal vez ya no podría cerrar.
Al amanecer, los primeros rayos del sol entraban por las cortinas. Afuera, el lago brillaba con calma, como si no existiera nada más en el mundo que ese silencio. Pero en su interior, Valeria sabía que la calma era solo el preludio de una tormenta que estaba por venir. El lunes, las paredes de Montreox Publishing serían testigo de algo más grande que una simple historia de oficina.
El lunes llegó con una claridad casi cruel. Valeria caminó por el vestíbulo de Montreo Publishing con la mente llena de pensamientos confusos. Habían pasado apenas dos días desde aquella noche en el Grand Luzona Hotel y aunque había intentado convencerse de que todo había sido una actuación, algo en ella había cambiado. Apretó el paso hasta el ascensor recordando el mensaje que había recibido de recursos humanos el domingo por la tarde.
Reunión ejecutiva, lunes 10 de la mañana, asistencia obligatoria. No entendía por qué la habían convocado. Ese tipo de juntas estaban reservadas para directores y jefes de área, no para una editora intermedia. Las puertas se abrieron y, como si el destino tuviera sentido del humor, dentro estaba Mauricio Duret. Su sonrisa arrogante le provocó la misma incomodidad de siempre.
Vaya, la señorita Campos. Su tono goteaba ironía. Ya recuperada de tu enfermedad. Valeria entró sin mirarlo. Perfectamente, gracias. Me alegra. Necesito el manuscrito de los ecos del invierno antes del mediodía. El equipo de marketing lo quiere revisar. Ella respiró hondo. No hay problema.
Aunque el autor pidió que yo supervisáis los cambios personalmente. Mauricio arqueó una ceja. Claro, claro. Pero recuerda que las decisiones finales pasan por mí. Valeria mantuvo la sonrisa, aunque por dentro hervía. La puerta del ascensor se abrió en el piso de dirección y él se giró justo antes de salir. Por cierto, la reunión de hoy es solo para directivos.
No te molestes en ir. No tienes rango para eso. Ella no respondió. Lo dejó caminar y desaparecer por el pasillo. Cuando miró su reloj, eran las 9:57. A los pocos segundos, su teléfono vibró con un mensaje desconocido. Sala de conferencias 10. No llegues tarde. D. El corazón le dio un vuelco. Diego.
A las 101, Valeria empujó la puerta de la sala. Todos los directivos ya estaban sentados alrededor de la larga mesa de cristal. Diego ocupaba la cabecera impecable en su traje gris oscuro, tan sereno como si el mundo entero le obedeciera. Cuando la vio entrar, asintió. Gracias por acompañarnos, señorita Campos. Tome asiento, por favor.
El murmullo de sorpresa recorrió la mesa. Mauricio la fulminó con la mirada. Con todo respeto, Diego. ¿Por qué está ella aquí? Lo sabrás en un momento. El tono del CO fue tan firme que nadie se atrevió a hablar más. Valeria se sentó frente a Mauricio con el corazón latiéndole con fuerza. Antes de comenzar con los resultados del trimestre, anunció Diego, quiero comunicar algunos cambios estructurales.
El ambiente se tensó. Diego tomó un documento y lo dejó sobre la mesa. A partir de hoy, Mauricio Turet deja su cargo como director editorial. El silencio fue inmediato. Mauricio se levantó pálido. ¿Cómo dices? Tu salida es efectiva de inmediato. Continuó Diego sin alterarse. Recursos humanos ya tiene la documentación.
Los motivos son graves. Manipulación interna, bloqueo de ascensos y falsificación de reportes. Eso es absurdo, exclamó Duret. No puedes despedirme sin pruebas. Las pruebas están aquí, dijo Diego golpeando suavemente la carpeta. correos, reportes alterados, incluso grabaciones de tus reuniones. Has intentado perjudicar a personas valiosas para esta empresa y eso no lo voy a permitir.
Mauricio buscó apoyo entre los demás directivos, pero nadie dijo una palabra, al contrario, varios bajaron la mirada. Y mientras se evalúa una reestructuración definitiva, prosiguió Diego, la señora Campos asumirá temporalmente tus responsabilidades. Valeria se quedó inmóvil. ¿Qué? Susurró sin poder creerlo. Desde hoy, repitió él con calma, eres la directora editorial interina.
El rostro de Mauricio se desfiguró de furia. Esto es un juego sucio, Armand. Todos aquí saben que esto es favoritismo. Digo lo miró con una serenidad helada. Lo único que saben es que tus mentiras se acabaron. Ahora, por favor, deja la sala. Mauricio apretó los puños, pero al final recogió sus cosas y salió lanzando una última mirada envenenada a Valeria.
Cuando la puerta se cerró, el silencio fue absoluto. Diego respiró profundo y continuó la reunión como si nada hubiera pasado. Hablando de proyecciones, lanzamientos y estrategias de mercado, Valeria apenas podía concentrarse. Todo lo que acababa de ocurrir parecía un sueño. Una hora más tarde, cuando todos se retiraron, Diego se acercó a ella. “Quédate un momento.
” Ella lo hizo a una aturdida. ¿Estás bien?”, preguntó él. “No sé qué decir”, respondió ella. No entiendo por qué hiciste esto sin avisarme. “Porque sabía que si te lo decía habrías intentado detenerme”, dijo él con una sonrisa leve. Y no iba a dejar pasar otra injusticia. Valeria cruzó los brazos nerviosa. Ahora todos creerán que obtuve el puesto por por ti.
No pueden probar nada, replicó él. Y además tengo la documentación que demuestra tus méritos. Le entregó una carpeta con los reportes y correos que lo respaldaban. Eres la persona más capaz para este puesto y lo sabes. Ella ojeó los papeles y vio los informes que demostraban como Mauricio había bloqueado sus ascensos. Era irrefutable.
Aún así, esto me pone en una posición complicada, dijo cerrando la carpeta. No quiero que la gente piense que me aprovecho. Que piensen lo que quieran respondió Diego mirándola directamente. Tu trabajo hablará por ti. Valeria respiró hondo. No es tan simple. Soy madre soltera, Diego. Mi tiempo no es igual al de los demás.
Este puesto exige noches, viajes, reuniones. Él asintió. Lo sé y pienso ajustar eso. Montreux necesita evolucionar y tú serás el ejemplo de que se puede tener equilibrio entre la vida personal y profesional. Antes de que pudiera responder, la asistente de Diego entró con un portapapeles. Señor Armand, su siguiente cita está esperando y la señora Campos debe pasar a recursos humanos para formalizar su nuevo cargo. Gracias, Sofie, dijo él.
Luego, mirando a Valeria. Ve y firma, todo lo demás se acomodará. Ella sintió, aunque su mente era un torbellino. Cuando llegó a su oficina, se detuvo frente al vidrio. Todo lo que veía parecía igual, pero nada lo era. En cuestión de horas había pasado de ser una empleada subestimada a ocupar una de las sillas más importantes de la empresa.
Los días siguientes fueron una prueba de resistencia. Valeria se sumergió en su nuevo rol enfrentando reuniones, revisiones y correos interminables. Aunque Diego mantenía un trato profesional, ella sentía su presencia constante, un correo con una sugerencia, una llamada para discutir estrategias, una mirada fugaza en los pasillos. A veces pensaba que todo había sido un error, otras que tal vez el destino había decidido darle una oportunidad que nunca imaginó tener.
Tres semanas después, una noche, cuando la mayoría del personal ya se había ido, Valeria seguía en su oficina revisando contratos. El edificio estaba en silencio, iluminado solo por las luces de emergencia y el resplandor de su pantalla. Tocaron la puerta suavemente. Todavía aquí. La voz de Diego la hizo levantar la vista.
Estaba en mangas de camisa con las mangas remangadas y el cabello ligeramente desordenado. No he terminado los reportes del trimestre, respondió ella. Y ha cenado una barra de cereal. Sonrió débilmente. Eso no cuenta. Apoyó un hombro en el marco de la puerta. Ven, te invito algo. Hay un restaurante cerca que aún está abierto. No creo que sea buena idea, dijo ella, aunque su tono no era firme.
Es solo comida, Valeria. Prometo no hablar de trabajo. Ella dudó unos segundos, pero al final accedió. 20 minutos después estaban sentados en un pequeño restaurante de Zich compartiendo una mesa junto a la ventana. El ambiente era tranquilo, con luz cálida y el olor a pan recién horneado. No sabía que existían lugares tan acogedores aquí cerca”, comentó ella.
“Cuando vives en la oficina terminas conociendo cada rincón que sirva café decente”, bromeó él. Por primera vez en semanas, Valeria se permitió relajarse. Hablaron de autores, de música, incluso de películas. Diego se mostró más humano, más cercano. Cuando ella mencionó a Sofía, él escuchó con genuino interés.
Es una niña especial, dijo Diego al final. Se nota que ha crecido con amor. Lo intento, respondió Valeria bajando la mirada. Hubo un silencio breve de esos que se sienten más que se escuchan. Valeria, dijo él con voz baja. Hay algo que necesito contarte. ¿Qué cosa? Mauricio Duret ha terminado. Supe que estuvo en contacto con Alpenho House Press.
Está filtrando información y tratando de convencer a varios autores para que abandonen Montreux. Valeria sintió un escalofrío. ¿Estás seguro? Completamente. Y entre ellos está la autora de Cielos del Jura, la serie que tú descubriste. Ella cerró los ojos frustrada. No puede ser. Esa autora confía en mí. Por eso mismo necesito tu ayuda.
Se inclinó hacia ella. Este fin de semana se organiza el retiro anual de autores en Lac Prel and Lodge. Vamos a asistir nosotros, tú y yo, confirmó Diego. Y quiero que lleves a Sofía. El lugar tiene actividades para niños. Así podrás concentrarte. No sé si sea apropiado. ¿Qué? Valeria la interrumpió. Confío en ti más que en nadie.
Este evento será crucial para mantener a nuestros autores. Necesito que vengas. Ella respiró hondo. Sabía que tenía razón y pese a sus dudas, una parte de ella se alegró de no tener que separarse de su hija. Está bien, iré. Diego sonrió satisfecho. Entonces, prepárate. Este viaje podría cambiarlo todo. Y Valeria, sin saberlo aún, estaba a punto de descubrir cuán cierto sería eso.
Hagamos un juego para quienes leen los comentarios. Escribe la palabra queso en la sección de comentarios. Solo los que llegaron hasta aquí lo entenderán. Continuemos con la historia. El viernes por la tarde, el auto de la empresa avanzaba por la carretera que serpenteaba entre los Alpes hasta llegar al lac brillant Lobge.
Valeria observaba el paisaje por la ventana mientras Sofía dormía en su asiento abrazada a su conejo de peluche. Diego, al volante mantenía la vista en la carretera con una serenidad que contrastaba con los nervios de ella. No puedo creer que me convencieras de traerla”, dijo Valeria en tono medio divertido.
“Te advertí que el lugar tenía actividades para niños”, respondió Diego. Además, su entusiasmo fue suficiente para que no pudieras negarte. Valeria sonrió. Era cierto. Desde que le mencionó el viaje, Sofía había pasado tres días empacando juguetes, cuentos y su vestido favorito. Cuando llegaron alge, el edificio de madera y piedra se levantaba imponente junto al lago, rodeado de árboles cubiertos por las primeras hojas de otoño.
El aire olía a pino y a tierra húmeda. Dentro la recepción estaba llena de autores, editores y representantes. Bienvenidos al retiro literario Montreux Publishing”, dijo la recepcionista con una sonrisa profesional. “Abre de ¿Quién está la reserva?” “Digo Armand”, respondió él con seguridad. La mujer revisó en la computadora, luego frunció el ceño.
“Lo siento, pero no encuentro ninguna habitación a nombre de la señora Campos.” Valeria parpadeó confundida. Debe haber un error. Me dijeron que tenía una reservación junto al equipo editorial. No figura en la lista, insistió la recepcionista. Y lamentablemente el hotel está lleno por completo. Diego soltó un suspiro breve, claramente molesto.
Verifique mi suite. La mujer asintió. Sí, señor Armand. La suya está lista, la 207, con dos habitaciones. Diego asintió sin dudar. Perfecto. Miró a Valeria. Te quedarás ahí con Sofía. ¿Qué? No, no puedo aceptar eso replicó ella. Ya suficiente con lo del hotel en Zich. Es una suita amplia y tiene dos cuartos separados. Su tono fue firme, aunque amable.
No pienso dejarte buscando alojamiento a esta hora. ¿Y tú dónde dormirás? No te preocupes por eso. Sonrió con ese aire que parecía tener siempre las respuestas. Encontraré dónde quedarme. Valeria iba a protestar, pero Sofía despertó y lo interrumpió. ¿Nos quedaremos con el señor Diego? Preguntó con ilusión. Él se inclinó hacia la niña.
Solo si tú me enseñas algún truco nuevo de magia. La sonrisa de Sofía fue suficiente para sellar el trato. Subieron al segundo piso y cuando entraron en la suite, Valeria quedó impresionada. Tenía una sala amplia con chimenea, balcones que daban al lago y dos habitaciones conectadas por un corredor. Sofía corrió directamente hacia la ventana.
“Mamá, ¿se ve el agua?”, gritó pegando las manos al vidrio. Diego la observó divertido. Definitivamente heredó tu entusiasmo. Valeria soltó una risa breve. O tu paciencia, quién sabe. Poco después bajaron al comedor principal, donde se celebraba la recepción de bienvenida. Los autores charlaban entre copas de vino y música suave. Valeria intentó mantener una actitud profesional, aunque sentía la mirada de Diego más veces de las que quería admitir.
De pronto, un rostro entre la multitud le heló la sangre. Mauricio Turet estaba de pie junto al bar hablando con un grupo de editores. En cuanto la vio, sonrió con malicia. “Parece que el retiro se puso interesante”, murmuró Valeria. Diego siguió su mirada y tensó la mandíbula. “Lo imaginé. No te preocupes, no tiene poder aquí. No me preocupa lo que haga, sino lo que planea, respondió ella.
Antes de que pudieran seguir hablando, una mujer mayor se acercó con paso elegante. Su cabello rubio con canas y su porte distinguido bastaban para que todos a su alrededor bajaran la voz. Diego Armand dijo con calidez, “Al fin apareces. Creí que seguirías evitando estas reuniones. Jamás me atrevería a hacerlo, Elizabeth respondió él sonriendo.
Permíteme presentarte a Valeria Campos, nuestra nueva directora editorial. Los ojos azules de la mujer se iluminaron. Así que tú eres la editora que todos mencionan. Encantada, querida. Valeria casi se sonrojó. El placer es mío. Sus libros fueron los que me inspiraron a trabajar en este mundo.
Entonces somos almas del mismo tipo, dijo Elizabeth Pernier, riendo suavemente. Y esta pequeña Sofía respondió la niña, apareciendo de pronto con su conejo en brazos. Se hacer magia. Elizabeth soltó una carcajada. Qué coincidencia, justo estoy buscando un poco de magia para mi próxima novela. La conversación se tornó tan amena que varios de los presentes se acercaron intrigados.
En pocos minutos, Valeria se encontró en el centro de atención hablando sobre literatura, creatividad y nuevos autores, mientras Diego la miraba con orgullo disimulado. Al final de la cena, Elizabeth los invitó a desayunar al día siguiente. “Quiero hablar de mi nuevo proyecto”, anunció. Y confieso que prefiero hacerlo con personas que no olvidan lo humano detrás de los libros.
Cuando se retiraron hacia la suite, Sofía iba medio dormida con la cabeza recostada en el hombro de Valeria. Diego caminaba a su lado en silencio. “Lograste algo grande”, dijo de pronto. Elizabeth Pernier no suele abrirse con nadie. Creo que fue mérito de Sofía respondió Valeria con una sonrisa cansada. la conquistó con su magia. Dia ríó bajo.
Entonces será nuestra mejor aliada. En el ascensor la atmósfera cambió. El silencio se volvió más denso, casi íntimo. Al llegar al pasillo, Valeria se detuvo frente a la puerta de la suite. Gracias por defenderme, incluso cuando no tenías que hacerlo. No tienes que agradecerme nada, dijo Diego. Te ganaste tu lugar por mérito propio.
A veces lo olvido. Él la miró unos segundos con una mezcla de ternura y firmeza. Entonces, déjame recordártelo las veces que haga falta. Valeria sintió que su respiración se detenía. Estaba a punto de responder cuando Sofía murmuró medio dormida. ¿Podemos ver las estrellas mañana? Claro que sí, pequeña, respondió Diego inclinándose para despeinarle el cabello. Prometido.
Esa noche, mientras Sofía dormía en la habitación contigua, Valeria se quedó en la sala mirando las luces reflejadas en el lago. Apenas podía creer como había terminado compartiendo techo con el hombre más influyente de su empresa. Y aún así, lo más inquietante no era eso, sino la calma que sentía a su lado.
No sabía cuánto tiempo pasó hasta que escuchó pasos suaves. Diego apareció con una taza de té en la mano. No podías dormir, ¿verdad? No. La cabeza no deja de dar vueltas, admitió ella. Pasa siempre antes de un gran día. Le tendió la taza. Tila con miel. Funciona mejor que cualquier consejo.
Ella aceptó la bebida sonriendo. Gracias, por cierto, añadió él apoyándose en la barandilla del balcón. Mañana Mauricio intentará acercarse. No hables con él sola. Tan predecible soy. No, tú, él, y no quiero que te arruiné el fin de semana. Valeria asintió observando como el reflejo de la luna dibujaba líneas sobre el lago.
Por un momento, ambos permanecieron en silencio. ¿Sabes?, dijo Diego al fin con voz baja. A veces olvido que esto empezó como un simple acto para fingir. Valeria lo miró sorprendida. ¿Y ahora qué es? Él tardó unos segundos en responder, algo que ya no sé cómo fingir. Ella sintió un nudo en la garganta, pero antes de que pudiera decir algo, un golpe en la puerta rompió el momento.
Digo caminó hasta el pasillo y abrió. Un guardia del hotel, con gesto serio, habló en voz baja. Señor Armand, hay un problema. Alguien intentó entrar al salón de conferencias esta noche. La seguridad revisa las cámaras. Diego frunció el seño. ¿Saben quién fue? Aún no, pero parece que tomó fotos de los contratos.
Valeria intercambió una mirada con él. No hacía falta adivinar el nombre que ambos pensaban. Mauricio dijeron al mismo tiempo. Diego suspiró. Quédate aquí con Sofía. Iré a resolverlo. Valeria asintió, observando como salía de la habitación con paso decidido. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió más pesado que antes.
Se acercó al balcón abrazándose a sí misma. No sabía si temer por su carrera o por lo que empezaba a sentir por él. Esa noche, entre la brisa del lago y la incertidumbre, Valeria entendió que el viaje apenas estaba comenzando. Pasada la medianoche, Valeria no conseguía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, se imaginaba a Diego en el salón de conferencias, discutiendo con seguridad y personal del hotel.
La idea de que Mauricio estuviera detrás de todo la inquietaba. No quería admitirlo, pero temía que ese hombre aún tuviera poder suficiente para causar daño. Cansada de dar vueltas, encendió su laptop y revisó sus correos. Entre mensajes de trabajo y notificaciones sin importancia, uno llamó su atención.
Provenía de una dirección desconocida y el asunto decía, “No todo es lo que parece.” frunció el ceño. Dudó unos segundos antes de abrirlo. Dentro había una sola línea de texto y tres fotografías adjuntas. Pregúntale a Diego Ormán cuánto apostó por conquistarte. Pregúntale sobre la apuesta de universidad. Te mereces saber la verdad.
Valeria sintió cómo se le helaban las manos. abrió las imágenes. Eran fotografías tomadas con teleobjetivo desde fuera del restaurante la noche anterior. Ella, Diego y Sofía, riendo juntos, compartiendo comida, pareciendo una familia. En otra, él tenía la mano sobre la suya en un gesto que ahora se le antojaba comprometedor.
El último archivo era un recorte de periódico viejo. Jóvenes empresarios de la Ususana apuestan durante cena universitaria. ¿Quién logrará enamorar primero a una desconocida? Y entre los nombres mencionados estaba el de Diego. El corazón de Valeria comenzó a latir con fuerza. Cerró la laptop de golpe.
No puede ser, susurró llevándose las manos al rostro. Trató de razonar. Podía ser un invento de Mauricio, podía ser una manipulación, pero la coincidencia, la insinuación de una apuesta y el tono burlón del mensaje eran demasiado precisos para ignorarlos. Su teléfono vibró. Un mensaje nuevo, esta vez de Diego. Todo bajo control. Confirmado. Fue Duret.
Tomó fotos y documentos. Lo interceptamos con seguridad. Mañana te explico todo. Descansa. Valeria leyó el texto una y otra vez. Lo interceptamos. Te explico mañana. Palabras que en otro momento le habrían dado tranquilidad, pero ahora solo encendían más sospechas. ¿Y si él también mentía? ¿Y si esa supuesta defensa constante no era más que un juego, un desafío personal, una forma de probar que podía tener lo que quisiera, incluso a ella? se levantó caminando de un lado a otro.
La imagen de su hija durmiendo en la habitación contigua la obligó a tomar una decisión rápida. No podía quedarse allí, no hasta saber la verdad. Empacó con movimientos torpes la ropa de Sofía, su laptop, los papeles que llevaba para el retiro. Dejó sobre la mesa una nota breve escrita con letra apretada. Gracias por todo.
Tuvimos una emergencia familiar. No quiero ser una carga. Eran casi las 5 de la mañana cuando cerró la puerta de la suite y bajó en silencio con Sofía dormida sobre el hombro. El cielo comenzaba a clarear. Afuera el aire era helado y el lago parecía cubierto por una neblina blanca. Llamó a un taxi y mientras esperaba en el vestíbulo, pensó en todo lo ocurrido en las últimas semanas.
la boda, las miradas, las palabras, los gestos que había querido creer sinceros. Tal vez había sido ingenua, tal vez, una vez más había confiado donde no debía. “¿Nos vamos, mamá?”, preguntó Sofía con voz omnolienta. Sí, mi amor. Volvemos a casa, respondió intentando sonreír. El viaje de regreso a Suric fue silencioso. Sofía se durmió casi de inmediato y Valeria se quedó mirando por la ventana viendo los picos nevados desaparecer tras la bruma.
intentó convencerse de que estaba exagerando, que debía esperar a hablar con Diego. Pero la voz de su instinto, esa que había aprendido a escuchar desde que se quedó sola, le decía que no se equivocaba. Algo no encajaba. Cuando llegaron a su apartamento, lo primero que hizo fue cerrar las cortinas y dejar la maleta junto a la puerta.
preparó el desayuno para Sofía en automático, sin probar bocado. El silencio del hogar se sentía extraño, como si todo lo vivido hubiera sido un sueño del que ahora despertaba confundida y vacía. Al mediodía, su teléfono comenzó a sonar sin parar. Llamadas, mensajes, correos, todos de la oficina los ignoró. Finalmente, una notificación llamó su atención.
reunión extraordinaria de junta directiva, lunes 9 de la mañana. Sintió un escalofrío. No había duda, algo grave había pasado. El lunes por la mañana llegó a Montreux Publishing antes de tiempo. El ambiente era distinto. En lugar de las conversaciones habituales, se respiraba tensión. Los empleados hablaban en voz baja y los ascensores estaban llenos de murmullos.
Cuando Valeria entró a la sala de juntas, notó las caras serias de todos los ejecutivos, pero la de Diego no estaba entre ellas. La presidenta de finanzas, una mujer mayor de semblante sereno, tomó la palabra. “Gracias por venir con tan poca anticipación”, comenzó. “Me temo que traigo malas noticias.” Valeria sintió que el aire se detenía.
Diego Armand sufrió un accidente automovilístico el domingo por la noche de regreso del retiro. Está hospitalizado en la clínica Sainrone. Su estado es delicado, pero estable. El golpe fue como un puñetazo invisible. La sala giró por un instante. ¿Cómo? Susurró Valeria. Parece que el pavimento estaba congelado.
El auto derrapó y cayó contra una barrera. Por suerte llevaba el cinturón puesto. Está recibiendo tratamiento continuó la mujer con tono grave. La empresa funcionará de manera provisional hasta que se recupere. El resto de la reunión pasó sin que Valeria pudiera concentrarse. Las palabras le llegaban como ecos lejanos.
¿Y si no hubiera huido? ¿Y si ese accidente ocurrió porque él intentó alcanzarla o regresar a aclarar todo? La culpa la golpeó con fuerza. Esa tarde fue hasta la clínica. La recepcionista le informó que solo la familia podía entrar. Esperó en el pasillo casi una hora hasta que vio a una mujer de cabello oscuro y mirada aguda salir de la habitación.
¿Eres Valeria Campos? Preguntó con frialdad. Sí, usted es Katherine Armand, hermana de Diego. La mujer cruzó los brazos. Está consciente y ha estado preguntando por ti desde que despertó. Valeria la miró desconcertada. ¿Puedo verlo? Él insistió en que te dejara pasar. El rostro de Catherine se suavizó apenas.

Pero antes quiero aclararte algo. ¿Qué cosa? Se lo de la apuesta. Sé lo que te dijeron. Valeria se tensó. Pero escucha bien, hubo una apuesta hace 20 años. Sí, entre Diego y unos amigos. Una tontería universitaria, pero nada de eso tiene que ver contigo. Valeria bajó la mirada confundida. Mi hermano no es perfecto, pero jamás jugaría con alguien así.
El tono de Caerine se volvió más sereno. Te sugiero que escuches lo que tiene que decir. Después decides. Sin saber qué responder, Valeria la siguió hasta la habitación. El corazón le martillaba en el pecho. Digo estaba recostado con un vendaje en la frente y el brazo enyesado. Pálido, débil, pero vivo.
Cuando la vio entrar, una sonrisa tenue le cruzó el rostro. Sabía que vendrías. murmuró. Ella se acercó lentamente, sin saber por dónde empezar. Tenía que saber la verdad, dijo al fin, conteniendo la emoción. Y la tendrás, respondió él con voz shonka. Pero primero prométeme algo. ¿Qué? No vuelvas a marcharte sin escucharme. Valeria asintió y por primera vez en días sintió que su respiración volvía a tener sentido.
Él tomó su mano con cuidado. Sé lo que te dijeron y entiendo que lo creyeras, pero juro que no haya apuesta, no contigo. Lo que siento es real y lo descubrí mucho antes de darme cuenta. Valeria no respondió. Las lágrimas se agolparon en sus ojos. Había esperado tanto una explicación que ahora no sabía cómo reaccionar. Digo la miró con una mezcla de dolor y ternura.
No te pido que me creas hoy, solo que me dejes de mostrarlo cuando salga de aquí. Ella apretó su mano. Tendrás tu oportunidad. Y en silencio entendió que pese a todo el caos, no podía negar lo que su corazón ya sabía. Los días siguientes transcurrieron como un borrón. Valeria visitaba la clínica cada tarde después del trabajo, sin avisar a nadie.
No se atrevía a admitirlo, pero necesitaba verlo, comprobar que seguía con vida, que no todo había terminado en un malentendido y un accidente. Diego se recuperaba lentamente. Los médicos habían dicho que su estado mejoraba a buen ritmo, aunque debía guardar reposo absoluto durante al menos dos semanas. Cuando Valeria entraba en la habitación, él siempre sonreía con esa serenidad que parecía inquebrantable.
“Ya casi me dan de alta”, le dijo una tarde mientras ella dejaba unas flores sobre la mesa. “Eso es una buena noticia”, respondió Valeria intentando sonar natural. “Me alegra que sigas viniendo. Pensé que después de lo que pasó no querrías verme.” Valeria bajó la mirada. No sé qué pensar todavía, Diego.
Recibí un correo con fotos con esa historia sobre la apuesta. Era demasiado específico. Lo sé. Él suspiró. Mauricio lo planeó todo. Tomó fragmentos de una broma vieja para usarlos en mi contra. Lo hizo para lastimarme y sabía que tú serías el punto más débil donde golpear. ¿Era cierto entonces? preguntó ella en voz baja.
Sí, pero no como te lo hicieron creer. Se incorporó un poco con esfuerzo. Fue hace casi 20 años en la universidad. Hacíamos apuestas ridículas entre amigos sobre trivialidades. Una noche, uno de ellos dijo que podría conquistar a alguien de cada facultad. Me incluyeron en esa tontería, pero jamás lo cumplí. Lo olvidé. Hasta que Mauricio lo usó para armar una historia que parecía creíble.
Valeria lo observó en silencio. En su interior, algo se liberaba poco a poco, aunque la desconfianza seguía allí, aferrada a su orgullo. “¿No sabes lo difícil que fue creer que todo lo que compartimos podía ser una farsa?”, murmuró ella. “Entiendo que lo pensaras, pero dime una cosa, Valeria.” La miró con seriedad. En todo este tiempo, ¿en algún momento te hice sentir usada? Ella negó lentamente.
No, al contrario, siempre fuiste amable, incluso cuando no tenías por qué serlo. Diego sonrió débil, pero sincero. Entonces, deja que mis actos hablen más fuerte que los rumores. Durante un momento, el silencio llenó la habitación. El ruido lejano de los pasillos de la clínica se mezclaba con el sonido tenue de la lluvia contra los ventanales.
Valeria se dio cuenta de que, a pesar de todo, se sentía tranquila a su lado. Esa noche al salir se encontró con Catherine en el pasillo. La hermana de Diego la observó con una mezcla de desconfianza y respeto. “No eres como las demás que se han acercado a él”, comentó sin preámbulo. No busco nada”, respondió Valeria con calma. “Solo quiero que se recupere”.
Caterina asintió. “Lo sé, por eso te dejé entrar. Cuídalo. Diego no lo dirá, pero necesita más apoyo del que admite.” Valeria agradeció el gesto y se marchó. Esa conversación, aunque breve, le dio una paz extraña. Al día siguiente, la rutina en Montreux Publishing fue caótica. Con Diego fuera, la dirección había recaído sobre el consejo temporal y las decisiones se multiplicaban sin orden.
Valeria, como directora editorial interina se convirtió en el centro de atención. Algunos la respetaban, otros la observaban con sospecha. “Dicen que obtuviste el puesto por tu cercanía con el señor Armand”, susurró una asistente en el pasillo creyendo que no la oía. Valeria se detuvo, pero no se giró. sabía que enfrentarse a rumores solo los alimentaba.
Sin embargo, esa misma tarde, durante una reunión con los departamentos de marketing ilegal, decidió poner las cosas en claro. “Sé que muchos se preguntan por qué sigo aquí”, dijo con voz firme, mirando a todos. “La respuesta es simple, porque mi trabajo lo merece. Los resultados hablan. No vine a ocupar el lugar de nadie, sino a rescatar lo que estaba siendo manipulado.
Si alguien tiene dudas, las resolveremos con hechos, no con chismes. El silencio fue absoluto. Nadie se atrevió a replicar. Cuando la reunión terminó, varios se acercaron a felicitarla. Por primera vez su ascenso, Valeria sintió que se había ganado el respeto que tanto le había costado. Esa misma noche recibió un mensaje de Diego.
Gracias por mantener todo a flote. Me contaron de tu discurso. Estoy orgulloso. Valeria sonrió al leerlo. Aún convaleciente, él seguía pendiente de todo. Una semana después, Diego fue dado de alta. No quiso que lo recogieran chóeres ni asistentes. En cambio, llamó directamente a Valeria. “¿Podrías venir por mí?”, pidió con tono tranquilo.
Catherine insiste en acompañarme, pero quiero hablar contigo sin testigos. Valeria dudó un instante, pero aceptó. Media hora después lo vio salir apoyado en un bastón ligero, más delgado, pero con esa misma expresión serena. subió al asiento del copiloto con dificultad y el silencio inicial del trayecto se volvió casi incómodo.
“No esperaba que vinieras”, dijo él rompiendo el hielo. “Tampoco yo,” admitió ella, “pero necesitaba escuchar lo que tenías que decir. No tengo mucho más que explicar”, dijo mirando por la ventana. Solo puedo prometerte que esa historia del correo no era más que una manipulación y que no pienso permitir que alguien vuelva a usarte para llegar a mí.
Valeria lo miró de reojo. No necesito que me protejas, Diego. Puedo hacerlo sola. Lo sé, respondió él con una sonrisa, pero déjame hacerlo aunque sea por gusto. El comentario la hizo reír por primera vez en días. Cuando llegaron al edificio de la empresa, los empleados se quedaron sorprendidos al verlo de regreso.
Nadie se atrevió a interrumpirlos mientras caminaban juntos hasta su despacho. Dentro, Diego se detuvo frente a la ventana observando el paisaje gris de Zich. “No planeaba volver tan pronto,” confesó, “pero no podía quedarme en casa sabiendo que hay alguien que intenta destruir lo que hemos construido.” “Mauricio, sí.
” Al Penhouse Press le ofreció un puesto y está usando información nuestra para atraer autores. No lo lograremos detener si no actuamos juntos. Juntos repitió Valeria arqueando una ceja. Tú y yo dijo mirándola directamente. Somos un buen equipo, aunque a veces nos cueste admitirlo. Valeria quiso replicar, pero la seriedad en su mirada la desarmó.
Había una mezcla de convicción y ternura en el que hacía imposible negar su apoyo. De acuerdo, dijo. Finalmente, trabajaremos juntos, pero manteniendo los límites claros. Límites, repitió él sonriendo. De acuerdo, aunque empiezo a pensar que te gusta ponerlo solo para ver si los cruzo.
Valeria rodó los ojos sin poder evitar sonreír. No todos los desafíos se ganan, Armand. Algunos valen la pena intentarlo”, respondió él bajando la voz. En ese momento, Sofía irrumpió por la puerta acompañada por la recepcionista. “Mamá”, corrió hacia Valeria y luego miró a Diego. “¿Ya estás bien, señor Diego?” Él se agachó con cuidado.
Casi, pequeña, gracias a tu carta mágica, los dragones ya no me molestan cuando duermo. Sofía sonrió con orgullo y Valeria sintió un calor extraño en el pecho. En ese instante, por un segundo fugaz, todo pareció tener sentido. La empresa, los rumores, los tropiezos, incluso las dudas. Esa noche, cuando cerró la puerta de su oficina, Valeria se dio cuenta de algo que ya no podía negar.
No importaban las explicaciones ni las heridas, Diego se había convertido en alguien imposible de apartar de su vida. Y aunque el futuro aún estaba lleno de preguntas, por primera vez en mucho tiempo, tenía la certeza de que no enfrentaría el siguiente paso sola. Hagamos otra broma para quienes solo revisan la caja de comentarios.
Escriban la palabra chocolate. Los que llegaron hasta aquí entenderán el chiste. Continuemos con la historia. Las semanas siguientes fueron un torbellino. Montreux Publishing se preparaba para su conferencia anual de autores, un evento clave para mantener contratos y reputación. Valeria trabajaba sin descanso, mientras Diego, aún en recuperación, retomaba su papel de liderazgo con la misma determinación de siempre.
A pesar de su regreso, las cosas no habían vuelto completamente a la normalidad. Los rumores persistían y las tensiones con Outenho House Press aumentaban. Mauricio Duret, ahora trabajando para la competencia, no dejaba de aparecer en reuniones del sector, difundiendo medias verdades sobre el supuesto favoritismo en Montreux.
sabe exactamente dónde atacar”, dijo Valeria una tarde revisando documentos junto a Diego en su despacho. “Está usándolo del correo anónimo para insinuar que todo entre nosotros fue una estrategia para hundirlo. Lo conozco.” Diego apoyó los codos sobre el escritorio. Siempre ha sido hábil para manipular la percepción de los demás.
“Pero ya tengo una idea para ponerle fin.” ¿Qué idea? Dejemos que se hunda con sus propias mentiras. Valeria lo miró intrigada. Diego se levantó, tomó una carpeta y la dejó frente a ella. Dentro había copias de correos, extractos de llamadas y registros de transferencias, pruebas de que Mauricio había intentado sobornar a varios autores para que rompieran contrato con Montreux.
Esto es suficiente para exponerlo, dijo Diego. Pero quiero hacerlo públicamente durante la conferencia. ¿Estás seguro? Preguntó Valeria con una mezcla de admiración y preocupación. Si algo sale mal, podría volverse en tu contra. Entonces confío en que tú me cubras, respondió él con una sonrisa tranquila.
Valeria suspiró, pero asintió. Muy bien, lo haremos a tu manera. El día de la conferencia, el auditorio principal del Centro de Convenciones de Surich estaba lleno. Autores, agentes y periodistas ocupaban cada asiento mientras las cámaras de los medios capturaban cada movimiento en el escenario. Valeria caminaba entre bastidores con el estómago hecho un nudo.
No temía por la presentación, sino por lo que venía después. Sabía que en cuanto Diego subiera al podio, el enfrentamiento con Mauricio sería inevitable. ¿Lista? Preguntó Diego acercándose a ella. Vestía un traje azul oscuro y una corbata plateada. Parecía completamente recuperado, aunque aún se notaba cierta rigidez en su brazo enyesado.
“Lo intentaré”, dijo ella, esbosando una sonrisa nerviosa. “Pero si esto sale mal, me harás responsable.” “Si sale bien, también”, respondió él. Y por un instante, ambos compartieron una risa breve que alivió la tensión. Cuando Diego salió al escenario, el murmullo del público se apagó. Su voz resonó firme y segura.
Durante los últimos años, Montreux Publishing ha enfrentado desafíos, pero también ha crecido gracias al talento y la integridad de su equipo. Sin embargo, recientemente hemos descubierto intentos deliberados de sabotaje desde dentro y fuera de nuestra compañía. Un murmullo inquieto recorrió la sala. Valeria observaba desde un costado del escenario con el corazón acelerado.
“Quiero dejar algo claro”, continuó Diego. “La editorial que represento no tolerará la manipulación ni el engaño sin importar el cargo o el apellido.” En ese momento, la puerta lateral del auditorio se abrió. Mauricio Duret apareció impecablemente vestido con una sonrisa confiada. Algunos periodistas giraron las cámaras hacia él.
“Qué conveniente que hable de integridad”, intervino alzando la voz. La misma integridad que demuestra al ascender a su acompañante personal. El público contuvo el aliento. Diego bajó lentamente el micrófono y lo observó con una calma peligrosa. “Mauricio, qué sorpresa verte aquí. Aunque pensándolo bien, no debería sorprenderme. Siempre apareces cuando el protagonismo no te pertenece.
Las risas contenidas de algunos asistentes hicieron que el rostro de Mauricio se tensara. No cambies el tema. Todos saben que promoviste a Valeria Campos por motivos personales. Valeria dio un paso al frente, incapaz de permanecer callada. Si mis resultados te molestan, puedes revisarlos cuando quieras. Cada libro que firmé en estos meses superó las proyecciones.
¿También vas a decir que eso fue parte de una estrategia romántica? El murmullo del público volvió a crecer. Diego la miró con orgullo, aunque mantuvo el tono profesional. “Justamente eso es lo que quería mostrar”, dijo dirigiéndose al auditorio. “Esta mujer ha soportado más rumores que cualquiera de nosotros y aún así ha mantenido a flote nuestra editorial.
Y mientras ella trabajaba, el señor Duret robaba información confidencial y ofrecía dinero para destruir lo que otros construyeron con esfuerzo. Mauricio empalideció. Eso es una mentira. Diego levantó la carpeta. Aquí están las pruebas, transferencias, correos, grabaciones. Todo entregado a los abogados esta mañana.
Los flashes de las cámaras iluminaron el lugar. Mauricio retrocedió buscando una salida, pero era inútil. La evidencia era clara y el público ya había dictado su veredicto. Valeria sintió un nudo en el pecho. Todo había terminado, pero la tensión no desaparecía. Cuando Diego bajó del escenario, los aplausos lo siguieron, aunque él solo buscó su mirada.
“Te dije que lo dejaras hundirse solo”, le susurró al pasar junto a ella. Y lo hiciste con estilo”, respondió conteniendo una sonrisa. Esa noche la conferencia terminó con una cena privada para el equipo directivo. Las luces del salón eran cálidas, la música suave, pero el ambiente entre ellos era distinto, más relajado, más libre. Por primera vez en meses, Valeria sintió que respiraba sin miedo.
Cuando todos comenzaron a retirarse, Diego se acercó a su mesa. “¿Puedo acompañarte un momento?” Ella asintió. Salieron al balcón del hotel, desde donde se veía toda la ciudad iluminada. “El aire fresco traía olor a lluvia. “Hoy hiciste algo muy valiente”, dijo él. No tanto como enfrentarte a un enemigo frente a toda la prensa.
No habría podido hacerlo sin ti. La miró con una intensidad que la desarmó. Todo esto, la empresa, el éxito, nada habría valido si te hubiera perdido. Valeria lo observó con el corazón latiéndole con fuerza. No digas eso, Diego. Apenas estamos recomponiendo las cosas y precisamente por eso te lo digo.
No quiero seguir fingiendo que esto es solo trabajo. Ella bajó la mirada. Y si volvemos a equivocarnos, entonces aprenderemos. Pero no quiero dejar pasar lo que siento por miedo a un error. Valeria sintió que su pecho se llenaba de algo que no sabía si era esperanza o temor. Se acercó un poco, lo suficiente para notar el leve temblor en su respiración.
“A veces pienso que eres un problema del que no puedo huir”, susurró. “Y yo pienso que eres la única razón por la que vale la pena quedarme”, respondió él, apenas audible. El silencio los envolvió. Las luces de la ciudad parpadeaban como testigos silenciosos. Finalmente, Diego alzó una mano y apartó un mechón de cabello de su rostro.
“Puedo prometerte algo”, dijo con voz suave. “Nunca volverás a sentirte sola, ni aquí ni en ningún otro lugar.” Valeria lo miró a los ojos. Ya no había espacio para dudas. El beso llegó despacio, inevitable, y por un instante el mundo pareció detenerse. Todo el peso de las semanas anteriores, las mentiras, el miedo, las acusaciones, se disolvió entre ellos.
Cuando se separaron, Valeria sonrió. Supongo que ahora sí rompimos los límites. No. Diego acarició su mejilla con una sonrisa cómplice. Solo los reescribimos. La risa de ambos se mezcló con el sonido de la lluvia cayendo sobre el balcón. Era el final de una guerra profesional y el comienzo de algo mucho más profundo. En algún lugar dentro del edificio, Sofía dormía tranquila, sin saber que al despertar su madre y Diego ya habían decidido dejar de fingir.
Y por primera vez en mucho tiempo, Valeria sintió que su historia al fin empezaba a tener sentido. 6 meses después, el invierno había cedido paso a una primavera luminosa en Surich. Los días eran más largos, los parques volvían a llenarse de vida y la ciudad se reflejaba brillante sobre el río Limat.
En una terraza con vista al lago, Valeria Campos revisaba los últimos manuscritos del mes, mientras una suave brisa movía las hojas del cuaderno donde hacía anotaciones. A su lado, una taza de café humeante se enfriaba lentamente. Desde adentro de la casa se escuchaban risas. La voz de Sofía y mezclada con ella, la de Diego.
“Mamá, ven a ver”, gritó la niña desde el jardín. Encontré otra piedra con brillo. Valeria se levantó riendo. “Sofía, eso es solo un trozo de vidrio”, dijo al asomarse. “No es vidrio mágico”, replicó la niña con la convicción de quien aún cree en los dragones. Diego apareció tras ella con las mangas arremangadas y la sonrisa tranquila de quien ha aprendido a disfrutar de lo simple. Deja que lo sea.
A veces la magia está en creer que algo lo es. Valeria se cruzó de brazos fingiendo una seriedad que no sentía. ¿Y tú de qué lado estás, señor director general? Del lado de la imaginación, respondió él, acercándose para darle un beso en la frente. Debería saberlo, editora jefe. Ella sonrió recordando todo lo que habían vivido para llegar hasta ese momento.
Tras la conferencia que expuso a Mauricio Duret, Montreux Publeng recuperó su prestigio y amplió su catálogo con nuevas firmas. Los rumores se disiparon y las ventas se dispararon gracias a la estabilidad que ambos habían logrado devolverle a la empresa. Diego continuaba como CEO, pero había delegado parte de la dirección editorial a Valeria, quien contra todos los pronósticos demostró que podía equilibrar liderazgo, creatividad y maternidad sin perder humanidad.
Aquel éxito conjunto los había unido más de lo que ninguno imaginó. Y aunque aún eran prudentes con su relación en público, entre ellos no había nada que ocultar. Esa tarde, después de almorzar en la terraza, Sofía corrió hacia el jardín con su conejo de peluche en la mano. Diego la observó con ternura. No deja de recordarme a ti”, comentó apoyando los brazos sobre la barandilla.
Curiosa, testaruda, con una energía imposible de detener y con un talento especial para discutir, añadió Valeria con una sonrisa divertida. Diego rió. Eso también lo heredó. Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio, disfrutando del sonido del viento y del canto de las aves.
Era una calma que ninguno de los dos había tenido antes. ¿Recuerdas el primer día que hablamos?, preguntó Diego de pronto. En aquella boda, cuando me confundieron contigo y el fotógrafo insistió en tomarnos una foto. Valeria asintió con la mirada perdida en el horizonte. Recuerdo que pensé que era la peor idea del mundo y resultó ser la mejor”, replicó él con una media sonrisa.
“Aunque tardamos un poco en darnos cuenta. Solo un poco,” respondió ella entre risas. El sol comenzaba a ocultarse cuando Elizabeth Bernier llegó de visita, como solía hacerlo una vez al mes. La escritora, elegante como siempre, trajo consigo una botella de vino y un nuevo manuscrito bajo el brazo.
“No pienso jubilarme todavía”, anunció con su característico humor. “Así que espero que esta historia te quite el sueño, Valeria. Si es tuya, segaramente lo hará”, respondió ella, abrazándola con cariño. Diego sirvió tres copas de vino mientras Elizabeth se acomodaba en una silla del jardín.
“¡Qué gusto verlos así”, comentó observándolos. “En todos mis años de escribir, pocas veces he visto un final que se sienta tan justo.” Valeria se rió. No diría que es un final. No, querida, corrigió la autora con un guiño. Es apenas el inicio de otro capítulo. Esa noche, cuando el cielo se llenó de estrellas, Sofía salió corriendo al patio.
Mamá, mira, hay una estrella fugaz. Valeria levantó la vista y la vio cruzar el firmamento como un destello. Sofía cerró los ojos con fuerza. ¿Qué pediste?, preguntó Diego, arrodillándose junto a ella. Nada, respondió la niña sonriendo. Ya tengo todo. Valeria sintió que el corazón se le apretaba. A veces las palabras de su hija tenían más peso que cualquier discurso.
Más tarde, cuando Sofía se durmió, Valeria y Diego permanecieron en el balcón. La luna se reflejaba en el lago, igual que aquella noche del retiro en la brillante. Pero ahora no había miedo ni dudas, solo paz. Nunca imaginé llegar hasta aquí”, dijo ella, recostando la cabeza en su hombro. “Yo tampoco”, confesó él.
“pero, ¿sabes? Si tuviera que pasar por todo de nuevo, incluso las mentiras, los rumores y los tropiezos, lo haría sin dudarlo.” “¿Por qué?”, preguntó curiosa. “Porque fue la única forma de encontrarte.” Le tomó la mano con suavidad. y de entender que no se trata de ganar, sino de acompañar. Valeria lo miró con ternura. Entonces, supongo que los dragones ya no nos persiguen. Diego sonrió.
No, pero si vuelven, tengo a una editora y a una niña que saben usar magia. Ambos rieron despacio. Luego el silencio volvió a envolverlos, uno de esos silencios cómodos que no necesitan palabras. Días después, en las oficinas de Montreux Publishing, Valeria revisaba el nuevo número de la revista interna de la empresa.
En la portada, un titular en letras doradas. Montreux renace, liderazgo con alma y nuevos horizontes. Suspiró satisfecha. Su celular vibró. Un mensaje de Diego. Reunión en la sala 5 de enero de 2015 minutos. Y no es de trabajo. Rodó los ojos. divertida. Sabía lo que eso significaba. Algún gesto inesperado, algún detalle que la dejaba sin palabras.
Cuando llegó a la sala, encontró sobre la mesa una pequeña caja plateada y una nota escrita a mano. Esta vez no haya apuestas, solo promesas. Dentro, un anillo sencillo con una piedra transparente que reflejaba la luz del ventanal. Diego apareció tras ella en silencio. No tienes que responder hoy. No pienso tardar 6 meses como la última vez, replicó ella emocionada.
Él sonrió y la abrazó con suavidad. Entonces, déjame quedarme a tu lado el resto de las historias que escribas. Solo si prometes que serán felices”, susurró ella, “Haré lo posible.” Y entre risas se fundieron en un beso tranquilo de esos que no anuncian un final, sino un comienzo. Esa noche, en la terraza iluminada por Guirnaldas, Sofía jugaba con su conejo mientras Valeria y Diego la observaban.
El aire olía a flores frescas y a hogar. Todo lo que alguna vez fue caos, ahora tenía sentido. Valeria alzó la vista hacia las estrellas y por primera vez no pidió nada. Ya lo tenía todo. Amor, paz y la certeza de que incluso las historias más improbables pueden tener un final feliz. ¿Sabes qué pienso, Diego? Dijo ella con una sonrisa traviesa.
Que debería preparar otro discurso para tu próxima victoria, bromeó él. No lo miró riendo. Que lo nuestro fue la mejor historia que nunca tuve que editar. Él la abrazó más fuerte. Y la única que pienso seguir escribiendo todos los días. El viento movió las luces y las risas de los tres se mezclaron con el sonido suave del lago. Porque a veces las historias que nacen de una mentira terminan siendo las más verdaderas de todas.
Y así, sin despedidas ni dramatismos, Valeria entendió que había llegado al lugar correcto, donde el amor se construye despacio, palabra por palabra. Gracias por acompañarnos hasta el final de esta historia. Si te gustó, dale me gusta al video, suscríbete al canal y déjanos tu comentario calificando esta historia del cer al 10.
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