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Cuando Fidel Castro quiso casarse con María Félix – Ella rechazó al líder de la Revolución

 Lo que nadie sabía, lo que el mundo tardaría décadas en descubrir, era que detrás de esa invitación diplomática se escondía algo que ningún analista político habría predicho, algo que ni los más cercanos a Fidel Castro imaginaban. El líder de la revolución cubana, el hombre que acababa de derrocar una dictadura con rifles y voluntad, el comandante que tenía al mundo entero mirándolo con mezcla de admiración y terror, quería casarse con María Félix.

Y lo que pasó cuando ella llegó a La Habana, lo que se dijeron en aquella suite del hotel Habana Libre durante una noche que duró hasta el amanecer, se convertiría en una de las historias más extraordinarias jamás contadas sobre el poder, el amor, la libertad y el precio de ser una mujer que se niega a arrodillarse ante nadie, ni siquiera ante el hombre que acaba de liberar una nación entera.

Para entender por qué Fidel Castro eligió a María Félix entre todas las mujeres del continente, hay que entender quiénes eran ambos en enero de 1959. Y si esta historia te conecta con recuerdos de aquella época, con las voces de tus abuelos contando historias de la revolución cubana frente a la radio, no olvides suscribirte para seguir escuchando más historias como esta.

 Fidel Alejandro Castro Rus tenía 32 años. Había nacido en Virán, provincia de Oriente, hijo de un terrateniente gallego y una sirvienta cubana. Estudió derecho en la Universidad de La Habana, donde descubrió que su verdadera vocación no era defender la ley, sino cambiarla. El 26 de julio de 1953 atacó el cuartel Moncada con 160 hombres mal armados y fracasó estrepitosamente.

Lo capturaron, lo juzgaron y en el tribunal pronunció aquella frase que se volvería profecía. La historia me absolverá. Lo condenaron a 15 años. Cumplió menos de dos. Salió de prisión más peligroso que antes. No por violencia, sino por convicción. Se exilió en México, reunió un grupo de revolucionarios, entre ellos un médico argentino llamado Ernesto Guevara.

 Y el 2 de diciembre de 1956 desembarcó en Cuba con 82 hombres en un yate llamado Granma. El ejército de Batista los emboscó inmediatamente. Sobrevivoran 12th. Con esos 12 hombres, Fidel se internó en la Sierra Maestra y comenzó una guerra de guerrillas que en 25 meses derrocaría una dictadura respaldada por Estados Unidos.

 El primero de enero de 1959, Fulgencio Batista huyó de Cuba. Fidel entró triunfante en La Habana el 8 de enero, 9 días antes de enviar aquella carta a María Félix. Tenía 32 años, barba revolucionaria, uniforme verde olivo y el mundo a sus pies. Era en ese momento preciso, probablemente el hombre más fascinante del planeta. Carismático hasta el punto de lo sobrenatural.

Cuando hablaba, la gente no solo escuchaba, obedecía. Sus discursos duraban horas, a veces seis, 7, 8 horas seguidas, y nadie se movía. No por miedo, por hipnosis colectiva. Fidel tenía ese don que solo tienen los verdaderos líderes históricos, la capacidad de hacerte creer que su sueño es tu sueño, que su causa es tu causa, que su victoria es tu victoria.

 Pero Fidel tenía un problema que ningún discurso podía resolver. Estaba solo. No solo en el sentido romántico, aunque también en ese, solo en el sentido más profundo de la palabra. El hombre que había liberado a millones no tenía a nadie con quien compartir el peso de lo que acababa de hacer. Sus compañeros de armas eran soldados, no confidentes.

 Su familia estaba lejos. Las mujeres que lo rodeaban eran admiradoras, seguidoras, no iguales. Y Fidel, con toda su arrogancia revolucionaria, sabía algo que pocos líderes admiten, que el poder sin compañía es una celda con la puerta abierta, pero sin nadie esperándote afuera. María Félix, por su parte, tenía 44 años en enero de 1959.

Había nacido en Álamos, Sonora, hija de un militar y una madre de pueblo. A los 17 años la casaron con un hombre que le arrebataría a su hijo. A los 28 descubrió el cine y el cine descubrió que ella era más que una actriz, era una fuerza de la naturaleza. Para 1959, María había filmado decenas de películas. Se había casado cuatro veces.

Había rechazado a Hollywood en sus propios términos. Había vivido en París. Había cenado con presidentes. Había enamorado a toreros, magnates, escritores y banqueros. Y se había ganado un título que ninguna otra mujer mexicana poseía ni poseería jamás. La doña no era un apodo cariñoso, era un reconocimiento de poder.

 Cuando María entraba a un salón, los hombres se ponían de pie por instinto y las mujeres contenían la respiración por admiración o por envidia o por ambas cosas. A los 44 años, María no estaba retirada del cine, pero había reducido su ritmo. Vivía entre México y París. Sus joyas eran legendarias, encargadas a Cartier, dignas de emperatrices.

 Su guardarropa era obra de Dior, Jivenchi y Valenciaga. Su departamento en Polanco era un museo privado de arte, de recuerdos, de una vida vivida sin pedir permiso a nadie. Y ese era precisamente el problema para cualquier hombre que quisiera conquistarla. María Félix no necesitaba nada de nadie, no necesitaba dinero, tenía el suyo, no necesitaba fama, era la mujer más famosa de Latinoamérica.

 No necesitaba validación, se la daba ella misma cada mañana frente al espejo y no necesitaba un hombre. había tenido suficientes para saber que la mayoría no valían el esfuerzo. Cuando la carta de Fidel llegó a sus manos, María no sintió emoción, ni alago, ni curiosidad inmediata. Sintió lo que siempre sentía cuando un hombre poderoso la convocaba.

Una mezcla de escepticismo calculado y diversión contenida. Su asistente, un hombre discreto que llevaba años a su servicio, casi temblaba mientras María leía la invitación. Señora, es Fidel Castro. El revolucionario acaba de tomar Cuba. Todo el mundo habla de él. María no levantó la vista del papel.

 Todo el mundo siempre habla de alguien, respondió. La pregunta no es quién es él. La pregunta es por qué me quiere ver a mí. Tal vez quiere que haga películas sobre la revolución. Propaganda. Cuba necesita imagen internacional. María finalmente lo miró. Si quisiera propaganda, llamaría a un documentalista, no a una actriz de 44 años que lleva dos sin hacer película.

No, esto es otra cosa. Necesito saber que es antes de subirme a un avión hacia un país que acaba de pasar por una revolución sangrienta. Pero la curiosidad de María era más fuerte que su cautela. Siempre lo había sido. Era la misma curiosidad que la llevó al cine, a París, a los brazos de hombres peligrosos y a las mesas de los presidentes.

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