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Cuando un Político Intentó Humillar a Cantinflas — Su Respuesta Legendaria Dejó a México en Silencio

 Su cara decía que algo malo estaba pasando. Mario, necesito decirte algo antes de que lo escuches de otra persona. Mario lo miró tranquilo,  terminó de morder su elote y esperó. El licenciado Fuentes habló esta tarde en la radio. Dijo que Rodrigo dudó. buscando las palabras correctas y no  encontrándolas.

Dijo que eres una vergüenza nacional, que tus películas envenenan la mente del pueblo mexicano, que eres un  payaso sin cultura que se burla de los pobres haciéndoles creer que la ignorancia es graciosa. Dijo que  vas a arruinar a México. Mario no cambió su expresión. siguió mirando hacia el escenario donde en minutos  el presidente daría el grito.

El licenciado Fuentes, el diputado, el mismo y no fue todo. Anunció que va a presentar una iniciativa para prohibir que tus  películas se exhiban en escuelas y espacios públicos. Dijo que eres nocivo  para la juventud. Lo dijo con nombre y apellido Mario. En cadena nacional.

 La multitud  a su alrededor vitoreaba, agitaba banderas, abrazaba desconocidos con esa emoción desbordada que solo da el amor a la patría mezclado con el tequila. Y Mario Moreno estaba quieto en medio de todo eso, procesando lo que acababa de escuchar. No sentía rabia todavía. Lo que sentía era algo más extraño, más frío. Reconocimiento.

Como cuando ves venir  una tormenta desde lejos y sabes exactamente lo que significa, aunque todavía no llegue. Conocía al  licenciado Fuentes. Lo había visto en eventos, en recepciones, en esas  cenas oficiales donde los políticos se ponían sus mejores trajes y sus peores sonrisas. Era el tipo de hombre que  usaba palabras largas para decir cosas pequeñas.

El tipo que confundía  el vocabulario con la inteligencia y el título con la sabiduría. El tipo que había estudiado  en Europa y había regresado convencido de que México necesitaba ser salvado de sí mismo. Y ahora ese hombre había decidido que Cantinflas era el enemigo. Mario terminó su elote,  tiró el olote a un bote de basura cercano y se limpió las manos en su pantalón.

 ¿Cuándo es su siguiente  aparición pública? Preguntó calmadamente Rodrigo parpadeó sorprendido. El jueves tiene un  discurso en el teatro Fábregas, un evento cultural del gobierno. Habrá prensa, funcionarios, gente importante. Mario asintió despacio. Consígueme una  invitación. Rodrigo lo miró como si acabara de pedirle que consiguiera una nave espacial.

 Mario,  ese evento es por invitación oficial. Es gente del gobierno, intelectuales,  académicos. No es precisamente tu público habitual. Mario sonrió por primera vez en varios minutos. Exactamente. Por eso necesito estar ahí. Rodrigo sabía que cuando Mario sonreía así, no había manera de disuadirlo.

 Era esa sonrisa tranquila, casi inocente, que significaba que ya tenía un plan completo funcionando  en su cabeza y que lo único que quedaba era ejecutarlo. Había aprendido a reconocerla después de  años de trabajar con él. Era la misma sonrisa que tenía antes de improvisar una escena que dejaba al director sin palabras, la misma que aparecía cuando alguien lo subestimaba en una negociación y estaba a punto de entender su error.

 Esa noche,  mientras México celebraba su independencia con cohetes y gritos y lágrimas de orgullo, Mario Moreno se fue a su casa temprano. Se sentó en su estudio, un cuarto sencillo con libros apilados, sin  orden aparente, pero con una lógica que solo él entendía y estuvo leyendo hasta las 3 de la mañana. No leía  guiones, no leía revistas de espectáculos, leía historia, filosofía, los discursos de Juárez, las cartas de Morelos, un tratado de retórica clásica que había comprado en una  librería de viejo en la Lagomilla por 3

pes50. Al día siguiente empezaron los periódicos, no uno ni dos. Cinco diarios distintos recogieron las declaraciones del licenciado Fuentes y  las ampliaron con opiniones propias. Algunos periodistas estaban de acuerdo con él. Escribían con ese tono grave y preocupado de quien cree que la cultura popular  es una enfermedad que hay que contener antes de que se extienda demasiado.

 Usaban palabras como degradación y vulgaridad y mediocridad  complaciente. Decían que Cantinflas era el síntoma de un país que prefería reírse de su propia miseria en lugar de superarla. Otros periodistas defendían a Mario, pero lo  hacían mal. Lo defendían como se defiende a un niño travieso, con ternura condescendiente, diciendo que sí era un poco burdo, pero que el pueblo lo amaba y eso había que respetarlo.

Esa defensa le hacía casi más daño que el ataque. Mario leyó todo sin cambiar su expresión. Rodrigo  lo observaba desde la puerta esperando una reacción, una orden, alguna señal de lo que vendría. ¿Vas a responder a los periódicos?,  preguntó finalmente, “¿No vas a dar una entrevista?” “No.

” “Entonces, ¿qué vas a hacer hasta el jueves?” “Pensar.” Y eso fue exactamente lo que hizo. Tres días de silencio absoluto  mientras Medio México hablaba de él. Tres días en que sus amigos le llamaban preocupados, en que sus  productores le pedían que dijera algo, en que su propio abogado le recomendaba considerar acciones legales por difamación.

 Tres días en que  el licenciado Fuentes, alimentado por el silencio, subió el tono. Apareció en otro programa de radio. Esta vez fue más lejos. Dijo que  las películas de Cantinflas no solo eran culturalmente dañinas, sino que representaban un obstáculo  para el progreso nacional.

 Que un país que celebraba la ignorancia y la  pobreza como fuentes de humor nunca podría avanzar hacia la modernidad. que los verdaderos intelectuales y los verdaderos patriotas tenían la obligación de proteger al pueblo de  influencias que lo mantenían conformista y subdesarrollado. Y luego dijo algo que cruzó una línea que nadie esperaba.

 Dijo que Mario Moreno era exactamente el tipo de persona que los fundadores de la nación hubieran querido  educar y civilizar, que era en el fondo un producto del atraso que México necesitaba dejar atrás. Cuando Rodrigo  le leyó esa parte en voz alta, Mario dejó su taza de café sobre la mesa con una calma que era casi inquietante.

“El jueves”, dijo solamente. El Teatro Fábregas era uno de esos edificios  que respiraban historia por cada grieta de sus paredes. Inaugurado décadas atrás, había visto pasar lo mejor y lo peor del teatro  mexicano entre sus columnas de cantera. Esa noche de jueves estaba iluminado con esa solemnidad oficial que los eventos del gobierno sabían producir también.

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