Posted in

Mauricio Garcés: el Asqueroso Secreto que Ocultó hasta Morirrr

Mauricio Garcés: el Asqueroso Secreto que Ocultó hasta Morir

Cuando entró a esa habitación, lo que encontró sobre la cama de Mauricio Garcés era el cuerpo de su propio marido. Esa fue la noche más asquerosa de la historia del cine mexicano y nadie la publicó. Durante 53 años nadie se atrevió. Hay un secreto tan brutal que lo destruyó despacio hasta dejarlo sin voz, con un ojo destruido y completamente [música] solo.

 Quédate hasta el final. Porque lo que esa noche revela sobre quién era realmente Mauricio Garcés es algo que nadie en 53 años se ha atrevido a decir en voz alta. Hay una pregunta que ninguna biografía oficial ha respondido. Como el hombre que enseñó a tres generaciones de mexicanos a seducir, terminó muriendo en una cama prestada, sin un peso en el bolsillo, sin nadie que reclamara su cuerpo en menos de 24 horas en un departamento que ni siquiera era el suyo.

 La mujer que lo encontró ese 27 de febrero entró pensando que dormía. Entró sin saber que ya no quedaba aire dentro de ese cuerpo. Lo que escuchó al acercarse fue silencio absoluto, el silencio de un hombre que ya no podía toser. Pero ese silencio había empezado a construirse 40 años antes en otra cocina con otra mujer, el galán inventado, el matrimonio que nunca existió, la cama donde se rompió la historia del cine mexicano y esa tumba doble del panteón francés que casi nadie ha mirado con atención.

 Todo eso fue la consecuencia inevitable de lo que ocurrió entre una madre y un niño en [música] una casa de Tampico en los años 30. Y todo lo que vas a entender en este vídeo, arranca ahí. Mauricio Férez [música] Jazbek nació el 16 de diciembre de 1926 en el puerto de Tampico, en el estado de Tamaulipas. Sus padres habían llegado de Líbano huyendo de la pobreza, como tantos otros inmigrantes de aquella generación.

 Eran extranjeros con un acento extraño y un apellido que en México casi nadie sabía pronunciar bien. La familia no era rica. La familia luchaba. [música] El padre intentaba sostenerla con un comercio modesto. La madre cargaba el peso emocional de todos los hijos. Pero entre todos los hijos había uno al que ella miraba de un modo distinto.

 A Mauricio lo educó como si fuera un pequeño rey. Lo vestía con cuidado obsesivo. Lo peinaba con la raya impecable cada mañana antes de la escuela. Lo llevaba a misa sentado a su lado en la fila de adelante, no en la fila de los niños. Le hablaba en susurro sobre lo que iba a hacer de mayor. Le decía, mirándolo a los ojos, que los demás del mundo iban a ser personas comunes y él iba a hacer otra cosa.

 Le decía que tenía algo distinto que solo ella sabía reconocer. Era un [música] secreto entre los dos, susurrado en la cocina antes de que el mundo lo escuchara y que no había que compartir con nadie más. En las fotos que se conservan de esa infancia hay un detalle que llama la atención al cabo de unos minutos.

 El niño nunca aparece solo, siempre está junto a ella. Siempre. En las fotos del puerto, en las fotos del muelle de Tampico, en las fotos de la escuela primaria donde el resto de los niños posano, siempre [música] en algún lado del cuadro aparece la figura de la madre. como una presencia que el fotógrafo mismo no había pedido, pero que ella se imponía sin que nadie se lo discutiera.

Cuando alguien le preguntaba a la madre por su hijo favorito, ella respondía con una frase que Mauricio repetiría décadas después en una entrevista de televisión, ya viejo, ya enfermo, a medio camino entre la nostalgia y el resentimiento. Su madre decía que los demás eran sus hijos. Mauricio era su vida.

 Una frase así dicha a un niño de 6 o 7 años deja huellas que después se confunden con la personalidad. Ese niño aprende a buscar esa misma intensidad en cada relación que tenga después y nunca la van a encontrar porque ninguna mujer del mundo va a poder sostener esa promesa que la madre le susurró en la cuna.

 Y lo que ese niño aprendió en esa cocina de Tampico le iba a costar todo. 40 años después. Hay una imagen que un primo lejano de Mauricio recordaba años después en una entrevista pequeña [música] hecha en una radio local de Tamaulipas que casi nadie escuchó. Decía que cuando los niños del barrio jugaban en la calle y se ensuciaban las rodillas, todas las madres salían a llamar a sus hijos a gritos [música] para que entraran a comer.

 La madre de Mauricio nunca gritaba. Aparecía en la puerta, miraba al niño desde el umbral. Levatá hacía un gesto pequeño con la mano [música] y Mauricio dejaba la pelota, se separaba del grupo, caminaba hacia ella sin protestar. Los demás niños se quedaban mirando. Algo en esa escena los inquietaba sin que ninguno supiera explicarlo.

Mauricio Garcés, el seductor otoñal… ¡Arroz! | Morelia Film Festival

La obediencia era demasiado limpia. La conexión entre esos dos cuerpos era demasiado exclusiva. Ese primo lejano, ya viejo, cuando lo entrevistaron, lo dijo con palabras simples. Dijo que entre Mauricio y su madre había una frontera invisible que ninguna otra persona del mundo logró cruzar nunca. Ni el padre mientras [música] vivió, ni los hermanos, ni más tarde algún amigo, alguna novia, algún colega, nadie.

[música] El padre de Mauricio, en cambio, es una figura que casi no [música] aparece en ningún relato sobre la infancia del actor. Era un hombre callado, dedicado al comercio, presente físicamente, pero ausente emocionalmente. Cuando murió durante la juventud temprana de Mauricio, el luto familiar duró el tiempo correcto, pero no más.

 La madre se vistió de negro. Mauricio se vistió de negro y la dinámica de la casa, en la que la madre ya era la figura central, se cerró por completo en torno al hijo varón. A partir de aquel funeral discreto en una iglesia de Tampico, de la que casi no quedan registros, Mauricio Féz Jazbeck se convirtió en el único hombre de la vida de su madre.

tenía 18 años y desde ese día hasta que ella murió cuatro décadas después, no hubo otro varón con derecho a entrar de verdad en esa casa. La familia se mudó a Ciudad de México cuando Mauricio era un adolescente, poco después de la muerte del padre. Y ahí empezó la transformación. El muchacho descubrió el cine.

 Iba a las salas oscuras del centro histórico cuatro y cinco veces por semana. Se sentaba en la fila de en medio, se quedaba a las funciones dobles, veía las películas dos veces seguidas y podía pagarlas y se enamoró de tres hombres que no existían, Clark Gable, Gary Cooper y Carry Grant. Tres galanes anglosajones cuyos nombres empezaban con la misma letra.

 La G Mauricio se obsesionó con esa letra. Decidió que su nombre artístico [música] también tenía que empezar con una G. probó variantes en una libreta Garrido, Games, Galván [música] y al final eligió uno que sonaba español, cinematográfico, aristocrático, [música] garcés. El día que firmó su primer contrato con ese apellido nuevo, [música] Mauricio Féz Jazbeck desapareció por los costados de la pantalla.

Read More