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Cuando se burlaron de Pedro Infante, Rosita Quintana hizo algo que dejo en shock a todos

 Rosita Quintana estaba sentada en la mesa 4, cerca de la ventana que daba hacia la avenida Juárez. Llevaba un vestido verde botella que hacía juego con sus ojos, el cabello recogido con elegancia natural, sin esfuerzo aparente. A sus 28 años era ya una figura consolidada del cine mexicano, pero esa noche no estaba ahí como estrella.

 Estaba ahí porque su productor, un hombre llamado Víctor Salcedo, había insistido en llevarla como acompañante de negocios. Palabras suyas. lo que en el lenguaje real de la industria significaba que su presencia serviría para suavizar conversaciones difíciles con su encantó y su nombre. Rosita lo sabía. Lo había sabido desde el momento en que Salcedo la llamó para invitarla.

Había aceptado de todas formas, porque así funcionaba el mundo en el que vivía, un mundo donde las mujeres con talento aprendían a navegar entre las ambiciones de los hombres con poder, sin naufragar en el intento. Era habilidad que había perfeccionado durante años, sonreír en el momento exacto, callar cuando convenía, hablar solo lo necesario.

Esa noche, sin embargo, algo saldría completamente de ese guion perfectamente ensayado. Pedro Enfante no estaba en la lista de invitados. Pedro Infante no estaba en la lista de invitados, pero su nombre sí estaba en la boca de casi todos. Eso era algo que ocurría con frecuencia en los círculos de la industria cinematográfica mexicana de mediados de los 50.

Infante tenía esa cualidad extraña e irritante para algunos de existir en las conversaciones, incluso cuando no estaba presente físicamente. Era demasiado grande para ignorarlo y demasiado popular para atacarlo abiertamente en público. Pero en reuniones como esta, donde el cognac fluía libre y las corbatas se aflojaban con la confianza que da saberse entre iguales, las máscaras caían con una facilidad que en otros contextos resultaría escandalosa.

 Fue Armando Pedrosa quien lo mencionó primero. Pedrosa era productor de mediana categoría con ambiciones desproporcionadas a su talento real, hombre de unos 50 años que compensaba su mediocridad con una lengua afilada y una memoria perfecta para los chismes de la industria. Estaba sentado en la mesa central, la más visible del salón, rodeado de tres directores y un crítico del periódico, el informador, que tomaba notas mentales de todo lo que escuchaba para convertirlo en columna al día siguiente. Pedrosa levantó su copa con

Ademán teatral y dijo con la voz suficientemente alta para que las mesas vecinas escucharan sin esfuerzo que había visto el corte preliminar de la nueva producción de Infante y que era, en sus palabras exactas, exactamente lo que esperaba de alguien que aprendió a actuar imitando a los borrachos de su barrio.

 Hubo risas, no carcajadas estrepitosas, sino ese tipo de risa contenida y cómplice que es en realidad más cruel que la risa abierta, porque implica acuerdo. Porque dice en silencio que todos en la habitación piensan lo mismo, pero solo uno tuvo el descaro de decirlo en voz alta. Rosita escuchó el comentario desde su mesa.

 Estaba a menos de 6 metros de distancia y el salón, a pesar de los 42 comensales, tenía esa acústica traicionera de los espacios con techos altos donde las palabras viajan más lejos de lo que quien las dice calcula. levantó la vista de su plato, miró hacia la mesa de Pedrosa, vio las sonrisas, vio al crítico del periódico inclinarse hacia delante con interés renovado.

 Vio a Salcedo, su propio productor, sonreír también esa sonrisa de quien no quiere quedarse fuera del grupo, aunque en el fondo sepa que lo que se dice es injusto. Rosita bajó la vista nuevamente hacia su plato, cortó un trozo de carne con precisión quirúrgica, masticó despacio. Nadie en su mesa había dicho nada todavía.

 La conversación a su alrededor continuaba sobre temas intrascendentes, precios de locaciones, problemas con sindicatos, el quima impredecible de Jalisco. Pero algo había cambiado en su interior, algo pequeño y caliente que reconoció de inmediato porque lo había sentido antes, en otras cenas, en otros salones, frente a otros comentarios similares dirigidos a otras personas.

 Era la sensación de estar parada en el borde de una decisión que una vez tomada no tiene reversa. Lo que muy poca gente sabía en esa cena y lo que resultaría fundamental para entender lo que ocurrió después era la historia que unía a Rosita Quintana con Pedro Infante antes de que cualquiera de los dos fuera famoso de verdad. habían coincidido por primera vez en 1948 en los pasillos de los estudios Churubusco, cuando los dos eran todavía figuras en ascenso que luchaban por conseguir papeles con más líneas de diálogo y menos escenas de fondo. Rosita

venía de Argentina, llevaba apenas 3 años en México y todavía navegaba con cierta torpeza los códigos no escritos de una industria que tenía sus propias reglas, sus propias jerarquías, sus propios idiomas secretos. Infante era ya conocido, pero no todavía el monstruo de popularidad en que se convertiría. Era el chico de Mazatlán con la sonrisa imposible que todos querían cerca, pero que los productores más conservadores todavía miraban con cierta condescendencia, demasiado popular, demasiado del pueblo, demasiado difícil

de encasillar en los moldes del cine que ellos consideraban serio. Un día de octubre de ese año, Rosita estaba esperando su turno para una prueba de cámara en un pasillo largo y frío de los estudios. Llevaba dos horas sentada en una silla de madera incómoda, con el maquillaje ya cuarteándose en las comisuras y los nervios convertidos en nudo permanente en la garganta.

 El papel era pequeño, apenas cuatro escenas en una película que el director ni siquiera consideraba su trabajo más importante. Pero para Rosita en ese momento representaba la diferencia entre seguir adelante o considerar seriamente regresar a Buenos Aires con la cola entre las piernas. Pedro Infante apareció por el pasillo con esa energía característica suya que era difícil de describir y imposible de ignorar esa forma de ocupar el espacio como si el espacio lo hubiera estado esperando.

 Venía de terminar una sesión de grabación y traía todavía el traje de charro puesto, el sombrero en la mano. Se detuvo al verla sentada sola con cara de quien carga el mundo entero sobre los hombros. Sin presentarse, sin preguntar si podía sentarse, tomó la silla de madera de junto y se instaló a su lado con la naturalidad de quién se sienta en su propia sala.

 Le preguntó si estaba esperando prueba de cámara. Ella dijo que sí. Él dijo que las pruebas de cámara en ese estudio siempre se retrasaban porque el director de fotografía era perfeccionista compulsivo que tardaba 40 minutos en ajustar una sola luz. Luego le dijo algo que Rosita guardaría en la memoria durante años, que los nervios antes de una prueba no eran señal de debilidad, sino de que algo de verdad importaba y que todo lo que importaba de verdad merecía ponerte nervioso.

 Se quedaron hablando durante casi una hora. Cuando por fin llamaron a Rosita, Infante, le deseó suerte con una sencillez tan genuina que ella entró a la prueba con algo que no había sentido en semanas. Calma. Consiguió el papel. Nunca olvidó ese pasillo, nunca olvidó esa hora. La cena en el hotel Fénix continuaba su curso con la lentitud satisfecha de los eventos donde la comida es buena y el alcohol es mejor.

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