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Desterrada Con la Primera Helada, Llenó una Cueva de Leña y Víveres — y Regresó a Cerrar las Puertas

El Refugio en la Piedra

Hay un mito sobre la supervivencia que te venden en los libros: que es una serie de momentos heroicos. Mentira. La supervivencia es sucia, es fea y está llena de decisiones morales cuestionables que tomas mientras tiemblas incontrolablemente.

Me adentré en el Bosque Negro. Conocía este lugar mejor que los cazadores del pueblo. Mientras ellos se quedaban bebiendo junto al fuego, yo solía caminar por estos senderos buscando hierbas. A unos tres kilómetros, escondida detrás de una cascada que en invierno se convertía en una pared de carámbanos sólidos, había una cueva profunda. Una fisura termal en la roca la mantenía un par de grados por encima del punto de congelación. No era el paraíso, pero era la diferencia entre vivir o morir.

Cuando llegué, el dolor en mis extremidades era insoportable. Las lágrimas se congelaban en mis pestañas. Pero no me permití parar. Sabía que si me sentaba, no volvería a levantarme.

En el rincón más oscuro de la cueva, bajo un montón de rocas falsas, encontré mi seguro de vida. Yo no era estúpida. Meses atrás, cuando vi cómo el pueblo empezaba a racionar la comida y cómo los líderes se quedaban con la mejor parte mientras los más débiles enfermaban, empecé a prepararme. Robé. Sí, lo admito sin una pizca de culpa. A veces, ser “bueno” solo te convierte en una víctima. Robé hachas, cuchillos, cuerdas, pedernales y, lo más importante, semillas y cecina. Lo fui escondiendo aquí, poco a poco.

Esa misma noche encendí un pequeño fuego. El calor golpeó mi piel casi con violencia. Me acurruqué junto a las llamas, envolviéndome en unas mantas viejas que había almacenado. Mientras masticaba un trozo duro de carne seca, mi mente comenzó a trabajar.

No bastaba con sobrevivir. Necesitaba prosperar. Quería que mi existencia fuera un grito ensordecedor contra su traición.

La Acumulación

Durante las siguientes semanas, trabajé como un demonio. La primera helada fue solo el preludio. El invierno real estaba a punto de golpear.

Mi rutina era brutal pero simple. Salía antes del amanecer, cuando la nieve estaba lo suficientemente dura como para caminar sin hundirme. Talaba madera muerta. No cortaba árboles vivos, no porque fuera una santa de la ecología, sino porque la madera verde no arde bien y hace demasiado humo. El humo me delataría. Hacía viajes interminables, arrastrando trineos improvisados llenos de troncos hasta llenar casi un tercio de la cueva con leña apilada meticulosamente.

¿Saben lo que pasa cuando trabajas físicamente en el frío extremo? Tu cuerpo cambia. Se adapta. El rencor es un combustible excelente, mucho mejor que la adrenalina. Te mantiene caliente cuando la temperatura cae a veinte bajo cero.

Pero necesitaba más víveres. Mis reservas no durarían hasta la primavera. Y aquí es donde la historia se pone interesante.

A mediados de diciembre, la tormenta madre azotó la región. El viento soplaba a más de cien kilómetros por hora. Fue entonces cuando volví al pueblo. No para rogar. Para cobrarme mi deuda.

Conozco a las personas. Son perezosas. Confiaban ciegamente en sus gruesos muros y en los graneros comunales. Aprovechando el ruido ensordecedor de la tormenta y la oscuridad absoluta, escalé el muro este por una sección que yo misma había ayudado a reparar años atrás y que sabía que tenía fallos estructurales.

Entré al granero comunal. Olía a grano húmedo y a miedo. Me llevé sacos de avena, harina, tocino curado y tres jamones enteros. Lo cargué todo en un trineo robado de la misma casa del alcalde. Me llevé hasta los gruesos abrigos de piel que colgaban en el porche de mi exmarido.

¿Estuvo mal? Tal vez para la moralidad de los cómodos. Pero déjenme decirles algo: cuando te empujan al abismo, las reglas de quienes te empujaron dejan de aplicar. Si alguien te lee esto y piensa que fui cruel, probablemente nunca ha tenido que masticar corteza de pino para engañar al estómago.

Llené mi cueva. Tenía leña para mantener un fuego rugiendo durante seis meses. Tenía comida para engordar en medio del apocalipsis blanco. Tenía pieles. Me construí un nido de calor y abundancia en las entrañas de la tierra.

El Invierno de los Justos

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