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El gobierno le pidió que callara en pleno 15 de septiembre… Pedro Infante decidió cantar

 El camerino olía lo que huele en todos los teatros viejos. Madera húmeda, polvo acumulado en las cortinas de tercio pelo rojo, barniz descascarándose de los marcos de los espejos. Afuera se escuchaba el murmullo de los técnicos ajustando los micrófonos y el sonido distante de una trompeta que alguien probaba en el fondo del escenario.

 Más afuera todavía la ciudad entera  estaba encendida. Las calles solían a pólvora de los cohetes que llevaban tronando desde la tarde anterior.  El rumor de la gente congregándose llegaba hasta ese camerino pequeño, como el sonido de un río que no para de crecer. Era la noche más mexicana del año.

  Era la noche en que México celebraba su independencia y esa noche alguien había decidido que Pedro Infante tenía que obedecer. El traje de charro seguía colgado, las trompetas seguían probando en el fondo y Pedro Infante no se movió durante un minuto  entero. Entró don Nacho con ese paso suyo de hombre, acostumbrado a traer noticias que nadie quiere escuchar.

 Llevaba más de 6 años acompañando a Pedro en cada gira, administrando su agenda, resolviendo los problemas que no aparecen en los contratos escritos. era bajito, de bigote  espeso, con ese hábito de hablar en voz muy baja, incluso cuando estaba alarmado, especialmente cuando estaba alarmado, como si creyera que las malas noticias  pierden fuerzas y se pronuncian sin volumen.

 Pedro dijo acercándose al sobre sin tocarlo tampoco. Eso llegó hace una hora. Quise abrirlo, pero tiene tu nombre. El ayudante dijo que venía de la oficina del licenciado Martínez Reyes. Pedro no reaccionó al nombre, de inmediato, lo dejó reposar un momento. Martínez Reyes era el subsecretario de Gobernación, un hombre que nunca aparecía en los periódicos del espectáculo, pero su nombre se escuchaba en los pasillos de todos los foros importantes del país.

  Cada vez que alguien había dicho algo que el gobierno consideraba inconveniente, Pedro tomó el sobre finalmente lo abrió sin apresurarse, leyó el contenido una vez, lo leyó otra vez más despacio, lo dobló, lo guardó en el bolsillo interior de la camisa, se abotonó los dos botones superiores y se quedó mirando su propio reflejo en el espejo.

 La carta era respetuosa en la forma. Las cartas del gobierno siempre lo son. Comenzaba agradeciendo la participación de Pedro en  los festejos patrios. Reconocía su contribución al arte nacional. Destacaba la importancia de la transmisión de C y S hecho esa noche y después con la misma cortesía de quien entierra un cuchillo despacio.

 Llegaba lo que llegaba. Le solicitaba que su repertorio prescindiera de las canciones de la película Nosotros los pobres. En particular la carta mencionaba Amorcito corazón por su nombre. La justificación era breve. México se preparaba para hacer sede de los Juegos Panamericanos  de 1955. El gobierno de Ruis Cortínez trabajaba para proyectar la imagen de un país moderno.

 Las canciones que presentaban la pobreza como vida cotidiana podían generar una percepción equivocada en el exterior. La carta terminaba expresando la confianza del subsecretario en el patriotismo del señor Pedro Infante Cruz. No había amenazas en ninguna línea, no las necesitaba. Don Nacho esperó en silencio, después preguntó en voz casi sin sonido qué decía la carta.

Pedro respondió que le pedían que no cantara las canciones del Pepe el Toro. Don Nacho cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, dijo lo único honesto que se podía decir esta noche. Y eso, morcito corazón. La gente lo va a notar. Si la canta, el gobierno lo va a notar. No es un camino, Pedro. Son dos paredes. Pedro no respondió.

 Se quedó mirando el traje de charro que colgaba detrás de él, con esa costumbre suya de guardar silencio. Exactamente cuando todos esperaban palabras. No era indiferencia, era la forma en que Pedro Infante pensaba. Con el cuerpo quieto y algo encendido muy adentro que los demás no alcanzaban a ver. Don Nacho lo conocía suficiente como para no insistir.

 Se sentó en la silla de la esquina y esperó, porque a veces lo único que se puede hacer es quedarse cerca cuando alguien tiene una decisión difícil por delante, sin hablar, sin empujar, solo cerca. Los músicos fueron llegando al camerino uno por uno esa tarde. Cada uno fue enterándose de la situación. Las reacciones fueron distintas.

 El guitarrista dijo primero que había que obedecer. Después se corrigió. Dijo que era decisión de Pedro. El acordeonista, el más viejo del grupo. Se sentó en su esquina y no dijo nada. Solo miró a Pedro con esa mirada de los hombres mayores. Los que saben que hay momentos donde lo único que se puede hacer es observar. Los cohetes seguían tronando afuera.

 El olor a pólvora entraba por las rendijas de la ventana. Pedro se puso de pie. Caminó hasta el ventanuco que daba un callejón lateral del teatro. Desde allí no se veía la multitud,  solo un trozo de banqueta, una barda de ladrillo, una cubeta de plástico tirada en la esquina, pero se oía todo.

 El murmullo de la gente, las risas de los niños corriendo entre las piernas de los adultos, el sonido de un radio sintonizado en XED. Y fue entonces cuando Pedro la vio. Era una mujer anciana de las que caminan con la espalda arqueada por años de trabajo, vestida con una blusa de algodón claro y una falda oscura, limpia, aunque gastada, con un reboso azul deslavado sobre los hombros.

 A pesar del calor de septiembre, llevaba una canasta pequeña con flores de bugambilia y una imagen de la Virgen envuelta  en papel de China, como si hubiera venido no solo a escuchar a Pedro, sino a traerle algo de su propia casa. Un guardia de seguridad la había detenido en la entrada del callejón.

 le decía con ese tono de quien quiere demostrar la poca autoridad que tiene, que esa zona era privada, que se regresara a la calle principal, que el teatro no era lugar para andar rondando. La anciana no discutía, solo explicaba con paciencia, señalando hacia el edificio. Con esa dignidad callada de quien sabe que tiene derecho de estar donde está, el guardia le bloqueó el paso con el brazo extendido, la señaló hacia la calle sin volver a mirarla, como si ya hubiera terminado con el asunto.

 La anciana bajó la vista a su canasta. Después dio media vuelta despacio con esa lentitud de quien carga años en las piernas, y comenzó a alejarse por el callejón sin decir nada más. Pedro la observó desde el ventanuco hasta que la perdió de vista. Sus flores de bugambilia asomaban por el borde de la canasta mientras se alejaba. El callejón quedó vacío.

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