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Durante una cena privada, María Félix fue cuestionada por Agustín Lara — Lo que dijo lo cambio todo

Lo que Agustín componía, el mundo cantaba. Lo que Agustín decía, la prensa publicaba. Lo que Agustín quería, generalmente lo conseguía. Y lo que más había querido en su vida entera era a María Félix. Se habían casado un año antes, en diciembre de 1945, en una ceremonia que paralizó a México. El músico más grande y la actriz más hermosa.

 La prensa los llamó la pareja del siglo. Agustín le había compuesto María Bonita durante su luna de miel en Acapulco con Pedro Vargas estrenándola en serenata frente al mar. Y esa canción se había convertido en himno nacional no oficial. La canción que todo México tarareaba, la declaración de amor más famosa jamás escrita en español.

 Pero detrás del romance público, detrás de las canciones y las fotografías y las portadas de revista, había una verdad que solo los más cercanos conocían. Agustín Lara estaba enfermo de celos. No eran celos normales, no eran la inseguridad pasajera de un hombre enamorado, eran celos patológicos, destructivos, obsesivos. celos que lo consumían desde adentro como un ácido lento que le carcomía el alma cada vez que María salía de casa, cada vez que un hombre la miraba, cada vez que ella sonreía a alguien que no fuera él. María lo sabía, lo había

sabido desde antes de casarse. Su asistente, doña Carmen, se lo advirtió la noche antes de la boda. Doña María, ese hombre la adora, pero la adora como se adora a un objeto. Quiere poseerla. no amarla. María había respondido con esa seguridad que la definía. Conozco a los hombres, Carmen. He domesticado fieras peores que Agustín Lara. Pero se equivocaba.

Agustín Lara no era una fiera que se pudiera domesticar. Era un volcán que se podía contener, pero no apagar. Y esa noche de noviembre de 1946, el volcán iba a hacer erupción. Desde el primer día de matrimonio, las señales estaban ahí. Agustín llamaba a María cinco veces al día cuando ella estaba filmando.

 Quería saber con quién había almorzado, quién la había saludado, si algún actor la había mirado de más durante una escena. María lo toleraba al principio porque confundía los celos con pasión, porque nadie le había dicho que el amor no debería sentirse como una interrogación constante. Pero con el paso de los meses, la tolerancia se fue gastando como una vela que arde por ambos extremos.

María empezó a sentir que vivía con un inspector, no con un esposo, que cada vez que salía de casa dejaba a un hombre que contaba los minutos de su ausencia y que cada minuto extra era una acusación silenciosa. Los amigos de la pareja lo notaban. En las fiestas, Agustín no le quitaba los ojos de encima a María, no como un enamorado que admira, sino como un guardián que vigila.

Si un hombre le hablaba más de 2 minutos, Agustín aparecía a su lado con una copa en la mano y una sonrisa falsa. Si María se reía con alguien, Agustín después le preguntaba de que se reían, que habían hablado, por qué había sido tan simpática con ese fulano era agotador, era humillante y era insostenible. La cena de noviembre había sido idea de Agustín.

Quiero reunir a mis amigos más cercanos”, le dijo a María esa mañana mientras desayunaban. “Una cena íntima, elegante. Tú y yo como anfitriones.” María lo miró por encima de su taza de café. Llevaba puesto un camisón de seda francesa y aún así parecía una emperatriz. “¿A quiénes quieres invitar?” A los de siempre, los Corcuera, los del Moral, el doctor subirán, Toño Badú con su esposa y a Jorge.

 María no reaccionó, pero algo se tensó en su mandíbula. Jorge era Jorge Negrete, el ídolo de México, el hombre con la voz más poderosa del país, el charro cantor que hacía suspirar a millones. También era amigo de Agustín, o al menos lo había sido, porque en los últimos meses los rumores habían empezado a circular como veneno en los salones de la alta sociedad mexicana.

Decían que Jorge Negrete miraba a María de una forma que no se mira a la esposa de un amigo. Decían que en una fiesta, tres meses atrás habían bailado juntos una pieza y que el baile había durado más de lo necesario. Decían que María le había sonreído a Jorge de una manera que nunca le sonreía a Agustín. Nada de eso estaba confirmado.

Nada de eso era necesariamente cierto. Pero Agustín lo creía porque los celos no necesitan pruebas, solo sospechas. Y las sospechas de Agustín eran suficientes para incendiar el mundo. Jorge Negrete, preguntó María con voz neutra. ¿Estás seguro? Claro que estoy seguro. Es mi amigo. ¿Por qué no habría de invitarlo? María lo miró fijamente durante 3 segundos.

Conocía esa mirada en los ojos de Agustín, esa mezcla de desafío y desesperación que significaba que ya había tomado una decisión y que cualquier objeción solo confirmaría sus sospechas. Como quieras, dijo María y volvió a su café. Pero Carmen, que estaba en la cocina escuchando, sintió un escalofrío. Algo malo iba a pasar esa noche.

 Lo sentía en los huesos, como se sienten los terremotos antes de que lleguen. Los invitados empezaron a llegar a las 8 de la noche. La casa estaba impecable. Flores frescas en cada mesa, velas encendidas, la mejor vajilla de porcelana francesa, cristalería de Murano, cubiertos de plata que habían pertenecido a la familia de María.

Agustín había contratado a un chef del hotel Reforma para que preparara un menú de siete tiempos. Consomé de ave con jerez, salmón en salsa de alcaparras, sorbete de limón, filete Wellington, ensalada de berros, tabla de quesos europeos y de postre, crepe su set flambeados en la mesa. Era una cena digna de embajadores y en cierto modo lo era, porque cada persona sentada a esa mesa representaba poder en la ciudad de México.

 Los Corcuera eran la familia más rica de Polanco. Eduardo del Moral era el arquitecto favorito del gobierno. El doctor Salvador Subirán era el médico más respetado del país, fundador del hospital que llevaría su nombre. Toño Badú era empresario, dueño de tres estaciones de radio y Jorge Negrete era Jorge Negrete, el hombre cuya presencia en cualquier lugar cambiaba la temperatura de la habitación.

María apareció a las 8:30. Había tardado dos horas en arreglarse, no por vanidad, sino por estrategia, porque María Félix entendía que la imagen era armadura y esa noche necesitaba la armadura más fuerte que tuviera. Vestido negro de terciopelo, largo hasta el piso, con un escote que insinuaba sin revelar. Pendientes de esmeraldas que le había regalado un magnate argentino antes de conocer a Agustín.

 cabello recogido en un moño alto que dejaba expuesto su cuello largo, perfecto. Y esos ojos, esos ojos oscuros que podían seducir o destruir con la misma facilidad. Cuando bajó las escaleras, todos se pusieron de pie, no por cortesía, por instinto, porque cuando María Félix entraba a un lugar, la gravedad cambiaba, el aire se volvía más denso, más eléctrico y todos, hombres y mujeres, sentían que estaban frente a algo más grande que una persona.

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