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El secreto que CANTINFLAS se llevó a la tumba y que aún inquieta a México

 y dicen que lo que producía ese sonido no debería existir o que la ciencia dice que no existe o que nosotros con toda nuestra modernidad y nuestro escepticismo decidimos hace mucho tiempo que no puede existir. Pero ahí estaba en los tanques de Cantinflas, en Acapulco, en el México de los años 50 y 60, cuando este país todavía creía en cosas que hoy nos da vergüenza mencionar en voz alta.

Esta es la historia del secreto más extraño que jamás guardó una figura del cine de oro mexicano, una historia de sirenas. La historia empezaba siempre de la misma manera con Acapulco. En los años 50 y 60, Acapulco era el paraíso del México moderno. Era el lugar donde el país se miraba al espejo y se veía hermoso.

 Las olas rompían contra los acantilados de la quebrada mientras los clavadistas se lanzaban al vacío como si el peligro fuera una gracia divina. Las noches olían a Gardenia y a Salmarina. Los hoteles brillaban como joyas nuevas sobre el Pacífico y entre todas las propiedades que adornaban aquella bahía legendaria había una que despertaba una curiosidad particular, la mansión de Mario Moreno Reyes, el hombre que México entero conocía como Cantinflas.

 Nadie sabía exactamente qué ocurría dentro de aquellos muros. Eso es lo que hace grande a un misterio. No lo que se sabe, sino lo que no se puede confirmar. En aquella época, Cantinflas era más que un comediante, era una institución, era el personaje que le había dado voz al peladito mexicano, al hombre de a pie que sobrevivía con ingenio y con gracia, donde otros caían derrotados.

 Desde que apareció en las carpas populares de la Ciudad de México en los años 30, Mario Moreno había construido un imperio que muy pocos artistas latinoamericanos habían logrado igualar. Sus películas se veían en toda América Latina, en España, en partes de Europa. En 1956 protagonizó la Vuelta al mundo en 80 días junto a David Neven, una coproducción de Hollywood que lo convirtió en el primer actor mexicano en tener un estreno simultáneo en los principales cines de Estados Unidos.

 El mundo entero lo aplaudía. Y sin embargo, sin embargo, había algo en Acapulco que nadie terminaba de comprender. Los trabajadores que habían servido en la mansión hablaban poco. Cuando alguien los encontraba en alguna cantina del puerto y preguntaba cómo era aquello por dentro, bajaban la mirada, sonreían de un modo extraño y decían invariablemente la misma frase: “Hay cosas ahí adentro que uno no espera encontrar.

 Nadie explicaba qué cosas, nadie daba detalles. Y esa evasión sistemática fue lo que convirtió a la mansión de Cantinflas en Acapulco en uno de los rumores más persistentes del México moderno. Fue a finales de 1962 cuando un reportero joven llamado Ernesto Villanueva decidió investigar. Villanueva trabajaba para una publicación de nota roja y espectáculos que en aquellos años circulaba ampliamente en la Ciudad de México.

 Era un hombre curioso, persistente, del tipo que no abandonaba una pista, aunque lo llevara a callejones sin salida. Había cubierto la fireaire de una actriz conocida con un político casado, había descubierto los negocios turbios de un empresario del norte y tenía fama de no amedrentarse fácilmente.

 Pero la mansión de Cantinflas era diferente. Todo comenzó cuando Villanueva recibió una carta anónima. Venía sin remitente, escrita en papel blanco sin membrete, con una caligrafía apretada y nerviosa que sugería que quien la escribió lo hizo con prisa o con miedo. La carta decía lo siguiente, y esto Villanueva lo recordó por el resto de su vida.

 Si quieres saber qué esconde Cantinflas en Acapulco, pregunte a los que trabajan por las noches en la orilla del mar. Pregunte por lo que entra cuando todos duermen. Pregunte, pero no se acerque demasiado. Hay cosas que es mejor ver desde lejos. La carta estaba sin firma. Villanueva tardó tres días en decidir si ignorarla o seguirla.

 Al final, como era de esperarse en un hombre de su temperamento, hizo su maleta, tomó el autobús de primera clase que salía de Taxqueña y llegó a Acapulco una mañana de martes cuando el sol apenas despuntaba sobre el cerro del veladero. Lo primero que hizo fue buscar alojamiento lejos de la zona hotelera. Rentó un cuarto modesto en la colonia Lagarita, cerca del mercado, donde los turistas no llegaban y donde la gente del lugar vivía su vida cotidiana.

 sin los adornos que el puerto mostraba a los visitantes. Desde ahí comenzó su investigación de la manera más discreta posible, conversando, “En México, si uno sabe escuchar, tarde o temprano la gente habla.” Fue en una taquería de la calle 5 de Mayo, donde conoció a un hombre que dijo llamarse Rodrigo.

 Tendría unos 50 años, manos de trabajador, una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda. trabajaba como jardinero en varias de las propiedades que los ricos de la capital tenían en Acapulco y decía conocer el puerto como la palma de su mano. Cuando Villanueva, fingiendo simple curiosidad turística, mencionó que le gustaría ver la mansión de Cantinflas, Rodrigo lo miró de un modo raro. No una mirada de desconfianza.

 Era algo diferente. Era la mirada de alguien que recuerda algo que preferiría olvidar. ¿Para qué quiere verla?, preguntó Rodrigo. Curiosidad no más, dijo Villanueva. Todo el mundo habla de que es muy bonita. Rodrigo asintió despacio y mordió su taco. Pasaron varios segundos antes de que volviera a hablar.

 Es bonita, dijo al fin, pero tiene cosas que uno no se explica. Villanueva puso el taco en el plato y se recostó ligeramente en la silla como quien no tiene ningún interés especial en el tema. ¿Qué tipo de cosas? Rodrigo lo miró de nuevo, luego miró hacia los lados, luego volvió a su taco. Sonidos, dijo, por las noches, sonidos que uno no espera escuchar en una propiedad como esa.

 Y no dijo más, pero fue suficiente para que Ernesto Villanueva supiera que había llegado al lugar correcto. En los días siguientes, el reportero construyó pacientemente una red de informantes. habló con un vigilante nocturno que patrullaba la zona de las brisas. Habló con una lavandera que trabajaba para varias de las casas grandes de la bahía.

habló con un marinero retirado que vivía a tres cuadras del mar y que aseguraba haber visto en más de una ocasión algo que no supo cómo describir. Todos coincidían en una cosa. En la mansión de Cantinflas, de noche ocurrían cosas que nadie explicaba, nadie decía qué cosas, nadie quería ser específico.

 Pero la consistencia del rumor, el hecho de que personas distintas que no se conocían entre sí dijeran exactamente lo mismo con las mismas palabras de evasión, le decía a Villanueva que había algo real detrás de todo aquello. La pregunta era, ¿qué? Y la respuesta, una respuesta que nadie habría podido imaginar.

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