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Cargó a un Niño Herido 10 Km al Hospital… 22 Años Después Ese Niño lo Halló

 El hospital quedaba hacia delante en el pueblo de Santa Lucía del Valle, a unos 10 km que en esas condiciones valían 20. No hubo una decisión. Exactamente. Hubo un movimiento. Se agachó.  Acomodó al niño sobre su espalda con cuidado de no mover la pierna mala. sintió los brazos pequeños rodearle el cuello  y empezó a caminar.

 Para entender lo que significa ese caminar, hay que  entender quién era Esteban Curi de dónde venía. Había nacido en Loma Prieta 44  años atrás, hijo de un jornalero y de una mujer que hacía  quesos para vender en el mercado del jueves. Era el segundo de cinco, lo que en esas familias significaba ser el primero en trabajar y el último en quejarse.

Aprendió antes de hablar con fluidez que el cuerpo es una herramienta y que las herramientas se cuidan y se usan en ese orden. A los 12 años ya subía  y bajaba los cerros con cargas que doblarían a un hombre adulto de ciudad. No porque fuera extraordinario, sino porque eso era lo que había que hacer, y lo que había que hacer se hacía.

 Su padre le enseñó a cargar bien, con la espalda recta y el peso pegado al cuerpo, a respirar con ritmo, a no mirar la cima, sino el paso siguiente. Se casó a los 28 con remedios, una mujer de ojos oscuros y carácter claro que sabía exactamente lo que quería y lo que no quería y que había decidido que Esteban  era de lo primero.

 Tuvieron dos hijos. Vivían en una casa de adobe que Esteban había levantado  con sus propias manos. y las de sus hermanos, con techo de lámina que cantaba cuando llovía  y un fogón que calentaba tanto la comida como la conversación. Trabajaba en lo que saliera, temporadas en la cosecha de café en las fincas del bajo,  jornadas de construcción cuando llegaban contratos al pueblo, cuidado de ganado ajeno en los tiempos muertos.

 Era hombre de trabajo constante y pago puntual, de los que no piden adelantos y no deben favores, no por orgullo, sino por la tranquilidad que da. no deberle nada a nadie. En el pueblo lo conocían como hombre serio, no  callado, sino serio, que no es lo mismo. Hablaba cuando tenía algo que decir y escuchaba cuando el otro lo tenía  y había aprendido que la mayoría de los problemas se resuelven antes, si uno escucha bien al principio.

Esa noche, con el niño en la espalda y la lluvia  encima, Esteban caminó. El primer kilómetro fue con la energía que da el impulso, el segundo  y el tercero con la determinación de quién ya empezó. En el cuarto empezó a sentir los muslos. En el quinto,  la espalda baja, comenzó a hablar, no a gritar todavía, pero a hablar con ese idioma sordo que los músculos  usan cuando quieren que uno les preste atención.

 El niño había dejado de llorar. Iba con la cabeza apoyada en el hombro de Esteban.  Los brazos flojos, pero todavía rodeando el cuello, respirando de un modo que no era dormir, pero se le parecía. De vez en cuando hacía un sonido pequeño cuando el camino tenía un bache y la pierna mala recibía el movimiento.  Esteban aprendió a anticipar los baches.

Empezó a leer el terreno con los pies antes de cargar el peso,  a bajar despacio en los descensos, a acomodar el cuerpo del niño antes de los pasos  difíciles. Caminaba hablando en voz baja, no porque creyera que el niño escuchaba del todo, sino porque el silencio y la lluvia juntos pesan,  las palabras alivian algo de ese peso. Ya casi llegamos.

 Ya casi. Vas a estar bien. Yo te llevo. Palabras sencillas, las únicas que servían.  En el kilómetro 7 encontró a un camión detenido en el borde del camino con una llanta ponchada y el chóer maldiciendo en voz baja. El hombre lo vio venir entre la lluvia con el niño en la espalda y se quedó sin palabras un momento.

  Luego sacó una linterna y alumbró el camino por delante sin que Esteban se lo pidiera. Lo acompañó así alumbrando el terreno hasta que el asfalto de la carretera principal apareció bajo los pies. De ahí al  hospital había 3 km más, pero sobre asfalto y con una linterna prestada. Llegaron a las 11:40 de la noche.

 La enfermera de guardia vio entrar a ese hombre empapado con un niño en la espalda y gritó pidiendo ayuda antes de que Esteban dijera una sola palabra. Lo tomaron al niño con cuidado,  lo pusieron en una camilla, empezaron a hacerle preguntas que Esteban no podía responder porque no sabía nada del niño, ni su  nombre, ni de dónde era, ni cómo había llegado a ese camino de noche.

 ¿Y usted? ¿Quién es usted?, le preguntó la enfermera. Un  vecino, dijo Esteban. ¿De dónde lo trajo? De Loma Prieta. La enfermera lo miró a pie. dijo más como confirmación  que como pregunta. Esteban asintió. Ella anotó algo en su libreta  y no dijo más. Esteban se sentó en una silla del pasillo con el poncho chorreando agua en el piso  del linóleo y esperó hasta que le dijeron que el niño estaba estable, que la pierna era fractura sin complicaciones, que la herida de la cabeza era superficial, que iba a estar bien. Entonces se paró,

 recogió su poncho y se fue caminando de vuelta al camino para conseguir cómo regresar a su  casa. Nunca preguntó el nombre del niño. ¿No lo dijo así? como decisión, simplemente no preguntó. Había hecho lo que había que hacer y estaba hecho, y eso era todo. Remedios le curó las ampollas de los pies esa noche sin decir mucho.

 Le dio caldo caliente  y cuando él le contó lo que había pasado, ella lo escuchó hasta el final y luego dijo solamente, “Hiciste bien.” Y se quedaron dormidos en el pueblo se supo, como se saben las cosas en los pueblos. Alguien habló con alguien que habló con otro. El chóer del camión contó lo que había visto.

 La enfermera del hospital  mencionó al hombre de loma prieta que llegó con un niño en la espalda desde quién sabe dónde. La historia circuló  con esa velocidad particular que tienen las historias que la gente necesita contar. Esteban no le dio importancia. Cuando alguien le preguntaba, respondía con dos o tres frases y cambiaba el tema.

 No era modestia actuada, era que genuinamente no entendía por qué había algo especial que contar. Había encontrado a un niño herido y lo había llevado al hospital. Eso era lo que se hacía. Los años pasaron sobre Loma Prieta con la cadencia lenta de los lugares  donde el tiempo se mide por temporadas de lluvia y de seca, por cosechas y por fiestas del pueblo, por nacimientos y muertes y las ceremonias pequeñas de lo cotidiano.

 Los hijos de Esteban crecieron y se fueron, uno al norte y otro a la capital. Como se van los hijos de esos lugares buscando lo que  el pueblo no tiene para ofrecerles. Remedios desarrolló una tos que tardó en hacerse problema y luego fue problema serio.  Y Esteban aprendió a acompañar enfermedades con la misma paciencia con que había aprendido a cargar peso sin dramatismo paso a paso.

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