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El Anciano Vainillero Le Confió Su Mayor Secreto Antes De Morir, Cambiando Para Siempre El…

 El resto fue 8 años de aprender la sierra. Don Bartolomé le enseñó a Lucía cómo se tutoreaba la vainilla, cómo se la guiaba para que trepara por los pichocos sin lastimarla, cómo se le hablaba bajito en marzo para que diera flor y cómo se polinizaba a mano, una por una con una espina de naranjo, en las 4 horas que la flor estaba abierta antes de cerrarse para siempre.

 le enseñó a oler la lluvia antes de que llegara por la dirección en que se ponían las hojas del platanillo. Le enseñó que la vainilla buena no se cosecha apurada, que las vainas se cortan cuando empiezan a amarillear por la punta y no antes, porque la vainilla que se corta verde no perdona y nunca llega a oler a nada.

 Le enseñó que la sierra no se posee. Le decía con la mano apoyada en el bastón mientras caminaban por los corredores entre los La sierra se cuida y el que se cree dueño se equivoca tarde o temprano, porque la sierra siempre cobra primero al que se cree dueño. Lucía guardó esa frase en el lugar donde uno guarda las cosas que suenan a verdad y a profecía al mismo tiempo. No las olvidó.

 Don Bartolomé tenía dos hijos en la ciudad. El mayor se llamaba Roberto. Era contador en un despacho de la colonia del Valle en el Distrito Federal. Tenía 40 y tantos años, el pelo engomado y unas manos blancas que nunca habían sostenido un machete. El menor era Mauricio. Tenía un restaurante de comida del mar en Cuernavaca y miraba la finca de su padre con la expresión de quien está calculando cuánto rendiría si la limpiaran de todo lo que no produjera dinero rápido.

 Venían a la esperanza una vez al año. En diciembre traían regalos caros que nadie usaba. Comentaban lo atrasada que estaba la finca. y se iban a los tres días. Don Bartolomé los despedía siempre del mismo modo, sin pena, y le decía a Lucía después, “Son de ciudad, hija, no es su culpa, pero no entienden la mata.

 Y el que no entiende la mata no entiende nada.” Cuando llegó la enfermedad, en el otoño del 2003, llegaron también los hijos, pero esta vez no en diciembre, sino en octubre, con trajes oscuros y un licenciado de Jalapa que se apellidaba Galván y que hablaba con la suavidad calculada de los abogados que saben exactamente lo que vienen a hacer.

 La primera noche que estuvieron en la finca, Lucía escuchó a Roberto y Mauricio hablando en el corredor mientras ella sacaba las vainas del secadero para que no les agarrara la humedad de la madrugada. “Agrobeneficios ofrece 30 millones por las 60 heectáreas”, decía Roberto en una voz que no era baja del todo. “Limpian todo y siembran vainilla industrial de invernadero.

 Riego automatizado, lo que está de moda ahorita.” “¿Y el viejo?”, preguntó Mauricio. El doctor de Misantla dijo que dos semanas máximo. Entonces firmamos cuando tengamos los títulos en la mano. Lucía siguió acomodando las vainas sin que se le moviera la cara, pero algo en el pecho se le apretó con una fuerza que no era nada más tristeza, porque ella sabía lo que la vainilla industrial significaba para la sierra.

Sabía del herbicida que se usaba para limpiar el monte antes de meter las plantas nuevas. Sabía que ese herbicida iba a bajar por las cañadas y se iba a meter en los arroyos y se iba a comer las orquídeas silvestres que crecían en los manchones de bosque viejo y a las cuales don Bartolomé le había dedicado más cuidado en su vida que a sus propios hijos. Don Bartolomé duró 12 días más.

Lucía no se separó del cuarto en esas dos semanas, salvo para hacer las cosas de la finca que no podían esperar, porque la finca no se detiene, aunque su dueño se esté yendo, y don Bartolomé lo hubiera querido así. Ella le cambiaba los paños, le daba el caldo, le leía en voz alta del cuaderno de campo en el que el viejo había anotado durante 50 años cuando florecían las matas, cuando había bajado el río, cuando había caído la helada del 87.

 Los hijos entraban dos veces al día, 5 minutos, preguntaban cómo seguía y salían apresurados a hacer llamadas por sus teléfonos celulares en el patio. La noche del doceavo día, cuando ya la casa estaba dormida y solo se oía el goteo de la lluvia en las hojas grandes del platanillo, don Bartolomé llamó a Lucía. Ella entró al cuarto con la lámpara de petróleo porque la luz se había vuelto a ir esa tarde, como pasaba seguido en la sierra.

 El viejo estaba medio incorporado contra dos almohadas, respirando con dificultad, pero con los ojos despiertos. Le pidió que se sentara. Lucía se sentó en la silla de siempre, junto a la cama. Don Bartolomé metió la mano despacio bajo el colchón y sacó una caja de palo de rosa del tamaño de un misal, tallada con figuras que parecían raíces o ríos vistos desde lo alto.

 La puso sobre la cobija entre los dos. Esto no se lo he mostrado a nadie en 50 años”, dijo. “Era de mi padre y antes del padre de mi padre. Yo lo recibí cuando tenía tu edad.” Lucía miró la caja, no la tocó. Le preguntó por qué a ella. Don Bartolomé la miró con los ojos hundidos de la enfermedad, pero todavía vivos, todavía suyos, “Porque ellos solo ven como bulto, hija”, dijo, señalando vagamente hacia el corredor donde dormían los hijos.

 Tú conoces la raíz y lo que hay aquí adentro solo lo entiende quien conoce la raíz. Hizo una pausa para respirar. Tomó la mano de Lucía y la puso sobre la tapa de la caja. Protege el corazón del monte, hija. Lo que está aquí adentro es lo único que puede salvarlo de lo que ya viene. ¿De qué? Preguntó Lucía, aunque ya sabía. De lo que oíste en el corredor, dijo el viejo.

 Yo te oí salir del secadero esa noche. Yo sé que tú escuchaste, Lucía. no respondió. Tomó la caja con las dos manos. Don Bartolomé exhaló un aire largo, profundo, del que tienen los últimos. Cerró los ojos y ya no los volvió a abrir. Los hijos entraron al cuarto 20 minutos después, cuando Lucía salió a avisarles. Roberto miró al padre muerto un instante, sin acercarse y enseguida miró la caja que Lucía traía entre las manos. ¿Qué es eso?, preguntó.

Algo que su papá me entregó antes de morirse, dijo Lucía. Roberto y Mauricio se miraron. Mauricio dio un paso al frente. Mira, dijo con una voz que pretendía ser razonable. Todo lo que hay en esta finca hasta el último clavo, nos pertenece por herencia directa. Eso incluye lo que traes en la mano. Su papá me lo entregó personalmente, dijo Lucía.

Mi papá llevaba dos semanas sin estar en sus cinco sentidos dijo Roberto. Cualquier juez te lo va a decir. Lucía no contestó. Roberto extendió la mano. Dame la caja. No, el silencio que siguió fue corto y filoso. Mauricio habló entonces con una calma peor que un grito. Si nos obligas a llamar a las autoridades, las vamos a llamar, muchacha, y vas a salir igual de aquí, solo que con más vergüenza.

 Lucía los miró a los dos. Miró la caja, los volvió a mirar. Llámenle a quien quieran dijo a las 6 de la mañana, con la neblina todavía pegada al suelo de la finca, el licenciado Galván llegó con dos papeles firmados por un notario de papantla y una orden que Lucía no tenía cómo rebatir porque no tenía abogado, no tenía dinero para pagar uno y no tenía a quien acudir.

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