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Cuando María Félix fue humillada en el club — Jorge Negrete dio un paso al frente y cambió su vida

Esa noche el club celebraba su gala anual de primavera, la élite de México reunida en un solo salón. banqueros, políticos, industriales, dueños de periódicos, generales retirados con medallas que ya nadie recordaba por qué les habían dado. Y entre ellos sus esposas, mujeres de sociedad con vestidos traídos de París, joyas heredadas de tres generaciones, sonrisas ensayadas frente al espejo durante horas.

 Por cierto, no olvides suscribirte a este canal para seguir escuchando más historias como esta. María Félix había sido invitada como estrella principal de la gala. Tenía 37 años y estaba en la cima absoluta de su carrera. Acababa de regresar de Europa, donde había filmado con los mejores directores de Francia e Italia.

 Las revistas la llamaban la mujer más bella del mundo. Dior le enviaba vestidos antes de que estuvieran en las tiendas. Cartier le fabricaba joyas exclusivas. Los hombres más poderosos del planeta le habían propuesto matrimonio y ella los había rechazado a todos con una sonrisa que dolía más que cualquier palabra. Esa noche llevaba un vestido negro de seda que Cheno había diseñado específicamente para ella.

Escote que insinuaba sin mostrar, tela que se movía como agua oscura con cada paso. En el cuello, un collar de esmeraldas colombianas que había pertenecido a una duquesa europea. El cabello recogido, los labios rojos como herida fresca y esos ojos, esos ojos que habían destruido matrimonios, carreras y egos con una sola mirada.

Entró al salón y el aire cambió. Siempre pasaba lo mismo. Cuando María Félix entraba a un lugar, la temperatura subía, las conversaciones bajaban y todos, absolutamente todos, volteaban a verla. No por curiosidad, por instinto, porque María Félix no era una mujer que entrara a los lugares, era una fuerza que los invadía.

 Caminó entre las mesas con la seguridad de una emperatriz que sabe que todo el territorio le pertenece. Los hombres la miraban con deseo mal disimulado. Las mujeres la miraban con una mezcla de admiración y rencor que no sabían cómo manejar. María saludaba con leves inclinaciones de cabeza, nunca con la mano extendida, nunca con un abrazo.

María Félix no tocaba a las personas. Las personas esperaban a que ella decidiera tocarlas. Su asistente, Lupita, caminaba dos pasos detrás, nerviosa como siempre que María asistía a eventos de la alta sociedad. “Doña María”, susurró Lupita. “Ese hombre de la mesa principal no deja de mirarla.” María ni siquiera volteó.

 “¿Qué hombre?” Don Alfonso Garza Montemayor. El de los bancos y las acereras. Dicen que es el hombre más rico de México después de los políticos. María sonrió apenas. Todos los hombres ricos de México se creen los más ricos de México. ¿Qué tiene de especial este? Lupita tragó saliva. Dicen que quiso invitarla a cenar la semana pasada y usted no le devolvió la llamada.

 Y dicen que no está acostumbrado a que le digan que no. María finalmente miró hacia la mesa principal. Ahí estaba Alfonso Garza Montemayor. 58 años, cabello plateado peinado hacia atrás con gomina, traje hecho a medida en Londres, reloj de oro que costaba más que una casa en Polanco, rostro de águila, ojos pequeños y calculadores, la sonrisa de un hombre que jamás en su vida había escuchado la palabra no.

Alfonso Garza era la personificación del poder masculino mexicano de los años 50. dueño de tres bancos, dos acereras, una cadena de hoteles, socio del presidente en turno, amigo personal de generales, compadre de gobernadores. Se decía que tenía más poder real que la mitad del gabinete junto. Y se decía también en voz baja en los pasillos donde las mujeres hablaban cuando los hombres no escuchaban que Alfonso Garza era un hombre peligroso.

No violento, no era necesario. era peligroso de una manera más sutil, más corrosiva. Alfonso Garza coleccionaba mujeres como coleccionaba arte. Las quería, las compraba, las exhibía y cuando se aburría las desechaba. Actrices jóvenes que necesitaban un protector económico, esposas de empresarios que buscaban emoción fuera de su matrimonio, cantantes que soñaban con un departamento en la Roma.

 Todas pasaban por las manos de Alfonso Garza y todas salían rotas de alguna manera. No las golpeaba, no hacía falta. Las humillaba en público, las hacía sentir que sin él no eran nada. Les recordaba constantemente que todo lo que tenían se lo debían a su generosidad. Era un hombre que usaba el dinero, como otros usan los puños, para controlar, para someter, para demostrar quién manda.

 Y María Félix no le había devuelto la llamada. Para cualquier otra mujer en México, ignorar a Alfonso Garza habría sido impensable. Para María era martes. Había ignorado a hombres más poderosos que Alfonso. Había rechazado a presidentes, a príncipes europeos, a magnates de Hollywood que le ofrecían contratos millonarios. Alfonso Garza era, en la escala de hombres poderosos que María había despreciado, apenas una nota al pie.

Pero Alfonso no lo veía así. Alfonso Garza no entendía el concepto de que una mujer, cualquier mujer, por famosa que fuera, pudiera rechazarlo. En su mundo, las mujeres no rechazaban a los hombres como él. Las mujeres agradecían que hombres como él se fijaran en ellas. La noche avanzaba con normalidad aparente.

Cena de cinco tiempos, vinos franceses, conversaciones sobre negocios, política y el último viaje a Europa. María estaba sentada en una mesa lateral con un grupo de artistas e intelectuales, como prefería. Hablaba con el pintor Diego Rivera sobre un retrato que él quería hacerle cuando sintió una presencia detrás de ella.

El olor llegó primero. Colonia cara, demasiada, como si el hombre quisiera que su presencia se oliera antes de verse. Señorita Félix. La voz era gruesa, acostumbrada a dar órdenes. María se dio vuelta lentamente. Alfonso Garza estaba de pie detrás de su silla, copa de champán en mano, sonrisa de depredador que acaba de localizar a su presa.

 Jan Alfonso respondió María con cortesía helada. Qué sorpresa verlo aquí. Garsa acercó una silla sin pedir permiso y se sentó a su lado. Diego Rivera lo miró con disgusto apenas disimulado. Garsa ni siquiera lo notó. Los pintores no existían en su radar de importancia. “Intenté llamarla la semana pasada”, dijo Garsa. Su tono era casual, pero debajo había acero. Varias veces, de hecho.

 Mi asistente me informó, respondió María. He estado ocupada con compromisos previos. Lamento no haber podido responder. Su voz era educada, perfecta, sin una grieta por donde Garsa pudiera entrar. Pero Garsa no había llegado a donde estaba aceptando respuestas educadas. Ocupada, repitió. sonrió hacia los demás en la mesa.

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