Lo que Mario Moreno nunca pudo perdonarse, según confesó en privado a su esposa Valentina Ivanova años después, fue ese silencio, ¿no? de Villalobos, que era el silencio esperable de un hombre sin conciencia, sino el suyo propio, el de un muchacho de 20 años que quería tanto ser famoso, que dejó que su mejor amigo quedara atrás sin decirle ni una sola palabra.
Y esa culpa, enterrada bajo décadas de gloria, de premios, de aplausos y de películas, había seguido viva todo ese tiempo como una brasa que no termina de apagarse. Los años que siguieron fueron muy distintos para los dos. Mario Moreno creó a Cantinflas, un personaje que surgió de manera casi accidental según la leyenda, cuando en una actuación en la carpa Teatro Valentina en el barrio de Nonualco, Mario olvidó sus diálogos y empezó a improvisar un lenguaje lleno de contradicciones y circunloquios que hizo reír al público hasta las lágrimas. De
ese momento nació el cantinfleo. De ese momento nació el peladito que hablaría por todos los que nunca habían tenido voz. Para 1936, Mario Moreno ya era una figura conocida en toda la Ciudad de México. Para 1940, con películas como, Ahí está el detalle, se había convertido en un fenómeno nacional. Para 1956 con el bolero de Raquel era ya una leyenda viva.
Y en cada uno de esos años, Aurelio Jiménez Villanueva estuvo en otro lugar llevando una vida que ningún cartel anunciaba y que ninguna revista fotografiaba. ¿Qué hizo Aurelio durante todos esos años? Esa es la parte que Mario desconocía y la parte que esa tarde de octubre de 1957, Aurelio comenzó a contarle de pie junto a su caja de periódicos con la voz que alguna vez fue hermosa.
Y ahora era apenas un susurro que el ruido de la calle Guerrero amenazaba con tragarse. Después de lo de Villalobos, dijo Aurelio, me fui a Veracruz. Me dijeron que allá había oportunidades, que el puerto necesitaba actores para los cafés de chinos, para los bailes de los hoteles. Me fui con lo que tenía, que no era mucho.
En Veracruz, Aurelio trabajó durante casi 10 años en los círculos del espectáculo porteño. Actuó en el café El Diligencias, en el Hotel Imperial, en los bailes del carnaval. Conoció músicos, actores de segunda, cantantes de danzón, que hacían de la vida una fiesta permanente con una alegría que solo pueden tener los que no tienen nada que perder.
Y fue en Veracruz, donde conoció a Dolores. Dolores Méndez era hija de un estibador del puerto y de una mujer que lavaba ropa para las familias ricas del malecón. Era morena, de ojos oscuros como el café veracruzano y tenía una risa que, según Aurelio contaba, era capaz de hacerte olvidar que tenías hambre. Se casaron en 1935 en la parroquia de la Asunción con el mar de fondo y un pastel de tres pisos que costearon entre los amigos del barrio.
Pero la historia de Aurelio y Dolores no fue la historia de amor sencilla que uno imaginaría. Fue en muchos sentidos la historia más trágica que Mario escuchó esa tarde, porque Dolores murió en 1943 durante el parto de su tercer hijo, y ese hijo también murió. Y Aurelio, que tenía entonces 33 años y dos niños pequeños a los que criar solo, tomó una decisión que lo marcaría para el resto de su vida.
regresó a la ciudad de México, no con triunfo, no con fanfarria, sino con la sigilosa desesperación de quien vuelve porque no tiene otro lugar a donde ir. Llegó a la colonia Guerrero, al barrio que de alguna manera siempre es el destino final de los que la vida maltrata con más saña. Rentó un cuarto en una vecindad de la calle Moctezuma, con patio de tierra y una pila de agua compartida entre 12 familias y se puso a buscar trabajo.
Durante años trabajó en lo que se le presentara. Fue cargador en la central de abastos que entonces operaba en Tepito. Fue velador de una bodega de telas en el mercado de la Lagunilla. Fue cobrador de una financiera pequeña que prestaba dinero a los comerciantes del Zócalo, con intereses que Aurelio sabía perfectamente.
Eran injustos, pero que cobraba de todas maneras, porque sus hijos necesitaban comer. ¿Y el teatro?, preguntó Mario esa tarde, arrodillado junto a la caja de periódicos. Nunca volviste. Aurelio tardó un momento en responder. Una vez dijo, “En 1947 me enteré de que estaban buscando actores para una obra en el teatro Virginia Fábregas. Fui, audicioné.
Me dijeron que estaba bien, que iba a ser contratado, pero no lo contrataron. No por falta de talento. Lo que Aurelio descubrió días después, gracias a uno de los tramollistas del teatro que se apiadó de él, fue algo que lo dejó sin habla. El director de la producción había recibido una llamada, una llamada de Ernesto Villalobos Garza, el mismo productor que 20 años atrás había separado a Mario de Aurelio.
Villalobos, que seguía siendo una figura poderosa en el ambiente del espectáculo capitalino, le había dicho al director que Aurelio Jiménez era un hombre problemático, de mala reputación, que traía conflictos a donde quiera que llegaba. Era una mentira. Era una mentira construida sobre la nada, pero bastó para cerrarle todas las puertas.
Mario apretó los dientes cuando Aurelio le contó esto. Sintió una ira que le subía por el pecho como el mezcal barato. Villalobos Garza, un nombre que Mario conocía bien, un nombre que en los años de su ascenso había cruzado varias veces su camino, siempre desde lejos, siempre con esa sonrisa que no era una sonrisa.
¿Sigues vivo, ese hombre?”, preguntó Mario. “¿Sigue vivo, sigue en su oficina de madero, ahora produce películas? Le va de maravilla. El mundo tiene una manera muy particular de ser injusto. No es la injusticia de los cuentos, donde el villano es visible, donde lleva capa negra y muerde manzanas envenenadas.
Es una injusticia más sutil, más cotidiana, más parecida al polvo. Se acumula poco a poco sobre las cosas y un día ya no puedes ver lo que había debajo. Pero lo que Aurelio le dijo a Mario a continuación era algo que ni el propio Mario podía haber imaginado. Algo que involucraba no solo a Villalobos y Aurelio, sino al propio Mario.
Algo que llevaba años guardado en una caja de lata debajo de la cama de Aurelio, entre cartas viejas, y un documento que cambiaría todo lo que Mario creía saber sobre los primeros años de su carrera. Mario dijo a Aurelio y en su voz había algo que era al mismo tiempo miedo y alivio. Tengo algo que deberías ver, algo que debía haberte mostrado hace 20 años.
Y entonces Aurelio metió la mano bajo su gabán en un bolsillo interior que estaba casi cosido por el dobladillo y sacó un sobre, un sobre amarillento con las esquinas dobladas con el nombre de Mario Moreno escrito a mano en la parte frontal con una letra que no era la de Aurelio.
Mario lo tomó, lo sostuvo en la mano sin abrirlo, miró a Aurelio. ¿Qué es esto? Es una carta, dijo Aurelio, de Villalobos, dirigida a ti. Me la entregaron en 1930, cuando todo pasó. Me dijeron que te la diera. Pero en ese entonces, en ese entonces yo estaba tan dolido, tan confundido, que la guardé y nunca te la di.
Mario abrió el sobre con dedos que no le temblaban, porque Mario Moreno Reyes era de esos hombres que aprenden muy pronto a no mostrar lo que sienten. Pero adentro había algo que no era solo una carta, había también un documento. Un documento con membrete de la Sociedad de Autores y Compositores de México con fecha del 15 de marzo de 1930 con dos firmas al pie, la de Ernesto Villalobos Garza y la de un hombre cuyo nombre Mario no reconoció de inmediato, pero cuando leyó lo que decía el documento, todo su cuerpo se quedó inmóvil. El documento era un contrato,
un contrato en el que Villalobos se comprometía a pagar a Aurelio Jiménez Villanueva una cantidad mensual durante 5 años, a cambio de que Aurelio renunciara formalmente a cualquier reclamo sobre los materiales creativos, los sketches, los diálogos y los personajes que ambos habían desarrollado juntos entre 1925 y 1930.
Entre esos personajes figuraba, con su nombre completo y sus características descritas con sorprendente precisión, el peladito que Villalobos llamaba en el documento El tipo de la rabal, el personaje que Villalobos llamaba en el documento El tipo de la rabal. Meses después, Mario desarrollaría y al que el mundo conocería como Cantinflas.
Mario leyó el documento dos veces, luego levantó los ojos hacia Aurelio. ¿Estás diciendo que empezó? Estoy diciendo que ese personaje no lo creaste tú solo. Mario dijo Aurelio con una voz que no tenía resentimiento, sino solo una cansada vieja verdad. Cantinflas nació de las dos cabezas. Lo construimos juntos en los ensayos de Nonoalco, en las tardes en el cuarto de la vecindad de Tepito.
Tú lo llevaste al escenario. Tú le diste la voz y el cuerpo. Eso nadie te lo quita. Pero las ideas, los giros, la filosofía del personaje, eso también es mío. Y Villalobos lo sabía, por eso me pagó para que me callara. Mario Moreno no dijo nada por un momento que pareció eterno. Y lo que sucedió después en esa esquina polvorienta de la guerrero fue algo que los pocos transeútes que pudieron verlo recordaron siempre como una de las escenas más extrañas que habían presenciado en su vida.
El hombre más famoso de México, el que hacía reír a todo el mundo, estaba llorando. No eran lágrimas de culpa solamente, eran lágrimas de algo más complejo, más difícil de nombrar. Eran las lágrimas de un hombre que de repente comprende que su historia tiene un capítulo que no sabía que existía y que ese capítulo está lleno de la generosidad de otro.
Porque lo que Aurelio le estaba diciendo no era una acusación, era una revelación. Y había una diferencia enorme entre las dos cosas. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Preguntó Mario finalmente. Porque cuando Cantinfla se hizo grande, respondió Aurelio, yo no quería que nadie pensara que me quería colgar de tu éxito. Y después, cuando pasaron los años, ya me parecía que era demasiado tarde, que decirlo solo haría daño.
El sol de octubre en la Ciudad de México tiene una calidad particular. Es un sol que ya no quema, que apenas tibia, que parece más una memoria del verano que el verano mismo. Ese sol iluminaba esa tarde la esquina de la guerrero con Moctezuma, la caja de madera con los periódicos atrasados, los dos viejos amigos de pie frente a frente después de décadas.
¿Y el dinero que te pagó Villalobos?, preguntó Mario. Lo recibí durante 2 años. Luego dejó de llegar. Fui a reclamar. La oficina ya tenía otro nombre. Villalobos me mandó a decir que yo no tenía contrato válido porque mi firma en el documento era apócrifa, que yo nunca había firmado nada, que era un mentiroso.
Mario miró el documento en su mano, miró la firma de Aurelio y entonces vio algo que no había notado a primera vista debajo de la firma de Aurelio, en tinta diferente, apenas visible, porque alguien había intentado borrarlo con un líquido que dejó una mancha pálida sobre el papel. Había otra firma, una firma que Mario sí reconocía, una firma que había visto en decenas de contratos, en cartas de producción, en documentos de la industria cinematográfica.
era la firma de un abogado, un abogado que durante los años 40 había sido uno de los hombres más poderosos del medio artístico mexicano, un abogado que en 1957 seguía ejerciendo y que era amigo personal de Mario Moreno Reyes. Mario dobló el documento cuidadosamente, lo guardó en el bolsillo interior de su gabán y luego miró a Aurelio con una determinación que Aurelio no había visto en los ojos de nadie desde hacía mucho tiempo.
Necesito que me des unos días”, dijo Mario. “Unos pocos días. ¿Puedes darme eso?” Aurelio lo miró con la cautela de quien ha aprendido a no fiarse de las promesas. “¿Para qué?”, preguntó. para hacer lo que debía haber hecho hace mucho tiempo. Lo que Mario Moreno hizo en los cinco días siguientes, no salió en ningún periódico, no apareció en ninguna columna de sociales, nadie filmó nada, nadie tomó fotografías.
Pero hay personas que estuvieron presentes en algunos de esos momentos. personas que hoy tendrían 80 o 90 años que guardaron el recuerdo de lo que vieron como si fuera un tesoro. Y lo que vieron fue esto. Cantinflas usando su nombre, su dinero y su influencia no para protegerse a sí mismo, sino para hacer justicia a alguien a quien el mundo había olvidado.
Al día siguiente de encontrar a Aurelio en la esquina de la Guerrero, Mario Moreno llegó a las oficinas de su abogado, el licenciado Roberto Cárdenas Ramírez, en el edificio de la calle de Gante, en el centro. Era temprano, antes de las 9 de la mañana y el licenciado Cárdenas no esperaba visita. Lo recibió en mangas de camisa con cara de sorpresa.
Mario puso el documento sobre el escritorio sin decir palabra. Esperó a que el licenciado lo leyera. Cárdenas leyó. Su cara no cambió de expresión, pero sus manos, que eran las manos de un hombre acostumbrado a mantener la calma, se tensaron ligeramente sobre el papel. ¿Dónde encontraste esto?, preguntó. Eso no importa”, dijo Mario.
“Lo que importa es que tú reconoces esa firma del pie.” Hubo un silencio muy largo. Mario, empezó Cárdenas. “No me expliques nada.” Lo interrumpió Mario. No quiero explicaciones. Quiero que hagas lo que debes hacer y lo quiero en tres días. Lo que Mario le pedía al licenciado Cárdenas no era venganza, no era una demanda, no era un escándalo, no era una guerra pública, era algo más sencillo y más poderoso, un reconocimiento, una corrección de lo que el tiempo y la codicia habían torcido.
Pero Cárdenas esa mañana le dijo algo a Mario que él no esperaba, algo que añadía una nueva dimensión a toda la historia, una dimensión que involucraba no solo el pasado de Aurelio, sino el futuro de los dos hijos de Aurelio, que para ese año de 1957 eran ya adultos jóvenes que vivían en la misma vecindad de la Guerrero, con sus propias familias, que trabajaban en oficios humildes y que cargaban sin saberlo con el peso de una historia que no era suya, pero que los había determinado desde antes de nacer.
El hijo mayor, dijo Cárdenas en voz baja, trabaja en una imprenta de la colonia Doctores. El menor vende comida en el mercado de Jamaica. Ninguno de los dos sabe quién fue su padre en realidad. Aurelio nunca les contó. Mario cerró los ojos un segundo. ¿Cómo sabes tú todo eso? Preguntó. Porque Villalobos me contrató hace años para vigilar a Aurelio, para asegurarse de que nunca hablara.
La revelación cayó en el cuarto como una piedra en el agua. Mario miró a Cárdenas con una expresión que el licenciado no olvidaría nunca. No era furia, era algo peor, era decepción. La decepción de un hombre que descubre que incluso en su círculo más cercano, incluso entre los que creía sus aliados, había sombras que no había sabido ver. Entonces, tú sabías, dijo Mario.
Yo hacía mi trabajo, respondió Cárdenas. Tu trabajo repitió Mario. Y en su voz había algo que en el cine se habría llamado el silencio antes de la tormenta. Muy bien, ahora vas a hacer otro trabajo y este no te lo voy a pagar yo, te lo vas a pagar tú solo, con lo que te queda de conciencia.
En los días siguientes, Mario Moreno actuó con una precisión y una discreción que sorprendería a cualquiera que lo conociera solo como el payaso del pueblo, como el peladito que tropezaba con las palabras. Porque Mario Moreno no era solo Cantinflas. Debajo del personaje, debajo del pantalón caído y el sombrero ladeado, había un hombre que sabía perfectamente cómo funcionaba el mundo real.
Un hombre que había construido un emporio empresarial, que era socio de productoras, que tenía intereses en la distribución cinematográfica, que conocía a gobernadores y ministros por su nombre de pila. Mario usó todo eso. Lo usó sin estridencia, sin declaraciones públicas, sin el circo mediático que en otras circunstancias habría rodeado cualquier conflicto que involucrara su nombre.
Lo primero que hizo fue mandar llamar a Ernesto Villalobos Garza. Villalobos llegó a la oficina de Mario en los estudios de la Churubusco con esa sonrisa que no era una sonrisa y con el traje de los grandes negocios. pensó que Mario quería pedirle algo. Los poderosos siempre piensan eso cuando los llaman. Mario lo dejó sentarse, lo dejó acomodarse, le ofreció café que Villalobos aceptó con la satisfacción de quien cree que está siendo agasajado.
Y luego, sin preámbulo, sin retórica, Mario puso sobre la mesa el documento. Villalobos lo miró, reconoció lo que era y su cara, por primera vez en muchos años perdió esa expresión de seguridad permanente que los hombres de su tipo construyen como un escudo. Esto es empezó. Es suficiente, dijo Mario.
Es suficiente para muchas cosas. Para una demanda civil, para una nota en Excelor, para una conversación con el director de LDA, para muchas cosas que a ninguno de los dos nos convienen, a ti menos que a mí. Villalobos se quedó callado. En ese silencio, Mario pudo ver algo que casi nunca había visto en ese tipo de hombres. Miedo auténtico.
¿Qué quieres?, preguntó Villalobos finalmente. Tres cosas, dijo Mario. Primera, una cantidad de dinero que tú y yo vamos a acordar esta misma tarde que va a ir a nombre de Aurelio Jiménez Villanueva en una cuenta que el licenciado Cárdenas va a abrir esta semana. Segunda, una carta firmada por ti ante notario, reconociendo los servicios creativos de Aurelio en las producciones de 1928 a 1930.
Carta que va a quedar guardada en poder de un notario sin publicarse a menos que algo le pase a Aurelio o a sus hijos. Tercera, Mario se detuvo un momento. Tercera, me vas a mirar a los ojos y me vas a decir que entiendes lo que le hiciste a ese hombre. Villalobos no quería mirar a Mario a los ojos, pero lo hizo y lo que dijo a continuación fue tan breve y tan desprovisto de dignidad que Mario no lo repetiría nunca a nadie.
Lo que sí se sabe es que Villalobos Garza firmó todo lo que Mario le pidió, que la cuenta a nombre de Aurelio fue abierta esa misma semana, que el dinero que entró en ella era suficiente para que Aurelio y sus hijos pudieran vivir con dignidad durante varios años y que Villalobos en los meses siguientes desapareció gradualmente del mundo del espectáculo mexicano, sin escándalo, sin explicaciones públicas, como desaparecen los hombres que saben que han perdido.
Pero la historia no termina ahí. La historia nunca termina donde uno espera. Cco días después de la conversación con Villalobos, Mario Moreno fue a buscar a Aurelio a la vecindad de la calle Moctezuma. Llegó solo, a pie, sin chóer, sin el Gabán de Casimir. Llegó como llegaban los hombres del barrio, con las manos en los bolsillos y la cara descubierta.
La vecindad era de esas que uno conoce sin haber estado nunca. El portón de madera con la pintura descascarada. El pasillo estrecho que huele a humedad y a cilantro. El patio donde los niños juegan entre las macetas y los tendederos. Las puertas pintadas de colores diferentes como una bandera de la pobreza que se niega a ser solo gris.
Aurelio estaba en su cuarto en el segundo piso, remendando una camisa bajo la luz de una sola bombilla. Cuando vio a Mario en la puerta, se levantó despacio con la cautela de quien no termina de creer lo que está viendo. ¿Qué hiciste?, preguntó Aurelio, porque en la mirada de Mario había algo que era diferente a la última vez que lo había visto.
Lo que correspondía respondió Mario. Nada más le explicó lo del dinero, lo de la cuenta, lo de la carta del notario. Aurelio lo escuchó sin interrumpirlo, sentado en el borde de la cama, con las manos sobre las rodillas. Cuando Mario terminó de hablar, Aurelio guardó silencio durante un tiempo que Mario respetó sin interrumpir.
No era necesario, dijo Aurelio finalmente. Claro que era necesario, respondió Mario. Era necesario desde hace 27 años. Aurelio levantó la vista y en sus ojos, esos ojos que la última vez que Mario los había visto de cerca estaban llenos de vergüenza, ahora había algo diferente, algo que Mario reconoció porque lo había visto antes, muchos años atrás, en una noche de 1930, frente al telón del teatro Folis Berger Esperanza.
“Hay algo más”, dijo Mario. “Tus hijos, el de la imprenta y el del mercado. Quiero conocerlos.” Aurelio frunció el ceño. ¿Para qué? Para decirles quién fue su padre, lo que hizo, lo que valía, porque eso también es tuyo, Aurelio. No solo el dinero, también la historia, también la verdad. Hay momentos en la vida que no se anuncian.
No llegan con música de fondo ni con los colores saturados del cine de aquellos años. llegan en los lugares más ordinarios con la ropa de todos los días en vecindades de la Guerrero un martes de octubre. Ese fue uno de esos momentos. Los dos hijos de Aurelio, Manuel y Roberto Jiménez Méndez, llegaron esa tarde a la vecindad cuando su padre los llamó.
Tenían entonces 21 y 19 años respectivamente y la misma cara morena de su madre veracruzana. Llegaron con las manos sucias del trabajo, con la desconfianza natural de los jóvenes que han aprendido pronto que el mundo no regala nada. Cuando vieron a Mario Moreno sentado en el cuarto de su padre, los dos se quedaron paralizados. “Siéntense”, dijo Aurelio.
“El señor Mario tiene algo que contarles y yo también.” Lo que ocurrió en ese cuarto durante la hora siguiente fue algo que ni Manuel ni Roberto Jiménez Méndez contarían públicamente hasta muchos años después, cuando los dos ya eran hombres mayores y sus hijos les preguntaban por qué en su casa había una fotografía enmarcada de Cantinflas junto a una carta notariada que nadie tenía permiso de tocar.
Lo que sí sabemos, gracias al testimonio que Manuel Jiménez daría en una entrevista para una radio comunitaria de la Guerrero en 1989, es que esa tarde Mario Moreno les contó a los dos muchachos la historia de su padre. La historia verdadera, sin edulcorantes, sin la versión depurada que la pobreza y el orgullo habían impuesto sobre los años.
les habló del teatro Folis, de los ensayos de Nonoalco, de las noches en que Aurelio y Mario construían juntos los personajes que después se volverían historia del cine mexicano. Les habló de la traición de Villalobos, de la injusticia sistemática con la que el mundo del espectáculo de aquella época trataba a los hombres sin dinero ni apellido.
Y les dijo algo que Manuel Jiménez repitió de memoria en esa entrevista de 1989. Su papá es un hombre que sacrificó su oportunidad más grande por no traicionar a alguien que quería. Eso no lo hace un perdedor, eso lo hace exactamente el tipo de hombre que México necesita recordar.
En el México de 1957, en un país que todavía estaba aprendiendo a definir sus héroes, esas palabras tenían un peso específico. No era el peso de un discurso político, no era la retórica vacía de los que hablan de justicia social desde sus oficinas alfombradas. Era el peso de un hombre que había pagado su propia deuda con alguien que nadie más recordaba.
Con el dinero de la cuenta que Mario había gestionado, Aurelio alquiló un local pequeño en la calle de Magnolia, en la misma colonia Guerrero. Un local con una vitrina y un letrero pintado a mano que decía papelería y novedades Jiménez. No era un emporio, era una papelería como las que en esa época había en cada esquina del barrio, con cuadernos escribe apilados en pirámide, lápices de colores en cajas de madera, estampas de la Virgen de Guadalupe junto a los chocolates Carlos V y los chicles Adams de Menta. Pero era suya, era
completamente suya. Y eso para un hombre que había pasado décadas trabajando para otros en trabajos que no lo definían ni lo representaban, era una diferencia que no se puede medir en pesos. Sus hijos, Manuel y Roberto comenzaron a ayudarle los fines de semana, luego se involucraron más.
Manuel, que tenía un talento natural para los números, empezó a llevar las cuentas con una precisión que su padre no hubiera podido. Roberto, que había heredado la voz de su abuelo estivador y el don para contar historias de su padre, se convirtió en el que atendía a los clientes con esa calidez especial que hace que uno vuelva a comprar en el mismo lugar, aunque en la tienda de enfrente los lápices sean 5 centavos más baratos.
Aurelio, desde el mostrador de su papelería, miraba a sus hijos trabajar con una expresión que los que lo conocieron de esa época describían siempre de la misma manera, como un hombre que por fin había encontrado el lugar donde debía estar. Mario siguió visitándolo. No con frecuencia, Mario Moreno era un hombre de agenda apretada, de compromisos cinematográficos, de viajes a Europa y a Latinoamérica.
Pero cuando estaba en la ciudad y tenía una tarde libre, aparecía en la papelería Jiménez sin avisar. Se sentaba en el taburete que Aurelio guardaba detrás del mostrador exclusivamente para él. Y los dos viejos amigos bebían café y hablaban. Hablaban de Tepito, de las noches en el teatro Folis, de los artistas que habían conocido y que el tiempo había ido dispersando como semillas en el viento.
Hablaban de Dolores, la mujer de Aurelio, a quien Mario nunca había conocido, pero de quien había escuchado suficiente para saber que era exactamente el tipo de mujer que alguien como Aurelio merecía. Y a veces, cuando la tarde se ponía azul y los ruidos del barrio se suavizaban, simplemente callaban. Porque hay amistades que no necesitan palabras para existir, que sobreviven en el silencio mejor que en cualquier conversación.
Aurelio Jiménez Villanueva murió en diciembre de 1971 a los 61 años de una insuficiencia cardíaca que lo tomó por sorpresa mientras cerraba la papelería una noche de invierno. Sus hijos encontraron la llave en la puerta y a su padre sentado en el taburete de Mario, con los ojos cerrados y una expresión que Manuel describió después como la de alguien que se había quedado dormido en paz.
Mario Moreno llegó al velorio en la vecindad de Moctezuma a las 6 de la mañana del día siguiente. Llegó antes que cualquier otro, antes de que el barrio despertara, antes de que los periódicos de la mañana llegaran a los puestos. Llegó solo en silencio y se quedó junto al féretro de su amigo durante casi una hora sin decir nada. Cuando Manuel Jiménez le preguntó si quería decir algo durante el funeral, Mario negó con la cabeza.
Lo que tenía que decirle ya se lo dije”, respondió. Y él lo sabía. En el mundo del cine mexicano de aquella época, la historia de Aurelio Jiménez y Mario Moreno es una de esas historias que existen en los márgenes. No en los libros de historia del cine, no en las biografías autorizadas, no en los documentales que la televisora del estado produjo sobre Cantinflas con música de mariachi y fotografías en sepia.
Existe en otro lugar, en la memoria de los que lo vivieron, en las cartas que Manuel Jiménez guardó toda su vida, en el testimonio de una entrevista de radio que casi nadie escuchó. Pero hay algo en esa historia que trasciende los hechos. Hay algo en ella que habla de cosas más grandes que los nombres propios y las fechas concretas.
habla de la manera en que la industria del espectáculo en México y en el mundo siempre ha tenido una forma de apropiarse de los talentos que no tienen poder para protegerse, de la manera en que los hombres, sin apellido, sin dinero, sin conexiones, construyen cosas hermosas que otros se quedan. Pero también habla de otra cosa. Habla de lo que pasa cuando alguien que sí tiene poder decide usarlo de otra manera, no para acumular más, no para protegerse, sino para saldar una deuda que nadie más recordaba.
para devolver a alguien lo que era suyo, aunque esa devolución llegara con 30 años de retraso. Cantinflas fue muchas cosas para México. Fue el peladito que hacía reír. Fue el embajador sin cartera que abrió puertas en Hollywood que nadie más habría podido abrir. Fue el hombre que usó su fama para causas sociales, que financió hospitales en colonias pobres, que nunca olvidó de dónde venía, aunque el mundo se empeñara en alejarlo de esos orígenes.
Pero en esa tarde de octubre de 1957, en una esquina de la colonia Guerrero, Cantinflas fue algo más sencillo y más profundo que todo eso. Fue un hombre que vio a su amigo y no se fue de largo, que se arrodilló junto a una caja de periódicos atrasados, que escuchó una historia que le dolió, que guardó un documento en su bolsillo y decidió que el mundo tenía que ser un poco más justo, aunque fuera un poco, aunque fuera tarde.
La ciudad de México de 1957 era una ciudad que crecía con una voracidad que asustaba a los que la amaban. Las vecindades de Tepito y la Guerrero convivían ya con los primeros rascacielos del Paseo de la Reforma. El automóvil estaba desplazando al tranvía. La televisión empezaba a reemplazar a la radio como el centro de la vida familiar.
Y el cine mexicano, que había brillado con una intensidad extraordinaria durante los años 40 y principios de los 50, empezaba a sentir el peso de sus propias contradicciones. En ese México en transformación, la historia de Cantinflas y Aurelio es también una historia sobre lo que se pierde en los cambios, sobre las personas que el progreso deja atrás, sobre los talentos que nunca llegan a florecer porque las condiciones no lo permiten.
sobre la diferencia entre los que tienen suerte y los que no, que a menudo no es tanto diferencia de talento como diferencia de circunstancias. Aurelio Jiménez Villanueva no fue menos que Mario Moreno. Fue diferente. Fue el mismo talento en condiciones distintas. fue la misma semilla en tierra diferente. Y quizá eso es lo que hace que esta historia, casi 70 años después de ese octubre de la Guerrero, siga resonando, porque todos conocemos un Aurelio.
Todos hemos visto en algún momento de nuestra vida a alguien con un talento enorme que el mundo no supo ver, no quiso ver o activamente impidió que floreciera. Y todos en algún momento de nuestra vida nos hemos preguntado si hicimos lo suficiente por ese alguien. Mario Moreno Reyes, el hombre que inventó a Cantinflas.
Murió el 20 de abril de 1993 en la Ciudad de México. Tenía 81 años. El mundo entero lo lloró. Los periódicos pusieron su cara en primera plana. Los presidentes mandaron mensajes de condolencia. Los actores que lo habían conocido contaron anécdotas de su generosidad, de su humor, de su grandeza.
Entre las cosas que se encontraron en su escritorio, en su casa de bosques de las lomas, había una fotografía. Era una fotografía antigua, en blanco y negro, con los bordes amarillentos del tiempo. Mostraba a dos muchachos de unos 20 años de pie frente a lo que parecía ser el telón de un teatro. Sonreían como solo sonríen los que no tienen nada y tampoco necesitan nada.
Al reverso de la fotografía, con la letra inconfundible de Mario Moreno, había una sola línea. Aurelio y yo, Fis, 1930. el que me enseñó que el miedo es exactamente lo que te falta sentir para ser grande. Esa fotografía no está en ningún museo, no está en ninguna exposición, está en la casa de Roberto Jiménez Méndez, el hijo menor de Aurelio, que hoy tiene 87 años, y vive en la misma colonia Guerrero, donde su padre vendió periódicos aquella tarde de octubre de 1957.
Y cuando alguien le pregunta quién fue su padre, Roberto Jiménez, siempre responde lo mismo. Mi padre fue el hombre que le enseñó a Cantinflas a ser valiente. Y eso, aunque el mundo no lo sepa, no se borra, porque hay cosas que el tiempo y el olvido no pueden llevarse.
Hay cosas que quedan, como la lealtad de un muchacho pobre que eligió a su amigo sobre su oportunidad, como la deuda de un hombre famoso que finalmente encontró el valor de pagarla. Como el amor de un padre que nunca contó su historia, pero que la vivió con una dignidad que no necesitaba aplausos. México es un país que sabe de esas historias, un país que tiene una memoria profunda, hecha de capas, en la que conviven las grandes hazañas y los pequeños actos de bondad que nadie registra, pero que todos de alguna manera reconocen. Esta fue una de ellas.
Yeah.