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Cuando Pedro Infante Fue Humillado en Público, Pedro Armendáriz Hizo Algo que NADIE Esperaba

 Había trabajado con Yonford, había filmado en Hollywood, tenía el tipo  de currículum que hacía que los críticos lo respetaran con esa reverencia tranquila que se reserva para los hombres que  no necesitan ser queridos para ser reconocidos. Y sin embargo, cuando llegaban las multitudes,  cuando la gente gritaba en las calles, cuando los periódicos ponían nombres en sus portadas,  el nombre siempre era el mismo. Pedro Infante.

 Pedro Infante. Pedro Infante. Esa noche, Armendaris tenía  una copa de vino en la mano que no había tocado. Miraba a su colega reír con alguien  tres filas adelante y sentía algo que llevaba años aprendiendo a no sentir. No era odio. Era algo más complicado y más honesto que el odio. Era la pregunta que no se atrevía a hacerse en voz alta.

 ¿Por qué él y no yo? Nadie lo  sabía todavía. Pero antes de que terminara esa noche, esa pregunta iba a tener una respuesta y la respuesta iba  a cambiar todo. La ceremonia avanzaba con la liturgia predecible de estos eventos. Discursos largos, aplausos medidos,  sonrisas de gente que practica sonreír frente al espejo.

 Armendaris apenas escuchaba. tenía la vista  fija en un hombre que estaba sentado en la sección de prensa en el extremo derecho del teatro. Un hombre con bigote  fino, traje gris y una libreta sobre las rodillas en la que no había dejado de escribir desde que entró. Se llamaba Gonzalo Pedraza y en el mundillo del espectáculo mexicano  ese nombre era sinónimo de una sola cosa, destrucción.

 Gonzalo Pedraza llevaba 12 años escribiendo en la columna detrás del telón para el periódico El Heraldo. 12 años perfeccionando el arte de hundir  carreras con elegancia quirúrgica. No era el tipo de periodista que gritaba sus acusaciones. Era peor que eso. Era el tipo que sonreía  mientras escribía, que elegía cada palabra con la frialdad de un cirujano que sabe exactamente dónde cortar para que duela más.

 Había  destruido a tres actrices jóvenes con una sola columna cada una. había obligado a un productor a retirarse de la industria después de publicar una serie  de artículos que nadie pudo refutar porque nadie sabía si eran verdad o mentira y esa ambigüedad era precisamente su herramienta  favorita.

 Esa noche Pedraza había llegado con una misión específica. Armendaris lo sabía porque Pedraza  se lo había dicho el mismo tres días antes en una comida en el restaurante Prendes donde los dos coincidieron por casualidad o por lo que Pedraza llamaba casualidad y que rara vez lo era. “Me han llegado cosas interesantes sobre tu amigo infante”, le había dicho  Pedraza con esa sonrisa suya que nunca llegaba a los ojos.

 Cosas que el público mexicano merece saber sobre su vida  personal, sobre ciertas contradicciones entre el hombre que venden y el hombre que realmente es. Armendaris no  había respondido nada en ese momento. Había terminado su café, había dejado el dinero sobre la mesa y se había ido sin despedirse.

 Pero las palabras de Pedraza se habían quedado instaladas  en algún rincón de su cabeza como una astilla pequeña que no duele lo suficiente para sacarla, pero que tampoco deja de recordarte que está ahí. Esa noche en el teatro Arbeu, mientras la ceremonia avanzaba hacia su momento culminante,  Armendaris no podía dejar de mirar a Pedraza y Pedraza, como si sintiera el peso de esa mirada, levantó la vista de su libreta  un instante y le dedicó exactamente esa sonrisa, la sonrisa de alguien que ya tomó una decisión y está esperando  el

momento preciso para ejecutarla. La categoría de mejor actor fue anunciada por  una actriz que llevaba demasiados brillantes para la ocasión. leyó los nombres nominados con esa voz de locutora que hace que todo suene importante, aunque no lo sea. Cuando dijo el nombre de Pedro Infante, el teatro  respondió con un calor genuino, diferente a la cortesía educada que había recibido a los otros nombres.

Era el tipo de reacción  que no se puede fabricar ni comprar. Era afecto real. Pedro ganó, se levantó entre aplausos,  besó a la mujer que tenía a su lado, caminó hacia el escenario con esa zancada suya, amplia y tranquila, como hombre que nunca  tiene prisa porque sabe que el mundo lo espera. Recibió el premio.

 Dijo unas palabras breves, sinceras, sin adornos  innecesarios. Agradeció a su familia, a sus compañeros, al público que lo había acompañado desde los años de las carpas y las cantinas hasta las salas de cine más grandes del país. Fue entonces cuando Gonzalo Pedraza  se puso de pie. No gritó, no hizo falta, simplemente se levantó con esa calma calculada y esperó a que alguien lo notara.

 El maestro de ceremonias lo notó primero, luego la gente de las primeras filas. Luego el silencio se fue extendiendo como mancha de aceite sobre agua quieta hasta que el teatro entero estaba mirando al hombre del traje gris con la libreta en la mano. Pedro, todavía en el escenario con el premio en  los brazos, se giró hacia la fuente del silencio.

“Tengo una pregunta”, dijo Pedraza. Su voz era perfecta para el momento, ni demasiado alta ni demasiado baja. La voz de alguien que ha ensayado esto muchas veces. Señor infante, quisiera saber si no le pesa recibir ese reconocimiento sabiendo lo que usted realmente  es fuera de las cámaras.

 El silencio que siguió fue de los que pesan físicamente. La gente no solo dejó de hablar, dejó de moverse. Hubo un instante en que el teatro Arbeu completo pareció una fotografía, todos congelados en la posición exacta en que los había encontrado. La pregunta de  Pedraza. Pedro Infante no se movió del escenario.

 Tenía el premio contra  el pecho y miraba al periodista con una expresión que era difícil de leer porque mezclaba demasiadas cosas a la vez. Sorpresa, confusión. Y debajo de todo eso, algo que  la gente que lo conocía bien reconoció de inmediato. Vulnerabilidad. La vulnerabilidad genuina de un hombre al que acaban de atacar  en el único lugar donde pensaba que estaba a salvo.

 ¿A qué se refiere exactamente,  señor Pedraza?, dijo Pedro. Su voz sonó tranquila, pero todos notaron el esfuerzo que había detrás de esa tranquilidad. Pedraza abrió su libreta con  parsimonia. Se tomó su tiempo. Ese gesto era parte del método. Hacerte esperar el golpe era tan doloroso como el golpe  mismo. Me refiero dijo finalmente aquel señor infante que el público mexicano adora es una construcción cuidadosa  de sus productores, un producto fabricado para vender entradas.

 Pero el hombre real, el que existe detrás de las canciones y  los charros y las sonrisas, ese hombre tiene una vida que contradice completamente los valores que pretende representar en cada  película. familia, honor, fidelidad, los valores que usted vende con cada personaje que interpreta y que claramente no practica.

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