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Asi VIVE MARIA VICTORIA a sus 103 AÑOS – Su LUJOSA VIDA y Fortuna

 El papá le hacía a todo mantener a sus seis hijos. La mamá llevaba la casa con mano dura, pero siempre apoyando el talento de sus críos. Cuando María  Victoria nació, varios de sus hermanos mayores ya andaban metidos en la farándula local. Se presentaban en carpas, teatritos y fiestas de pueblo  buscando donde fuera un escenario para ganarse unos centavos.

 En su casa se respiraban canciones, ensayos,  trajes hechos al momento y pláticas sobre las presentaciones y la gente.  En el México de los años 20 y 30, las carpas eran teatros ambulantes muy famosos. eran de lona y se ponían en lotes valdíos o plazas ofreciendo shows de todo, comedia, maromas, música y sketches.

 Era la diversión de la gente del pueblo, los que no tenían para pagar un teatro de verdad. El boleto valía unos centavos. El público era gritón, entrón y muy exigente. Desde muy chiquita, María Victoria demostró un don que de inmediato sorprendió a su familia de artistas. A los 4 años ya te cantaba canciones enteras con una vocecita clara que dejaba a todos con el ojo cuadrado.

A los cinco se movía con un ángel que no se aprende, de ese con el que se nace. Tenía un encanto natural en el escenario, un carisma que atrapaba miradas, aún siendo una esquincla. El México de los 20es y 30sas vivía un momento cultural especial tras la revolución. La nación buscaba su identidad en el arte, la música y un cine que presumía lo nuestro.

 El radio empezaba a llegar con música y programas a todas las casas. El cine mudo le abría paso al sonoro. El teatro de revista y las carpas eran la diversión para el pueblo. Para una niña tapatía de familia humilde y artista, lo lógico era empezar en las carpas de por ahí para agarrar tablas y ganar unos pesos.

 No había escuelas de actuación para todos. Se aprendía sobre la marcha, viendo y regándola frente a un público que no perdonaba ni una. A los 9 años, en 1932, María Victoria debutó en una carpa tapatía. Era una niña flaquita, linda y con una pila que contagiaba en el escenario. Cantaba las canciones de moda, bailaba con sus hermanos y salía en sketches de comedia muy simples.

 Le pagaban centavos por función y le daban propinas si a la gente le gustaba. Era una vida pesada para una niña de 9 años. Los ensayos eran larguísimos  después de la primaria. Las funciones acababan tardísimo cuando ya debería estar en la cama. Viajaban todo el tiempo, pues la carpa se movía a los pueblos de cerca buscando nueva gente.

Dormía donde cayera, comía lo que hubiera y cambió su niñez por el sueño de ser artista. Pero María Victoria adoraba el escenario con toda su alma. Le encantaban los aplausos, las carcajadas de la gente, sentirse admirada y quería algo mucho más grande que las carpas zapatías. Soñaba con la Ciudad de México, la capital donde se forjaban las verdaderas estrellas.

 En los años 30,  María Victoria no paró de trabajar en las carpas del occidente del país. Guadalajara, Tepic, Colima y los Ranchos de Jalisco y Nayarit. Agarró muchísima experiencia aprendiendo a medir al público y a sacar el show adelante si algo fallaba. Fue desarrollando ese colmillo de showman, que luego sería clave.

 También fue creando un estilo propio que la hacía diferente a las demás bedets. Se movía  muy sensual, pero con un toque chusco que te ganaba. Una voz quedita, pausada, pícara, pero nunca vulgar. Era una combinación única de sensualidad y ángel que le llegaba por igual a hombres y a mujeres. En 1940, a sus 17 años, María Victoria tomó la decisión que le cambió la vida por completo.

 Irse a la Ciudad de México a conquistar la capital era un volado. La capital era muy competida y dura con la gente de provincia que no tenía palancas, pero ella le tenía fe a su talento y a las tablas que ya traía. Para 1940, la Ciudad de México era un monstruo que crecía con casi 2 millones de personas. Era el corazón político, económico y cultural de la nación.

 Aquí estaban los estudios de cine, las grandes radiodifusoras, los mejores teatros y los cabarets de moda. Y también cientos de artistas peleando por una oportunidad. María Victoria llegó casi sin un peso, sin palancas,  no más con su maleta y la experiencia de las carpas. Empezó otra vez desde cero con puros rechazos en las audiciones.

 Hacía papelitos en teatros de poca monta. Se las arreglaba con casi nada, esperando su gran oportunidad. En el México de los 40 arrancaba lo que más tarde se conoció como la época de oro del cine nacional. Cintas como Allá en el Rancho Grande de 1936 ya habían probado que nuestro cine tenía con qué competir fuera.

 Estudios como Cla Azteca  y Churubusco no paraban de filmar películas. Figuras como Jorge Negrete, Pedro Infante, María  Félix y Dolores del Río eran quienes llenaban las salas de cine. Pero para una vedet de carpa, joven y sin un apellido de renombre, llegar al cine era prácticamente un sueño guajiro.

 María Victoria le taloneó por años en teatros de revista, cabarets sencillos y donde hubiera trabajo. Pulía sus actos musicales, les metía comedia y se fue haciendo de un nombre entre la gente del medio. En los 50 por película cobraba de 10,000 a 25000 pesos según el papel. Filmaba de tres a cinco cintas por año.

Solo del cine sus ganancias andaban entre 30,000 y 125,000 pes, que serían como 500,000 a 2 millones de hoy. Era un buen nivel de vida, de clase media alta, pero el cine no era su única fuente de ingresos. También le entró a los discos de boleros y música romántica que le gustaban mucho a la gente.

 Grabó más de 100 álbumes en su carrera. Los discos no daban grandes regalías, pues los contratos de entonces beneficiaban a las disqueras, pero le dejaban unos 5,000 a 15,000 pesos extra al año. Los shows en vivo eran su negocio más fuerte. Hacía giras por todo el país en teatros, palenques y centros nocturnos.

 En los 50 por show cobraba de 1000 a 3,000 pes, que hoy serían de 16,000 a 48,000 pes. Daba entre 50 y 100 shows al año, lo que le dejaba de 50,000 a 300,000 pes igual a unos 800,000 a 5 millones de hoy. También le hizo a la radio, que era el medio principal antes de la tele, en variedades y radiionovelas. La radio pagaba poco, de 200 a 500 pesos por programa, pero gracias a eso la conocía muchísima gente.

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