Había una diferencia de 30 cm entre ellos. Ella era pequeña, siempre había sido pequeña, la niña chachita que cabía entera en los brazos de Pedro Infante. Pero en ese momento, bajo esas luces frente a ese hombre, algo en su postura la hacía ocupar todo el espacio disponible. Fonseca extendió el micrófono hacia ella con la sonrisa de siempre.
¿Quieres decir algo? Evita. Ella tomó el micrófono. No con brusquedad, con firmeza. Sí, dijo, “Quiero decir algo.” Su voz era tranquila, extraordinariamente tranquila. El tipo de calma que no se aprende en la escuela de actuación, sino en los años, en el dolor, en saber exactamente quién eres y de dónde vienes y a quién le debes lo que eres.
Quiero hablar de Pedro, dijo. Del Pedro que yo conocí. No del icono, no del charro de la pantalla, no de la nostalgia de la que hablas tú, del hombre. Fonseca abrió la boca. Evita continuó sin mirarlo. Tenía 7 años la primera vez que trabajé con él. 7 años y no entendía nada de cámaras, ni de guiones, ni de por qué los adultos lloraban cuando les decían que lloraran.
Pedro me tomó de la mano el primer día. Me dijo, “No actúes, solo siente. Y si no sientes nada, agárrate de mi mano y yo sentiré por los dos.” Hizo una pausa. Tenía nueve películas juntos, señor Fonseca. Nueve. En cada una de ellas aprendí algo que ninguna escuela me habría enseñado. El teatro estaba en silencio total.
38 millones de personas también. Aprendí. Continuó Evita. Que el talento sin generosidad no es talento, es exhibicionismo. Pedro podía haberse robado cada escena, cada plano, cada momento. Era la estrella, era Pedro Infante. Nadie le habría dicho nada, pero no lo hacía. Cuando actuábamos juntos, él se achicaba para que yo cupiera, para que la niña cupo en el cuadro, para que la audiencia nos viera a los dos.
Su voz no temblaba, eso era lo que perturbaba a todos. ni una fisura, ni un quiebre, solo palabras colocadas una tras otra con la precisión de quién ha pensado esto muchas veces, quizás durante 8 años, quizás desde la tarde de abril de 1957, cuando alguien le dijo que el avión había caído y ella se sentó en el suelo del pasillo del estudio y no pudo levantarse por dos horas.
Un día, dijo Evita, estábamos grabando una escena en los estudios Churubusco, una escena difícil. Yo tenía 11 años y no podía llorar. El director me lo pedía una y otra vez y yo no podía. Me bloqueé. Me quedé seca como piedra. El director empezó a perder la paciencia. Los técnicos miraban el reloj. Era tiempo caro, era película cara y la niña no podía llorar.
Pedro paró la grabación, se arrodilló frente a mí ahí en el set con toda la gente mirando y me dijo algo al oído, algo que nunca he contado públicamente, algo que era solo para mí. Y lloré, lloré de verdad, amares, incontenible. La escena quedó perfecta en la primera toma. ¿Qué te dijo?, preguntó alguien desde el público.
Una voz espontánea, sin filtro. Evita sonrió por primera vez desde que había subido al escenario. Una sonrisa pequeña hacia adentro. Me dijo que mi mamá estaría orgullosa de verme trabajar tan duro. Mi mamá había muerto el año anterior. Pedro lo sabía porque lo sabía todo de las personas que quería. Eso era Pedro Infante, señr Fonseca.
Un hombre que se acordaba de lo que dolía y usaba ese recuerdo para dar, no para lastimar. Fonseca estaba inmóvil a su lado. Había intentado dos veces recuperar el micrófono con ese movimiento sutil de conductor experimentado. Las dos veces, Evita había continuado hablando como si no lo viera, que era exactamente lo que estaba haciendo.
Las cámaras habían abandonado cualquier pretensión de seguir el guion de la ceremonia. Las cinco estaban sobre vita. El director de producción en la cabina había dejado de hablar por el intercomunicador. Solo miraba los monitores con los brazos cruzados y algo parecido al asombro en la cara.
“Dices que México superó esa época”, dijo Evita girando apenas la cabeza hacia Fonseca. “Que los jóvenes no se identifican con sombreros y cantinas.” Hizo una pausa de 3 segundos que en televisión en vivo equivale a una eternidad. Dime una cosa, ¿cuántas veces has llorado escuchando una canción moderna en los últimos 10 años? Fonseca no respondió.
¿Cuántas veces has sentido que una letra te describe completamente, que alguien que no te conoce supo exactamente lo que sentías y lo puso en palabras y melodía? ¿Cuántas silencios? Pedro lo hacía en cada canción. En cada una, no para una generación, para todas. Hay algo que la gente olvida. dijo Evita y su voz adquirió un tono diferente, más lento, más deliberado, como quien llega al centro de lo que quiere decir.
Pedro Infante no era solo un cantante, no era solo un actor, era el hijo de un músico de pueblo que aprendió carpintería porque en la sierra de Sinaloa el arte no daba de comer. Era el muchacho que llegó a la Ciudad de México sin conocer a nadie, sin dinero, sin contactos, sin apellido que abriera puertas. se detuvo.
Miró al público, no a Fonseca. Llegó con una guitarra y con algo que no se compra ni se hereda. Llegó con la capacidad de hacer sentir a la gente que alguien en el mundo los entendía, que no estaban solos. Y eso, señor Fonseca, eso no es nostalgia, eso es necesidad humana. Y la necesidad humana no caduca. En la fila cuatro, un hombre de unos 60 años tenía los ojos llenos de lágrimas.
no intentaba ocultarlo. A su lado, su esposa le había tomado la mano sin darse cuenta. En la fila 20, tres mujeres jóvenes, compañeras de una compañía de baile que habían venido a la ceremonia con la esperanza de aparecer en cámara, se miraban entre sí con una expresión que no era exactamente tristeza, pero se le parecía mucho.
“Yo lo vi trabajar”, continuó Evita. “Lo vi llegar a las 6 de la mañana cuando el llamado era a las 8. Lo vi aprenderse no solo sus líneas, sino las de todos los demás actores, porque decía que así entendía mejor la escena. Lo vi pagar de su bolsillo la cena del equipo técnico cuando la producción recortó el presupuesto. Lo vi detenerse en la puerta del estudio durante 40 minutos porque había una señora que quería una fotografía y detrás de esa señora había otras 12 y detrás de esas 12 había otras 20.
Y Pedro no se movió hasta que la última tuvo su foto. Su manager lo volvía loco. Dijo Evita. y algo en su tono permitió una pequeña sonrisa al público, una pausa de alivio en la tensión. Le decía que era imposible trabajar así, que los horarios no daban, que el contrato no incluía eso. Y Pedro lo miraba y le decía, “Los contratos son papeles.
Esa señora vino desde Oaxaca.” El teatro soltó un sonido, no exactamente una risa, no exactamente un llanto, algo intermedio, el sonido de la gente que reconoce una verdad. Fonseca había dejado de intentar recuperar el micrófono. Estaba parado a metro y medio de Evita con las manos a los lados y una expresión que llevaba ya varios minutos intentando descifrar cómo clasificar.
No era exactamente vergüenza. Todavía no. Era más bien la expresión de alguien que acaba de darse cuenta de que el suelo en el que está parado es más delgado de lo que pensaba. “Tú hablaste de una época superada”, dijo Evita. De sombreros y cantinas como si fueran disfraces de un carnaval que ya terminó. Pero déjame decirte lo que vi yo la noche que murió Pedro. Tenía 17 años.
Estaba en casa de mi tía en la colonia Guerrero. Escuchamos la noticia en la radio a las 9 de la noche y en menos de 10 minutos la calle estaba llena de gente. No gente que había planeado salir, gente que simplemente no pudo quedarse adentro, que necesitaba estar con alguien, con cualquiera, porque el dolor era demasiado grande para cargarlo sola. hizo una pausa.
Eso no es nostalgia, señor Fonseca, eso es amor. Y el amor no es de ninguna época en particular. Fonseca intentó algo. Lo intentó con la habilidad de 18 meses de televisión en vivo, con toda la experiencia de quien ha manejado invitados difíciles, interrupciones inesperadas, momentos incómodos. carraspeó, dio un paso al frente, abrió la boca con esa sonrisa de conductor que significa vamos a suavizar esto y seguir adelante.
Evita, por supuesto, tienes toda la razón. Pedro Infante fue un grande y esta noche lo homenajeamos precisamente por eso. Evita lo miró. No, dijo la palabra. Cayó sola. Sin adorno, sin explicación inmediata. Solo no. Fonseca parpadeó. No lo estás homenajeando. Continuó evita, estás tolerándolo. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas y esta noche tú mismo la dijiste con tus propias palabras.
En su momento, eso dijiste como si Pedro fuera un vestido que México usó y guardó en el baúl porque ya no está de moda. Se escuchó un murmullo en el teatro, no de incomodidad, sino de reconocimiento. El murmullo de la gente que piensa así. Eso fue exactamente lo que dijo y alguien finalmente lo nombró. “¿Sabes cuántas personas escuchan a Pedro Infante hoy?”, preguntó Evita.
“No, en 1957, hoy. En 1965, 8 años después de que murió. ¿Sabes cuántos discos siguen vendiéndose? ¿Cuántas estaciones de radio lo programan cada mañana? ¿Cuántas bodas tienen una de sus canciones en el momento más importante de la noche? Fonseca no respondió porque evidentemente no sabía y evidentemente sabía que cualquier número que inventara sería equivocado.
“Millones”, dijo Evita. No como cifra de consuelo, como hecho. Millones de personas que encontraron en su voz algo que ningún artista moderno, con todo el respeto que me merecen, ha podido reemplazar. Y no porque México esté atascado en el pasado, sino porque Pedro tocó algo que no tiene fecha de vencimiento. En la cabina de producción, el director había tomado una decisión.
Ningún comercial hasta nuevo aviso. Que la cámara dos se quedara quieta donde estaba y que nadie tocara nada. Llevaba 12 años en televisión y sabía reconocer un momento histórico cuando lo tenía enfrente. Evita giró ligeramente hacia el público. Era un gesto pequeño, pero las cámaras lo captaron y 38 millones de personas sintieron que les hablaba directamente a ellos. Yo crecí con Pedro, dijo.
Literalmente crecí. Mis primeros recuerdos de trabajo son con él. Mis primeras lecciones de actuación, de disciplina, de cómo tratar a la gente, todas vienen de verlo a él. Y cuando murió, perdí a alguien que no era mi padre biológico, pero que había ocupado ese espacio de una manera que todavía hoy, 8 años después, no encuentro cómo describir sin que me falten las palabras.
Su voz se mantuvo firme. Lo que cambió fue algo en los ojos, algo que las cámaras captaron porque las cámaras capturan todo y 38 millones de personas lo vieron al mismo tiempo y entendieron. Entonces, cuando alguien se para en un escenario, dijo, y con ese tono de hombre moderno e inteligente lo llama cosa del pasado, no está hablando de una época, está hablando de él, de lo que fue, de lo que dio.
Y eso, señor Fonseca, merece algo más que tolerancia condescendiente. El silencio que siguió duró 7 segundos. Después el teatro estalló. No fue un aplauso ordenado, fue algo más parecido a una ruptura de represa. Gente poniéndose de pie en desorden, algunos desde la tercera fila, otros desde el fondo, otros desde los palcos laterales.
El sonido llenó el teatro con esa densidad particular de la ovación genuina, la que no viene del protocolo, sino de algún lugar más hondo, más urgente. Fonseca estaba parado en el mismo punto donde había estado los últimos 12 minutos. No aplaudía, no sonreía. Tenía una expresión que los que estaban cerca del escenario describirían después de maneras distintas, pero que coincidían en lo esencial.
Era la cara de alguien que acaba de entender demasiado tarde la magnitud de lo que hizo. Evita esperó a que el aplauso bajara de intensidad. No lo apresuró, no agradeció con gestos exagerados, solo esperó de pie, quieta, con esa dignidad pequeña y aplastante que había mostrado desde el momento en que se levantó de la fila 12.
Cuando el teatro volvió a un nivel que permitía hablar, Evita miró a Fonseca directamente. No con odio. Algo más difícil de sostener que el odio. No te digo esto para humillarte, dijo. Te lo digo porque alguien tiene que decirlo y estoy cansada de que en este país tratemos lo sagrado como si fuera decoración de temporada.
Pedro no fue una moda, fue una voz. Y las voces que hablan verdad no se vuelven antiguas, se vuelven eternas. Extendió el micrófono hacia Fonseca. Un gesto limpio, sin ceremonia. Bajó los tres escalones del escenario. Caminó por el pasillo central de regreso a su asiento en la fila 12. Nadie habló. 200 personas siguieron su camino con los ojos en silencio absoluto.
Se sentó, tomó su bolsa pequeña, la colocó sobre sus rodillas y miró al frente como si nada extraordinario hubiera ocurrido, como si simplemente hubiera ido a decir lo que era necesario decir y ahora hubiera vuelto a donde corresponde estar. La mujer a su derecha le puso la mano en el brazo. Evita asintió apenas. En el escenario, Fonseca tenía el micrófono en la mano, las cámaras sobre él. 38 millones de personas esperando.
Era su momento de retomar el control, de demostrar que era el profesional que siempre decía ser, que podía manejar cualquier situación, que 18 meses de televisión en vivo le habían dado recursos suficientes para esto. Dijo, “Bueno.” Y luego no dijo nada más durante 4 segundos. Luego dijo, “Continuamos con la siguiente categoría.
y mencionó un nombre y el presentador salió desde los bastidores y tomó su lugar y la maquinaria del espectáculo volvió a moverse. Pero algo había cambiado de manera permanente e irreversible en ese teatro y en los 38 millones de hogares que miraban. Algo que no se puede deshacer una vez que ocurre, como el agua que rompe una represa, como la verdad dicha en voz alta después de años de estar callada.
Esa noche en la colonia Guerrero, una señora de 62 años escuchaba la transmisión en su radio de cocina mientras lavaba los trastes. Cuando escuchó a Evita hablar de Pedro, se detuvo. Dejó caer el estropajo en el fregadero. Se apoyó en el borde con las manos mojadas y lloró sin saber exactamente por qué o sabiendo perfectamente por qué, pero sin poder ponerlo en palabras.
Porque a veces el llanto no es tristeza, es reconocimiento. Los periódicos del día siguiente no hablaron de los ganadores de los premios nacionales de la canción popular. Nadie recordaba quién había ganado mejor compositor ni mejor álbum. Los titulares eran todos variaciones del mismo tema. Chachita defiende a Pedro Infante y silencia a conductor arrogante.
La noche que Evita Muñoz le dio una lección al México moderno, lo que dijo Fonseca y lo que le costó. La voz de una niña que creció y recordó de dónde viene. Los columnistas se dividieron, como siempre se dividen, entre los que aplaudieron sin reservas y los que buscaron el ángulo crítico. Algunos dijeron que Fonseca había tenido razón en el fondo, aunque equivocado en la forma, que la televisión necesitaba mirar hacia adelante, que el culto a Pedro Infante era excesivo, casi religioso, potencialmente paralizante para el
desarrollo de nuevos artistas. Esos columnistas recibieron cartas, muchas cartas, más de las que ninguno de ellos había recibido en toda su carrera junta. Fonseca intentó recuperarse rápido. Dio una entrevista al día siguiente en la que explicó que sus palabras habían sido malinterpretadas, que él admiraba profundamente a Pedro Infante, que solo estaba haciendo una reflexión sobre la evolución de la cultura popular.
Sus palabras sonaban razonables escritas en el papel. Sonaban como lo que eran un hombre inteligente intentando reencuadrar un error que todos habían visto en tiempo real y que todos recordaban exactamente cómo había ocurrido. La entrevista no ayudó. Escena abierta tuvo su siguiente transmisión 4ro días después del incidente.
El rating había sido consistentemente de 4 millones de espectadores. Esa noche sintonizaron 6,illones y medio. Pero no sintonizaron para ver a Fonseca. sintonizaron para ver si Fonseca decía algo sobre lo ocurrido, para ver si se disculpaba, si se defendía, si mencionaba a Evita, si mencionaba a Pedro. No dijo nada. Condujo el programa como si el 23 de marzo no hubiera existido.
Esa decisión fue probablemente la más costosa de su carrera. Los espectadores que sintonizaron para ver algo lo apagaron antes de que terminara la primera hora. Y la siguiente semana el rating volvió a 4 millones. y luego bajó a tres y luego a 2 y medio. Evita Muñoz, por su parte, no dio entrevistas inmediatas, no salió a capitalizar el momento, no llamó a ninguna revista para contar su versión.
Su representante emitió un comunicado de tres líneas que decía que la señorita Muñoz había dicho lo que tenía que decir y no tenía nada más que agregar. Eso naturalmente la hizo más grande. En los estudios de telesistema mexicano, la grabación de esa noche se volvió el material más solicitado de los últimos años.
Periodistas, investigadores, estudiantes de comunicación, gente común que simplemente quería verlo de nuevo. El departamento de archivo recibió solicitudes de toda la República y en los barrios, en las colonias populares, en los mercados y las cantinas y las cocinas del país, la gente hablaba. ¿Viste lo que hizo, Chachita? ¿Escuchaste lo que dijo? Y la persona que no lo había visto preguntaba que qué había pasado.
Y la persona que si lo había visto lo contaba con ese placer particular de quien fue testigo de algo importante. Y en el conteo, como siempre pasa con las historias que importan, cada versión era ligeramente diferente, pero todas coincidían en lo esencial. Una mujer pequeña subió a un escenario y puso en su lugar a un hombre que había olvidado lo que importa.
Lo que le pasó a Armando Fonseca en los siguientes 3 años fue el tipo de caída que no ocurre de golpe, sino por acumulación. Una nota cancelada aquí, un patrocinador que no renueva allá, un productor que de repente tiene otros planes. La industria del espectáculo mexicano en 1965 era un ecosistema pequeño y la gente tenía memoria.
No fue que Fonseca perdiera su programa de un día para otro, fue que el programa fue perdiendo espacios. Primero lo movieron del horario estelar a las 11 de la noche, luego de las 11 a medianoche. Luego lo renovaron por 6 meses en lugar de por un año. Luego la renovación no llegó. Fonseca intentó pivotar. Propuso un nuevo formato, una revista cultural, algo más sofisticado.
Los ejecutivos escucharon con cortesía y dijeron que lo considerarían. No lo consideraron. propuso un programa de entrevistas más serio, periodístico, con figuras políticas e intelectuales. Los ejecutivos dijeron que el perfil de la audiencia no correspondía. La audiencia correspondía perfectamente. El problema era otro.
En 1968, 3 años después de esa noche, Armando Fonseca estaba conduciendo un segmento de 5 minutos en un programa matutino. Presentaba recetas de cocina y el horóscopo del día. Lo hacía bien porque era un profesional, pero lo hacía en 5 minutos y luego desaparecía de la pantalla y nadie preguntaba por él. Evita Muñoz siguió trabajando, no con la frecuencia de sus años de infancia, porque el cine mexicano de los 60 estaba cambiando y los papeles de la chechita que todos amaban ya no existían de la misma manera, pero trabajó con dignidad,
con constancia, con esa seriedad profesional que había aprendido en los sets junto a Pedro. Y cada vez que alguien le preguntaba por esa noche de marzo de 1965, Evita respondía lo mismo, una variación de lo mismo que nunca cambiaba en lo esencial. Solo dije la verdad. Pedro se merecía eso y más.
¿Se arrepiente de haberlo hecho? Nunca lo pensé como algo que requería arrepentimiento. Era lo correcto. Cuando alguien habla mal de quien te formó, de quien te enseñó lo más importante que sabes, no tienes que pensarlo. Simplemente te parás. ¿Piensa que Fonseca aprendió algo esa noche? Una pausa, una sonrisa pequeña hacia adentro.
Eso es pregunta para él, no para mí. Pedro Infante. Mientras tanto, siguió siendo Pedro Infante. Sus discos siguieron vendiéndose, sus películas siguieron proyectándose, su voz siguió saliendo de las radios cada mañana en toda la República. En 1966, un año después del incidente, una encuesta nacional preguntó a los mexicanos cuál era el artista que más admiraban.
Pedro Infante quedó en primer lugar. Había muerto 9 años atrás. En la primavera de 1970, Evita Muñoz fue invitada a un homenaje privado en Culiacán, Ciudad natal de Pedro. Un encuentro pequeño, sin cámaras, sin prensa, solo gente que lo había conocido, que había trabajado con él, que guardaba su memoria de manera personal. Evita fue. Habló poco, escuchó mucho.
Al final de la noche alguien puso un disco. Esa voz llenó el cuarto pequeño y cálido y todos quedaron quietos un momento. Evita cerró los ojos. Ahí estaba, exactamente ahí donde siempre había estado. Han pasado 60 años desde aquella noche de marzo en el gran teatro Folios. 60 años y la historia se cuenta todavía, no como curiosidad de archivo, sino como algo vivo, algo que la gente siente que le pertenece, que le dice algo sobre quién es y de dónde viene.
Se cuenta en las familias. La abuela que estaba frente al televisor esa noche y que lo contó tantas veces que sus nietos sienten que también lo vieron, que también estuvieron ahí, que también escucharon la voz de Evita Muñoz diciéndole a ese hombre todo lo que nadie más se atrevía a decir. Se cuenta en las escuelas de comunicación, donde el caso Fonseca se usa para hablar de lo que ocurre cuando la arrogancia reemplaza al criterio, cuando la modernidad se confunde con desprecio a lo que vino antes, cuando un conductor olvida que su trabajo no es impresionar,
sino conectar. Se cuenta en los barrios donde Pedro Infante sigue siendo Pedro Infante, donde su fotografía cuelga en las paredes junto a imágenes religiosas, no por confusión, sino por equivalencia emocional, donde su voz en una tarde de domingo puede detener una conversación entera porque hay algo en esa voz que hace que todo lo demás parezca prescindible por un momento.
¿Qué nos dice esta historia? No una sola cosa. Nunca las historias que importan dicen una sola cosa. Nos dice que el talento sin memoria es arrogancia. que mirar hacia adelante sin entender de dónde venimos es caminar sin suelo. Que hay cosas que una cultura construye durante generaciones que no son nostalgia sino fundamento, que quien no puede distinguir entre las dos tarde o temprano va a pisar en falso.
Nos dice que el amor verdadero no necesita explicación, pero a veces necesita defensa, que hay momentos en los que quedarse sentado es también una elección y no siempre la correcta. que una mujer pequeña de 25 años puede pararse frente a 200 personas y 38 millones más y decir algo verdadero y que esa verdad puede cambiar el peso de una noche entera.
Nos dice también algo sobre Pedro, sobre lo que significa dejar algo en el mundo que sobrevive tu cuerpo, que sobrevive tu época, que sobrevive incluso a los que intentan reducirlo a categoría de pasado superado. La verdadera medida de un artista no es lo que produce, sino lo que provoca en los demás. La capacidad de hacer que una mujer de 62 años deje caer el estropajo en el fregadero y llore sin saber exactamente por qué.
La capacidad de hacer que una joven actriz de 25 años cruce un teatro entero porque algo en su pecho no le permite quedarse quieta. Eso no caduca. Eso no se vuelve antiguo. Evita Muñoz, chachita, vivió muchos años más. siguió trabajando, siguió siendo querida, siguió siendo esa figura pequeña y sólida que el cine mexicano había formado y que ningún cambio de época lograba erosionar.
En sus últimas entrevistas, cuando los periodistas jóvenes le preguntaban por el momento más importante de su carrera, ella siempre respondía lo mismo. No fue una película, no fue un premio, fue una noche en que tuve la oportunidad de decir gracias en voz alta, de decirle a México lo que Pedro significó. Y México escuchó. Fue suficiente.
Ella pensaba un momento. Sus manos quietas, sus ojos con ese brillo particular de quien ha vivido mucho y ha entendido lo suficiente. Para Pedro, sí, para mí también. Armando Fonseca murió en 1989. La nota en los periódicos fue pequeña. Es conductor de televisión, decía. conocido por su participación en programas nocturnos durante la década de los 60, no mencionó esa noche de marzo.
No la mencionó porque los obituarios mencionan lo que una persona construyó y esa noche lo que Fonseca había construido no era suficiente para compensar lo que había derrumbado. Pedro Infante sigue vivo, no como metáfora, como hecho. Su voz sale hoy de bocinas en cocinas y cantinas y autos y teléfonos. Su cara aparece en murales en Culiacán y en el Distrito Federal y en ciudades que nunca visitó en vida.
Sus películas se proyectan y la gente ríe y llora en los mismos lugares exactos donde reía y lloraba la gente de 1950. Eso es la eternidad. No la inmortalidad del nombre en los libros, sino la presencia continua en la vida cotidiana de millones de personas. La eternidad que no se decreta, sino que se gana.
Película por película, canción por canción, mano tendida por mano tendida. Y aquella noche de 1965 en el gran teatro Folios, una niña que había crecido tomada de esa mano se paró frente a todo México y lo recordó. No porque alguien se lo pidiera, porque era lo correcto, porque el amor verdadero cuando alguien lo ataca no delibera, simplemente se pone de pie. M.