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Cantinflas fue humillado por ser pobre en el festival de canes-su reacción dejo a todos sin palabras

Pues si buscan clase, yo se las presto tantito. Los reporteros rieron, pero algunos con burla. Otros ni siquiera anotaron su nombre. Mientras las estrellas desfilaban con diamantes, él avanzó despacio saludando con cordialidad. Su smokín era prestado, los zapatos algo gastados, pero su porte era digno. Dentro del teatro, los murmullos continuaron.

 Algunos críticos europeos lo observaban de reojo. Es el payaso mexicano, comentó uno. ¿Qué hace en Kans? Esto no es un circo. Pero Cantinflas no se ofendió, al contrario, tomó asiento en la segunda fila, justo detrás de una reconocida actriz italiana, y le dijo con tono amable, “Si ve que yo duermo, avíseme, porque no quiero perderme el final feliz.

Ella soltó una risa sincera. Por unos instantes, el humor mexicano había quebrado el hielo del esnobismo europeo. Al concluir la función de apertura, una reportera francesa se aproximó y le preguntó en inglés, “Señor Cantinflas, ¿por qué no usa ropa de diseñador como los demás?” Él la miró pensativo y respondió con esa ironía tierna que lo convirtió en leyenda.

Porque mi diseñador se llama México, señorita, y no hay mejor marca que esa. El comentario recorrió el teatro como un suspiro. Algunos sonrieron, otros fruncieron el ceño. Pero esa noche, por primera vez, Kans tuvo que contemplar a un hombre sinmoquín y descubrir en él algo que el oro no podía comprar. Mientras abandonaba el recinto, un periodista inglés lo detuvo.

 ¿Y usted qué espera obtener en este festival? Cantinfla se acomodó el sombrero, miró al cielo y contestó, “Nada, joven. Yo ya gané el aplauso de mi gente. Lo demás es puro ruido.” El periodista bajó la cámara y por un instante el hombre más humilde de la alfombra roja se convirtió en el más grande de todos.

 El amanecer en Can tenía olor a mar y a vanidad. Los periódicos del día exhibían las mismas caras de siempre. Actrices con vestidos que parecían joyas, directores que posaban como dioses del séptimo arte. Solo un diario local. En una esquina de la página llevaba una pequeña foto de Cantinflas, el comediante mexicano que llegó sin glamour.

Cuando Mario Moreno arribó al hotel donde se alojaban las estrellas, el conserje dudó en abrirle la puerta. Solo huéspedes registrados, dijo con tono frío. Cantinflas sonrió, sacó su credencial y respondió, “Ah, no se preocupe, joven, si no me deja pasar, no más duermo en la alfombra, que está más elegante que la mía.

” El conserje rió sin saber si lo decía en serio, pero en los pasillos las miradas eran iguales, largas, silenciosas, cortantes. Un grupo de periodistas franceses lo observaba mientras comentaban en voz baja, “El payaso latino que quiere ser estrella.” Sin embargo, él caminaba sereno con la misma calma de quien sabe exactamente quién es y de dónde viene, sin necesitar la aprobación de nadie.

 En la conferencia de prensa, el director organizador del festival presentó a los invitados de honor. Cuando mencionó a Cantinflas, algunos aplaudieron tímidamente, otros ni se molestaron. El maestro de ceremonias con acento británico comentó con ironía, “Desde México nos visita un hombre que ha hecho reír a millones.

 Esperemos que hoy también lo haga, aunque sea sin que lo entendamos.” Hubo risas, pero no todas eran amables. Cantinflas respiró profundo, subió al estrado y observó a la multitud. “Pues no se preocupen”, dijo con calma. Si no me entienden, al menos me sienten que es más barato. El público se quedó callado por un instante.

 Alguien aplaudió desde el fondo y de pronto una sonrisa se dibujó en varios rostros. El hombre que provenía del barrio acababa de conquistar la atención de la élite con una sola frase, ya que después de la conferencia, una periodista estadounidense lo entrevistó para una revista de moda. Le preguntó si no se sentía incómodo por su vestimenta demasiado modesta.

 Cantinflas la miró a los ojos y dijo, “Incomodidad es fingir lo que no se es. Yo prefiero ser incómodo con verdad que elegante con mentira. La periodista guardó silencio. Aquella respuesta decía más que cualquier discurso. Más tarde, en la cena de gala, la tensión regresó. Algunos actores evitaron su mesa. Un productor francés, visiblemente molesto, comentó en voz alta, “Este hombre no tiene clase.

” Cantinflas, sin mirarlo directamente, respondió, “Tiene razón. La clase no se compra. Se aprende y yo aún estoy estudiando. Los pocos mexicanos presentes rieron discretamente y mientras el resto conversaba de premios y contratos, él se quedó contemplando el mar por la ventana, pensando en su país, en los rostros humildes que alguna vez lo vieron crecer.

 Esa noche encontró una nota bajo la puerta de una actriz italiana. Usted no vino vestido de gala, vino vestido de dignidad. Cantinflas sonrió. Sabía que el camino apenas comenzaba, pero también comprendió algo esencial, que el desprecio ajeno solo tiene poder si uno olvida quién es. El gran teatro de Kans estaba repleto. Los reflectores iluminaban la alfombra roja como si fuera un altar al glamur.

Cientos de fotógrafos aguardaban el momento en que los nombres más célebres del mundo subirían al escenario para recibir sus galardones. Cantinflas, invitado especial por su participación en La Vuelta al mundo en 80 días, ocupaba un asiento modesto casi al final de la primera fila, tranquilo, sin pretensiones.

Como siempre, el presentador, un actor francés conocido por su humor sarcástico, caminaba entre los invitados con el micrófono en la mano lanzando bromas veloces. El público reía hasta que lo vio. “Ah, miren, tenemos entre nosotros a un invitado exótico”, dijo en voz alta señalando a Cantinflas. Vino directo del rancho o del set de filmación.

 Dicen que su traje es folclórico. Hubo carcajadas. Las cámaras lo enfocaron. El rostro de Cantinflas permanecía sereno, pero sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y paciencia. Por un instante, el silencio se tornó incómodo. El presentador sonrió creyendo haber ganado la atención del público. Cantinfla se puso de pie, avanzó hacia el escenario con calma, sin apuro, bajo las luces que parecían querer probar su valor.

 Tomó el micrófono con mano firme y con una sonrisa ligera dijo, “Perdóneme usted, señor, no entendí bien. se está burlando de mi ropa o de mi país, porque si es de la ropa, no hay problema, se lava. Pero si es de mi país, esa mancha no se quita tan fácil. El público enmudeció. El presentador intentó reír, pero el sonido se apagó en su garganta.

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