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Cuando María Félix fue insultada en público — Agustín Lara intervino y impactó a la audiencia

 14 de noviembre de 1946. México vivía una época de contradicciones brutales. Por un lado, la época de oro del cine mexicano estaba en su momento más brillante. Los estudios producían películas que competían con Hollywood. Las estrellas mexicanas eran conocidas en toda Latinoamérica, en España, en Francia. Por otro lado, el poder político y económico estaba concentrado en un grupo reducido de hombres que se creían dueños del país y de todo lo que había en él, incluyendo a las mujeres.

Entre esos hombres estaba Ernesto Gallardo Montiel, empresario, dueño de tres periódicos, dos estaciones de radio y socio silencioso de varios estudios de cine. Tenía 58 años, una fortuna incalculable, conexiones directas con el presidente Miguel Alemán y una reputación que todos conocían pero nadie se atrevía a denunciar.

 Gallardo era conocido en los círculos de poder como el tiburón, no por su astucia en los negocios, sino por su manera de tratar a las mujeres del medio artístico. Actrices jóvenes que necesitaban trabajo, cantantes que buscaban oportunidades, bailarinas que soñaban con una carrera. Todas pasaban por el filtro de Gallardo. Si les caías bien, tu nombre aparecía en sus periódicos, tus canciones sonaban en sus estaciones, tus películas recibían financiamiento.

Si lo rechazabas, desaparecías. No literalmente, aunque algunos murmuraban que eso también había pasado. Desaparecías profesionalmente. Tu nombre dejaba de mencionarse. Los estudios dejaban de llamarte. Las puertas se cerraban una por una hasta que no quedaba ninguna abierta. Gallardo había destruido carreras de al menos una docena de mujeres talentosas que cometieron el error de decirle que no y nadie hacía nada porque Gallardo tenía el poder de destruir no solo carreras, sino vidas enteras.

Esa noche, el Hotel Reforma celebraba la gala anual de la industria cinematográfica. Era el evento más importante del año. Todos los que importaban estaban ahí. Productores, directores, actores, actrices, políticos. empresarios. Las mesas estaban decoradas con flores importadas de Francia. La orquesta tocaba boleros.

 Los meseros servían champán, que costaba más de lo que una familia mexicana ganaba en un año. En la mesa principal, Ernesto Gallardo presidía como siempre. A su derecha dos senadores. A su izquierda, el director del Banco de México, rodeado de poder, de dinero, de impunidad. En otra mesa, más cerca del escenario donde Agustín Lara tocaría esa noche, estaba María Félix.

Tenía 32 años y estaba en la cima absoluta de su carrera. Acababa de filmar enamorada con el indio Fernández y la película había sido un éxito aplastante. Los críticos la llamaban la mejor actriz de habla hispana. Los fotógrafos la perseguían por las calles. Los hombres más poderosos de México se desvivían por una mirada suya.

María llevaba un vestido rojo de Christian Dior que le habían enviado directamente desde París. Joyas de rubíes que habían pertenecido a una condesa austriaca, el cabello recogido, el maquillaje perfecto, esos ojos oscuros que podían seducir o destruir dependiendo de su humor. A su lado, Agustín Lara, su esposo desde hacía un año, aunque la relación ya mostraba grietas profundas.

Los celos de Agustín lo estaban consumiendo. Cada hombre que miraba a María era una amenaza. Cada director que la dirigía era un rival. Cada escena romántica que filmaba era una traición. Pero esa noche Agustín estaba tranquilo. Tenía un compromiso profesional. Tocaría piano durante la gala. interpretaría sus canciones más famosas, incluyendo María Bonita, la canción que le había compuesto a su esposa durante su luna de miel en Acapulco con Pedro Vargas estrenándola en Serenata.

 Era una noche para brillar juntos. María como la estrella más deslumbrante del salón. Agustín como el poeta que la había inmortalizado en música. Pero Ernesto Gallardo tenía otros planes. Gallardo odiaba a María Félix. No la odiaba como se odia a un enemigo. La odiaba como odian los hombres acostumbrados a que todo el mundo se arrodille ante ellos cuando encuentran a alguien que se niega.

 Tres meses antes, Gallardo había intentado acercarse a María en una fiesta privada. Le había ofrecido financiar su próxima película. Le había prometido portadas en sus tres periódicos. Le había insinuado que podía convertirla en la mujer más poderosa de México si ella era amable con él. María lo había mirado con esos ojos que cortaban como vidrio y le había dicho una sola frase que Gallardo jamás olvidaría.

Señor Gallardo, yo ya soy la mujer más poderosa de México. No necesito su permiso ni su dinero. Y si vuelve a sugerirme lo que creo que me está sugiriendo, le arrancaré esa sonrisa de la cara con mis propias manos. Gallardo no estaba acostumbrado a que le dijeran que no y definitivamente no estaba acostumbrado a que lo amenazaran.

Desde esa noche había jurado que haría pagar a María Félix por su insolencia. No sabía cómo ni cuándo, pero encontraría el momento perfecto para humillarla. Y esa noche, en la gala de la industria cinematográfica, con 600 testigos y la prensa presente, decidió que el momento había llegado.

 La gala comenzó sin incidentes. Discursos aburridos de políticos que se felicitaban por el crecimiento de la industria cinematográfica. Brindis interminables, aplausos corteses. María sonreía con elegancia desde su mesa, recibiendo cumplidos de quienes se acercaban a saludarla. Agustín fumaba nerviosamente, como siempre.

 A las 10 de la noche subió al escenario. Se sentó frente al piano de cola, ajustó el micrófono. “Buenas noches”, dijo con esa voz rasposa que medio México conocía. Esta noche voy a tocar para la mujer más hermosa de este salón y de este país y de este mundo. Miró a María. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa. En ese momento, a pesar de los celos, a pesar de las peleas, a pesar de las grietas, se amaban.

 Agustín comenzó a tocar. Solamente una vez. Noche de ronda, Granada. El salón estaba hipnotizado. Las manos de Agustín sobre el piano eran magia pura. Los acordes llenaban cada rincón del gran salón. Las mujeres cerraban los ojos. Los hombres callaban. Gallardo miraba todo desde su mesa bebiendo whisky tras whisky. Su expresión se endurecía con cada canción.

Cada vez que Agustín miraba a María, cada vez que el público aplaudía, cada vez que alguien murmuraba que pareja más perfecta, Gallardo apretaba el vaso un poco más fuerte. A las 11:30, Gallardo ya había bebido demasiado. No estaba borracho del todo. Los hombres como él nunca lo admitían, pero el alcohol le había quitado el poco filtro que tenía.

se levantó de su mesa. Sus acompañantes intentaron detenerlo. Ernesto, siéntate. No es el momento. Gallardo los ignoró. Caminó hacia la mesa de María. No directamente, primero pasó por el bar, pidió otro whisky, luego saludó a un par de conocidos. Todo casual, todo calculado. Finalmente llegó a la mesa donde María estaba sentada con un grupo de actores y directores.

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