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El PERTURBADOR SECRETO jamas CONTADO de la MUERTE de CANTINFLAS

La vida no fue fácil para él. En sus primeros años trabajó de todo. Boxeador amateur, limpiabotas, carpero, torero, ayudante de peluquería e incluso se enlistó en el ejército mintiendo sobre su edad. Fue en los años 30 cuando su destino cambió al sumarse a las compañías de carpas ambulantes, espectáculos populares en México, donde desarrolló un personaje que sin saberlo cambiaría para siempre su vida.

Cantinflas. Su primera aparición en cine fue en 1936 en No te engañes corazón, pero no fue hasta 1940 con la película Ahí está el detalle, que se convirtió en una verdadera estrella. Aquella frase que pronuncia en pantalla no es lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. Definió su estilo hablar mucho sin decir nada.

 Una habilidad que llevó a la creación del verbo cantinflear. Reconocido incluso por la Real Academia Española. En la pantalla, Cantinflas era el símbolo del mexicano humilde, simpático y valiente, que burlaba al poder con astucia. Fuera de ella, Mario Moreno era reservado, metódico y profundamente disciplinado.

Según muchos colegas, no buscaba amigos ni afecto en los sets, pero era extremadamente respetado. Mientras su carrera despegaba, su vida sentimental también daba un giro importante. En 1929 conoció a Valentina Ivanova Subarv, una actriz de origen ruso con quien se casó en 1934. No pudieron tener hijos biológicos, pero en 1960 adoptaron a Mario Arturo Moreno y Banova, a quien criaron como su único heredero.

 La relación con Valentina fue sólida, pero su carácter fuerte contrastaba con el silencio emocional del actor. Aún así, Mario la consideraba el gran amor de su vida. Durante los años 40 y 50, Cantinflas filmó algunas de sus películas más aclamadas, como Ni Sangre ni Arena, El Gendarme desconocido y El Bolero de Raquel. Con la vuelta al mundo en 80 días, 1956, conquistó también a Hollywood ganando un globo de oro al mejor actor.

 Su fama cruzó fronteras y lo posicionó como uno de los comediantes más influyentes del siglo XX. Pero su vida no era solo arte, también se convirtió en un empresario exitoso, invirtiendo en bienes raíces, compañías cinematográficas y ganaderas. Llegó a ser presidente del sindicato de actores Anda y fue cercano a figuras del poder como el presidente Gustavo Díaz Ordaaz.

Estas relaciones políticas le generaron tanto privilegios como críticas. Algunos lo veían como el cómico del pueblo, otros como el títere del sistema. En paralelo, la salud de su esposa fue deteriorándose. En 1966, Valentina falleció a los 50 años víctima de un cáncer de huesos. La muerte de su compañera lo afectó profundamente, aunque intentó continuar su carrera con normalidad.

 Durante los años 70 y principios de los 80, su personaje comenzó a mostrar una transformación de pícaro callejero a figura moralizante, algo que dividió a su audiencia. Su última película fue El barrendero, estrenada en 1981. Luego de eso se retiró del cine, aunque continuó participando ocasionalmente en entrevistas y eventos públicos.

 Tras décadas de fama, fortuna y contradicciones, el comediante más querido de México se fue alejando del ojo público. Lo que nadie imaginaba es que detrás de ese retiro, una tormenta de secretos y conflictos familiares comenzaba a gestarse, una que solo se revelaría con su muerte. Época de cambios.

 A comienzos de los años 60, la figura de Cantinflas era intocable. Mario Moreno había conquistado el cine nacional triunfado en Hollywood y su imagen estaba asociada a lo más alto del orgullo mexicano. Sin embargo, el mundo del entretenimiento estaba cambiando. La televisión comenzaba a dominar el consumo cultural y el actor sabía que debía adaptarse o resignarse a desaparecer lentamente del centro de atención.

 Durante esta década intentó dar el salto a la pantalla chica. Se dice que leyó guiones, evaluó ideas e incluso tuvo conversaciones con nuevos talentos que emergían en el medio. Uno de esos talentos era Roberto Gómez Bolaños, conocido como Chespirito. En ese entonces, Gómez Bolaños no era aún el fenómeno que sería más tarde, pero ya escribía y proponía conceptos para programas cómicos.

 Según testimonios de la época, una de esas ideas fue ofrecida directamente a Cantinflas, un formato donde pudiera trasladar su personaje al lenguaje de la televisión con secciones, sketches y una narrativa ligera que encajara con los nuevos tiempos. Pero Mario Moreno rechazó la propuesta. Las razones nunca quedaron claras.

 Algunos dicen que no quería rebajarse a un medio que consideraba menor. Otros sostienen que temía perder el control artístico sobre su personaje. Y no faltan los que aseguran que fue simplemente un tema de ego. No quería compartir el trono con otro comediante que venía ganando terreno. Sea como fuere, ese proyecto nunca se concretó y con el tiempo, Gómez Bolaños se convirtió en una leyenda por derecho propio.

 Mientras Cantinflas se alejaba de los reflectores. El rechazo de Mario Moreno a trabajar con Gómez Bolaños no fue solo una decisión artística, marcó el inicio de una desconexión profunda entre Cantinflas y las nuevas generaciones. Mientras la televisión ganaba poder y personajes como El Chavo del Ocho se convertían en iconos populares, Cantinflas mantenía su lealtad al cine tradicional, aferrado a un formato que comenzaba a perder vigencia.

Para muchos críticos, la transición de Mario Moreno a las películas en color simbolizó algo más que un cambio técnico. Reflejó una transformación en su personaje. El Cantinflas de los años 40 y 50 era el pícaro de barrio, astuto, entrañable, que burlaba al poder con simpatía. Pero en las décadas siguientes, ese mismo personaje fue mutando hacia una figura más moralizante, casi paternalista, que ofrecía lecciones en lugar de carcajadas.

 La espontaneidad fue reemplazada por discursos y la picardía por solemnidad. Este cambio no pasó desapercibido. Parte del público comenzó a alejarse, sobre todo los jóvenes que ya no se veían reflejados en el nuevo Cantinflas. Aunque sus películas seguían siendo exitosas, algo se había roto en la conexión emocional que alguna vez fue indestructible.

A nivel personal, Mario Moreno también parecía vivir esa transformación. se volvió más reservado, más rígido en sus relaciones profesionales. Se mantenía como una figura pública impecable, pero ya no participaba con la misma frecuencia ni energía en eventos sociales o sindicales. La risa que alguna vez conquistó al mundo comenzaba a apagarse lentamente, en silencio.

 Y mientras su figura se volvía cada vez más icónica, también empezaba a ser vista como parte de un pasado glorioso, pero ya distante. Lo que nadie imaginaba es que detrás de esa calma aparente se estaba gestando uno de los capítulos más oscuros de su historia. Uno que al estallar dejaría al descubierto una batalla legal, familiar y emocional que pondría en duda todo lo que se creía saber sobre su legado, el principio del fin.

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