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Cuando un director francés menospreció a María Félix en Cannes – Su respuesta fue impresionante

 Para entender lo que pasó aquella noche de mayo, hay que retroceder 8 meses. Septiembre de 1952. Por Froncio. María Félix llevaba casi 2 años viviendo en Europa. Había dejado México no por fracaso, sino por conquista. Hollywood la había buscado varias veces. Le habían ofrecido contratos millonarios, papeles junto a las estrellas más grandes del cine norteamericano.

 Pero Hollywood quería convertirla en la latina exótica de turno. La mujer con acento que hace de sirvienta, de amante oscura, de criminal seductora. María dijo que no. Le dijo que no a Hollywood, como le había dicho que no a tantos hombres poderosos que pensaron que podían comprarla. “Si voy a actuar en Europa”, dijo en una entrevista de la época.

 Será como lo que soy, una reina, no como lo que ellos quieren que sea, una decoración. Europa la recibió de otra manera. España la adoró. Italia la veneró. Francia la descubrió con una mezcla de fascinación y desconfianza. Los franceses admiraban su belleza, eso era innegable. Cuando María caminaba por los campos eliceos, la gente se detení.

Los fotógrafos la perseguían. Las revistas la ponían en portada, pero el cine francés era otra cosa. El cine francés se consideraba a sí mismo el más intelectual del mundo, el más artístico, el más sofisticado. Los directores franceses miraban con desdén al cine latinoamericano. Lo consideraban melodrama barato, lágrimas fáciles, historias para campesinos.

 Y María Félix, por más hermosa que fuera, venía de ese mundo. En septiembre de 1952, María recibió una invitación que cambiaría todo. Jan Renoir, el gran maestro del cine francés, hijo del pintor impresionista Pier Auguste Renoir, quería reunirse con ella. Renoir estaba preparando una película ambiciosa llamada French Can, una celebración del Moulin Rouge de París, del espectáculo.

Necesitaba una actriz que encarnara la pasión, el fuego, la belleza salvaje. Había visto películas de María en proyecciones privadas. enamorada. La mujer sin alma, doña Bárbara, quedó fascinado. Esta mujer no actúa le dijo a su productor. Esta mujer es es fuego en la pantalla. Nunca he visto algo así.

 La reunión fue en el departamento de Renoir en Montmre. María llegó puntual, algo inusual en ella. Vestía un traje astre gris perla, sombrero pequeño, guantes blancos. Renoir la esperaba con vino, tinto y queso. Era un hombre grande, cálido, con ojos que habían visto todo el arte del siglo XX desde la cuna. “Señora Félix”, dijo en un español sorprendentemente decente. “Es un honor.

 El honor es mío”, respondió María en francés perfecto, porque María hablaba francés con fluidez, algo que muchos en la industria francesa no sabían. Lo había aprendido de niña leyendo novelas. Lo había perfeccionado en París con tutores privados. Lo hablaba con un acento que los franceses describían como encantador, como si el español le pusiera música al idioma.

 Renoir le explicó el proyecto French Can. La historia de un empresario que crea el moulin Rouge. María interpretaría a la vela Bese, una actriz española apasionada y volcánica. Es un papel que escribí pensando en usted”, confesó Renoir. “Nadie más puede hacerlo.” María leyó el guion esa misma noche. A las 2 de la mañana llamó a Renoir.

 “Lo haré”, dijo, “pero con una condición. Ty game, que nadie me dirija excepto usted. Si otro director interviene, me voy. Renault Río. Señora Félix, nadie dirige mis películas excepto yo. Trato hecho. La noticia de que María Félix protagonizaría una película francesa cayó como bomba en la industria cinematográfica de París.

 Para algunos era un evento extraordinario. la estrella más grande de Latinoamérica trabajando con el director más respetado de Francia, pero para otros era una afrenta. Y entre esos otros estaba Marcel Dubernet. Marcel Dubernet tenía 52 años en 1952. Era director de cine, crítico ocasional, miembro del comité de selección del festival de Canes y, según el mismo, el guardián de la pureza del cine francés.

Había dirigido 14 películas, ninguna memorable, pero todas respetadas por la crítica parisina, porque Dubernet sabía cómo funcionar dentro del sistema. Conocía a los críticos correctos, asistía a las fiestas correctas, decía las frases correctas en los momentos correctos. Era un hombre de poder social más que de talento artístico y su poder venía de una sola cosa, la capacidad de destruir carreras con sus opiniones.

Cuando Dubernet se enteró de que Renoir había contratado a María Félix, su reacción fue inmediata y brutal. Llamó a su amigo Pier Lazaref, director del periódico Franzoir, el más leído de Francia. Pier, esto es una vergüenza. Renoir ha perdido la cabeza. Contratar a una actriz mexicana para una película francesa.

Una actriz de melodramas baratos. Es como poner tequila en un chatol fite. Pier, que conocía el temperamento de Dubernet y también conocía un buen titular cuando lo escuchaba, publicó las declaraciones al día siguiente. El artículo se titulaba El gran Renaultir apuesta por México y el subtítulo de Cía Dubernet cuestiona la elección de una actriz latinoamericana para el papel principal de French Can.

 Las palabras de Dubernet eran veneno destilado. Con todo respeto por el maestro Renoir, el cine francés tiene actrices extraordinarias. Simone Cerette, Daniel Darus, Michelle Morgan. Mujeres que entienden la sutileza, la profundidad, la complejidad del arte cinematográfico europeo. Contratar a una actriz cuya mayor contribución al cine ha sido lucir hermosa en películas donde grita y llora no es una decisión artística.

Es un capricho. María Félix es una cara, una cara espectacular, lo admito. Pero el cine francés necesita más que caras bonitas, necesita almas. La declaración llegó a María a través de Lupita, su asistente de toda la vida. María estaba en su suite del hotel Georchube preparándose para una cena.

 Lupita entró con el periódico, la cara pálida. Doña María debería leer esto. María leyó el artículo completo sin cambiar de expresión. Su rostro era una máscara perfecta. Solo sus ojos se movían línea por línea absorbiendo cada palabra. Cuando terminó, dobló el periódico con cuidado, lo puso sobre la mesa. ¿Quién es Marcel Dubernet? Preguntó.

 Lupita había investigado. Es director de cine, crítico, miembro del comité de canes. Tiene influencia en la prensa francesa. María asintió lentamente. Director de cine. ¿Qué películas ha hecho? Lupita mencionó algunos títulos. María no conocía ninguno. Entonces es un hombre que hace películas que nadie recuerda y se atreve a opinar sobre mí.

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