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LUCHA VILLA: La NOCHE con el NARCO… y la CIRUGÍA que DESTRUYÓ su vida.

LUCHA VILLA: La NOCHE con el NARCO… y la CIRUGÍA que DESTRUYÓ su vida.

31 de agosto de 1997. Rancho en San Luis Potosí, 6 de la mañana. Lucha Villa, la voz más poderosa del ranchero mexicano, la reina absoluta  de los palenques, se despierta sin saber dónde está. Mira el techo de una habitación que no reconoce, aunque  es la misma donde durmió ayer y anteayer y todos los días del último mes.

 Una de sus hijas entra con un vaso de agua y Lucha Villa la mira como se mira  una extraña en la calle, sin reconocimiento, sin la chispa de familiaridad que debería  producir el rostro de una hija. La hija le toma la mano, le dice, “Buenos días, mamá.” Y Lucha Villa no responde porque las palabras ya no salen de la manera en que deberían salir.

  Esa mujer tiene 61 años. Hace 17 días era la figura que durante cuatro décadas sostuvo escenarios  enteros con la sola autoridad de abrir la boca. Hoy no puede decir su propio nombre. 17  días antes, el 14 de agosto, Lucha Villa entró al quirófano número 3 del Hospital Muguersza  en Monterrey para hacerse una liposucción de rutina.

 A las 9:42 de la mañana, su corazón se detuvo.  El monitor dibujó una línea plana. El cerebro de la artista más poderosa del ranchero mexicano estuvo sin oxígeno durante un tiempo que el cirujano plástico declaró como menos de 2 minutos  y que el expediente neurológico registró como cinco, seis, quizás siete.

 Y esa diferencia entre esos dos números no  es un detalle técnico. Es la diferencia entre un accidente y una negligencia.  Es la diferencia entre un error que nadie pudo anticipar y un error que alguien intentó minimizar  después de que ocurrió para que sus consecuencias fueran más manejables.

 Hoy vas a conocer la cadena completa que produjo ese momento  y lo que vino después. La grabación que existe de la última conversación de Lucha Villa antes de entrar al quirófano, donde su voz tiene un temblor que los médicos que  la escucharon ese día deberían haber interpretado de otra manera.

 y no lo hicieron. La noche, en una mansión de Guadalajara que un exescolta describió  décadas después, con detalles que ningún medio quiso tocar mientras lucha, seguía siendo noticia rentable. La diferencia exacta  entre lo que el cirujano dijo y lo que el expediente registró y lo que esa diferencia significa legalmente y lo que sus hijos vieron durante las 11 noches de coma, que la familia nunca describió completamente en ningún espacio público.

 Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la última.  Y la última es la que explica por qué el cirujano dijo 2 minutos cuando el expediente decía siete. Antes de continuar quiero que hagas algo. Escribe en  los comentarios el nombre de alguien que conozcas que se parezca a esta historia.

 No a  Lucha Villa específicamente, a alguien que se destruyó intentando seguir siendo lo que todos esperaban que fuera  cuando el tiempo ya había dicho que no era posible. No tienes que dar apellidos. solo un nombre, una inicial, porque esta historia no es solo de Lucha Villa. Para entender cómo la reina de los palenques terminó en ese quirófano, hay que regresar al principio, no  al principio de la fama, al principio de la herida, porque la decisión que la llevó a Monterrey  no se tomó en un día. Se cocinó durante

décadas en el caldo específico de lo que la industria  le dijo que era y de lo que el espejo empezó a contradecir cuando el tiempo  ya no pudo seguir ocultándose. Santa Rosalía de Camargo, Chihuahua. Año de 1936. Un méxico de calles de tierra, casas de adobe y noches tan silenciosas que el viento que se colaba por las rendijas parecía tener algo que decir.

 En una de esas casas con cocina de humo negro y frijoles hirviendo en una olla casi vacía,  nació Luz Elena Ruiz Bejarano, la niña que un día iba a llamarse Lu Chavilla, pero ese día estaba lejos y antes de que llegara había una infancia que vivir en un hogar donde faltaba  casi todo, excepto el hambre, que se instala cuando el dinero no alcanza y que permanece en  el cuerpo mucho después de que el dinero llegue.

Su padre fue una silueta, una ausencia con forma de hombre que los adultos mencionaban en voz baja sin explicar  por qué ya no estaba. En el México pobre de los 40, los hombres que se van no generan preguntas, solo dejan huecos que los que se quedan  tienen que aprender a llenar con lo que tengan disponible.

 Su madre era el tipo de  mujer que convierte la escasez en habilidad, que estira los centavos hasta que se rompen, que calla más de lo que dice. Porque callar también es una forma de sobrevivir cuando hablar tiene costos que no pueden pagarse. La niña creció más alta que todas las de su edad con esa estatura que en cualquier sala llena la hacía visible antes de que abriera la boca.

 Pero lo que la hacía verdaderamente imposible de ignorar no era la altura, era la voz grave, oscura, con un peso que no  correspondía al cuerpo que la producía. Una voz que cuando se soltaba completamente llenaba los espacios con la  autoridad de algo que no pide permiso para existir porque tiene suficiente certeza  propia para no necesitarlo.

 A los 12 años la llamaban para fiestas familiares. A los  14 cantaba en bodas y ferias patronales, en salones de piso de cemento, con focos pelones colgando del techo.  La banda podía perder el ritmo, el sonido podía fallar, pero la voz de Luz Elena siempre encontraba el espacio y lo llenaba.

  A los 15 años tomó la primera decisión que reveló el patrón que iba a organizar  las siguientes cuatro décadas de su vida. Se casó con Mario Miller, 35 años,  hermano de un ventríloco conocido en el circuito del espectáculo, no porque lo amara con la certeza que un adolescente merece sentir antes de casarse,  porque en Camargo, en el México de los años 50, el matrimonio era la única puerta  visible hacia algo diferente de lo que había.

 Y Luz Elena ya sabía que  quedarse era también una forma de desaparecer. El matrimonio duró 7 años. Tuvo dos hijos, Rosa Elena, Carlos Alberto. Y cuando Mario desapareció de su vida con la misma facilidad con  que había llegado, quedó exactamente en el lugar donde más temía estar. 21  años, dos niños pequeños, cero certezas, cero recursos, cero apellido que abriera puertas en ningún lugar donde las puertas valieran algo.

 Dejó a los niños con  la familia, tomó una maleta pequeña y llegó a la Ciudad de México con la urgencia de alguien que  sabe que si no llega pronto el tiempo disponible para intentarlo, se va a acabar antes de que  haya intentado suficiente. Lo que la capital le dio en los primeros años no fue el espectáculo que imaginaba.

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