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Abandonaron a la viuda embarazada, pero el anciano que se detuvo en el camino guardaba un secreto.

 Su hermano mayor, don Aurelio, llegó a la casa con un escribano y con la madre de Martín, doña Carmen, que traía ese rostro de quien ya había decidido todo antes de entrar. Le pusieron documentos sobre la mesa. La casa era de los 100 fuegos. El negocio de pieles era de los 100 fuegos.

 El caballo, los aperos, las herramientas, todo era de los 100 fuegos. Consuelo no era más que una mujer de pueblo chico que Martín había traído sin pedir permiso y ahora Martín no estaba. Firmó porque no tenía fuerzas para pelear, no tenía dinero para un abogado, no tenía a nadie. Lo que más le dolió no fue la firma, fue lo que dijo doña Carmen antes de irse, volteando apenas la cabeza.

 Una mujer sana, no enviuda en 10 días. Vete lejos, aquí ya no tienes nada. Y eso fue suficiente para que el pueblo entero le cerrara las puertas. Las vecinas, que antes la saludaban cruzaban la calle cuando la veían. El cura le dijo con su mejor cara de compasión que quizás sería mejor que buscara acomodo en otro lugar.

 La señora de la tienda no le quiso fiar ni medio real de maíz. Consuelo empacó lo que le quedaba en la maleta de Martín, ropa, la fotografía de su boda, una cobija de lana y en el fondo de una caja vieja que había sido de Martín encontró algo que no sabía que existía. un sobre grueso, amarillento, con su nombre escrito en la cubierta con la letra de su esposo.

Adentro había una llave de hierro oxidada, unos documentos doblados y un papel pequeño que decía: “Rancho el Amparo, cerca de Tenejapa, Chiapas. Si algún día todo falla, ve ahí. Es tuyo. Te amo, Martín.” Consuelo leyó el papel tres veces. Martín nunca le había hablado de tierras en Chiapas. Nunca había mencionado nada sobre un rancho, pero no tenía a dónde más ir.

 Pagó un lugar en una carreta que partía al sur, y cuando esa carreta la dejó a mitad del camino, porque el arriero dijo que hasta ahí llegaba su ruta, Consuelo se quedó sentada sobre su maleta, mirando el horizonte sin saber qué hacer. Llevaba quizás una hora sola cuando escuchó el sonido.

 Primero las pezuñas sobre la tierra seca, luego el crujir suave de algo cargado moviéndose despacio. Y luego la voz vieja y tranquila. Arre, lucera, arre. La mula apareció primero, vaya y de orejas largas, cargada con dos sacos y una red de aparejos. Detrás venía el hombre anciano con sombrero de palma viejo, camisa de manta blanca y pantalón oscuro.

 Caminaba despacio, pero firme, con la guía de la mula en la mano y un bastón corto en la otra. Se detuvo cuando la vio. La miró a ella, a la maleta, al vientre. Luego miró el camino en ambas direcciones, como verificando que no hubiera nadie más. ¿Se le ofrece algo, señora? Consuelo abrió la boca para decir que no, que estaba bien, pero no pudo porque no estaba bien y hacía dos horas que no tomaba agua y el sol le estaba quemando la nuca.

 Voy a Tenejapa dijo, a un rancho que se llama El amparo. ¿Sabe usted por dónde queda? El anciano la miró un momento con esos ojos pequeños y oscuros que no juzgaban ni se apresuraban. Sé dónde queda, dijo, “Voy para ese lado.” Se llamaba don Castulo Venegas y llevaba más de 30 años haciendo el mismo recorrido entre los pueblos de las montañas de Chiapas, cargando maíz, trayendo sal, llevando lo que la gente necesitaba de un lado al otro.

 Conocía cada piedra del camino. No preguntó por qué Consuelo estaba sola. No preguntó por el vientre, ni por el marido, ni por a dónde venía. acomodó los sacos de la mula para hacerle un lugar, ató la maleta con una cuerda y arrancó a caminar sin más. Consuelo iba sentada de costado sobre los sacos, con una mano en el vientre y los ojos en el paisaje que cambiaba de espacio.

 El calor seco fue cediendo mientras el camino subía. Aparecieron los pinos, luego la neblina en las laderas, luego el frío suave de las montañas que olía a tierra húmeda y a algo verde que Consuelo no supo nombrar, pero que se le metió adentro como alivio. Al caer la tarde, don Cástulo se detuvo en un rancho pequeño donde una mujer mayor les dio a tole y tamales sin preguntar nada.

 Consuelo comió en silencio con las dos manos, sin acordarse de dar gracias hasta el final. Esa noche durmió en un petate extendido en el corredor con la cobija de lana de Martín y la maleta como almohada. Fue el sueño más profundo que había tenido en seis semanas. Al día siguiente siguieron caminando. Don Cástulo era hombre de pocas palabras.

 caminaba junto a la mula mirando el camino y de vez en cuando señalaba algo sin explicarlo demasiado. A media mañana, sin que viniera a cuento de nada, preguntó, “¿Y en el amparo, ¿qué va a buscar?” Consuelo sacó el papel de Martín del bolsillo y se lo tendió. El anciano lo leyó despacio, lo dobló y se lo devolvió.

 ¿Tiene la llave? Sí. Don Castulo, asintió y no dijo más por un rato. Luego habló. Conozco ese rancho. Lo compró un forastero hace unos años. Venía de vez en cuando, trabajaba la tierra y luego desaparecía por meses. La gente de por aquí decía que estaba construyendo algo, pero nadie sabía bien qué.

 Consuelo sintió que algo se le apretaba en el pecho. Era mi esposo dijo don Castulo no respondió de inmediato. Siguió caminando con la guía en la mano. “Lo siento”, dijo finalmente. Era buen hombre, callado, pero bueno. Consuelo no preguntó cómo lo sabía. En esos caminos todos se conocen, aunque no se hayan visto nunca.

 Caminaron el resto del día casi en silencio, pero era un silencio que no pesaba. El rancho El Amparo no estaba en ningún mapa. Don Cástulo la llevó hasta un camino de tierra que se internaba entre los árboles y le dijo que siguiera derecho, que como a 20 minutos a pie iba a ver la casa. “¿No viene conmigo?”, preguntó Consuelo. El anciano miró el camino y luego la miró a ella.

 Voy a dejar la carga en el pueblo y regreso. No la voy a dejar sola hasta que sepa que está bien instalada. Consuelo quiso decir algo, pero no encontró las palabras. Asintió y tomó su maleta. El camino olía a pino y a tierra mojada. La neblina de la tarde ya empezaba a bajar por las laderas. Consuelo caminaba despacio con la maleta en una mano y la otra en el vientre.

 lo vio antes de llegar al claro. Entre los árboles asomando sobre la ladera de una loma había algo verde que al principio confundió con más vegetación. Pero cuando el camino giró y el claro se abrió, lo vio completo. La casa estaba parcialmente enterrada en la loma, como si la tierra la hubiera ido abrazando. El techo era de pasto vivo, con flores silvestres.

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