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Cuando Pedro Infante fue maltratado en público, María Félix hizo algo que NADIE esperaba.

Estaban los directores conversando en corrillo sobre presupuestos y censura. Estaban las actrices jóvenes que esperaban ser descubiertas y las veteranas que sabían perfectamente que ser descubierta era apenas el inicio del problema. Y entre todos ellos, moviéndose con la naturalidad de quién sabe que es observado y ha decidido disfrutarlo, estaba María Félix.

 Vestía un traje color vino oscuro que parecía diseñado para hacer sentir inadecuado a todo lo que lo rodeara. fumaba con ese cigarrillo largo que era ya casi una extensión de su personalidad, una declaración de intenciones. Conversaba con el productor Gregorio Ballastain sobre algo que claramente le parecía insuficientemente interesante, porque sus ojos recorrían constantemente el salón con esa mezcla de aburrimiento y alerta que era su estado natural en eventos como estos.

 Fue ella quien lo vio primero entrar. Pedro cruzó las puertas del lobby y el espacio cambió. No dramáticamente, no de manera que todos lo notaran al mismo tiempo, sino gradualmente, como cuando una nube pasa frente al sol y la temperatura baja apenas un grado. La gente giraba hacia el casi sin querer. Las conversaciones perdían un hilo.

 Era ese efecto que Pedro tenía en los cuartos, esa gravedad suave e irresistible que no pedía atención, pero la recibía de todas formas. María lo observó saludar, abrazar, reír. Lo observó con esa mirada suya que veía demasiado y notó algo que probablemente nadie más notó esa noche, que debajo de la sonrisa, debajo de la calidez genuina y el encantó natural, Pedro Infante estaba nervioso.

No de manera obvia, no de manera que lo delatara ante la multitud, pero ella lo conocía suficientemente bien para verlo en la tensión pequeña de su mandíbula, en la fracción de segundo adicional que tardaba en soltar cada abrazo, como si necesitara del contacto físico para anclar algo que amenazaba con flotar hacia el pánico.

 Lo que Pedro no sabía todavía era que Rodrigo Castellanos también estaba en ese teatro y Rodrigo Castellanos nunca llegaba a ningún lugar sin tener ya escrita en algún rincón oscuro de su mente la historia que iba a contar después. Rodrigo Castellanos era el tipo de hombre que había construido su poder sobre la incomodidad ajena.

Llevaba 22 años escribiendo la columna de crítica cultural más leída de México, publicada cada martes en el periódico El Nacional. Y en esos 22 años había perfeccionado un arte particular y devastador que consistía en destruir con elegancia. No insultaba groseramente, no gritaba, no necesitaba hacerlo. Castellano se escribía con la precisión quirúrgica de alguien que sabía exactamente dónde dolía más y lo hacía con un vocabulario tan refinado que la víctima a veces tardaba dos párrafos completos en darse cuenta de que estaba

sangrando. Tenía 54 años esa noche. delgado, con bigote cuidado y lentes de montura metálica que le daban un aire de académico europeo que él cultivaba deliberadamente. Vestía siempre de negro, no por luto, sino por declaración estética. Era soltero, sin hijos conocidos y vivía en un departamento en la colonia Polanco, repleto de libros y discos de música clásica que usaba como evidencia permanente de su superioridad cultural.

Odiaba el cine popular mexicano con una pasión que rozaba lo personal. No lo ocultaba. lo proclamaba en cada columna, en cada tertulia, en cada evento al que asistía con esa expresión de sufrimiento educado que usaba cuando tenía que tolerar lo que él llamaba entretenimiento de consumo masivo. Había escrito piezas brillantemente crueles sobre películas que el público adoraba.

Había desmontado con frialdad clínica a actores que llenaban cines y nunca, en 22 años de ejercicio, había pagado consecuencia alguna por ello, porque Castellanos también tenía conexiones, las tenía con dueños de estudios que necesitaban críticos favorables para proyectos difíciles. Las tenía con funcionarios gubernamentales que controlaban licencias de filmación.

Las tenía con directores de teatro que decidían que se presentaba en los escenarios más importantes del país. Era una red invisible, pero sólida, construida pacientemente durante más de dos décadas y esa red lo protegía de consecuencias que habrían hundido a hombres menos estratégicos. Esa noche en el Metropolitan, Castellanos había llegado con propósito específico.

 La nueva película de Pedro Infante era el tipo de producción que a él le resultaba físicamente ofensiva. Melodrama popular con canciones, con charro enamorado y pueblo humilde y lágrimas en los momentos exactos donde el público esperaba llorar. Fórmula probada, ejecutada con maestría, diseñada para conectar emocionalmente con millones de personas que castellanos consideraba incapaces de apreciar arte real.

Había visto el corte de prensa tres días antes y había tomado notas detalladas sobre cada elemento que pensaba desmantelar públicamente. Lo que nadie en ese teatro sabía, ni Pedro, ni María ni nadie, era que la columna ya estaba escrita, ya tenía título, ya tenía los párrafos de apertura que describían la película como evidencia del agotamiento creativo de una industria que había confundido popularidad con talento durante demasiado tiempo.

 ya tenía la frase final, la más afilada, la que haría que toda la industria hablara durante semanas. Pero Castellanos había decidido que antes de publicar quería verlo en persona. Quería ver la cara de Pedro Infante en su noche de triunfo, sabiendo que él ya sostenía en la mano la tijera que cortaría ese triunfo por la mitad.

Era un placer pequeño y oscuro que se permitía de vez en cuando. La distancia entre el poder y la crueldad había aprendido con los años era más corta de lo que la gente quería admitir. Se sirvió una copa de vino y comenzó a moverse entre los grupos, saludando con la cordialidad fría que era su firma social, esperando el momento correcto.

La película comenzó a las 9 en punto con la precisión que caracterizaba los eventos donde había demasiada gente importante como para permitirse retrasos. Las luces del Metropolitan se apagaron gradualmente y la audiencia, ese organismo colectivo hecho de egos individuales, se acomodó en sus asientos con expectativa contenida.

 Pedro Infante se sentó en la tercera fila en el centro, flanqueado por su director y su productor. María Félix estaba cuatro filas atrás junto a Dolores del Río. Castellanos había elegido un asiento en el extremo de la quinta fila, desde donde podía ver la pantalla y también, con un giro sutil de cabeza, el perfil de infante.

 Durante los primeros 20 minutos, la sala fue lo que debía ser. Silencio atento, risas en los momentos cómicos, tensión genuina en las escenas dramáticas. Pedro en pantalla era lo que siempre había sido, magnético, verdadero, capaz de hacer que el momento más sencillo se sintiera como algo que valía la pena recordar. La gente que llenaba el teatro no era solo industria, era también prensa.

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