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El Apache llegó con una niña febril y una medalla rota… y la viuda descubrió la verdad del pueblo

 No había sido fácil. En San Jerónimo, la muerte de un hombre siempre parecía pesar menos que la supervivencia de una mujer. A Julián lo habían llorado tres días con palabras solemnes. A ella la habían mirado durante meses con esa mezcla de lástima y cálculo con que se observa a quien ha quedado sin respaldo.

 Algunas vecinas le llevaban pan y rosarios, otras, las más dadas al juicio, se detenían en la puerta con excusas pequeñas, solo para comprobar si la viuda seguía siendo decorosa, si hablaba poco, si vestía de oscuro, si no sonreía demasiado pronto después del entierro. Jacinta había aprendido a bajar la voz, a no discutir y a seguir trabajando, porque el dolor, cuando no se tiene tiempo para desmoronarse, acaba convirtiéndose en costumbre.

 Aquella tarde el aire olía a tierra seca y a hojas de eucalipto. El sol descendía oblicuo sobre la plaza, pintando de cobre los muros del ayuntamiento y el campanario de la iglesia. Desde la ventana abierta de la botica, Jacinta alcanzaba a ver a dos muchachos arreando mulas, a una anciana comprando velas y al comisario Hilario Sosa conversando junto al abrevadero con el padre Esteban.

 Todo parecía igual a cualquier otro día, y, sin embargo, había una tensión extraña en el viento, algo apenas perceptible, como si los perros supieran antes que los hombres cuando se acerca una desgracia. Fue entonces cuando el primero de los animales empezó a ladrar, luego otro y otro más. Jacinta dejó el mortero sobre la mesa y se acercó un poco a la puerta.

 No salió, solo apartó con dos dedos la cortina de manta que protegía el interior del polvo. Desde allí vio venir a un jinete solo montado en un caballo oscuro cubierto de sudor. No venía al trote orgulloso de los asendados, ni con la prisa desordenada de un campesino en apuros. Venía recto, silencioso, como si el camino le perteneciera por derecho antiguo.

 Llevaba el cabello negro sujeto atrás con una tira de cuero, el rostro curtido por el sol y los hombros anchos envueltos en una chaqueta gastada. Pero no fue él lo primero que retuvo la mirada de Jacinta. Fue la niña, la pequeña iba recostada contra su pecho, inmóvil, demasiado inmóvil para una criatura de no más de 7 años. Tenía la cabeza vencida hacia un lado, los labios resecos y las mejillas encendidas con ese rojo antinatural que no anuncia vida, sino fiebre alta.

 Una manta de lana la cubría hasta la cintura, pero una de sus manos colgaba suelta. Y en aquella mano, apretado, como si incluso en el delirio se negara a soltarlo, brillaba un objeto de metal. El caballo se detuvo frente a la botica y con ese simple gesto la plaza entera pareció contener el aliento.

 Yacinta oyó primero el silencio, después los murmullos. Es él. Dios nos ampare. ¿Qué hace aquí? Trae a la niña. No necesitó preguntar a quién se referían. Bastó con mirar alrededor. El comisario había dejado de hablar. El padre Esteban se había puesto rígido. La anciana de las velas retrocedió dos pasos. persignándose con dedos temblorosos.

 Hasta los muchachos de las mulas se quedaron quietos con esa curiosidad asustada de los que han oído demasiadas historias y nunca pensaron verlas encarnadas. Gacinta sintió que un escalofrío le subía por la espalda. Conocía esa clase de silencio. No era el silencio común del respeto, sino el que nace del miedo compartido, el miedo de un pueblo pequeño donde los rumores crecen más rápido que la verdad.

 Había escuchado hablar de aquel apase desde antes incluso de enviudar, nunca su nombre completo, casi siempre medias frases, advertencias sueltas, historias mal cosidas en las sobremesas, que había aparecido años atrás en los montes del Este, que no comerciaba con nadie, salvo cuando era indispensable, que había enterrado a más de un hombre con sus propias manos, que llevaba una medalla rota al cuello desde una noche de sangre, que quienes se cruzaban con él, salían marcados de una forma u otra.

Unos decían que era un asesino, otros que era un padre en desgracia, y algunos, los menos cobardes, y por eso mismo, los menos habladores, bajaban la voz para decir algo peor, que el verdadero motivo por el que todos le temían no era la violencia, sino la memoria, porque aquel hombre recordaba demasiado.

 El jinete desmontó sin brusquedad, sosteniendo a la niña con una firmeza cuidadosa que desmentía. al menos en ese movimiento, la brutalidad que tantos le atribuían. Cuando quedó de pie, pareció aún más alto. Sus botas estaban cubiertas de barro seco, una cicatriz fina le cruzaba el pómulo izquierdo. Y en el pecho, colgando sobre la camisa abierta en el cuello, Jacinta alcanzó a ver la medalla.

 Un relicario ovalado partido por la mitad, sujeto por una cadena oscurecida, no era adorno de guerrero ni amuleto tribal. Parecía una pieza antigua, quizá de plata, rota con violencia tiempo atrás. El hombre alzó la vista y sus ojos encontraron los de Jacinta en la penumbra de la puerta. No hubo desafío en aquella mirada, tampoco súplica, solo urgencia.

 Necesita ayuda”, dijo. Su voz era grave, áspera por el cansancio, pero clara. Hablaba un castellano contenido de pocas palabras, como si hubiera aprendido a usarlas solo cuando eran imprescindibles. Jacinta abrió la puerta por completo. No pensó en el pueblo, no pensó en los murmullos, no pensó siquiera en el peligro que tantas veces le habían pintado.

 vio a la niña, vio el temblor apenas perceptible de sus pestañas pegadas por el sudor, y lo único que respondió en ella fue la parte que Julián le había dejado viva, la que sabía distinguir entre el miedo y la necesidad. Entre dijo apartándose rápido. Entonces ocurrió algo que el pueblo no esperaba.

 El Apach no avanzó enseguida. Giró apenas la cabeza hacia la plaza, como si midiera el peso de las miradas clavadas en su espalda. Y durante un segundo, Jacinta creyó ver en su rostro algo más duro que la cólera, cansancio. Un cansancio viejo de esos que no nacen de una sola noche sin dormir, sino de muchos años siendo mirado como amenaza antes incluso de abrir la boca.

 Entró al fin y cuando cruzó el umbral de la botica, los murmullos de afuera crecieron como maleza en tiempo de lluvia. Adentro olía alcohol, al canfor y romero seco. Jacinta señaló la mesa larga donde Julián solía atender los casos urgentes. El hombre depositó a la niña con una delicadeza desconcertante, le acomodó la manta y apartó de su frente unos mechones húmedos.

 La pequeña gimió apenas, un sonido débil que hizo apretarse el pecho de Jacinta. “¿Cuánto tiempo lleva así?”, preguntó ella mientras buscaba un paño limpio y el termómetro de mercurio. Desde anoche empezó con frío, luego ardía, vomitado, dos veces, convulsiones, no dos mesas ar. Jacinta apoyó la mano en la frente de la niña y retiró los dedos casi de inmediato. La temperatura era alarmante.

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