Posted in

ELLA SE LLEVABA CAJAS VACÍAS DEL TRABAJO A ESCONDIDAS… HASTA QUE SU JEFE MILLONARIO DECIDIÓ SEGUIRLA

¿Sabías que del depósito de suministros están desapareciendo cosas? La pregunta cayó en el corredor como una moneda en un pozo seco. Por un instante, ni siquiera el aire acondicionado pareció moverse. No, señora, no lo sabía. Qué raro. Renata torció la cabeza. Porque eres la única que entra y sale de ese depósito sin que nadie te vigile.

Detrás de Renata asomaron dos rostros conocidos. Damián Fuentes con los pulgares enganchados en el cinturón y esa risita que siempre llevaba pegada a la cara como una verruga social. Y Jimena Lozano, los brazos cruzados, los labios apretados en esa mueca que decía, “Ya te tenemos.” Vino el rumor de arriba siguió Renata paseándose despacio frente a ella.

Cajas, material, cosas que salen y no vuelven. Y curiosamente todo cuadra con tu turno. Margarita no bajó los ojos. solo apretó el trapo en su mano hasta que las venas se le marcaron como ríos en el dorso. “Si la señora quiere revisar mi bolso, yo lo entrego ahora mismo. Ay, no, mi vida, no es necesario llegar a esos extremos.

” Renata lanzó una mirada cómplice a Damián, que soltó una carcajada bajita. Solo te quería avisar para que sepas que aquí en Aldevarán no se nos escapa nada. Yo nunca he tomado nada que no fuera mío. Damián se acercó fingiendo una palmada amistosa en el hombro de la señora que jamás llegó a tocarla. Doña Margarita, no se ofenda, pero usted entiende, ¿no? Vivimos tiempos difíciles.

La gente humilde a veces se ve obligada a Bueno, ya sabe. Jimena soltó una risita por lo bajo. Se llevó la mano a la boca como si lo lamentara, pero los ojos le brillaban. Margarita giró la cabeza hacia el muchacho con la misma calma con la que un viejo árbol resiste un soplo de viento. Joven, yo llevo más años en este edificio que usted en este planeta y nunca, ni una sola vez me he llevado lo que no me pertenece.

El silencio que siguió fue de esos que duelen. Damián abrió la boca, pero no encontró nada para decir. Renata se aclaró la garganta fastidiada. Bueno, ya vuelve a tu trabajo y cuidado con lo que haces, Margarita. Estamos vigilando. Los tres se alejaron por el corredor con risas mal disimuladas, dejándola ahí sola, con el trapo todavía estrujado en la mano y un peso en el pecho que ya no era nuevo, pero que cada vez se sentía más pesado.

Margarita esperó hasta que las voces se perdieron por las escaleras. Recién entonces se permitió respirar profundo y soltar el trapo en la cubeta. La mano le temblaba un poquito, no por miedo, por rabia. una rabia vieja, mansa, contenida, que ya no buscaba salida porque sabía que no había puerta para ella.

Cargó la cubeta hasta el cuarto del personal de aseo en el subsuelo, donde el aire era más pesado y las paredes guardaban el eco de risas que nunca eran para ellas. Cecilia Romero ya estaba ahí, sentada en un banquito de plástico comiendo un trozo de pan con queso de su tarjeta. Otra vez, Renata. Cecilia no preguntó, solo afirmó otra vez.

Esa muchacha tiene el corazón vacío. ¿Qué te dijo ahora? Que faltan cosas en el depósito. Que yo soy la única sospechosa. Cecilia dejó el pan a un lado y se levantó despacio. Caminó hasta su compañera, le puso una mano en el hombro con esa suavidad que solo se aprende después de mucha vida vivida. Mira, Margarita, yo te conozco.

Yo te he visto trabajar aquí desde que mi hijo mayor era chiquito. Y te voy a decir algo que tienes que saber. No es por las cosas del depósito. ¿Cómo así? Algo está pasando arriba, algo grande. Escuché a las muchachas del comedor hablando del nuevo proyecto del señor Carrasco. Van a hacer una reestructuración del personal externo.

¿Sabes lo que eso significa? Margarita asintió lentamente. Sabía. En aquellos edificios brillantes, reestructuración siempre significaba lo mismo. Los más viejos, los más invisibles, los que ya no encajaban con la imagen de modernidad que querían vender, eran los primeros en irse. Necesitan un motivo para echarte, siguió Cecilia bajando la voz.

Y Renata les está construyendo uno. ¿Tú crees que yo no he escuchado los rumores? Margarita esbozó una sonrisa cansada. Pero todavía tengo cotizaciones pendientes y tengo compromisos. ¿Compros? Cecilia frunció el seño. ¿Qué compromisos? Margarita la miró por un largo momento. Casi, casi, le contó.

Casi le abrió la puerta de aquella parte de su vida que nadie en aquel edificio sospechaba que existía, pero apretó los labios. Hay secretos que cuando se cuentan dejan de ser refugio y se vuelven amenaza. Cosas mías, Cecilia. Cosas que cargo desde antes de venir aquí. Cecilia no insistió, solo le dio una palmadita en la mano y volvió a su banquito.

Cuídate y por favor, hoy ten más cuidado todavía. Algo me dice que esa Renata no se va a quedar tranquila. A la hora de salida, Margarita repitió el ritual de siempre. recogió las cubetas, lavó los trapos, los colgó en el orden exacto en que la habían enseñado. Pasó por el depósito de suministros del fondo, donde las cajas de cartón vacías se acumulaban después de cada entrega de mercadería.

Los muchachos de la bodega ya las habían apartado para el reciclaje. Se podían votar, eran basura. Margarita revisó las que estaban en la pila con cuidado, casi con reverencia. eligió tres, las sacudió, comprobó que estuvieran completamente vacías, las dobló y las volvió a armar con un gesto practicado de los dedos.

Las amarró entre sí con un cordón blanco que sacó del bolsillo del delantal. Mientras lo hacía, sus labios se movían apenas en silencio, como si rezara. Pero no rezaba, contaba contaba las caras que iban a sonreír cuando ella llegara con aquellas cajas. Cuando levantó la mirada para asegurarse de que no había nadie en el corredor, el corazón se le detuvo medio segundo.

Al fondo del pasillo, junto al elevador privado que solo usaban los directivos, había una figura. Esteban Carrasco, el dueño del corporativo Alde Barán, el hombre cuya foto colgaba en el vestíbulo principal y cuyo nombre se pronunciaba como si fuera el de un emperador. Estaba ahí parado, con el saco abierto y las manos en los bolsillos, mirándola, mirándola directamente a ella.

Margarita sintió el aire abandonarle el pecho. En todos los años que llevaba trabajando ahí, jamás había cruzado palabra con aquel hombre. Jamás lo veía pasar de lejos, siempre rodeado de asistentes y carpetas, siempre apurado, siempre con esa expresión de quien lleva el mundo sobre los hombros. Y ahora estaba ahí, solo, quieto, observándola.

Read More