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LA TR4GEDI4 QUE MARCÓ A URUGUAY: UNA LUNA DE MIEL, CINCO DÍAS DE AMOR Y ELLA DESAPARECIÓ

 Uruguay se paralizó. Las redes sociales no existían como las conocemos hoy, pero los programas de televisión, las radios y los periódicos no hablaron de otra cosa. Durante semanas las teorías se multiplicaban, las miradas se posaban sobre un hombre que lloraba frente a las cámaras y repetía que no sabía nada.

 ¿Qué pasó realmente en esa cabaña? que escondía el amor aparentemente perfecto de Nicolás y Joé. Y por qué 17 años después esta historia todavía no tiene un punto final que convenza a todos. Quédate porque esto apenas empieza. Si llegaste hasta aquí, quiero pedirte tres cosas antes de que empiece esta historia.

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 Nos llena el corazón saber desde dónde nos acompañan. ¿Listo? Porque lo que estás a punto de escuchar te va a perseguir por días. Punta del Este, Uruguay. 9 de marzo de 2007. El verano austral todavía no quería irse de Punta del Este. A mediados de marzo de 2007, el balneario más exclusivo de Uruguay mantenía ese calor húmedo y generoso que llegaba desde el Atlántico, suavizado por la brisa del Río de la Plata, que al atardecer convertía la costa en algo parecido al paraíso.

Las cabañas frente al mar estaban casi vacías a esa altura de la temporada. Los turistas brasileños y argentinos ya habían vuelto a sus países. Los uruguayos de clase media, que podían permitirse una semana allí, ya habían regresado al trabajo. Quedaban pocos, entre ellos una pareja recién casada que había elegido ese silencio, esa quietud, ese mar inmenso como escenario para el comienzo de su vida juntos.

Nicolás Ferreira tenía 31 años en ese entonces, técnico en telecomunicaciones, empleado estable privada en Montevideo, hombre de rutinas y planificación. Sus vecinos del barrio Positos lo conocían como alguien discreto, puntual, que saludaba al pasar, pero no se detenía a charlar. En el trabajo lo describían como eficiente y poco dado a los conflictos.

 No era el tipo de hombre que llamaba la atención en una reunión, pero tampoco era invisible. Era de esos hombres que uno recuerda después, cuando ya es demasiado tarde para haber prestado más atención. Coise Andrade tenía 27 años, maestra de primaria en una escuela pública del barrio Unión en Montevideo.

 Sus colegas la adoraban, sus alumnos la dibujaban en los cuadernos con el pelo largo y negro y una sonrisa que ocupaba la mitad de la cara. Su directora, la señora Carmen Vidal, la recordaría después ante los medios con la voz quebrada. Joé era luz, así de simple. Entraba a la sala de maestros y el ambiente cambiaba. No era de esas personas que hacen ruido para existir.

Ella existía y ya se notaba. Se habían conocido 4 años antes en una fiesta de cumpleaños de un amigo en común en el barrio Palermo. Él llegó tarde. Ella estaba por irse y sin embargo terminaron hablando hasta las 3 de la madrugada en el patio, solos con una botella de vino a medias y la ciudad de Montevideo, durmiendo alrededor de ellos.

Así lo contó Joé a su mejor amiga, Valentina Reyes, al día siguiente. Me dijo que yo tenía algo distinto, que no sabía qué era, pero que necesitaba averiguarlo. Y yo me reí porque sonaba a frase hecha, ¿verdad? Pero la forma en que lo dijo, no sé, era sincero, o al menos yo lo sentí así. Se pusieron de novios tres semanas después.

 Durante tres años y medio la relación fue en apariencia sólida. Viajaban juntos los fines de semana a Colonia o a Piriápolis. Él la visitaba en la escuela a veces con flores. Ella le preparaba la cena los jueves, que era el día que él salía más tarde del trabajo. Se comprometieron en diciembre de 2005. durante las fiestas en la casa de los padres de Joisé en el barrio Villa Española.

 La boda fue el 3 de marzo de 2007. Una ceremonia civil pequeña, íntima, con menos de 40 personas entre familiares y amigos cercanos. En el salón de una quinta en las afueras de Montevideo, decorado con girasoles porque eran las flores favoritas de Joisé. Hubo asado, música en vivo, discursos que hicieron llorar a las madres de ambos y hubo fotos, muchas fotos, todas mostraban lo mismo.

 Dos personas felices, dos personas que parecían exactamente donde querían estar. Seis días después, Joisé había desaparecido. La cabaña que Nicolás había reservado era una construcción de madera y piedra ubicada a 200 m de la playa brava, en una zona semiprivada con pocas construcciones alrededor. Dos habitaciones, cocina equipada, galería con vista al mar, jacuzzi exterior.

No era barata, pero Nicolás había ahorrado durante meses para que todo fuera perfecto y los primeros cinco días lo fueron. Llamaban a sus familias cada noche. La madre de Joisé, Mirta Andrade, recordaría cada una de esas llamadas con una claridad dolorosa. Me llamaba todos los días, a veces dos veces. Me contaba todo, que habían ido a cenar a un restaurante de pescado en el puerto, que Nicolás la había llevado a ver el amanecer desde la playa, que estaba muy feliz.

 Esas fueron sus palabras exactas, mamá, estoy muy feliz. La última vez que hablé con ella fue el jueves a la noche. Me dijo que al día siguiente iban a alquilar bicicletas y recorrer el boulevard, que me iba a mandar fotos. Las fotos nunca llegaron. El viernes 14 de marzo de 2007 a las 10:47 de la mañana, Nicolás Ferreira llamó al número de emergencias de la Policía Nacional desde el teléfono fijo de la cabaña.

Su voz, según el operador que atendió la llamada y que declararía más tarde ante el juzgado era tensa, controlada, pero tensa. Mi esposa no está. Me desperté y no estaba. Busqué por todos lados. No está en la cabaña, no está en la playa. No sé dónde está. Necesito ayuda. Los primeros dos oficiales llegaron en menos de 20 minutos.

 Encontraron a Nicolás de pie en la galería, vestido con ropa de dormir, descalzo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el mar. No lloraba, no gritaba, estaba quieto de una manera que uno de los oficiales, el subcomisario Roberto Salgado, describiría meses después en su declaración formal con una palabra que quedó grabada en todos los que la leyeron.

 Estaba quieto de una manera que no era natural. No era la quietud de alguien en shock, era contenida, como si estuviera pensando muy cuidadosamente en cada cosa que iba a decir antes de decirla. Dentro de la cabaña todo estaba en orden. La cama del matrimonio estaba deshecha en el lado de Nicolás, pero el lado de Joisé tenía las sábanas apenas movidas, como si hubiera dormido encima de la cama en lugar de dentro de ella, o como si hubiera salido muy temprano antes de que el sueño la marcara profundamente en las almohadas.

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