Posted in

CANTINFLAS y el SECRETO MASÓNICO que el cine mexicano intentó OCULTAR

 ¿Qué hacía en ese mundo? Aquí comienza la pregunta que el cine mexicano prefirió no responder. Para entenderlo, hay que regresar a su infancia. Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes nació el 12 de agosto de 1911 en una familia humilde donde el dinero apenas alcanzaba. Su padre era cartero. Su madre luchaba por alimentar a 12 hijos.

 La pobreza no era discurso, era realidad cotidiana. Desde joven trabajó como ayudante de zapatero, limpiabotas, mandadero, boxeador improvisado. Conoció el hambre y la vergüenza social. Ese pasado nunca lo abandonó. Cuando empezó en las carpas la Ofelia, la Valentina, la Sotelo no solo aprendió a improvisar, aprendió a observar.

 Aprendió que el pueblo necesitaba reír para no llorar, aprendió que el lenguaje podía ser un arma. Y así nació el cantinfleo, esa forma de hablar que parecía absurda, pero que desnudaba la hipocresía de autoridades, burócratas y patrones. Pero mientras el público veía al peladito torpe y parlanchín, Mario Moreno estudiaba filosofía, ética y organización social.

 Quienes lo trataron de cerca sabían que era disciplinado, lector constante, perfeccionista extremo, revisaba guiones, corregía diálogos, exigía coherencia moral en sus personajes. No era improvisación ingenua, era estrategia. Cuando en 1946 rompió con productoras tradicionales y firmó con Columbia Pictures, muchos pensaron que buscaba solo expansión internacional, pero detrás había algo más profundo.

 Autonomía, control creativo, independencia financiera, libertad para no depender de favores políticos. Y es aquí donde el hilo masónico empieza a entrelazarse con su vida pública. La masonería, en teoría, defendía ideales de fraternidad, justicia y perfeccionamiento moral, valores que encajaban con la narrativa del peladito que defendía al pobre frente al poderoso, pero también implicaba pertenecer a una red de hombres influyentes, empresarios, abogados, políticos.

 ¿Fue Cantinflas parte de una estructura de poder o usó esa estructura para proteger al gremio artístico? En 1951, cuando participó activamente en la consolidación de la Asociación Nacional de Actores Anda, su liderazgo fue firme. Defendió contratos dignos, condiciones laborales justas y mayor reconocimiento para intérpretes.

 También fue primer secretario general del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica, STPC. No era solo actor, era negociador, estratega, representante de un colectivo. Algunos productores comenzaron a incomodarse porque el comediante que hacía reír también sabía sentarse a la mesa con documentos, cláusulas y argumentos sólidos.

 sabía hablar el lenguaje del poder. Y hay quienes aseguran que en más de una reunión privada, cuando las discusiones subían de tono, Mario guardaba silencio unos segundos y luego, con una serenidad inusual, citaba principios de equidad, de deber moral, de justicia social que parecían venir de una formación más profunda que la simple experiencia de barrio.

 Esta serenidad desconcertaba a los hombres acostumbrados a intimidar. En 1956, cuando participó en la vuelta al mundo en 80 días junto a David Niven, México lo vio triunfar internacionalmente. Era el embajador cultural perfecto, simpático, astuto, universal. Pero en casa el rumor comenzaba a circular entre círculos cerrados.

 Cantinflas había alcanzado el grado 33 honorario del rito escocés. Ese dato jamás fue explotado mediáticamente. ¿Por qué? Porque rompería la narrativa del hombre del pueblo puro. Porque introduciría sospecha. Porque el público podría preguntarse si el peladito era realmente un marginado o un miembro de una élite discreta.

 Sin embargo, quienes lo conocieron sabían que su filantropía no era fachada. En los años 60, tras la muerte de su esposa Valentina Ivón Franco en 1966 por cáncer de médula ósea, su vida cambió. La pérdida lo devastó. Se volvió más introspectivo, más reservado, más espiritual. Montó una oficina donde recibía personalmente a personas necesitadas.

 Ayudaba económicamente a niños, a familias humildes, visitaba orfanatos sin prensa, no pedía reconocimiento. Algunos dicen que fue su manera de reconciliar dos mundos, el del símbolo masónico y el del niño pobre que fue. Pero hubo un momento, a finales de los años 60 cuando un proyecto cinematográfico incluyó una crítica más directa a ciertas estructuras de poder.

 El guion fue suavizado. escenas modificadas, diálogos reducidos oficialmente por razones comerciales. Extraoficialmente, alguien le sugirió que no era prudente tensar ciertas cuerdas. No existen documentos públicos que lo prueben. Pero varios miembros del gremio hablaron décadas después de presiones discretas, de llamadas incómodas, de recordatorios velados.

 Y entonces surge la gran paradoja. Si Cantinflas formaba parte de una logia que incluía hombres influyentes, ¿por qué habría censura? ¿Acaso la masonería no era homogénea? ¿Existían diferencias internas o simplemente el poder político y el poder fraternal no siempre caminaban en la misma dirección? La respuesta quizás no esté en conspiraciones grandilocuentes, sino en la complejidad humana.

 Mario Moreno nunca dejó de representar al pobre inteligente. Nunca permitió que su personaje humillara al débil. Siempre apuntó hacia arriba. Su humor era una forma de equilibrio social. Y tal vez la masonería no fue una contradicción, sino una extensión de su búsqueda. Entender cómo funcionan las estructuras para poder defender mejor a quienes no tienen voz.

 Pero el cine mexicano, celoso de su mito, prefirió mantener intacta la imagen sencilla. El peladito debía seguir siendo solo pueblo, solo inocencia astuta. No convenía añadir capas de filosofía iniciática ni redes fraternales, porque los mitos cuando se vuelven demasiado complejos pierden pureza ante los ojos del público. Y así durante décadas ese aspecto quedó relegado a notas marginales, a registros discretos, a menciones breves en biografías académicas que pocos leyeron hoy.

 Cuando miramos sus películas en blanco y negro, cuando escuchamos su manera de cantinflear frente a jueces, policías y doctores, quizá entendemos algo más profundo. No era improvisación vacía. era estructura, no era caos lingüístico, era estrategia verbal, no era simply comedia, era crítica disfrazada. Y tal vez el verdadero secreto masónico no fue su iniciación, sino la disciplina moral que aplicó para no traicionar jamás al pueblo que lo hizo grande.

 Porque pudo haberse convertido en figura distante, pudo haberse rodeado únicamente de élites, pudo haberse refugiado en Hollywood, pero regresó. Fundó su propia productora, mantuvo control creativo. Siguió hablando en nombre del ciudadano común. Y cuando murió el 20 de abril de 1993, México no despidió a un masón, ni a un productor, ni a un empresario.

Read More