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El Multimillonario descubre a su empleada comiendo las sobras — Su reacción te dejará sin palabras

Sacó de su bolsillo un pequeño recipiente de plástico que guardaba para emergencias. No para ella, sino para su madre. Sofía no pensaba en comer. Había pasado muchas horas sin probar bocado, pero su prioridad era Elena. Mientras guardaba lo que podía rescatar, su respiración se volvió tensa. El reloj avanzaba y cualquier ruido al otro lado del pasillo la ponía en alerta.

 Acababa de cerrar el recipiente cuando de repente la cocina se iluminó por completo. La luz la golpeó directo en los ojos y Sofía sintió que el corazón se le detenía. ¿Qué estás haciendo aquí a estas horas? Preguntó una voz grave detrás de ella. Se giró lentamente. En la entrada estaba Leandro Alcázar, el dueño de la mansión. Llevaba una bata azul marino, la prenda que usaba cuando tenía problemas para dormir y su cabello castaño con canas estaba algo revuelto.

 Sus ojos grises la observaron con un gesto de sorpresa y desvelo. Sofía apretó el pequeño tupper contra su pecho como si eso pudiera justificar su presencia. Señor Alcázar, dijo con voz baja, lo siento. Solo solo estaba tomando un poco de lo que iban a tirar. Él miró el carrito y frunció el ceño tratando de entender la escena.

 ¿Ibrar eso? Sí, señor. La señora Villalba revisa el carrito antes de medianoche. Todo esto se va a la basura. Yo solo quería llevarle algo a mi madre. Leandro avanzó un paso dentro de la cocina. Sofía sintió que la tensión la recorría entera. No sabía si él estaba a punto de despedirla o de llamar a Marisa para hacerlo.

 “Tu madre, ¿cómo se llama?”, preguntó él. Elena Márquez respondió. Ah, trabaja aquí también, ¿no? Sí, señor. En el área de limpieza hubo un silencio breve. Leandro la estudió con detenimiento, como si intentara ver más allá de la simple escena frente a él. ¿Por qué no tienen comida en casa? Preguntó directo. Sofía bajó la mirada.

 No quería responder. No quería parecer una víctima, pero tampoco iba a mentirle. “Mi madre está enferma”, confesó. Fibrosis pulmonar y los medicamentos son muy caros. Este mes, este mes no nos alcanza ni para lo básico. Leandro apretó la mandíbula y soltó un suspiro que se mezcló con el silencio de la cocina. ¿Y tú? ¿Tú ya cenaste? Preguntó.

No, señor, pero no tengo hambre, mintió. Él negó con la cabeza. No deberías estar rebuscando comida en un carrito”, dijo mientras se dirigía al refrigerador. “Si necesitabas algo, podrías haberlo pedido.” Sofía sintió como la vergüenza le quemaba la garganta. No quería molestar, no quería causar problemas. Leandro sacó un plato envuelto y lo colocó en el microondas.

Sofía lo observó con desconcierto mientras él seleccionaba algunos botones. Cuando el microondas sonó, Leandro colocó el plato caliente frente a ella. “Siéntate”, le ordenó. “Señor, no debería. Te dije que te sientes.” Sofía lo hizo. No tenía fuerzas para discutir. Tampoco tenía fuerzas para admitir lo hambriente que estaba.

 Tomó el primer bocado con cuidado, intentando disimular la urgencia que sentía. Leandro se apoyó en la encimera cruzando los brazos mientras la observaba. Tu madre, dijo, “¿Qué necesita exactamente?” Sofía dejó el tenedor a un lado por un momento. “Necesita un tratamiento que no podemos pagar”, respondió con un hilo de voz.

 Los doctores dijeron que es costoso, muy costoso. Hubo un silencio pesado. Parecía que Leandro procesaba cada una de sus palabras. Termina de comer”, dijo finalmente. “Después hablaremos de todo esto.” Sofía lo observó mientras él se daba la vuelta para salir de la cocina. No sabía si eso significaba una solución o el fin de su empleo.

Solo sabía que por primera vez en mucho tiempo la noche había dado un giro inesperado. Sofía terminó de comer en silencio con la sensación de que cada bocado era observado. No porque Leandro buscara incomodarla, sino porque parecía intentar decifrar algo en ella, algo que quizá ni ella misma sabía expresar. Cuando dejó el plato vacío, se sintió casi culpable por lo mucho que le había gustado.

 Hacía días que no comía algo caliente. Se limpió las manos con una servilleta y se puso de pie, aún nerviosa. “Gracias, señor Alcázar, de verdad”, dijo suavemente. “No tienes que agradecerme por algo que deberías tener siempre”, respondió él con un tono extraño, como si él mismo se sorprendiera de sus palabras. Leandro le indicó con un gesto que lo siguiera.

 Sofía dudó, pero al final caminó detrás de él por el pasillo silencioso. Cada paso se escuchaba demasiado fuerte. Ella llevaba el uniforme azul marino, todavía con algunas marcas de detergente, mientras él avanzaba con su bata, sin prisa, pero con una firmeza que imponía respeto. Llegaron a una pequeña sala junto al comedor, donde había una mesa con varias carpetas apiladas.

Leandro encendió una lámpara de escritorio que iluminó apenas lo necesario. “Siéntate”, dijo señalando una silla. Sofía lo hizo sintiendo las manos frías por los nervios. Él se colocó frente a ella con los brazos cruzados. No parecía molesto, parecía preocupado. “¿Cuánto tiempo lleva enferma tu madre?”, preguntó.

“Más de 2 años”, respondió Sofía. Al principio no era tan grave, pero fue empeorando. Los médicos dicen que si no empieza el tratamiento pronto, puede complicarse más. La clínica Monted Diego les negó el tratamiento, preguntó él con el seño fruncido. No lo negaron, dijo Sofía apretando los labios.

 Solo dijeron que sin un pago adelantado no podían empezar nada. Les debemos varias consultas. Ya no nos reciben, ni siquiera aceptan vernos. Leandro negó lentamente con la cabeza. ¿Y por qué no pediste ayuda? Preguntó él. Porque no quería perder mi trabajo, respondió ella con sinceridad. La señora Villalba siempre está buscando motivos para despedir a alguien.

Si sabía que yo estaba entrando a la cocina, aunque fuera solo para recoger lo que se iba a tirar, nos echaba a las dos sin dudarlo. Leandro soltó un suspiro. Marisa siempre ha sido estricta, comentó, pero a veces confunde disciplina con abuso. Sofía bajó la mirada. Yo no quiero problemas, señor. Solo quiero trabajar y que mi madre se recupere.

Él caminó alrededor de la mesa y se detuvo frente a otra carpeta. La abrió revisando algunos documentos. Ella no alcanzó a ver qué eran. Sofía dijo él llamándola por su nombre por primera vez. Tu madre está en casa. Sí, señor. Está descansando. Bueno, intentándolo. Quiero hablar con ella mañana, dijo él. y quiero que vayan a la clínica Montedgo.

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