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¿Accidente O Secreto? Pedro Infante Antes Del Avión

 Lo ajustó en su muñeca, sintiendo el metal frío contra la piel. llevaba ese brazalete todos los días desde que ella se lo dio.  Para Pedro, con amor, decía la inscripción, nunca se lo quitaba, ni para bañarse ni para dormir. Era su talismán, su recordatorio constante  de que alguien lo amaba no por ser Pedro Infante, el ídolo, sino por ser simplemente Pedro, el hombre.

 Bajó al lobby del hotel, el recepcionista dormitaba detrás del mostrador. Pedro salió a la calle. El aire de Mérida era húmedo y denso. Olía a flores nocturnas que se negaban a cerrar, a humedad de tierra recién regada, a café que alguien preparaba en alguna casa cercana. Caminó sin rumbo. Las calles estaban casi vacías.

 Solo algunos trabajadores madrugadores, un hombre empujando carrito de tamales, una mujer barriendo la entrada de su tienda. Nadie lo  reconoció. Oeste sí lo hicieron. Tuvieron la cortesía de dejarlo en paz. Era uno de esos raros momentos de invisibilidad  que tanto valoraba. Llegó una iglesia pequeña, la puerta estaba abierta.

Entró, el interior olía incienso viejo y velas de cera. Las bancas de madera crujieron cuando se sentó. Tenía boca seca, sabor amargo como café sin azúcar, como miedo que se siente en la lengua. No era hombre especialmente religioso. Creía en Dios a su manera. Pero su madre le había enseñado que en momentos de inquietud la iglesia ofrecía silencio, y el silencio a veces era lo único que necesitaba el alma.

 Se arrodilló, cerró los ojos, no rezó exactamente, solo habló en su mente con quien fuera que escuchara. Si algo me pasa hoy, quiero que sepan que no tengo arrepentimientos. Viví como quise vivir. Amé a quien quise amar. Canté las canciones que sentía en el corazón. Si eso fue suficiente o no, ya no importa. Fue mío. Fue real.

 Abrió los ojos. La luz de las velas bailaba creando sombras en las paredes. Por un momento le pareció ver rostros en esas sombras. Su madre, que había muerto hace años, su hermano, amigos que se habían ido antes que él, todos mirándolo con esa expresión que significaba. Ya es hora. Sacudió la cabeza.

 Estaba siendo ridículo,  dramático. Probablemente solo estaba cansado. La filmación había sido agotadora. Tres semanas en Mérida, días largos bajo el sol, escenas difíciles. Tizó que  era película importante, la sentía importante, quizás su mejor trabajo hasta ahora y estaba casi terminada. Solo faltaban algunas tomas.

Podría regresar la semana siguiente y terminarla. Todo estaría bien. Regresó al hotel cuando el cielo comenzaba a aclararse. Tonos rosados y naranjas pintaban nubes. Pájaros cantaban en árboles. Mérida despertaba lentamente con pereza tropical que solo conocen ciudades del sur. Irma ya estaba despierta cuando entró, sentada en la cama con el cabello recogido en moño suelto.

 Llevaba camisón blanco de algodón, pies descalzos colgando del borde de la cama. lo miró entrar con esos ojos que siempre parecían ver más de lo que él quería mostrar. Ojos que conocían cada secreto, cada miedo, cada mentira piadosa que intentaba contarle. ¿Dónde estabas? La voz era suave, pero había acero debajo. Caminando, necesitaba aire.

 ¿Te preocupaste, Pedro? Su nombre salió como suspiro, como súplica un poco, admitió finalmente, sonríó, pero era sonrisa que no llegaba a los ojos, sonrisa que temblaba en las esquinas, que amenazaba con convertirse en algo más, en lágrimas, quizás, en grito, tal vez. Ven aquí, le extendió la mano.

 Mano pequeña con dedos delgados, uña sin pintar, mano que había sostenido la suya por 39 años. Pedro se sentó a su lado en la cama. El colchón se hundió bajo su peso, resortes protestando. Ella  tomó su rostro entre las manos, palmas suaves contra sus mejillas ásperas. Lo estudió como si estuviera memorizando cada línea, cada imperfección, cada marca que los años habían dejado, la cicatriz en su barbilla de accidente de motocicleta,  las arrugas alrededor de sus ojos de tanto sonreír, la pequeña mancha de nacimiento cerca de su oreja que solo

ella conocía. ¿Qué pasa, Pedro? Puedo sentir que algo está mal. Su voz se quebró en la última palabra. No es nada, solo cansancio. No me mientas. 39 años juntos. Sé cuando algo te perturba. Pedro exhaló lento. Tomó las manos de ella entre las suyas. Tengo este sentimiento desde ayer como si se detuvo como si que como si debiera quedarme.

Cancelar el vuelo. Tomar un autobús mañana o este la próxima semana o este nunca. Irma palideció ligeramente. Entonces, quédate. Llama al piloto. Dile que irás después. No puedo.  Tengo compromisos en la Ciudad de México. Reuniones, grabaciones. La gente depende de mí. Al con la gente. Yo te necesito aquí vivo. Seguro.

 La palabra vivo flotó entre ellos, pesada como piedra. Pedro la abrazó fuerte, tan fuerte que podía sentir su corazón latiendo contra su pecho. Estoy siendo tonto. Es solo un vuelo. He volado cientos de veces. Este no es diferente, pero lo era. Ambos lo sabían. Podían sentirlo en el aire en la forma en que sus cuerpos se aferraban, en el silencio que decía más que 1000 palabras.

 Se quedaron así hasta que fue tiempo de irse. Pedro empacó su maleta, pocas cosas, ropa, el cuaderno donde escribía ideas para canciones, una fotografía de Irma que siempre llevaba. La puso en el bolsillo de su chaqueta cerca del corazón. Bajaron juntos. El taxi esperaba fuera. El conductor cargó la maleta en la cajuela.

 Pedro se volvió hacia Irma. Ella tenía lágrimas en los ojos, pero se negaba a dejarlas caer. “Te amo”, le dijo él. más de lo que las palabras pueden expresar, más de lo que cualquier canción podría capturar. “Eres lo mejor que me ha pasado en esta vida. Lo sabes, ¿verdad? Lo sé”, susurró ella. “Y tú lo sabes también, ¿verdad? Que eres mi todo, mi razón, mi hogar.

 Lo sé, se besaron. No fue beso apasionado de películas, fue beso desesperado de despedida de dos personas que saben que algo está terminando, pero se niegan a admitirlo en voz alta. Cuando se separaron, Pedro vio que las lágrimas finalmente habían comenzado a caer por las mejillas de Irma. Las limpió con los pulgares. No llores, amor.

 Estaré de regreso antes de que me extrañes, mentiroso. Sonríó a través de las lágrimas. Ya te extraño y aún estás aquí. Entonces te llamaré apenas llegue. Te lo prometo. Cuídate, Pedro. Por favor, cuídate. Siempre lo hago. Subió al taxi. Mientras se alejaban, se volvió para mirarla. Ella seguía parada en la entrada del hotel, una mano levantada en despedida, una figura cada vez más pequeña en la distancia y entonces dobló la esquina y desapareció.

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