Posted in

El día que Diego Rivera Insultó a María Félix por un Retrato – Dejaron de Ser AMIGOS

 A sus años era más que un pintor, era una institución. Sus murales cubrían los edificios más importantes de México y Estados Unidos. Palacio Nacional, la Secretaría de Educación Pública, el Palacio de Bellas Artes, el Instituto de Arte Detroit, el Rockefeller Center de Nueva York. Cada pared que tocaba se convertía en historia. Pesaba más de 150 kg, vestía overoles manchados de pintura, tenía ojos de sapo y una sonrisa que podía ser la más encantadora o la más cruel del mundo, dependiendo de su humor.

 Las mujeres lo adoraban a pesar de su físico o quizás por él, porque Diego tenía algo que ningún galán de cine podía igualar. una presencia magnética, una inteligencia brutal, una capacidad de hacer que cualquier mujer se sintiera la criatura más fascinante del universo mientras la pintaba. Había estado casado con Frida Calo dos veces, dos veces, porque una sola vez no fue suficiente para destruirse mutuamente.

 Se habían divorciado en 1939 y vuelto a cazar en 1940. Y su matrimonio era un campo de batalla donde el amor y el odio se mezclaban hasta ser indistinguibles. Frida estaba enferma, cada vez más enferma, y Diego, como siempre, buscaba nuevas musas para alimentar su ego y su arte. Necesitaba mujeres hermosas como otros necesitan oxígeno, no solo para amarlas, sino para pintarlas, para poseerlas en el lienzo de una manera que ningún amante podía igualar.

 María Félix, por su parte, acababa de terminar su matrimonio con Agustín Lara. El compositor le había escrito María Bonita, la canción más famosa de México, durante su luna de miel en Acapulco, con Pedro Vargas estrenándola en Serenata bajo las estrellas. Fue el regalo más hermoso que un hombre le había dado con palabras, pero los celos de Lara habían envenenado todo.

 Agustín no soportaba que María fuera más grande que él, que los reflectores la buscaran a ella primero, que los hombres la miraran como si él no existiera. Le revisaba las cartas, le controlaba las llamadas, la acusaba de infidelidades imaginarias. María aguantó 2 años. Después dijo, “Basta.” Se divorciaron en 1947 y María salió de ese matrimonio como sale un ave del cautiverio con las alas intactas y una furia silenciosa contra los hombres que confunden el amor con la posesión.

Estaba libre, poderosa, en el mejor momento de su carrera. Había filmado Doña Bárbara, donde interpretó a la mujer más salvaje y magnética del cine latinoamericano. Había filmado Enamorada, donde el propio Emilio Fernández la dirigió con una devoción que rozaba la obsesión. Había filmado La Devoradora y La Mujer Sin Alma, películas donde María no actuaba.

Existía. Era la mujer más fotografiada de México, la cuarta actriz más fotografiada del mundo. Después de Marilyn Monro, Sofía Loren y Marlén Dietrich. Cuando María entraba a un restaurante, la gente dejaba de comer. Cuando caminaba por la calle, el tráfico se detenía. Los hombres se quedaban mirándola con la boca abierta y las mujeres la miraban con una mezcla de envidia y admiración que solo las verdaderas diosas provocan.

 No era solo belleza, era algo más profundo, más intimidante. Era una fuerza, una energía, una manera de ocupar el espacio que hacía que todos los demás parecieran extras en su película personal. María Félix no entraba a los lugares, los conquistaba. Diego y María se conocían desde hacía años.

 Se habían encontrado en fiestas, en estrenos, en las cenas interminables de la élite cultural mexicana, donde artistas, políticos y millonarios se mezclaban bajo nubes de humo de cigarro y ríos de tequila. Diego siempre había admirado a María. La llamaba un ser monstruosamente perfecto y no lo decía como insulto, lo decía como el mayor cumplido que un artista podía hacer.

Porque para Diego la monstruosidad era sinónimo de grandeza, de algo que excedía los límites normales de la belleza humana. María, por su parte, respetaba a Diego como pocos. No le tenía miedo, que era la emoción que la mayoría de hombres le provocaban, ni le tenía desprecio, que era la segunda emoción más frecuente.

 Lo veía como un igual, un genio en su campo, así como ella era genio en el suyo. Podían hablar durante horas sobre arte, sobre México, sobre la vida, sobre el poder. Eran amigos de verdad, de esos que se dicen verdades que nadie más se atreve a decir. Fue en una cena en Casa de Dolores del Río en enero de 1949, donde todo empezó, donde se plantó la semilla de lo que sería una de las historias más fascinantes y menos contadas del arte mexicano.

La Casa de Dolores era el centro gravitacional del mundo artístico y social de Ciudad de México. Ubicada en Coyoacán, rodeada de jardines con bugambilias, fuentes coloniales y árboles centenarios, era un lugar donde el tiempo parecía detenerse y donde las jerarquías del mundo exterior se disolvían bajo la luz de las velas y el aroma del copal que dolores quemaba en cada reunión.

Esa noche había pintores que discutían sobre cubismo en un rincón, actores que ensayaban monólogos en otro, escritores que garabateaban versos en servilletas, un par de diplomáticos europeos que fingían entender español mientras bebían mezcal y suficiente champaña francesa para llenar una alberca olímpica. La cocinera de Dolores había preparado mole negro de Oaxaca, tamales de chipilín, chiles enogada fuera de temporada, porque Dolores podía conseguir cualquier cosa en cualquier época del año, y un pastel de tres

leches que los invitados devoraban como si no hubieran comido en semanas. Diego llegó tarde como siempre, porque Diego Rivera nunca llegaba a tiempo a ninguna parte, excepto a su propio estudio. Traía pintura fresca en las manos, manchas de azul cobalto y rojo cadmio en los nudillos y una sonrisa de niño travieso que contrastaba absurdamente con su cuerpo monumental.

 María estaba en un rincón fumando un cigarrillo francés, vestida de blanco como una aparición. Diego la vio desde la puerta y cruzó el salón directamente hacia ella, ignorando a todos los demás como si no existieran. María dijo con esa voz grave que salía de su cuerpo enorme como de una caverna. Necesito pintarte.

 María lo miró divertida. Llevas años diciendo eso, Diego. Esta vez es diferente. Esta vez voy a pintarte como nadie te ha pintado, como ninguna cámara te ha capturado. Voy a pintar lo que hay debajo de esa cara perfecta. María alzó una ceja. ¿Y qué hay debajo? Eso es lo que quiero descubrir. Dolores del río que escuchaba desde cerca intervino sonriendo. Cuidado, María.

 Cuando Diego dice que quiere descubrir algo, generalmente termina descubriendo más de lo que una quiere mostrar. María apagó su cigarrillo. Cuando pamos Diego sonrió con todos sus dientes. Mañana, al día siguiente, María llegó al estudio de Diego en San Ángel. El estudio era legendario. Dos casas conectadas por un puente, una roja para Diego, una azul para Frida.

 diseñadas por Juan Gorman, eran obras de arte en sí mismas. El estudio de Diego era un caos organizado, lienzos enormes apoyados contra las paredes, botes de pintura por todas partes, pinceles en vasos sucios, bocetos en el piso, una calavera de azúcar sobre una mesa, un cráneo prehispánico en una esquina, figuras de Judas colgando del techo.

Read More