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Camilo Sesto Escuchó Su Propia Voz en la Radio — Pero Él No Había Cantado Esa Canción

 Le decía que necesitaba saberlo, que no podía simplemente llamar a los abogados y resolver esto desde la distancia, que había algo en esa voz que merecía una conversación. Al día siguiente, Camilo fue a la emisora. Había pasado la noche pensando en lo que había escuchado, no en la imitación en sí, sino en la precisión de ella.

 Mir en cuánto tiempo había tenido que dedicarle a alguien para llegar a ese nivel de exactitud. Cuántas horas escuchando cuántas horas practicando cuánta dedicación silenciosa para reproducir algo que no se aprende en ningún conservatorio. No llamó antes, no mandó a nadie en su nombre. apareció en la recepción a las 10 de la mañana con el abrigo puesto y sin cita.

 La recepcionista tardó unos segundos en reaccionar, luego llamó al director de programación. El director bajó en 3 minutos. Señor sexo, es un honor. ¿En qué podemos? Ayer pusieron una canción, un cantante llamado Rafael Niño. Necesito saber quién es y dónde vive. El director palideció levemente. La situación era clara.

 Alguien había imitado la voz de Camilo VI y la emisora la había emitido. Las implicaciones legales eran evidentes. Buscaron en los archivos 10 minutos, Rafael Niño, sin discográfica, sin representante, un hombre de la calle que había traído una cinta de cassete y convencido me iba un técnico de que la emitieran.

 Chipingun dirección en el expediente. Calle del Olvido número 14, Vallecas. El director ofreció llamar a los abogados de la emisora, ofreció gestionar el asunto, ofreció una disculpa formal, un comunicado, lo que Camilo necesitara. El manager que había llegado corriendo cuando se enteró de que Camilo estaba allí decía lo mismo desde el lateral.

Camilo, esto es un asunto legal. Déjame a mí. Esto tiene consecuencias serias para ellos. Camilo cogió el papel con la dirección, se lo guardó en el bolsillo y no y salió. Camilo VI fue solo, sin abogados, sin manager, solo. Vallecas en 1976 era otro Madrid, no el Madrid de los hoteles y los estudios de grabación y los conciertos en salas grandes, el Madrid de los bloques de pisos construidos de prisa, de las calles sin asfaltar todavía, de los niños jugando en solares que esperaban convertirse en algo y que seguían siendo tierra. Camilo

llegó en taxi. El taxista le miró por el retrovisor cuando le dio la dirección. Tich no dijo nada, pero le miró. En el camino, Camilo observó como Madrid iba cambiando. Las calles anchas del centro dando paso vistome avenidas más estrechas, los escaparates brillantes volviéndose tiendas más modestas. Luego bloques, muchos bloques, todos iguales, como si alguien hubiera necesitado construir deprisa y sin preguntas.

 Bajó, miró el número 14, un bloque de cuatro plantas, fachada gris, ropa tendida en los balcones, un perro atado en el portal. Nadie le reconoció. O si alguien le reconoció, decidió que era imposible que Camilo VI estuviera caminando solo por esa calle. Subió al cuarto piso, llamó al timbre. La mujer que abrió la puerta tenía unos 40 años, el pelo recogido, un delantal, las manos de alguien que trabaja con ellas todos los días, ojos cansados que se abrieron de golpe cuando vio quién estaba en el rellano. No gritó, no habló, se quedó

inmóvil durante 3 segundos exactos. Camilo habló primero. Busco a Rafael niño y creo que vive aquí. La mujer abrió la puerta un poco más y Camilo entró. El pasillo era estrecho, olía guiso y a humedad. Había una foto en la pared enmarcada con cuidado de una familia en la playa. Tiempos mejores quizás, o simplemente otro tiempo.

 La mujer se detuvo frente a una puerta. Llamó con los nudillos suavemente. Rafael, hay alguien que quiere hablar contigo. Silencio al otro lado. Mium, Rafael. Ahora no, mamá. La mujer abrió la puerta igualmente. La habitación era pequeña, una cama pegada o la pared, una ventana que dabas a otro bloque, de manera que casi no entraba luz, una silla, unos libros apilados en el suelo y en la cama, incorporado a medias sobre una almohada, un chico de 14 años, delgado, demasiado delgado, con ese color de piel que tienen las personas

que llevan tiempo sin salir al sol. Chuming, con los ojos grandes de quien ha pasado muchas horas mirando el techo, pensando en cosas que no sabe cómo resolver. Cuando vio a Camilo en la puerta, el color que le quedaba en la cara desapareció del todo. Intentó levantarse, sus piernas no colaboraron bien.

 Se quedó a medias apoyado en el cabecero, mirando a Camilo con los ojos de alguien que está calculando si hay alguna posibilidad de que esto no sea lo que parece. No había ninguna posibilidad. Camilo entró en la habitación, cogió la silla, la acercó a la cama, se sentó a la altura del chico, sin ponerse de pie sobre él, sin usar la distancia como autoridad.

 ¿Eres tú? Rafael bajó la cabeza. Un gesto pequeño, pero suficiente. Camilo no se levantó, no llamó a ningún abogado, solo preguntó por qué. Rafael tardó en empezar. Miraba sus propias manos. Las sábanas, la pared, cualquier cosa menos a Camilo. Yo, ¿cómo hacen las personas cuando tienen que contar algo que han guardado durante mucho tiempo y no saben exactamente por dónde empezar? Cuando empezó, habló despacio.

 Tenía 7 años la primera vez que escuchó a Camilo en la radio. No recordaba qué canción era. Recordaba la voz, cómo llenaba la cocina de su casa, cómo su madre dejaba lo que estaba haciendo y escuchaba. Y como él, sentado en el suelo, pensó que quería poder hacer eso, hacer que la gente dejara lo que estaba haciendo.

 Empezó Huga a imitar la voz, primero jugando, Lumelu, luego con más seriedad. Practicaba en el baño porque ahí el sonido rebotaba diferente. Practicaba cuando su madre estaba en el trabajo y él estaba solo. Tenía 11 años cuando la enfermedad llegó, los riñones. Al principio parecía manejable, luego fue empeorando.

 El médico hablaba de tratamientos que costaban dinero. Dinero que la madre, que trabajaba limpiando casas, no tenía y no sabía cómo conseguir. Rafael empezó a macantar en bodas, en bares del barrio, en cualquier lugar. que le diera algo a cambio, pero nadie le contrataba fácilmente. Era un niño desconocido, sin nombre ni credenciales.

 Entonces descubrió que si cantaba como Camilo Vio, la gente escuchaba. Si decía que interpretaba canciones de Camilo Sexo, le daban trabajo, no mucho, pero algo. Hubo noches en que cantó en bodas donde nadie le escuchaba, noches en que la gente hablaba por encima de su voz y él seguía cantando de todas formas porque le habían prometido mil pesetas al final y su madre necesitaba ese dinero para la semana.

 Hubo noches mejores, noches en que alguien del fondo se callaba para escuchar, noches en que una mujer mayor se le acercaba después y le decía con los ojos húmedos que era igualito a Camilo, igualito. Y Rafael sonreía y agradecía y guardaba el dinero. Y en el camino a casa intentaba no pensar demasiado en lo que eso significaba.

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