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TRES LLAMADAS PERDIDAS DE PEDRO A VICENTE. LA ÚLTIMA FUE A LAS 11:47 AM

TRES LLAMADAS PERDIDAS DE PEDRO A VICENTE. LA ÚLTIMA FUE A LAS 11:47 AM

El teléfono sonó tres veces, tres llamadas entrantes que quedaron sin respuesta. El registro decía simplemente Pedro Infante, 11:47 de la mañana. La última de esas tres intentos de comunicación que nadie en la familia Fernández pudo explicar durante años y que cuando finalmente se atrevieron a hablar de ello, lo hicieron con una mezcla de incredulidad y algo que se parecía peligrosamente al miedo.

 Para entender por qué esas tres llamadas perdidas se convirtieron en una obsesión familiar, en un secreto que se guardó durante décadas y que solo salió a la luz cuando ya era imposible contener la verdad. Hay que retroceder a un momento muy específico, un momento en que dos mundos que nunca debieron cruzarse lo hicieron de la forma más perturbadora posible.

 Martes 15 de abril de 1957, Mérida, Yucatán, 10:20 de la mañana. Vicente Fernández, entonces un joven de 17 años recién cumplidos, caminaba por el paseo de Montejo con su guitarra al hombro. No era nadie todavía. Cantaba en restaurantes por propinas, dormía en cuartos rentados que compartía con otros tres muchachos igual de hambrientos que él, y soñaba despierto con algún día quizás tal vez llegar a grabar aunque fuera una sola canción.

 Ese mismo martes, exactamente a la misma hora, a 13 km de distancia, en el campo militar número un de la Ciudad de México, el capitán Antonio Méndez Ríos redactaba un reporte que nunca debió escribir en ese documento archivado durante 63 años bajo clasificación de seguridad nacional y al que tuvimos acceso mediante fuentes militares retiradas que finalmente decidieron romper su juramento de silencio.

 Se detallaba con precisión quirúrgica cada segundo de lo que había ocurrido en el hangar 3 sección norte durante la madrugada del 15 de abril de 1957. Lo que ese reporte contenía era tan imposible, tan ajeno a cualquier lógica conocida, que el mismo capitán Méndez Ríos solicitó por escrito ser relevado de sus funciones, alegando incompatibilidad con la realidad observable.

 Su petición fue denegada dos semanas después. El capitán Méndez Ríos ingresó voluntariamente al hospital psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez. Nunca volvió a hablar de lo que vio. Murió en 1989 sin haber pronunciado una sola palabra sobre aquella madrugada, pero el reporte sobrevivió escondido entre miles de documentos sin catalogar.

 El documento de 37 páginas mecanografiadas en papel cebolla con sellos oficiales en cada hoja y firmas de cinco testigos distintos, todos ellos oficiales de alto rango. Comenzaba con una frase que parecía sacada de una novela de ciencia ficción barata. A las 3:14 horas del día presente, el cadáver identificado como Pedro Infante Cruz manifestó actividad neurológica y cardiopulmonar durante un lapso de 42 minutos con 18 segundos.

Retrocedamos más aún. 48 horas antes de ese martes imposible, Pedro Infante había muerto. Eso no está en disputa. El domingo 15 de abril a las 8:30 de la mañana, su avión Consolidated B4J se estrelló en Mérida al intentar un aterrizaje de emergencia. El impacto fue devastador. Los restos de Pedro fueron identificados mediante documentos personales, un anillo con sus iniciales grabadas y el testimonio de Irma Dorantes, su esposa, quien reconoció fragmentos de ropa y efectos personales.

El funeral se llevó a cabo el miércoles 17 de abril con una asistencia calculada en 200,000 personas que colapsaron el centro de la Ciudad de México. El ataúd, cerrado por órdenes expresas de las autoridades debido al estado de los restos, fue velado en la sede de la anda. Miles de mujeres lloraban desconsoladas.

 Algunos hombres se quitaban el sombrero con los ojos húmedos. México entero se detuvo para despedir a su ídolo máximo. Pero antes de ese funeral masivo, antes de que el país entero vistiera de luto, algo había ocurrido en la morgue del campo militar número uno, que desafió cada ley conocida de la biología, la física y la muerte misma.

 Según el reporte del capitán Méndez Ríos, a las 3:14 de la madrugada del lunes 15 de abril, el médico militar mayor Fernando Saldívar y Ríos se encontraba realizando el proceso de embalsamamiento de emergencia de los restos de Pedro Infante. El proceso debía ser rápido debido al deterioro acelerado por las condiciones del accidente.

 Mayor Saldívar, con 28 años de experiencia en medicina forense militar, había embalsamado a cientos de caídos en combate. Era un hombre de ciencia fría, metódico, incapaz de fantasías. A las 3:14, mientras preparaba la inyección de formaldeído que preservaría los tejidos, el mayor Saldíbar notó una anomalía en el monitor cardíaco que había conectado por protocolo al cuerpo.

El electrocardiograma, que había mostrado línea plana desde las 20 horas del domingo, repentinamente registró actividad. No era un error del equipo. El mayor Saldíar lo verificó tres veces. Desconectó el monitor, lo reconectó, cambió los electrodos. La actividad persistía. Un ritmo cardíaco débil pero constante, 42 latidos por minuto.

 El mayor Saldívar llamó inmediatamente al capitán Méndez Ríos, oficial de guardia aquella noche. Cuando el capitán llegó al hangar tres, lo que presenció lo dejó paralizado. Pedro Infante o lo que quedaba del cuerpo identificado como tal, mostraba signos vitales imposibles. pulso débil pero presente, temperatura corporal elevándose gradualmente desde los 16ºC en que se encontraba hasta alcanzar 23 gr.

 Pero lo más perturbador, lo que hizo que el capitán Méndez Ríos saliera del hangar para vomitar dos veces seguidas, fue que los ojos se habían abierto. No era un movimiento reflejo postmortem. Los ojos miraban, se movían, seguían objetos. Cuando el mayor Saldíar, recuperando algo de su compostura profesional, acercó una linterna para examinar las pupilas, estas se contrajeron respondiendo a la luz.

 Una respuesta que requería función cerebral activa, una respuesta que los muertos no pueden ejecutar. El protocolo militar ante situaciones anómadas era claro. Contención, documentación, reporte. El capitán Méndez Ríos ordenó sellar el hangar. llamó a cuatro oficiales más como testigos, estableció un perímetro de seguridad y entonces, mientras cinco militares observaban en silencio sepulcral y el mayor Saldíbar monitoreaba cada función vital con manos que no dejaban de temblar, esperaron.

Durante 42 minutos con 18 segundos, el cuerpo de Pedro Infante manifestó vida. No era vida como la conocemos, pero tampoco era muerte. Era algo intermedio, algo para lo que no existían palabras en el vocabulario médico. Los monitores registraban actividad cerebral en el lóbulo frontal, la zona asociada con la conciencia, el pensamiento, la voluntad.

El mayor Saldíbar, en su reporte anexo al documento del capitán Méndez Ríos, escribió, “El sujeto parecía estar intentando algo. Había propósito en la actividad neurológica. No era random, era dirigida. A las 3:39 horas, el cuerpo levantó la mano derecha. Fue un movimiento lento, trabajoso, como si cada milímetro requiriera un esfuerzo sobrehumano.

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