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El anciano ranchero le confió su mayor tesoro antes de partir, cambiando su destino para siempre.

Le había preguntado a dónde iba. Ella había respondido que a donde hubiera trabajo, él había dicho que subiera a la carreta. 12 años después, Alma conocía cada piedra del rancho mejor que sus propios sueños. Sabía cuando iba a llover por el modo en que los mezquites doblaban las ramas. Sabía qué pozos guardaban agua limpia y cuáles amargaban.

 Sabía que la tierra del lado norte rendía el doble si se dejaba descansar un año de cada tres. Porque don Elías se lo había enseñado caminando con ella por los surcos, señalando con el bastón, hablando de la tierra como si fuera persona. La tierra no se posee. Le había dicho una vez hace ya muchos años, la tierra se cuida.

 El que cree que la posee, tarde o temprano se equivoca. Alma no había olvidado esa frase. La guardaba en el mismo lugar donde guarda uno las cosas que suenan a verdad cuando se dicen y a profecía cuando el tiempo pasa. Don Elías no tenía hijos. Tenía dos sobrinos en la ciudad de Zacatecas, Arturo y Vicente, hijos de su hermano mayor, que había muerto hacía 15 años.

Los sobrinos venían al rancho una vez al año, generalmente en diciembre, con ropa nueva y comentarios sobre lo que habría que modernizar, y se iban a los tres días con la misma rapidez con que habían llegado. Don Elías los recibía con cortesía y los despedía sin pena. “Son de ciudad”, le decía a Alma después, sin amargura.

 No entienden la tierra porque nunca la han necesitado. Cuando la enfermedad llegó en el otoño de ese año, los sobrinos llegaron también. Esta vez no en diciembre, esta vez en octubre con trajes oscuros y maletines de cuero, y con un abogado de la ciudad que se llamaba licenciado Perales y que tenía la costumbre de hablar en términos que nadie más entendía.

 Arturo era el mayor, hombre de 4 y tantos años, pelo engominado, manos que nunca habían tocado tierra de trabajo. Vicente era 5 años menor y tenía la costumbre de mirar alrededor de cualquier cuarto como evaluando cuánto valdría vacío. La primera noche que llegaron, Alma los escuchó hablar en el corredor mientras ella preparaba la cena.

La minera ofreció buen precio por la montaña norte”, dijo Arturo en voz que no era exactamente baja. “¿Y el tío?”, preguntó Vicente. “El tío no va a durar más de dos semanas.” El doctor lo dijo. Silencio. Entonces firmamos en cuanto tengamos los títulos. Alma siguió picando las cebollas sin hacer ruido, pero algo en su pecho se apretó con una fuerza que no era solo tristeza.

 Don Elías duró 10 días más. Alma no se separó de su lado en esos 10 días, excepto para hacer las cosas del rancho que no podían esperar. Porque el rancho no para aunque uno esté muriendo. Y don Elías lo hubiera querido así. le daba el agua, le cambiaba los paños, le leía en voz alta las anotaciones de su propio cuaderno de campo cuando él lo pedía, porque escuchar sus propias observaciones sobre la tierra le daba una paz que ningún otro remedio lograba.

Los sobrinos entraban al cuarto dos veces al día, saludaban, preguntaban cómo estaba, salían en 5 minutos. La noche del décimo día, don Elías llamó a Alma. Cuando la casa ya estaba en silencio, ella entró al cuarto con la lámpara de aceite. El anciano estaba incorporado a medias en la cama con un esfuerzo que le costaba la respiración, pero que no estaba dispuesto a ahorrarse.

“¿Siéntes dijo, Alma?” Se sentó en la silla de siempre junto a la cama. Don Elías metió la mano despacio bajo el colchón y sacó una caja de madera tallada del tamaño de un libro grueso. La madera era oscura. trabajada con figuras que parecían raíces o ríos vistos desde arriba, la puso sobre la cama entre los dos.

 “Esto no se lo he mostrado a nadie en 50 años”, dijo. Alma miró la caja, no la tocó. ¿Por qué a mí? Preguntó. Don Elías la miró con esos ojos que la enfermedad había puesto más grandes, más hondos, porque ellos solo ven el polvo. Dijo y señaló vagamente hacia el corredor donde dormían los sobrinos. Pero tú conoces la raíz.

 Hizo una pausa para respirar. Protege el corazón del valle, Alma. Lo que hay adentro de esa caja es lo único que puede salvarlo. Salvarlo de qué? De lo que ya viene, dijo el viejo. Usted ya lo sabe. Lo escuchó en el corredor. Alma no respondió, pero tomó la caja con las dos manos. Don Elías exhaló un aire largo, profundo, del tipo que tienen los últimos.

 cerró los ojos y no los volvió a abrir. Los sobrinos entraron al cuarto 20 minutos después, cuando Alma salió a avisarles. Arturo miró el cuerpo de su tío por un momento. Luego miró la caja que Alma sostenía entre las manos. ¿Qué es eso?, preguntó. El Señor Elías me lo entregó antes de morir, dijo Alma. Arturo y Vicente se miraron.

 Todo lo que hay en esta propiedad nos pertenece, dijo Arturo con una calma que era peor que un grito. Eso incluye lo que usted tiene en las manos. Su tío me lo entregó personalmente. Su tío estaba enfermo y no estaba en condiciones de entregar nada. Arturo extendió la mano. Deme la caja. No. El silencio que siguió fue corto y cargado.

 Vicente dio un paso hacia ella. Mire, dijo con una voz que intentaba ser razonable. Entendemos que usted trabajó aquí muchos años, eso se reconoce, pero esta propiedad tiene dueños legales y todo lo que hay en ella, absolutamente todo, nos corresponde por herencia directa. Si nos obliga a llamar a las autoridades, lo haremos.

 Alma miró a los dos hombres, luego miró la caja entre sus manos, luego volvió a mirarlos. Llamen a quien quieran dijo a las 6 de la mañana con el sol apenas asomando sobre la sierra, el licenciado Perales llegó con dos documentos y una orden que Alma no pudo rebatir porque no tenía abogado ni dinero para pagar uno. Los títulos de la propiedad estaban a nombre de Arturo y Vicente Fuentes.

 Todo lo que había dentro de la centinela era de ellos. La dejaron salir con su ropa, sus herramientas personales y lo que pudiera cargar en los brazos. Alma salió por la tranquera con el atado de ropa bajo un brazo y la caja de madera bajo el otro. Ninguno de los dos la vio guardarla entre la ropa. O si la vieron, creyeron que ya la habían vencido.

Caminó hasta el árbol de mesquite más viejo del valle. Lo conocía desde el primer día que había llegado a la centinela. Don Elías le había dicho que tenía 200 años y que los fundadores del pueblo lo habían usado como punto de referencia para trazar los primeros linderos. Se sentó a la sombra del árbol en la tierra seca y roja de Zacatecas y abrió la caja. Adentro no había oro.

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