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CEO MULTIMILLONARIO VE A SU EXNOVIA ESPERANDO UN UBER CON TRES NIÑOS DE SEIS AÑOS IDÉNTICOS A ÉL…

Caminó rápido entre los peatones,  buscándola, ignorando los comentarios de los que lo reconocían. Tenía el corazón latiéndole como loco. Era ella, era Valeria  y esos niños. Después de unos minutos, la vio cruzando la calle de la mano de los tres niños, subiéndose a un coche gris que claramente era un Uber.

se quedó paralizado. Sintió cómo se le apretaba el estómago. No supo si correr, gritar su nombre o simplemente dejarla ir. El coche arrancó y se perdió entre el tráfico de la tarde. Julián no se movió, solo se quedó ahí parado, viendo cómo esa escena lo había dejado temblando. Volvió a su camioneta como en automático. No dijo nada.

 El chóer lo miró por el espejo, pero Julián no dijo ni una palabra. Estaba completamente ido. Lo único que pensaba era en esos tres niños con su misma cara. Se agarró la frente, cerró los ojos y soltó un suspiro que le salió desde lo más hondo. No había visto a Valeria en 6 años. Desde aquella madrugada en que decidió largarse sin despedirse, no le dejó ni un mensaje. Nada.

 Estaban bien, sí, pero él tenía planes. Estaba a punto de cerrar un negocio que lo cambiaría todo. Se fue pensando que ella lo entendería, que después habría tiempo para arreglar las cosas, pero ese tiempo nunca llegó. El coche siguió su camino hacia su departamento en Santa Fe. Cuando llegó, Julián se quitó el saco con furia y lo lanzó sobre el sillón.

 Se sirvió un trago, aunque todavía no eran ni las 5 de la tarde. Caminaba de un lado a otro, recordando cada cosa que había vivido con Valeria, su risa, la forma en que se le quedaba viendo cuando él hablaba de sus sueños, la manera en que lo abrazaba cuando llegaba tarde  y solo quería dormir.

 Y luego pensaba en esos niños. ¿Cómo era posible que se parecieran tanto a él? Tomó el celular y buscó en redes sociales. Nada,  ni una foto, ni una pista. Valeria había desaparecido del mundo digital como si nunca hubiera existido. Eso lo hizo sentir raro porque él sí había tratado de olvidarla, pero en el fondo nunca pudo.

Era ese tipo de amor que uno guarda en una cajita que no quiere volver a abrir porque sabe que va a doler. Se sentó frente a su computadora, abrió una carpeta encriptada donde guardaba archivos personales  y buscó las fotos antiguas. Ahí estaban Valeria en la playa, Valeria en su departamento, Valeria con su perro, Valeria en pijama, riéndose con la boca llena de palomitas.

Las miró una por una hasta que se topó con una donde ella lo abrazaba por detrás con la cara pegada a su cuello. La foto la había tomado ella misma con el celular. La miró largo rato y luego apretó los labios. Sabía lo que tenía que hacer. marcó a su asistente Mateo. Necesito que busques a alguien. Su nombre es Valeria Ortega.

 No tengo dirección. Solo sé que vive en la Ciudad de México y tiene tres hijos. ¿Y algo más? Sí, esos niños podrían ser míos. Hubo un silencio incómodo del otro lado de la línea. Entendido, señor, dijo Mateo. Colgó y se quedó viendo la ciudad por la ventana. miles de luces, miles de personas, pero en ese momento solo una le importaba.

No sabía si estaba enojada, si lo odiaba o si simplemente ya lo había superado. Pero esos niños  no podía dejarlo así, no podía quedarse con la duda, porque si eran lo que él pensaba, entonces su vida estaba a punto de cambiar por completo. A la mañana siguiente se levantó con una sola cosa en la cabeza, encontrarla.

 Y esta vez no pensaba irse sin respuestas. Julián no durmió bien esa noche. Daba vueltas en la cama, miraba el techo, luego se levantaba, caminaba por el departamento, se volvía a tirar sobre las sábanas, cerraba los ojos y veía esa escena otra vez. Valeria, parada en la calle, con sus tres hijos, tan parecidos a él que hasta le dolía.

 Era como si su pasado hubiera regresado de golpe sin avisar y le hubiera dado una cachetada en plena cara. Al día siguiente, antes de las 8 de la mañana, ya estaba en su oficina. Su equipo lo saludaba como siempre, con respeto, con sonrisas fingidas. Él apenas contestaba, se metió directo a su despacho, cerró la puerta y se quedó mirando por la ventana.

 Toda la ciudad seguía con su rutina, coches,  gente, ruido, pero adentro de él todo era un caos. se sentó frente a su escritorio,  agarró el celular y empezó a revisar otra vez las redes. Buscó su nombre, su cara, cualquier rastro de Valeria, nada, ni en Facebook, ni en Instagram, ni en ninguna parte.

 Era como si se la hubiera tragado la tierra. Eso le daba más coraje. ¿Cómo alguien podía desaparecer tan fácil? ¿Cómo era que él, con todos sus recursos no tenía idea de nada? Mateo llegó con un café y unos papeles. Julián apenas lo miró. ¿Algo? Preguntó sin rodeos. Todavía no, jefe.  Le estamos rastreando por actas de nacimiento y registros escolares, pero si cambió de dirección y apellido, va a tardar un poco. Julián asintió.

 No estaba de humor para charlas. Cuando Mateo salió,  se quedó solo otra vez, apoyó los codos en el escritorio, se agarró la cabeza con ambas manos  y cerró los ojos. Empezaron a llegarle los recuerdos, como si alguien le pusiera una película en la mente.  Se vio a sí mismo 6 años atrás, más joven, menos cansado,  con esa ambición que casi le salía por los poros.

En ese tiempo, él y Valeria vivían juntos en un pequeño depa en la Narbarte. No tenían lujos, pero tenían de todo. Él trabajaba desde casa, armando presentaciones, buscando inversionistas, tratando de levantar su primera empresa. Ella era maestra de preescolar.  Llegaba agotada, pero siempre con una sonrisa.

Se reían por tonterías, pedían pizza en la noche,  a veces no tenían para el gas y se bañaban con agua fría, pero estaban juntos y eso en ese entonces era suficiente. Pero luego llegó la oportunidad. Un fondo extranjero quería invertir en su proyecto, pero tenía que mudarse a Monterrey por un año.

 Fue ahí cuando todo cambió.  Él le propuso irse con él. Ella dijo que no podía dejar su trabajo, sus alumnos, todo lo que tenía. Discutieron muchas veces, cada vez más fuerte,  hasta que una madrugada, sin decir nada, él agarró su mochila, su laptop, unos cuantos papeles y se fue.

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