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El día que John Wayne insultó a México en casa de María Félix – Lo sacaron a la fuerza

historias reales de la doña para entender como Jong Wayne terminó siendo escoltado físicamente fuera de Villa Vera por dos guardias de seguridad mexicanos con su sombrero de cowboy en una mano y su orgullo O destrozado en la otra. Hay que entender quién era cada uno de los protagonistas de esta noche y hay que entender porque cuando sus mundos chocaron solo uno podía quedar de pie.

 John Wayne en agosto de 1959 tenía 52 años. Era el rostro más reconocible de los Estados Unidos después del presidente Eenover. Llevaba 30 años haciendo westerns. Más de 120 películas. Había ganado el Óscar por el hombre tranquilo 6 años antes y estaba a tr años de filmar El Áamo, la película que él consideraba su obra maestra, su carta de amor al patriotismo americano.

 Pero más allá del cine, John Wayne era un símbolo American Conservador, patriota, hasta el punto de convertirse en una caricatura de sí mismo. Había pasado la década de los 50 cazando comunistas en Hollywood durante el macartismo. Denuncianciando a Collegas, arruinando carreras, señalando con el dedo a guionistas, directores y actores que consideraba antiamericanos.

Todo en nombre del patriotismo y tenía opiniones fuertes, sobre todo, sobre comunismo, sobre política, sobre raza, sobre otros países, especialmente sobre Latinoamérica. En privado entre amigos, en bares de los ángeles después de las grabaciones, Wayne no tenía ningún problema expresando lo que pensaba sobre México.

 “País de segunda clase”, decía con esa sonrisa de medio lado que lo había hecho famoso, corrupto hasta la médula, bueno para vacaciones baratas y nada más. El tipo de comentarios que hacía con ese tono de “Es broma, pero no realmente que le permitía negarlo si alguien se ofendía.” Sus amigos reían o se incomodaban, pero nadie decía nada porque era John Wayne, el duque, no discutes con el duque.

Medía 1,93, pesaba más de 100 kg. Tenía una voz que hacía temblar las paredes y una mirada que había intimidado a los actores más rudos de Hollywood durante tres décadas. Nadie lo confrontaba, nadie lo cuestionaba, nadie se atrevía hasta que llegó a casa de María Félix. María Félix en agosto de 1959 tenía 45 años.

 estaba en la plenitud absoluta de su poder, no de su juventud, de su poder, que es algo muy diferente y mucho más peligroso. Llevaba 17 años siendo la estrella más grande que México había producido, 47 películas. Había conquistado el cine mexicano, el europeo, y había rechazado Hollywood en sus propios términos, no porque no la quisieran, sino porque ella no los necesitaba.

 Vivía entre París y Ciudad de México. Se vestía con Dior, Jivenchi, Valenciaga. Mandaba fabricar joyas a Cartier que hoy se exhiben en museos junto a las de Elizabeth Taylor y Grace Kelly. Había cenado con presidentes, rechazado a reyes, destruido matrimonios y construido imperios. y tenía una casa en Acapulco, Villavera. Tres acres frente al Pacífico, piscina infinita que se fundía con el horizonte del océano, jardines diseñados por el arquitecto paisajista más prestigioso de México.

 No era ostentosa, no era vulgar, era simplemente perfecta, como todo lo que María tocaba. Villa Vera era su refugio. María la usaba para escapar de París, de Ciudad de México, de las demandas constantes de ser María Félix. En Acapulco podía ser simplemente ella, nadar al amanecer, leer en la terraza, recibir a amigos electos para cenas que duraban hasta el amanecer y ocasionalmente, muy ocasionalmente, dar fiestas que se convertían en leyenda.

 El 15 de agosto de 1959 era una de esas ocasiones. Carlo Pontti, el legendario productor italiano, esposo de Sofia Loren, estaba en México produciendo una película. Su cumpleaños caía en agosto. María ofreció su casa para una fiesta privada. Privada siendo un término relativo cuando eres Carlo Ponti y tu anfitriona es María Félix.

120 invitados. La élite absoluta de tres continentes mezclándose en la terraza con vista al Pacífico. Actores de Hollywood, directores europeos, productores mexicanos, empresarios, diplomáticos, herederos de fortunas antiguas, gente que movía el mundo desde las sombras y gente que brillaba bajo las luces. Todos congregados en la terraza de mármol de María Félix, mientras un cuarteto de jazz tocaba estándars americanos con acento mexicano y meseros impecables, circulaban con charolas de champán francés y canapés preparados por

el chef personal de María, un francés que había abandonado un restaurante con estrella Micheline en París porque María le pagaba el triple y porque como el mismo confesaba, cocinar para María Félix es cocinar para una diosa que además sabe de comida, que es raro en las tí Jong Wayne estaba en México supuestamente filmando algo.

 En realidad había venido a pescar Marlí en las aguas de Acapulco, a beber sin que su esposa lo vigilara y a escapar de los problemas maritales que lo estaban consumiendo. Pilar, su tercera esposa, lo estaba volviendo loco con su paranoia sobre sus infidelidades. Paranoia con razón, porque Wayne no podía mantener los pantalones puestos más de dos semanas consecutivas.

 Carlo Pontti lo invitó por cortesía profesional. Ven a mi cumpleaños en casa de María Félix. Será divertido. Wayne aceptó sin pensarlo. Fiesta gratis. Trajos. Tal vez alguna actriz mexicana impresionable a quien pudiera deslumbrar con su estatus de estrella internacional. No tenía idea de a dónde iba. No tenía idea de quién era María Félix.

 Realmente no tenía idea de que esa noche cambiaría para siempre la forma en que México lo veía y la forma en que él se veía a sí mismo. Llegó a Villavera a las 9:30 de la noche en un auto rentado con chóer. Ya borracho. No obviamente borracho. Todavía podía caminar en línea relativamente recta. Todavía formaba oraciones coherentes, pero tenía esa borrachera funcional que los alcohólicos experimentados manejan como un segundo estado natural.

 Esa borrachera donde la voz se vuelve un poco más fuerte, las opiniones un poco más atrevidas, el filtro social un poco más delgado. Llevaba pantalones kaki, camisa avallana, mocacines sin calcetines, vestimenta de turista americano en trópico. Ni siquiera se había puesto traje. En una fiesta donde los hombres vestían lino italiano y las mujeres parecían salidas de la portada de Bogue.

Entró a la terraza como entraba a todos lados, como dueño del lugar. Esa confianza particular de hombres blancos americanos ricos en países que consideran inferiores. Esa forma de caminar que dice estoy aquí, agradézcanmelo. María lo vio llegar desde la distancia. Estaba conversando con Carlo Pontti y su esposa Sofia Loren cerca de la piscina.

No lo saludó personalmente. Tenía 120 invitados y no era su trabajo recibir a cada uno en la puerta, especialmente no a alguien a quien no conocía personalmente y sobre quien había escuchado cosas que no la impresionaban en absoluto. Es actor de Cowboys le había dicho a Lupita, su asistente, cuando Carlo mencionó que lo invitaría.

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