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Cuando HUMILLARON a Pedro Infante, “Chachita” saltó a defenderlo

Un honor que había pedido personalmente, que había negociado durante semanas con los productores, que había aceptado no por el pago, sino por algo más valioso, la audiencia. 38 millones de pares de ojos puestos sobre él durante 3 horas. 3 horas para demostrar que era el más inteligente, el más moderno, el más relevante de todos los que estaban en ese teatro.

 El problema con los hombres que necesitan demostrar que son el más inteligente es que invariablemente hacen algo estúpido. La ceremonia llevaba 40 minutos transcurriendo sin incidentes. Premios a mejor compositor, mejor intérprete femenina, mejor álbum de mariachi. Aplausos correctos, discursos breves, la maquinaria del espectáculo funcionando con la precisión aburrida de siempre.

 Fonseca presentaba cada categoría con su sonrisa de catálogo, sus comentarios ingeniosos preparados con anticipación, su manera de hacer sentir a cada ganador ligeramente inferior a él. Entonces llegó el momento del homenaje póstumo. Pedro Infante había muerto 8 años atrás, en abril de 1957, cuando su avión Tempelov se desintegró sobre los cielos de Mérida.

 8 años y México seguía sin recuperarse. Su música sonaba en cada cantina, en cada radio de cocina, en cada serenata de barrio. Su voz era parte del aire del país, invisible e imprescindible como el oxígeno. Los organizadores habían decidido rendirle un homenaje especial esa noche, una placa conmemorativa, un fragmento de película, un minuto de silencio.

 Fonseca recibió la tarjeta con el guion del homenaje. La leyó rápido entre bastidores. Frunció el ceño. Le dijo algo al oído su asistente. El asistente sintió nervioso. Nadie supo que se dijeron. Todos lo descubrirían en los siguientes 3 minutos. Salió al escenario. Las luces lo bañaron. Sonrió. Señoras y señores, dijo Fonseca tomando el micrófono con esa familiaridad de quien lleva toda la vida siendo el centro de todo.

 Llegamos a un momento especial de la noche, un homenaje. Su voz tenía ese tono particular que usaba cuando algo le parecía inevitable, pero ligeramente ridículo, como cuando presentaba a un cantante de provincia o a un compositor de más de 60 años. un tono que decía, “Hagamos esto rápido y sigamos con lo importante.” Los organizadores habían preparado una pantalla al fondo del escenario, una fotografía en blanco y negro de Pedro Infante, joven, sonriendo con su sombrero de charro ladeado sobre la frente. Una imagen que millones de

mexicanos tenían clavada en el corazón como una estampita de santo. Abajo de la fotografía, las fechas. 1917 a 1957. Fonseca miró la pantalla, luego miró al público, luego hizo algo que nadie esperaba. Sonrió de lado con esa media sonrisa que usaba cuando estaba a punto de decir algo que consideraba brillante.

“Esta noche recordamos a Pedro Infante”, dijo. Un hombre que fue sin duda muy querido en su momento. Hizo una pausa breve. en su momento. Esas dos palabras las pronunció con un peso específico, deliberado, como quien coloca una piedra sobre una mesa para que todos la vean. Un icono de una época que México ya superó, continuó.

 Una época de sombreros y caballos y canciones de cantina, hermosa en su tiempo, por supuesto, nostálgica, entrañable. Pero seamos honestos, señores, México está cambiando, la televisión está cambiando, la música está cambiando y los jóvenes de hoy no se identifican con ese méxico de charros y pulquerías. Se identifican con algo nuevo, algo moderno, algo que estamos construyendo precisamente aquí.

 Precisamente ahora, en noches como esta. El teatro tardó exactamente 4 segundos en reaccionar. 4 segundos de silencio absoluto, denso, pesado, como losa de mármol. El tipo de silencio que no es vacío, sino todo lo contrario, lleno de incredulidad, de indignación contenida, de 38 millones de personas al otro lado de las cámaras dejando caer la taza de café, mirando a sus familias con los ojos abiertos, preguntando, “¿Escuché bien?”, dijo lo que creó que dijo.

 En la fila 12 del teatro, una mujer de 25 años dejó de respirar. Evita Muñoz, Chachita, la niña que había crecido en los ex de cine junto a Pedro Infante, que había llorado de verdad en sus brazos frente a las cámaras, porque no era actuación, sino amor genuino de hija a padre adoptivo que había sostenido su mano en las grabaciones y aprendido a leer guiones sentada en sus piernas.

Evita Muñoz estaba sentada en la fila 12 con un vestido azul marino y una bolsa pequeña sobre las rodillas y los ojos fijos en ese hombre sobre el escenario. La mujer a su derecha le tocó el brazo. Evita no respondió. Tenía la mandíbula apretada, las manos quietas. Una quietud que no era calma, sino todo lo contrario.

 Era la quietud del agua antes del hervor. Fonseca seguía hablando, completamente inconsciente del precipicio que acababa de cruzar. Levantamos la copa por Pedro Infante”, dijo con esa condescendencia suave de quien brinda por algo que considera irrelevante. Por su música, por su tiempo, por el México que fue. “Y ahora miremos hacia adelante, hacia el México que viene.

” Señaló hacia los lados del escenario indicando que trajeran la placa conmemorativa. Un técnico se movió entre bastidores. La maquinaria del show continuó, pero Evita Muñoz ya se había puesto de pie. No fue dramático. Eso es lo primero que recordaron todos los que estaban ahí. No fue un gesto teatral ni una entrada estudiada.

 Evita simplemente se paró. Como quien se levanta en la iglesia porque algo está mal y alguien tiene que decirlo. Natural, inevitable, sin aspavientos. La mujer a su derecha intentó detenerla. Le tomó la muñeca suavemente. Evita susurró. No, Evita la miró. Tenía los ojos completamente secos y completamente en llamas al mismo tiempo.

 Soltó su muñeca con delicadeza y empezó a caminar hacia el pasillo. El director de cámaras la vio desde su cabina. Reconoció a Evita Muñoz. De inmediato. Todos en México reconocían a Chachita. Toma dos, dijo por el intercomunicador. Cámara dos, síganla. Fonseca estaba explicando el proceso de votación para la siguiente categoría cuando vio que algo cambiaba en el público.

 Las cabezas giraban, los murmullos crecían. Siguió hablando, pero sus ojos buscaban la fuente de la distracción. Entonces la vio Evita Muñoz caminando por el pasillo central hacia el escenario. Fonseca frunció el ceño apenas un instante. Luego recuperó la sonrisa. Recibimos una visita”, dijo al micrófono con ese tono de conductor que convierte cualquier imprevisto en momento televisivo.

La entrañable Evita Muñoz, “Señoras y señores, el teatro aplaudió. Un aplauso reflejo, automático, porque Chachita era querida, siempre había sido querida. Pero el aplauso tenía algo debajo, una atención, una pregunta colectiva. ¿Qué va a hacer? ¿Por qué sube?” Evita llegó a los escalones del escenario, subió los tres peldaños despacio, se plantó frente a Fonseca.

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