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El Multimillonario pensó que era solo otra cita a ciegas — Hasta que ella dijo: “¿No me reconoces?”

 Tenía una postura tan segura que hizo que teo tardara 2 segundos en volver a reaccionar. Daniel Herrera, preguntó ella con una voz suave pero firme. Sí. Daniel se puso de pie de  inmediato. ¿Eres tú, Elena? Así es. La mujer  sonrió ligeramente. Gracias por venir. Daniel le ofreció la silla frente a él. Ella se sentó con naturalidad,  sin esa actitud nerviosa o ansiosa que él había visto tantas veces en otras citas.

No parecía impresionada por el lugar ni por él, lo cual le resultó  extraño y curioso. Espero no haberte hecho esperar demasiado, dijo Elena mientras acomodaba su bolso. Un poco, respondió él con una sonrisa leve. Pero está bien. Elena tomó el  menú con tranquilidad. Sus ojos se movían de un lado a otro leyendo, pero sin urgencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Daniel intentaba no mirarla demasiado, pero había algo en ella que le llamaba la atención de una manera que no entendía. El mesero llegó y Elena  pidió una bebida sin dudar. Daniel la observó con atención. No había una pisca de inseguridad, ni risa nerviosa, ni esa postura exagerada que adoptaban  muchas personas al sentarse con alguien como él.

 Cuando el mesero se retiró, ella lo miró fijamente. “¿Puedo preguntarte algo?”, dijo Elena entrelazando sus dedos sobre la mesa. “Claro”, respondió Daniel algo desconcertado. “¿De verdad no me reconoces?”, preguntó ella con una media sonrisa. como si  ya supiera la respuesta. Daniel frunció el ceño. No esperaba esa pregunta.

 La miró durante varios segundos  tratando de encontrar algún recuerdo enterrado en su memoria. Nada. Ni una imagen, ni una escena, ni un  momento. ¿Te conozco? Preguntó él más intrigado que otra cosa. Elena soltó una pequeña risa. Sí. le  sostuvo la mirada como si estuviera esperando que algo en la mente de Daniel hiciera click.

 Pero no te preocupes,  no es tan obvio como parece. Daniel intentó otra vez encontrar alguna pista. Ella tenía unos ojos azules llamativos, pero no le despertaban ninguna memoria concreta. “Lo siento,  no logro ubicarte”, admitió él. “¿De dónde nos conocemos?” Ah, no, no te lo voy a decir tan fácil”, respondió Elena mientras tomaba  su bebida. Sería aburrido.

Mejor te doy algo de tiempo para  adivinar. Daniel arqueó una ceja. ¿Estamos jugando entonces? Digamos que sí, respondió ella. Te doy hasta el final de la cena. Si no lo descubres, bueno,  ya veremos. A Daniel no le gustaba perder ni siquiera en juegos improvisados. Esa sonrisa segura que ella tenía lo retaba más de lo que él esperaba.

Está bien,  dijo él. Acepto el desafío. Elena sonrió satisfecha. Perfecto. La conversación continuó mientras empezaban a cenar. Daniel,  a pesar de intentar mantener la compostura y la distancia que siempre tenía en estas situaciones, comenzó  a sentirse más involucrado de lo normal.

 Elena era distinta. No hablaba de marcas, ni de viajes caros, ni de negocios. Le preguntaba sobre cosas que a él casi nunca le preguntaban. ¿Qué haces cuando no estás trabajando?, preguntó ella mientras tomaba un sorbo de su bebida. Daniel dudó. La respuesta real no sonaba muy atractiva, pues  realmente trabajo casi todo el tiempo. Mmm.

Elena ladeó la cabeza. Entonces, tu vida se reduce a reuniones, oficinas y correos electrónicos. Básicamente, admitió él. Eso suena agotador. Daniel se quedó callado un momento. Ella lo decía sin burlarse,  sin sonar con descendiente, solo como una observación sincera. ¿Y tú a qué  te dedicas?, preguntó él.

 Soy maestra, respondió ella tranquilamente. Daniel se quedó quieto unos segundos. Maestra, repitió sorprendido. Así es. Enseño  literatura en una preparatoria. Hasta el tono de voz de Elena cambió cuando dijo eso. Se le iluminó la mirada como si hablar de su trabajo activara una parte cálida  en ella. No me lo esperaba, dijo Daniel con honestidad.

¿Qué esperabas? No lo sé. Alguien más de este ambiente,  admitió. Elena soltó otra risa leve. No, gracias. A mí me gustan las cosas simples. Daniel apoyó los codos en la mesa inclinándose un poco hacia ella. Entonces, si nos conocimos antes, fue en Canadá. Tal vez sí, tal vez no, respondió ella juguetona.

Dame una pista. No. Elena negó con la cabeza con diversión. Sería muy fácil. Él la observó fijamente intentando leer detalles en su rostro. Había algo, una sensación incómoda,  como si su presencia le removiera memorias que él mismo había enterrado hace mucho tiempo. Te ves muy segura al estar aquí,  comentó Daniel.

 Eso crees sí. La mayoría de las personas que vienen a una cita conmigo se ponen nerviosas. Elena se encogió de hombros. Supongo que es porque yo no vine por tu empresa, vine  por ti. Ese comentario lo tomó por sorpresa. No supo qué decir durante unos segundos y ella sonrió como si disfrutara  ha verlo descolocado.

Elena continuó. Pero dime algo,  Daniel. ¿Qué esperas encontrar esta noche? La pregunta fue directa, casi incómoda. Daniel inhaló lentamente. No lo sé. Paula insistió tanto, solo acepté. ¿Por qué confías en tu hermana? Preguntó ella, porque ya estaba cansado de escucharla insistir. Elena rió. Eso sí suena como algo que haría una hermana.

La conversación siguió fluyendo con una naturalidad que para Daniel era extraña. Él estaba acostumbrado a manejar la dinámica, a controlar los tiempos, a tener siempre la ventaja, pero con ella no podía. Elena  marcaba un ritmo que él no sabía anticipar. Pasaron varios minutos en silencio, solo mirando sus platos o intercambiando preguntas ligeras, hasta que ella apoyó los brazos en la mesa y lo miró otra vez con esa expresión que ya empezaba a inquietarlo.

Daniel  dijo con voz tranquila. De verdad no recuerdas nada de mí. Ese tono no era de juego ni de burla. era más serio, más íntimo. Deel sintió una ligera presión en el pecho. Deel sostuvo la mirada de Elena con cierta incomodidad.  No entendía por qué su pregunta lo tenía tan atrapado. Había conocido a cientos de personas a lo largo de los años, especialmente desde que su empresa creció tanto.

 Pero había algo en la forma en que ella lo observaba, como si estuviera esperando a que él recordara un capítulo  importante que él mismo había arrancado de su vida. No, admitió con sinceridad. No logro recordarte. Elena respiró hondo, sin enojo, sin tristeza, solo como  quien confirma algo que ya sabía.

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