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Sasha Montenegro: El Asqueroso Secreto que SUFRÍA el Presidente en Silencioo

Sasha Montenegro: El Asqueroso Secreto que SUFRÍA el Presidente en Silencio

El hombre más poderoso de México murió suplicando que dejaran de maltratarlo. Y la mujer que estaba a su lado no era una enfermera, era su esposa. Lo que esa vedet le hizo durante años entre las paredes de su mansión es tan asqueroso que su propia familia tuvo que romper el silencio antes de que fuera demasiado tarde.

 Quédate hasta el final porque vas a descubrir lo que el presidente sufrió en silencio y por qu nadie, nadie en este país se atrevió a detenerla. Pero antes de llegar a esa habitación de la colina del perro, donde un expresidente de México pasaba sus últimos días encerrado, hay algo que tienes que entender, porque lo que ocurrió entre esas cuatro paredes no empezó ahí.

Empezó mucho antes en una ciudad italiana destruida por la guerra, en una familia entera que fue exterminada en un campo de concentración nazi. El 20 de enero de 1946, en una tarde de lluvia en Bari, una ciudad del sur de Italia que todavía olía a escombros y a muerte, nació una niña a la que llamaron Alexandra Achimovic Popovic.

 Ese nombre, ese apellido eslavo, escondía una tragedia que la marcó incluso antes de aprender a caminar. Sus padres no eran italianos, eran refugiados. Habían escapado de Yugoslavia con una sola maleta y los recuerdos colgando como cadenas. Siboyin Achimovic y Silvia Popovic pertenecían a una familia aristócrata de Montenegro, ese pequeño país montañoso de los Balcanes.

 Una familia con apellido, una familia con tierras y con dinero, una familia entera. Hasta que llegaron los nazis, los soldados alemanes barrieron Yugoslavia y con ellos la familia entera de la madre de Sasha desapareció. tíos, primos, abuelos, hombres, mujeres, niños cargados en trenes hacia un campo de concentración del que nadie regresó.

Alexandra creció escuchando en sus surros los nombres de los muertos. Creció con la sensación de que ella estaba viva por accidente, por suerte, por error. Y esa misma sensación de estar viva por error iba a explicar años después. muchas de las cosas que hizo y muchas de las cosas que dejó hacer. La Italia de la posguerra no tenía nada que ofrecerles.

 El país estaba quebrado, hambriento, lleno de fantasmas. El padre de Sasha tomó una decisión, cruzar el Atlántico. El 18 de julio de ese mismo 1946, con Alexandra apenas de meses, la familia subió a un barco rumbo a Argentina. No llegaron a un palacio, llegaron a Mendoza, una provincia árida en el oeste argentino, a empezar de cero.

 Y ahí, en esa tierra de viñedos y cordillera, la tragedia volvió a tocar la puerta. El padre de Alexandra murió. La niña tenía pocos años y la madre, viuda, sola en un país que no era el suyo, hizo lo que tenía que hacer para sobrevivir. Se volvió a casar, esta vez con un empresario argentino adinerado. De ese segundo matrimonio nacieron Andrea Silvia y Claudio Ricardo, los medios hermanos de Sasha.

 Y la familia se mudó a Buenos Aires, donde Alexandra creció hablando español con acento porteño, soñando con ser periodista, leyendo libros en silencio, observando todo. Una niña que casi no hablaba, pero que entendía cada cosa que ocurría a su alrededor. Una niña que aprendió desde muy chica una lección que nunca olvidaría.

 En este mundo sobrevive el que se adapta y el que se adapta más rápido sobrevive mejor. Esa lección, esa frialdad para adaptarse, iba a salvarle la vida muchas veces, pero también iba a convertirla décadas más tarde en la mujer más temida de la familia López Portillo, la mujer que se metió en su casa, en su cama, en su herencia y de la que ningún hijo, ninguna hermana, ningún juez pudo sacarla.

Argentina de finales de los años 60 era un país en llamas, golpes militares, persecuciones políticas, universidades cerradas. Alexandra quería estudiar periodismo, pero ese sueño se evaporó. Y en 1969, con 23 años, recibió una llamada que le cambió la vida. Un productor mexicano la había visto en una fotografía.

 Querían conocerla. Querían ofrecerle un papel. Ella aceptó casi por curiosidad. Subió a un avión sin saber que ese viaje, supuestamente de unas semanas iba a durar el resto de su vida. Llegó a la ciudad de México sola, sin familia, sin amigos en esa ciudad gigante donde no entendía los códigos, los acentos, las jerarquías.

 Y en una comida, una mujer llamada Blanca Estela Limón se le acercó. le dijo que tenía algo, que su cara, su porte, esos ojos eslavos clavados sobre una piel mediterránea no se veían en el cine mexicano. Le ofreció un papel en una película llamada Un sueño de amor, junto a un joven José José y a Verónica Castro. Alexandra Achimovic Popovic aceptó, pero el productor le dijo algo más.

 Su nombre real no servía para los carteles. Era impronunciable, era extraño. Le pidieron que eligiera otro y ella, pensando en su madre, en esa familia montenegrina que los nazis habían convertido en humo, eligió un homenaje. Tomó la palabra Sasha, diminutivo cariñoso de Alejandra, y le sumó el lugar del que su madre había escapado siendo niña, Sasha Montenegro.

 Ese fue el nombre con el que México la conoció y ese fue el nombre que más de 50 años después iba a aparecer en los titulares de los periódicos por algo muy distinto al cine. Imagina por un momento que tú eres esa joven, 23 años, sola en un país desconocido. Hablas español pero con acento extraño. No conoces a nadie y un productor te dice que para triunfar tienes que cambiar de nombre, cambiar de cuerpo, cambiar de mirada.

 ¿Qué harías? ¿Hasta dónde estarías dispuesta a llegar para no volver a Buenos Aires con las manos vacías? Sasha Montenegro empezó por abajo, pero no por mucho tiempo. En 1972 protagonizó Un sueño de amor, su primera película. Compartió cartel con José José, que apenas comenzaba a llenar estadios, y con una jovencísima Verónica Castro.

 La crítica no la trató bien, la taquilla tampoco, pero algo pasó en esa película. Los directores la vieron en pantalla y entendieron que tenían entre manos algo distinto. Una belleza que no era mexicana, que no era latina, que no encajaba en ningún molde. Una belleza que vendía. En 1973 la subieron a Santo contra la magia negra. En 1974 a Santo y Blue Demon contra el Dr.

Frankenstein. Películas baratas, rápidas, llenas de luchadores enmascarados y monstruos de cartón. Pero en cada una de esas cintas, Sasha aparecía y cada vez que aparecía, los productores entendían lo mismo. Esa mujer enciende la pantalla. Entonces llegó 1975 y con 1975 llegó Bellas de noche. La película la dirigía Miguel M.

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