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Cuando Pedro Infante Iba a Subir al Avión — Los Que Estaban Ahí Supieron que Algo No Estaba Bien

 Puedo  desarmarlo, verificar cada componente. Aguilar había cerrado la carpeta con los reportes. No hay tiempo. Ese avión tiene  pasajeros confirmados para mañana a las 9:15. Pasajeros importantes, no vamos a cancelar por tu sexto sentido. Ahora a las 2 de la madrugada del lunes 15 de abril.

  Raúl estaba sentado en su pequeña cocina con una taza de café que ya se había enfriado. Carmela apareció en la puerta con su bata. ¿Otra vez el avión? Preguntó suavemente.  Raúl asintió. No puedo quitarme la sensación, amor. Ese  motor va a fallar. Lo sé como sé mi propio nombre. Reportaste  tus preocupaciones.

Sí, pero Aguilar no me hizo caso. Dice que todo está dentro de parámetros aceptables. Carmela se sentó junto  a él. Entonces hiciste tu trabajo. El resto no está en tus manos. Pero Raúl sabía que no era tan simple. Nunca lo era. A las 6 de la mañana, Raúl ya estaba en el aeropuerto. Su turno comenzaba oficialmente a las  7, pero había llegado temprano.

 Necesitaba revisar ese motor una vez más. Tal vez encontraría algo concreto,  algo medible, algo que incluso Aguilar no pudiera ignorar. El hangar estaba  casi vacío, solo algunos trabajadores de limpieza y un par de pilotos revisando documentación de vuelo. Raúl caminó  hacia el B24 con su caja de herramientas.

La luz del amanecer apenas comenzaba a filtrarse por  las ventanas altas del hangar. El avión lucía imponente, casi hermoso en esa luz dorada, pero Raúl  solo veía un ataúd alas. se subió a la escalerilla de mantenimiento y abrió el compartimento del  motor número tres. Comenzó su inspección sistemáticamente.

Revisó las bujías, los  cables, las conexiones. Todo parecía estar en orden superficialmente,  pero cuando puso su mano directamente sobre el motor, sintió esa vibración nuevamente irregular,  sutil ominosa. Buenos días, don Raúl.  La voz lo sobresaltó. Era el copiloto, José Luis Cervantes, un hombre joven de  unos 30 años con uniforme impecable.

 Buenos días, piloto, respondió Raúl sin apartar la mano del motor. ¿Algún problema con la nave?, preguntó Cervantes. Raúl dudó. Este era el momento. Podía decir, “No, todo bien”, y evitarse problemas con sus  superiores. O podía decir la verdad y probablemente ser ignorado de todos  modos. Este motor no me gusta”, dijo finalmente.

 Cervantes  subió la escalerilla y se paró junto a Raúl. ¿Qué tiene? Vibraciones anormales. No es algo que aparezca en los instrumentos, pero está ahí.  Lo siento. El copiloto frunció el seño. ¿Lo reportaste? Al ingeniero Aguilar. Dice que está dentro de parámetros  aceptables. Cervantes asintió lentamente.

 ¿Y usted qué opina? Opino que este avión no debería volar hoy.  Opino que necesitamos 24 horas más para una revisión completa. Hubo un silencio  largo. Cervantes miró el motor, luego a Raúl, luego al cielo  que comenzaba a aclararse. Don Raúl, ¿sabe quién vuela con nosotros hoy? Raúl  negó con la cabeza, Pedro Infante.

El nombre cayó  como piedra. Pedro Infante, el ídolo de México, el hombre más amado del país, el actor, el cantante, la estrella que hacía llorar  y reír a millones. Jesús susurró Raúl. Viene de filmar en Mérida, continuó Cervantes. Voló comercial ayer para estar con su familia el domingo. Hoy regresa en este vuelo  privado porque tiene llamado de filmación urgente.

 Si cancelamos, se retrasa  toda una producción. Cientos de personas esperándolo. Entiendo dijo Raúl sintiendo el peso de esa información.  Pero un retraso es mejor que no terminó la frase, no necesitaba hacerlo. Cervantes  bajó la mirada. Voy a hablar con el capitán Rosa, ver qué opina. Gracias,  piloto.

 Raúl se quedó solo con el motor nuevamente. Pasó su mano sobre el metal frío. “Por favor”, susurró. “Por favor, no me hagas quedar como  paranoico, pero tampoco mates a nadie.” A las 7:30 el hangar comenzó a llenarse  de actividad. Trabajadores llegaban para sus turnos, se preparaban otros vuelos,  el ruido normal de un aeropuerto despertando.

Raúl bajó de la escalerilla y comenzó  a guardar sus herramientas cuando vio llegar un carro negro. Se detuvo cerca del hangar.  Del asiento trasero bajó un hombre con lentes oscuros, camisa blanca y pantalones de vestir, incluso desde  la distancia. Incluso con los lentes, Raúl lo reconoció inmediatamente.

  Pedro Infante era más alto de lo que Raúl había imaginado. Caminaba con esa confianza tranquila que solo tienen las personas genuinamente seguras de  sí mismas. No la arrogancia de los ricos, sino la calma de alguien cómodo en su propia piel. saludó al chóer  con un apretón de manos, cargó su propia maleta pequeña y comenzó a caminar  hacia el hangar.

 Raúl sintió su corazón acelerarse. Tenía que decirle, tenía que advertirle. No importaba si lo  tomaban por loco, no importaba si perdía su trabajo. Esto era  Pedro Infante. Esto era el orgullo de México caminando hacia un avión que  Raúl sabía con cada fibra de su ser que no debería despegar. Pedro entró al hangar y miró alrededor.

Sus ojos se posaron en el B24. Caminó hacia él con pasos lentos observándolo. Raúl notó algo  extraño en su expresión. No era miedo exactamente, pero tampoco era la tranquilidad  de alguien confiado en su vuelo. Era algo más complejo, melancolía, tal vez o resignación. Raúl dejó su caja de herramientas y caminó hacia él.

 Sus manos  temblaban ligeramente. Don Pedro. Pedro se giró, se quitó los lentes. Sus ojos eran amables, cansados. Sí, amigo.  Buenos días. Buenos días, señor. Yo soy Raúl Mendoza, mecánico de este avión. Pedro extendió  su mano. Raúl la estrechó, sorprendido por la firmeza y calidez del apretón.

 Mucho gusto,  don Raúl. ¿Todo bien con la nave? Esta era la pregunta. Esta era la oportunidad. Raúl podía sentir las palabras formándose en su garganta. No, don Pedro, este avión no debería volar hoy. El motor número  tres tiene problemas, por favor no aborde, pero lo que salió de su boca fue diferente. Estamos revisando don Pedro.

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