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Él No Sabía que era Pedro Infante — el Jurado lo Desafió Frente a 1.000 Personas del Público

Era algo que necesitaba de  vez en cuando, ese anonimato breve y precioso de ser solamente un hombre entre muchos hombres,  sin nombre encima, sin expectativas, sin el peso de ser Pedro Infante cada segundo  de cada día. Caminó por Bucarelli, cruzó la Alameda, se detuvo en un puesto de elotes a platicar con el señor que los vendía de siempre y terminó parándose  frente al Teatro Blanquita, casi sin darse cuenta, como si los pies lo hubieran llevado solos a donde querían ir.

Había un letrero  en la entrada que anunciaba la gran voz de México, concurso abierto de nuevos talentos, entrada libre. Pedro sonrió para  sus adentros, metió las manos a los bolsillos y entró sin pensarlo dos veces. Nadie lo reconoció en la entrada. Nadie lo reconoció cuando encontró  un lugar a la mitad del teatro entre familias y parejas y grupos de amigos que habían venido a ver si entre los participantes de esa tarde  había alguna estrella en Ciatro estaba lleno.

Más de 1000 personas acomodadas  en las butacas rojas de ese espacio enorme y cargado de historia. Pedro se  acomodó el sombrero, cruzó los brazos y se dispusó a ver. Solo a ver, sin nombres, sin compromisos. sin fotos. Solo un hombre entre la multitud disfrutando algo que amaba profundamente desde niño, que era escuchar cantar a otros.

 El teatro Blanquita tenía esa clase de historia  que se siente en las paredes. Inaugurado décadas atrás,  había sido escenario de los más grandes nombres del espectáculo mexicano y latinoamericano. Había absorbido  en su estructura de madera y eso miles de noches de música, de risas, de aplausos, de lágrimas. El aire adentro tenía ese olor  específico de los teatros viejos que es polvo y madera y algo más que no se puede nombrar, pero que se reconoce inmediatamente  ese olor que dice que en este lugar han

pasado cosas que importan. Esa tarde el teatro había  sido prestado para La Gran Voz de México, un concurso organizado por una estación de radio local que buscaba descubrir  talentos nuevos entre la gente común de la ciudad. La idea era sencilla y generosa. Cualquier persona podía  inscribirse, subir al escenario y cantar frente al público y el jurado.

 Sin filtros previos, sin audiciones privadas, sin necesidad de conocer a nadie, solo voz, coraje y ganas. El panel de jurados estaba instalado en una mesa larga frente al escenario. Eran tres personas. A la izquierda, una mujer de  mediana edad llamada Carmen Villanueva, maestra de canto con años de experiencia en el conservatorio y una manera amable y directa de hablar que  hacía que sus críticas, aunque honestas, nunca terminaran de doler de más.

A la derecha,  don Aurelio Montes, director retirado de una orquesta de cámara, hombre mayor de palabras escasas pero justas, que escuchaba  con los ojos semicerrados como si evaluara cada nota desde un lugar muy adentro de sí mismo. Y al centro, ocupando el espacio con  una presencia que no dependía del micrófono, sino de algo más oscuro, Rodrigo Fuentes.

 Rodrigo Fuentes era productor musical. Había trabajado con algunas figuras del bolero y la canción ranchera  en los años anteriores. Suficiente para construirse una reputación en los círculos  de la industria, pero también suficiente para desarrollar esa clase de arrogancia específica que crece en los  hombres que han tenido un poco de poder y lo han confundido con mucho talento.

vestía  traje oscuro con corbata, el cabello peinado hacia atrás con fijador y tenía esa manera de recostarse en la silla con los brazos abiertos que decía sin palabras que él era el dueño del espacio y todos los demás eran visitas. Pedro lo observó desde su butaca desde  el primer momento y sintió algo que reconoció de inmediato.

 Había conocido ese tipo de hombre antes. Varios de ellos. En sus primeros años, cuando llegó a la capital siendo un muchacho de guamuchil sin contactos ni  apellido, había estado sentado frente a hombres exactamente así. hombres que miraban por encima del hombro y decidían  el valor de otros con la misma frialdad con que se descarta un papel usado.

 Y recordaba perfectamente cómo dolía eso, no el rechazo,  sino la forma innecesariamente cruel de ejercerlo. Los primeros seis participantes del concurso pasaron por el escenario con distinto resultado, pero la misma experiencia frente a Rodrigo Fuentes. Una muchacha de voz soprano que cantó demasiado nerviosa recibió tres frases cortantes sin ningún  reconocimiento por el coraje que había requerido subir.

 Un joven que interpretó  un bolero con más sentimiento que afinación fue despachado con un comentario sobre madurez vocal que sonó  más a insulto que aconsejo. Una mujer que arrancó aplausos genuinos del público fue descartada por Rodrigo con dos palabras y una expresión de aburrimiento que era en sí misma más cruel que cualquier  crítica.

Los otros dos jurados intentaban equilibrar Carmen con palabras de aliento genuino y don Aurelio con observaciones técnicas  precisas pero respetuosas. Pero Rodrigo marcaba el tono y todos lo sabían, incluidos Carmen  y don Aurelio, que se miraban entre ellos de vez en cuando con esa incomodidad de quien no aprueba, pero tampoco tiene el peso suficiente para contradecir.

 Pedro Infante observaba todo esto desde su butaca con una incomodidad  que iba creciendo lentamente, como el agua que sube sin que uno note cuando empezó. Conocía la industria desde adentro y desde abajo. Sabía que la crítica era necesaria,  que no todo el que sube a un escenario tiene lo que se necesita para hacer de eso una carrera, que decirle a alguien que no tiene el nivel no es crueldad,  sino honestidad.

 Pero también sabía, con la misma certeza, que hay una diferencia enorme entre decir la verdad y disfrutar del daño  que produce. Y Rodrigo Fuentes claramente disfrutaba. El séptimo participante de la tarde cambió algo en el aire  del teatro desde el momento en que subió los escalones del escenario.

 Era una joven  de no más de 19 años. Se llamaba Dolores Andrade, aunque todos la llamaban.  Y eso fue lo único que alcanzó a decir el presentador antes de que ella tomara el micrófono con manos visiblemente temblorosas. Era delgada, con el cabello recogido con un listón y  un vestido azul marino, que era claramente el mejor que tenía, el que se guardaba para las ocasiones que importaban.

 Traía los  ojos muy abiertos de esa forma que tienen las personas cuando están usando todas sus fuerzas para no demostrar que tienen miedo.  Anunció con voz apenas audible que iba a cantar solamente una vez el bolero  inmortal de Agustín Lara. Hubo un murmullo cálido entre el público porque era una  canción conocida y llamada y varias personas se acomodaron en sus asientos con esa disposición generosa que tiene la gente cuando quiere que a  alguien le vaya bien. La música comenzó desde el

piano al costado del escenario. Lola cerró  los ojos un momento y abrió la boca. Lo que salió de Lola Andrade  sorprendió a todos, incluyendo a quienes ya esperaban algo bueno. Su voz era genuina de una manera que es difícil de fingir y más difícil todavía  de enseñar.

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