Nadie Quería Sus Jaranas Hechas a Mano — Hasta que Pedro Infante Tocó Una y Todo Cambió
La jarana cayó primero con un golpe seco contra la madera de la mesa. No fue un golpe fuerte, fue el golpe de alguien que ya no tiene fuerzas para sostener nada. El anciano la recogió despacio, sin mirar a su alrededor, sin verificar si alguien lo había visto. Nadie lo había visto.
Llevaba 6 horas sentado en ese rincón y nadie lo había visto. Era una tarde de octubre de 1955, cerca de las 4. El mercado de artesanías de la calle Ayuntamiento en el centro de Ciudad de México, hervía de gente y de ruido. Los puestos de los joyeros brillaban con luz artificial. Los vendedores de radios de transistores gritaban sus precios a los transeútes.
En la entrada principal, un hombre vendía guitarras de fábrica a 20 pesos cada una, brillantes y lisas, rodeado de curiosos que las tocaban y las dejaban sin comprar. Todo era moderno, ruidoso, brillante. Y en el rincón más alejado, donde la luz natural apenas llegaba, había una mesa pequeña cubierta con un mantel de yute verde oscuro.
Sobre ese mantel, 16 jaranas veracruzanas estaban alineadas. una junto a otra, cada una con una pequeña etiqueta escrita a mano. 8 pesos, menos de la mitad que una guitarra de fábrica. Nadie las había tocado en todo el día. Detrás de la mesa estaba sentado don Aurelio Domínguez Cruz.
Tenía 72 años, cara tallada por el sol y el tiempo, manos que parecían hechas de la misma madera que sus instrumentos. El cuello de su camisa estaba desilachado con dignidad, como quien cuida lo poco que tiene. Llevaba fabricando jaranas en Veracruz desde los 16 años, 56 años de oficio. Ese día había llegado al mercado antes del amanecer para instalar su puesto.
Nadie había detenido el paso frente a su mesa. Absolutamente nadie. Pedro Infante salió del estudio de grabación de la Xbudeblue ese mediodía cargando algo que no era cansancio, era otra cosa. Esa mañana había recibido los papeles del juzgado confirmando que su matrimonio con Irma Dorantes quedaba anulado por segunda vez. Su hija Irma tenía apenas 7 meses.

El abogado le explicó que el proceso podía continuar años más. Pedro escuchó todo sin responder, dobló los papeles con cuidado, los guardó en el bolsillo interior del saco y le dijo al abogado que lo llamara cuando hubiera novedades. Luego entró al estudio y grabó 4 horas seguidas sin equivocarse una sola vez, porque esa era la única disciplina que conocía cuando el mundo se desmoronaba, terminar el trabajo.
Pero cuando salió a la calle y el chóer le abrió la puerta del coche, Pedro le dijo que se fuera, que prefería caminar. Necesitaba la ciudad. No la ciudad de los juzgados y los abogados y los contratos. La otra, la ciudad que olía a maíz tostado y gasolina y ropa recién lavada colgada en los tendederos. La ciudad de la gente común, la que aparecía en sus películas, la que llenaba los palenques, la que cantaba sus canciones en las cocinas.
Esa ciudad era la que lo devolvía a sí mismo cuando sentía que empezaba a perderse. Caminó sin rumbo fijo por Bucarelli, luego por artículo 123, luego por calles que no siempre sabía nombrar. Se había puesto un sombrero de ala corta, nada de charro, nada que llamara la atención. Pantalón oscuro, camisa sencilla de algodón, zapatos sin lustrar.
A los 37 años, caminando así por el centro, nadie lo detenía. Nadie lo detenía. Y eso era exactamente lo que necesitaba. Llevaba meses sintiéndose como propiedad de algo más grande que él. La fama tenía ese efecto. Convertía a las personas en símbolos y los símbolos no podían caminar solos por las calles. Cuando dobló hacia la calle Ayuntamiento y vio el mercado de artesanías, entró sin pensarlo mucho.
Le gustaban esos lugares, los puestos de cerámica talavera, los arapes de Oaxaca, los huches de cuero repujado. Le recordaban a las ferias de Guamuchil cuando era niño, cuando su padre delfino lo llevaba de la mano y le explicaba qué cosas tenían valor real y qué cosas solo brillaban para engañar a los incautos.
El valor real, decía su padre, siempre estaba en lo que alguien había hecho con sus propias manos. Pedro recorrió los pasillos del mercado sin prisa, pasó frente al puesto de guitarras de fábrica sin detenerse, pasó frente a los joyeros sin mirar y entonces, casi al llegar al fondo del mercado, donde el pasillo se angostaba y la luz se ponía amarilla y escasa, vio la mesa con el mantel de yute verde oscuro.
vio las 16 jaranas alineadas, vio las pequeñas etiquetas escritas a mano y vio al anciano que las miraba con la expresión de alguien que espera sin creer que llegará lo que espera. Pedro se detuvo. No supo exactamente por qué se detuvo. Tal vez fue el silencio alrededor de esa mesa, tan distinto del ruido del resto del mercado.
Tal vez fueron las jaranas mismas, tan distintas entre sí, tan claramente hechas una por una con paciencia. Tal vez fue la cara del anciano, esa esfera callada y orgullosa que Pedro reconoció de algún lugar muy antiguo dentro de sí mismo. Don Aurelio levantó la vista. Sus ojos eran oscuros y nítidos, ojos de hombre que ha mirado muchas cosas de frente.
Buenas tardes, joven. ¿Gusta ver algo? Pedro se acercó a la mesa y miró las jaranas de cerca por primera vez. eran hermosas, no de manera evidente, no como algo que brilla bajo los reflectores, sino hermosas de la manera en que son hermosas las cosas que alguien hizo pensando en cada detalle. La madera de una era de cedro rojo con el beteado tan limpio que parecía pintado.
Otra tenía incrustaciones de nácar en el clavijero, diminutas, perfectas. Una tercera, la más pequeña, tenía grabado en la tapa un jaguar casi microscópico hecho con una herramienta que Pedro no sabía ni cómo nombrar. ¿Las hizo usted?, preguntó Pedro sin apartar los ojos del jaguar. Don Aurelio se incorporó en su silla apenas notablemente, como quien recibe algo que lleva mucho tiempo sin recibir.
Sí, señor. Todas. El cuerpo de cedro o caoba, las clavijas de hueso, las cuerdas de nylon que yo mismo afino a mano, la incrustación de Nácar la hago con buril de relojero. Esa pequeñita me tomó tres semanas. Pedro tomó la jarana del jaguar en sus manos. Era más ligera de lo que esperaba.
La madera estaba tan bien pulida que parecía que desprendía calor propio. La giró con cuidado mirando las costillas, la tapa, la boca. 56 años de oficio estaban en cada curva de ese instrumento. Se podían sentir. Puedo dijo Pedro. Don Aurelio asintió. Pedro llevó la jarana a su cuerpo apoyándola con naturalidad. Sus manos encontraron la posición sin buscarla.
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Rasgueó una vez suave para escuchar el timbre. El sonido que salió de ese instrumento pequeño no era el sonido de una guitarra ni el de un requinto, era algo propio, algo que pertenecía a las costas y a los portales y a las noches con luna sobre el río. Pedro rasgueó de nuevo, esta vez con más confianza, y dejó que sus dedos encontraran una melodía sencilla, el tipo de melodía que no pertenece a ningún lugar en particular, pero que cualquier hombre que creció con música en casa reconoce de inmediato.
Y sin proponérselo, comenzó a cantar en voz muy baja, casi para sí mismo, apenas un murmullo sobre las notas. Las notas salieron limpias, cálidas. Don Aurelio abrió los ojos un poco más. Ese murmullo, esa voz. Había algo en esa voz que el anciano no podía nombrar todavía, pero que le perturbaba de una manera que no era normal.
La gente que pasaba por el pasillo siguió pasando. Nadie se detuvo todavía. Pero algo había cambiado en ese rincón del mercado. El silencio que rodeaba la mesa de don Aurelio era ahora un silencio distinto. Ya no era el silencio del abandono, era el silencio de alguien escuchando. Usted no toca como alguien que toca de vez en cuando dijo don Aurelio en voz baja.
Pedro sonrió sin dejar de tocar. Mi padre tocaba el contrabajo en una banda de Mazatlán. En casa siempre había música. Yo aprendí a tocar guitarra solo en el taller de carpintería donde trabajé de joven. Me fabricaba mis propias púas de madera porque no tenía dinero para comprarlas. Don Aurelio escuchó esto con la atención de alguien que reconoce una historia parecida a la suya.
Pedro continuó tocando suave, sin apresurarse. La jarana respondía bien. Respondía con una generosidad que solo tienen los instrumentos que alguien hizo con amor. ¿Ustedes de Veracruz? Preguntó Pedro. De Tlacotalpán. Nací allá. Aprendí el oficio allá. Vine a la capital hace 10 años buscando mercado.
Don Aurelio hizo una pausa. Su voz cambió levemente, como cuando se cambia de camino en el medio de una frase. Vine con mi esposa Consuelo. Ella tocaba la jarana mejor que yo. Mejor que nadie que yo haya conocido. Mientras yo las fabricaba, ella las afinaba. Decía que cada jarana tiene su propia voz y que hay que escucharla antes de tocarla.
Pedro dejó de tocar. Había algo en el modo en que don Aurelio había dicho vino que le indicaba que Consuelo ya no estaba. ¿La perdió?, preguntó Pedro con la voz baja. Don Aurelio tardó un momento, hace dos años. El corazón se durmió una noche de marzo y ya no despertó. Fue como si se apagara una vela. Así de silencioso.
Todos los días. Desde entonces me levanto y hago jaranas porque es lo único que sé hacer, pero ya no es lo mismo fabricarlas sin que ella las afine. Le pongo la cuerda y lo que escucho es el silencio donde antes estaba su voz. Se detuvo. Luego agregó algo más. En voz todavía más baja. Hay una que no está en la mesa, la última que hice para ella.
Cada año en su cumpleaños le fabricaba una jarana nueva. Esa fue la del año en que murió. La tengo guardada en una caja de tela en mi taller. Nunca la he puesto en venta. Nunca la pondré. Pedro permaneció quieto. El ruido del mercado seguía existiendo a su alrededor. Los gritos de los vendedores, los pasos de la gente, las radios compitiendo con sus anuncios.
Pero en ese rincón todo eso parecía muy lejos. Conocía ese silencio. No de la misma manera, no con la misma pérdida, pero lo conocía. Su madre, doña refugio, había muerto 2 años antes, en 1953. Y hubo semanas enteras en que Pedro cantaba en los estudios y en los palenques y en las fiestas, y llegaba a casa de noche y se sentaba en la cocina, y el silencio de esa cocina tenía un peso físico, un peso que empujaba hacia abajo.
“Yo sé lo que es eso”, dijo Pedro con una voz que no era la voz del actor ni la del cantante. Era la voz del hombre que había nacido en Mazatlán y aprendido a trabajar la madera antes de aprender a cantar. Don Aurelio lo miró por primera vez en todo el día. Alguien le estaba hablando como se le habla a una persona. ¿Usted tuvo una pérdida así?, preguntó el anciano.
Mi madre, dijo Pedro hace dos años también era costurera. Cuando yo era niño en Guamuchil no teníamos casi nada, pero ella siempre encontraba la forma de que no nos faltara lo esencial, no el dinero, el ánimo. Eso es lo que no se reemplaza cuando se va alguien. Así los dos hombres se miraron en ese rincón amarillo del mercado, un anciano veracruzano fabricante de jaranas y un hombre en camisa de algodón que no parecía a nadie en particular.
Ninguno de los dos habló durante un momento. No hacía falta. Había cosas que se entienden sin palabras cuando dos personas han cargado el mismo tipo de peso. Pedro miró la jarana que tenía en las manos, luego miró las otras 15 sobre el mantel. Luego miró a don Aurelio. Entonces dijo algo que no había planeado decir.
Le puedo preguntar una cosa alguna vez le ha enseñado a alguien a tocar la jarana. Don Aurelio frunció el seño levemente, sorprendido por la pregunta. Le enseñé a Consuelo cuando éramos novios. Ella no sabía tocar y yo le enseñé. Tardó tr meses en aprender el ritmo del son. El cuarto mes tocaba mejor que yo.
Después tuvimos dos hijos, pero ninguno quiso seguir el oficio. Y aquí en la capital la gente prefiere las guitarras de fábrica. Las de 20 pesos. Brillantes, lisas, sin alma. La jarana de 8 pesos hecha a mano no les dice nada. Pedro asintió despacio. Hay algo en esa palabra antigua. A veces la gente usa esa palabra para decir que algo ya no vale, pero lo antiguo que se hizo bien no envejece.
envejece lo que se hizo rápido y sin cuidado. Estas jaranas no son antiguas, son permanentes. Don Aurelio lo miró con una expresión que Pedro no supo nombrar exactamente. Era algo entre el reconocimiento y la sorpresa. Llevaba dos años sin escuchar algo así de nadie. Pedro puso la jarana sobre la mesa con cuidado. Sacó su cartera. “Quiero llevarme todas”, dijo.
“Las 16.” Don Aurelio se puso rígido en su silla. “Señor, si esto es lástima.” Pedro lo interrumpió con calma, pero con firmeza. No es lástima. Escuché esta jarana y sé lo que vale. Llevo 20 años trabajando con músicos y sé la diferencia entre un instrumento hecho a la carrera y uno hecho con oficio. El suyo tiene oficio.
Lo que le ofrezco es lo que vale, no un centavo más ni uno menos. Don Aurelio lo estudió durante un momento largo, luego asintió. Lentamente. Pedro contó los billetes y los puso sobre el mantel. Pero antes de continuar, preguntó algo más, sacó del bolsillo un papel y un lápiz y lo empujó sobre la mesa hacia el anciano.
Me da su dirección, ¿no? Para llevarle las jaranas. Esas se las mando a recoger esta misma tarde con mi chófer. La dirección la necesito para otra cosa. Don Aurelio frunció el seño con curiosidad, pero escribió la dirección. Pedro dobló el papel y lo guardó en el bolsillo de la camisa junto al corazón, sin explicar nada más por el momento.
Fue entonces cuando don Aurelio levantó la vista y lo miró de otra manera, no con sospecha, sino con la atención lenta de quien empieza a juntar piezas que no cuadraban. Esa voz, ese murmullo sobre las notas, ese perfil, esa forma de llevar el cuerpo con una calma que no se aprende, que se nace con ella o no se tiene.
El anciano entrecerró los ojos apenas como si ajustara el foco y entonces las piezas encajaron de golpe y lo dijo en voz tan baja que casi fue un susurro. ¿Usted es Pedro Infante? No fue una pregunta. Fue el reconocimiento tranquilo de alguien que acaba de entender por qué algo lo perturbó desde el principio sin que pudiera nombrarlo. Pedro no negó confirmó de inmediato, solo sostuvo la mirada del anciano durante un segundo largo.
Luego asintió con esa sonrisa ladeada que México conocía de memoria y le dijo en voz baja que perdonara que no se hubiera presentado antes, que no lo había hecho a propósito, que cuando nadie sabe quién es, puede escuchar mejor lo que los demás realmente dicen. Don Aurelio no respondió de inmediato. Tenía la garganta apretada.
Había estado hablando con él, como se habla con cualquier hombre del barrio, sin ceremonias, sin cuidar las palabras, sin fingir que el dolor era menos de lo que era. Y ese hombre había escuchado como escuchan los que de verdad quieren escuchar. Pedro se inclinó hacia don Aurelio y le dijo algo en voz muy baja, algo que solo el anciano escuchó.
le dijo que llamara a un amigo suyo en la XIO, que le iba a dar el nombre y el número ahora mismo, que ese amigo organizaba eventos culturales en el centro y que había un salón en la casa del pueblo de Tepito que llevaba meses buscando un maestro de música tradicional dos tardes a la semana, no para hacer espectáculo, para enseñar. Don Aurelio abrió la boca.
Yo no soy maestro, dijo. Soy fabricante. Pedro lo miró con esa calma que tenía cuando decía algo que no admitía discusión. Le enseñó a consuelo, ¿verdad? Y en tres meses tocaba mejor que usted. Eso es ser maestro. El anciano tuvo que mirar hacia otro lado. Sus ojos se habían puesto brillantes. Pedro escribió el nombre y el número en otro pedazo de papel y lo dejó sobre el mantel.
Luego se puso el sombrero, dijo que el chóer pasaría antes de que cerrara el mercado y caminó hacia la salida despacio sin apresurarse de la misma manera en que había llegado. Antes de doblar hacia el pasillo principal, se detuvo y se volvió una última vez. Don Aurelio lo estaba mirando desde su silla con el papel en la mano.
Pedro asintió una vez sin palabras y desapareció entre la gente. Lo que pasó en las semanas siguientes, don Aurelio no supo explicarlo del todo. El número que le había dejado Pedro era real. Su amigo en la XUD Blue conocía el salón de Tepito. Había espacio los martes y los jueves por la tarde. La primera semana llegaron cuatro personas, un jubilado del ferrocarril, una mujer de 50 años que había crecido en Veracruz, un joven estudiante de la Escuela Nacional de Música y un niño de 11 años que vivía en la vecindad de enfrente y que entró
simplemente porque vio la puerta abierta. La segunda semana eran nueve, la tercera 15. Don Aurelio no enseñaba de la manera en que enseñan los profesores con pizarrón y libros. Enseñaba como le había enseñado a Consuelo, sentados uno frente al otro, con la jarana en las manos, escuchando el ritmo antes de tocar la nota.
Decía que la jarana no se aprende con los ojos, sino con los pies, que el son jarocho empieza en el suelo, en el zapateado, en el pulso que sube desde la tierra. Los estudiantes golpeaban el piso con los pies antes de rasguear. El jubilado del ferrocarril lo hacía mal las primeras semanas, pero con una determinación que conmovía.
Pedro fue al salón de Tepito cuatro semanas después, sin avisar. Un martes por la tarde. Llegó en la misma camisa sencilla, el mismo sombrero de ala corta. Se sentó en el último banco junto a la puerta sin interrumpir la clase. Don Aurelio lo vio entrar y no dijo nada. siguió enseñando. Al final de la sesión, cuando los estudiantes se estaban yendo, el jubilado del ferrocarril se quedó un momento extra practicando el ritmo.
Sus pies golpeaban el suelo con una concentración total, los ojos cerrados, la jarana apretada contra el pecho. Pedro lo observó desde su banco y no dijo nada, solo miraba. Cuando por fin se levantó para irse, se acercó a don Aurelio y le dijo en voz baja que tenía mala técnica, pero que entendía el sentimiento y que si era posible le gustaría volver. Don Aurelio rió.
Fue una risa de esas que lleva mucho tiempo sin salir. Una risa vieja pero limpia. Usted puede volver cuando quiera, don Pedro, pero le advierto que soy maestro exigente. Pedro se puso el sombrero y caminó hacia la puerta. Se detuvo un momento en el umbral con la espalda hacia el salón. Desde ahí, sin voltearse, dijo una sola cosa.
Consuelo tenía razón. Cada jarana tiene su propia voz. La que me llevé, la del jaguar, la escuché anoche en mi casa. tiene la voz de algo que no debería perderse y salió en silencio de la misma manera en que había llegado. Un año después, el taller de jaranas de don Aurelio Domínguez Cruz en el salón de Tepito era el programa más esperado de la Casa del Pueblo.
Había lista de espera. Un periodista del Excelsior fue a hacer una nota pequeña sobre él y escribió, “Maestro veracruzano, de 73 años, devuelve la vida a la música que México olvidaba. El nombre de Pedro Infante no apareció en el artículo. Don Aurelio no lo mencionó. No lo mencionó porque no hacía falta, porque la historia no era sobre Pedro Infante, era sobre don Aurelio y sobre Consuelo y sobre las jaranas de 8 pesos que esperaron todo un día en un mercado sin que nadie se detuviera hasta que alguien se detuvo. Don Aurelio siguió
levantándose todas las mañanas a las 6 para ir a su taller. Seguía fabricando jaranas. En el estante más alto, dentro de una caja de tela, seguía guardada la última jarana que hizo para consuelo. Esa nunca saldría al mercado. Pero el silencio de ese taller era distinto. Ahora ya no era el silencio de consuelo ausente, pesado y sin salida.
Era el silencio de alguien que espera el martes. El silencio del jubilado que golpea el piso con los pies y cierra los ojos. El silencio de 15 personas aprendiendo que la música empieza en la tierra antes de llegar a las manos. Si disfrutaste pasar este tiempo aquí, te agradecería si consideraras suscribirte. Un simple like también ayuda más de lo que crees, porque al final, como decía la madre de Pedro, lo que se hace con las manos y con paciencia no envejece nunca.
Solo espera a que alguien se detenga a escucharlo.