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Ayudó a una persona perdida… años después, esa historia volvió a salir a la luz

 Emiliano había nacido en un rancho chiquito del estado,  uno de esos lugares donde las casas se cuentan con los dedos de una mano  y el cura pasa cada dos meses si el camino lo permite. Su padre le enseñó a trabajar la tierra desde los 8 años, no por explotarlo, sino porque así era la vida y no había otra manera. A los 13  ya sabía arar, sembrar, cosechar, curar a una vaca enferma, sacrificar un marrano sin que se sufriera de más.

 A los 17 se casó con Petra, una muchacha de trenzas largas y mirada serena,  que vivía en el rancho de junto y que desde niña le había robado la cabeza sin saberlo. Tuvieron cuatro hijos. Los criaron con frijoles calientes en la mesa todos los días, con zapatos remendados pero limpios, con la doctrina sencilla que les enseñaron los abuelos.

 No robar, no mentir, ayudar al que necesite sin medir  si conviene. Esa era la ley de la casa. Y Petra se encargaba de que ninguno la olvidara, ni siquiera Emiliano cuando se ponía cansado  y quería dormirse sin rezar. Emiliano tenía 52 años aquella tarde de noviembre. Venía de la milpa con el morral al hombro, con ganas no más de llegar a su casa, sentarse un rato y cenar algo caliente.

 La lluvia había apretado desde el mediodía  y el camino de terracería estaba hecho un lodazal que se le pegaba a las suelas como masa. Fue entonces cuando la vio, una mujer mayor, tal vez de 70 años, parada al lado del camino,  mojada hasta los huesos, con un reboso que ya no servía de nada, y una mirada perdida que no reconocía ni lo que tenía enfrente.

 “Señora, ¿qué hace aquí parada sola?” Ella movió los labios, pero no salió palabra. Don Emiliano vio que temblaba entera, que los labios los tenía morados, que si la dejaba ahí no amanecía viva. No lo pensó.  Se quitó su chamarra vieja, la envolvió con ella, le pasó el brazo por los hombros para sostenerla. Vámonos, señora.

 Aquí cerquita tengo  mi casa. Allá platicamos despacio cuando entre en calor. Petra lo vio llegar desde la cocina. Vio a su marido cargando casi en vilo a una desconocida.  y no preguntó nada. Ya conocía a Emiliano. Puso agua a calentar, sacó una cobija seca del baúl, preparó un atole espeso con canela. Entre los dos le quitaron la ropa mojada, la envolvieron en cobijas, la sentaron cerca del fogón.

Poco a poco la señora fue volviendo en sí, pero no del todo. Sabía que se llamaba Altagracia. No sabía de dónde venía,  ni cómo había llegado hasta ahí, ni quién la andaba buscando. Se quedó tres días en la casa. Tres días en que Petra  le dio de comer cucharada por cucharada. Le peinó el cabello largo y blanco, con la  misma paciencia con que peinaba a sus nietas.

 Le habló con esa voz suave que usaba para los hijos cuando estaban enfermos. Don Emiliano, mientras  tanto, recorrió los pueblos de alrededor en el burro del compadre, preguntando si alguien conocía a una señora llamada Alta Gracia, si alguien había  reportado una desaparición, si alguien buscaba a una madre o a una abuela.

 Al tercer día llegaron un carro del que se bajó una mujer joven llorando y un hombre que parecía no haber dormido en días. “Mamá!”, gritó la mujer en cuanto vio a Alta Gracia sentada en el patio tomando el sol del mediodía. Se abrazaron largo rato sin hablar, nada más llorando.  “Mi mamá tiene la enfermedad esa de los olvidos”, explicó la hija después limpiándose la cara.

 Se nos salió de la casa cuando  nadie se dio cuenta. Llevamos 5co días buscándola por todos lados. Ya pensábamos lo peor. La mujer sacó la cartera y quiso darle dinero a don Emiliano. Bastante dinero para los tiempos aquellos. Él levantó las manos como quien espanta un mal pensamiento. No, señora, eso  no.

 Yo lo que hice lo hubiera hecho cualquiera. Su mamá necesitaba ayuda y aquí estábamos nosotros. No le debe nada a nadie. La hija  insistió tres veces. Emiliano se mantuvo firme las. Petra lo miraba desde el umbral de la cocina y en sus ojos había ese brillo silencioso de  quien sabe que se casó con el hombre correcto.

 Se despidieron con abrazos y con la promesa de regresar a visitarlos pronto. Prometieron  y no volvieron. La vida los jaló para otro lado y don Emiliano jamás supo más de ellos. Tampoco los esperó. No había  hecho aquello para que le pagaran. Lo había hecho porque había que hacerlo y con eso le bastaba para dormir tranquilo.

 Pasaron los años como pasan en los ranchos, parecidos entre sí, marcados por las cosechas  buenas y las malas, por los nacimientos y los entierros, por las fiestas patronales que siempre caían en la misma fecha. Los hijos se fueron, uno a la capital, otro al norte cruzando lo que había que cruzar,  una a casarse al pueblo vecino, el más chico a probar suerte a una ciudad cuyo nombre don Emiliano tardaba en pronunciar.

 Se quedaron él y Petra solos en la casita, más viejos, más callados,  más apegados el uno al otro, como se apegan los árboles que llevan décadas  creciendo juntos sobre la misma tierra. Y entonces vinieron los años malos,  que siempre vienen aunque uno crea que ya le tocó su parte. Primero fue  la sequía, dos temporadas seguidas en que la milpa no dio ni para el consumo de la casa.

 Después vino la enfermedad de Petra. Los riñones, dijo el doctor  del pueblo con cara seria y con eso bastó para que empezara la cuesta arriba de consultas en la ciudad, de medicinas  caras, de análisis que había que hacer cada mes sin falta. Don Emiliano vendió primero el becerro, después la vaca, después las dos gallinas que les quedaban.

 empeñó el anillo de boda de Petra, que ella le dio con una sonrisa triste, diciéndole que el anillo  no era el matrimonio, que el matrimonio era él. Llegó el momento en que no había ya que vender y ahí fue cuando apareció don Refugio Benítez. Don Refugio  era sobrino lejano de un compadre, un hombre de unos 45 años que había estudiado leyes en la capital, que se había vuelto prestamista  en el pueblo, que llegaba en camioneta nueva y hablaba con la seguridad  de quién sabe que tiene el dinero y el tiempo a su favor.

Le habían platicado de la situación de don Emiliano  y se presentó en la casa un martes en la tarde con traje, aunque hiciera calor, con papeles metidos en un portafolio de cuero café. Don Emiliano supe lo de su señora. Lo lamento  mucho. Vengo a ofrecerle una solución. Yo le presto lo que necesita para los tratamientos.

Usted me firma la escritura de su terrenito como garantía. Mientras pague,  aquí no pasa nada. Cuando termine de pagar, yo mismo le regreso su escritura. Así de sencillo, don Emiliano. El viejo lo miró. Miró los papeles, miró hacia dentro de la casa donde Petra dormía, porque los riñones ya casi no le dejaban estar despierta más de 3 horas seguidas.

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