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El día que Silvia Pinal se burló de María Félix en el set – Su respuesta dejó a todos helados

 Set número siete, el más grande, el que se reservaba para las producciones importantes con techos de 12 m de altura y espacio para 80 personas entre técnicos. actores y personal de apoyo. Ese día se filmaba La Dama de las Sombras, una película ambiciosa que reunía, por primera vez en la historia del cine mexicano a las dos actrices más poderosas del país en un mismo proyecto, María Félix y Silvia Pinal.

 María tenía 49 años y seguía siendo la doña la mujer más temida, más admirada, más respetada de todo México. Seguía siendo la mujer que Diego Rivera había pintado, que Dior había vestido, que presidentes habían cortejado y que Hollywood no había podido comprar. Silvia tenía 32 años y estaba en la cima absoluta de su carrera.

 Acababa de filmar tres películas con Luis Buñuel que la habían convertido en estrella internacional. Viridiana, el ángel exterminador y Simón del Desierto la habían puesto en un pedestal que ninguna actriz mexicana de su generación había alcanzado. Silvia se sentía intocable. El problema es que en México solo había espacio para una mujer intocable y esa mujer ya tenía nombre y apellido.

Para entender lo que pasó ese día en el set número siete, hay que entender quiénes eran estas dos mujeres y por qué el choque entre ellas era inevitable. María Félix llevaba más de dos décadas siendo la reina absoluta del cine mexicano. Había filmado con los mejores directores. Había rechazado Hward cuando Hward le rogaba.

 Había cenado con presidentes. Había destruido matrimonios. Había construido una leyenda que trascendía el cine y la convertía en algo más grande, un símbolo. María no era solo una actriz, era una institución. Cuando entraba a un set, todo se detenía. Los electricistas se cuadraban, los directores le pedían opinión antes de dar indicaciones.

 Los productores le consultaban el guion, no porque tuviera un contrato que lo exigiera, sino porque era María Félix. Y a María Félix no le dabas órdenes, le hacía sugerencias con respeto, con miedo, con admiración. Silvia Pinal era otra historia, más joven, más moderna, más conectada con el cine internacional. Mientras María representaba la grandeza clásica de la época de oro, Silvia representaba el nuevo cine, el cine de autor, el cine que se exhibía en festivales europeos y que los críticos franceses adoraban.

 Buñuela había elegido como su musa y eso en el mundo del cine de los años 60 era como recibir la bendición del mismísimo Dios. Silvia lo sabía, lo disfrutaba y en las entrevistas, con esa sonrisa que podía ser encantadora o venenosa según el ángulo, dejaba caer comentarios que todo México interpretaba como indirectas hacia María.

 “El cine mexicano necesita evolucionar”, decía. No podemos seguir viviendo del pasado. Los grandes iconos son importantes, pero el futuro es lo que importa. Y cuando le preguntaban si admiraba a María Félix, respondía con una elegancia calculada que era peor que un insulto directo. La admiro como se admira un monumento hermoso, imponente, pero de otra época.

El productor Alfredo Webstan Junior había soñado durante años con reunirlas. Sabía que la combinación era dinamita. Dos egos descomunales, dos talentos brutales, dos mujeres que no se arrodillaban ante nadie. La película perfecta, El Riesgo perfecto. Cuando le presentó el proyecto María, ella leyó el guion completo en una noche.

 Al día siguiente llamó a Ritstein. El guion es bueno dijo. La historia es fuerte. Mi personaje tiene peso. Hay un problema. ¿Cuál? Doña María. Silvia Pinal. Rickstein tragó saliva. Es la mejor actriz para el papel, doña María. Lo sé, respondió María. Por eso acepto. Si voy a compartir pantalla con alguien, que sea con alguien que valga la pena destruir si se atreve a pasarse de lista.

 Rixtein no supo si era una broma o una advertencia. Con María nunca se sabía. Probablemente era ambas cosas. Cuando le ofrecieron el papel a Silvia, su reacción fue diferente. Leyó el guion, llamó a su agente. “Mi personaje tiene más escenas que el de María. Tres más”, respondió el agente. Silvia sonrió. Perfecto. Acepto. Su agente dudó.

 Silvia, ten cuidado. María Félix no es cualquier actriz. Conozco a María”, dijo Silvia con una seguridad que después lamentaría. Es una mujer de otra era. Yo represento el presente. El público lo sabe, la industria lo sabe. Es hora de que ella también lo sepa. La preproducción fue tensa, pero profesional. María y Silvia se reunieron una vez para leer el guion juntas.

Fue en el despacho de Ritstein, un lugar elegante con paredes de caoba y fotografías de estrellas del cine mexicano. María llegó primero. Vestido negro, collar de perlas que había comprado en una subasta en París, maquillaje impecable. Se sentó en la cabecera de la mesa como si fuera su oficina. Silvia llegó 20 minutos tarde.

 No fue accidental. Llevaba un vestido moderno, europeo, cabello suelto, tacones altos. Entró sonriendo, saludó a todos con besos, se disculpó por el retraso con encanto. Cuando se sentó frente a María, sus ojos se encontraron por primera vez en años. María le estudió cómo se estudia a un rival en un rin de boxeo.

 De arriba a abajo, sin disimulo, Silvia sostuvo la mirada. Sonrió María. Qué gusto, estás espléndida. María no devolvió el cumplido. Empecemos, dijo. Y empezaron. La lectura fue profesional, intensa, brillante. Amas eran actrices extraordinarias y cuando leían sus líneas, la habitación vibraba. Rickstein las miraba como un domador de leones que mete a dos fieras en la misma jaula y reza para que no se devoren antes de la función.

La filmación comenzó el 14 de octubre de 1963. Los primeros días fueron sorprendentemente tranquilos. María y Silvia trabajaban con profesionalismo absoluto. Llegaban a sus horas, hacían sus escenas, se retiraban a sus camerinos. No socializaban, no comían juntas, no intercambiaban más palabras de las necesarias.

El equipo respiró aliviado. Tal vez las leyendas sobre la rivalidad eran exageradas. Tal vez dos profesionales podían compartir un set sin que corriera sangre. Estaban equivocados. El primer incidente ocurrió el tercer día de filmación. Era una escena donde amas compartían un salón elegante.

 El director, Julio Bracho, quería un plano general donde las dos se miraran a través de la habitación. María estaba en su marca, lista, perfecta. Silvia se retrasó 15 minutos. Cuando finalmente apareció, se disculpó con el director, pero no con María. María no dijo nada, pero todos vieron como sus ojos se oscurecieron. Lupita, su asistente de toda la vida, se acercó.

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